¿Por dónde vendrá la innovación en el lenguaje cinematográfico local si la experimentación queda relegada, invisibilizada y desprestigiada? El cine experimental no puede ser un marginal en el desarrollo de una narrativa nacional. Durante los últimos 30 años, los fondos públicos se enfocan en el desarrollo audiovisual e ignoran lo que no podrá sustituir la IA: el universo de creación, experimentación y comunidad del cine.

Cada vez que se habla de “industria audiovisual”, algo se ordena. La conversación se vuelve eficiente: empleo, exportaciones, cash rebate, volumen de producción. Todo parece claro. Todo parece cuantificable.Y sin embargo, en esa claridad, algo se borra.
Hace no tanto tiempo hablábamos de cine.
La palabra no era inocente. Cine remitía a una experiencia colectiva, a una sala, a una comunidad de espectadores, a una tradición estética, a una discusión pública. Cine implicaba autoría, riesgo, lenguaje.
En cambio, audiovisual es un término amplio, estratégico, funcional. Sirve para abarcar desde una serie hasta un contenido digital de quince segundos. Es una categoría productiva. Pero no necesariamente es una categoría artística.
El desplazamiento semántico no es neutro.
Cuando decimos audiovisual, el eje se corre hacia la industria. Cuando decimos cine, el eje se abre hacia la cultura.
En ese corrimiento, el cine experimental queda en una zona incómoda. Porque el experimental no optimiza formatos. No responde a métricas previsibles. No se define por la escala, sino por la búsqueda. Y justamente por eso resulta indispensable.El cine experimental es el laboratorio del lenguaje cinematográfico.
Sin la radicalidad de Maya Deren explorando el tiempo, el cuerpo y la subjetividad en los años cuarenta, buena parte del cine contemporáneo no tendría los recursos expresivos que hoy consideramos naturales. Sin Jonas Mekas construyendo comunidad en torno al cine-diario y los circuitos alternativos de exhibición, la idea misma de cine como práctica colectiva y contracultural habría sido distinta.
La experimentación no es un lujo excéntrico. Es investigación y desarrollo del lenguaje. Es I+D cultural.Sin embargo, cuando se observan las políticas públicas contemporáneas, la experimentación rara vez aparece como prioridad explícita.
Existen líneas para el desarrollo industrial, para la internacionalización, para la atracción de rodajes. Todo eso es importante. Pero ¿dónde están los instrumentos diseñados específicamente para sostener el riesgo formal? ¿Dónde se reconoce que la investigación estética también produce valor público? Cuando el discurso dominante es el de la competitividad y la escala, el riesgo se vuelve una anomalía. Y cuando el riesgo es una anomalía, el sistema tiende a autorregularse hacia lo previsible.
No se trata de oponer industria y arte. Un ecosistema cultural sólido necesita ambas dimensiones. Necesita producción comercial, necesita series, necesita cine de género y documental. Pero también necesita obras que tensen los límites del lenguaje, que incomoden, que ensayen nuevas formas de narrar y mirar.
La pregunta es incómoda pero necesaria: ¿qué tipo de cultura queremos consolidar? ¿Una cultura que optimiza formatos o una cultura que también se permite experimentar con sus propias estructuras?
El término industria audiovisual organiza el sector desde la lógica económica. El término cine lo organiza también desde la lógica simbólica. En el primero, la obra es un contenido. En el segundo, es una experiencia estética y política.Porque el cine —en su dimensión más profunda— no es solo una cadena de valor. Es una forma de construir memoria, identidad y comunidad. Es un espacio donde una sociedad se mira a sí misma y ensaya otras posibilidades de percepción.
Cuando la experimentación no encuentra respaldo institucional, el mensaje implícito es que el riesgo es secundario. Y sin riesgo no hay renovación del lenguaje. Sin renovación del lenguaje, el campo se estabiliza. Y cuando el campo se estabiliza demasiado, comienza a repetirse.
La discusión no debería centrarse únicamente en cuánto produce el sector, sino también en qué produce en términos de imaginario. ¿Qué imágenes estamos generando? ¿Qué narrativas estamos legitimando? ¿Qué formas estamos dejando afuera porque no encajan en los criterios tradicionales de evaluación?.
Fortalecer la experimentación no es un gesto romántico. Es una decisión estratégica. Es entender que la diversidad formal amplía la potencia cultural de un país. Es asumir que el arte no siempre es cómodo, ni previsible, ni inmediatamente rentable, pero sí profundamente transformador.
Quizás el desafío no sea abandonar la noción de audiovisual, sino complejizarla. Volver a nombrar el cine allí donde hay búsqueda estética. Reconocer explícitamente que la experimentación forma parte estructural del ecosistema y no su periferia.Porque cuando una política cultural deja de proteger el riesgo, empieza —sin advertirlo— a administrar la repetición.Y una cultura que solo se repite termina, tarde o temprano, por empobrecerse.









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