El tercer relato inédito que presentamos en Ruido pertenece a la autora chilena Natalia Canales Riquelme, quien se inspiró en un asesinato ocurrido en Santiago en el año 2010. Este cuento narra el doloroso encuentro de su protagonista con su victimario, en una mañana de un día cualquiera, camino al trabajo. La rapidez y el estándar de las notas periodísticas han transformado los crímenes que ocurren en la ciudad, por desgracia, en algo trivial. Por eso este cuento quizás sea tanto resistencia a esa trivialidad, como también homenaje a las víctimas anónimas que un día salieron de sus casas para nunca volver.

Víctor Hugo Ortega C.

© AUSCAPE / GETTY IMAGES. 
Extraída de: https://www.redbull.com/car-es/mejores-imagenes-desiertos

SUSURROS DE MUERTE
Natalia Canales Riquelme

Sueño con un desierto de arenas doradas. Ahí estoy sumergiéndome en aguas que reflejan el fulgor del sol. Es un pequeño paraíso, secreto, escondido solamente para mí. La calma teñida de atardecer. De pronto, el ruido maldito del despertador. Son las 6:15. Hace frío, me gustaría quedarme en cama y disfrutar un rato más de mis sueños. Pero debo levantarme, los niños me esperan. Trabajo en un jardín infantil en el sector alto de Santiago, allí todas las mañanas las mamitas con cargos de gerencia dejan a sus hijos. Yo no me preocupo, los niños son maravillosos. Me meto a la ducha, doy el agua caliente para combatir el frío polar que hay en la casa. Salgo del baño y voy a la cocina. Mi mamá me sirve el desayuno. Tengo 25 años y ella sigue levantándose a acompañarme antes de irse a trabajar. Termino de comer y vuelvo al baño, me peino, me maquillo, un poco de sombra y labial me transforman en alguien decente.

Tomo mis llaves de la mesa y mi material de trabajo. Llevo unos dibujos y unos cuentos, les leeré durante la tarde. Es importante fomentar la lectura desde pequeños, así cuando grandes tienen la posibilidad de desarrollar mejores habilidades. Mucha gente no lo valora, pero estimular a los niños desde pequeños es primordial si queremos que sean adultos completos. Abro la puerta de la calle, afuera el invierno azota. Camino por las calles angostas de mi población, muchas mujeres salen a esta hora. La gran mayoría viaja hasta los sectores más acomodados, donde trabajan como asesoras del hogar. La calle parece más vacía que de costumbre, está oscuro aún. Para llegar a mi micro debo atravesar un peladero completo. Transantiago no nos favoreció y no hay paraderos cerca. Aquí voy, hay un perrito muerto de frío que se me acerca, me da lástima, le alcanzo un pedazo de pan que me quedó del desayuno.

Miro el reloj, demasiado tarde para quedarme con él. Corro detrás de la micro. Veo un hombre acercarse, es alto, pienso que tal vez también va atrasado. Pero no, viene hacia mí. Siento un escalofrío. El tipo llega a mi lado y me mira, no hay ninguna expresión en su rostro. Saca algo de su bolsillo, no distingo bien qué es, la neblina obstaculiza mi vista. Un reflejo y la puntada en el costado. Es un cuchillo. Me están asaltando. Trato de mantener la calma, es lo que nos enseñaron siempre, entrega todo, tu vida vale más que tus posesiones materiales. Le paso mi billetera, pero él me mira desinteresado. Me toma un brazo y me obliga a caminar. Paso por al lado de algunas casas, pero nadie sale, ni nadie parece verme. Trato de hablar con él. No me escucha. Me amenaza. Me quedo en silencio. Seguimos caminando y veo a la distancia personas, tengo la esperanza de que me vean y alguien me reconozca, que se den cuenta que algo no está bien. Pero no, él se desvía hacía una casa abandonada. Tengo mucho miedo. Entramos por un muro destruido, caminamos por lo que alguna vez fue un patio, la maleza llena todo el espacio. Me obliga a entrar a la casona, dentro todo huele a mierda y orina. Me dice que me siente junto a una muralla, ahí me quedo esperando que algo me salve.

Aquí estoy, mirando de qué forma puedo escapar, pero no hay muchas opciones, es una pieza cerrada, las ventanas están tapiadas. Tengo miedo, lloro, pienso en mi mamá, quisiera estar con ella ahora, abrazarla y decirle que la amo. Él vuelve a entrar, lleva el cuchillo en la mano, trato de hablarle, le digo quién soy, lo que hago, le digo que por favor no me haga nada. ¡Cállate!, me grita. Está alterado. Y yo desesperada. Ya no sé qué hacer. Comienzo a gritar, pero nadie me escucha, en esta ciudad nadie nunca escucha. Me grita que me calle nuevamente. Trato de correr, me toma y me lanza contra la muralla, mi cabeza está sangrando. Vuelve a salir.

Ha pasado más de una hora. Recuerdo mi teléfono. Gracias a Dios, aún tengo mi celular en el bolsillo. Marco el número de mi hermano. “Estoy secuestrada, ayúdame”, le digo. Entra de nuevo y corto el teléfono. Se da unas vueltas, me mira, creo ver un poco de compasión en sus ojos, pero vuelve su mirada hacia la puerta. Sale nervioso. Marco de nuevo, esta vez llamo a mi papá, pero no alcanzo a decir nada, me vio y me quitó el teléfono. Le suplico que me deje ir, que no diré nada, que no lo denunciaré, pero que me deje vivir. Grito de nuevo, lloro y le suplico. No quiero morir, no quiero morir, alguien ayúdeme. Me toma de un brazo, tengo miedo, saca el cuchillo, me sujeta fuerte, por favor, no me mates, por favor, no me mates. Forcejeamos, intento escapar. No puedo. Ya es tarde. Siento el frío de la hoja en mi cuello, lloro y pienso en mi mamá. Quisiera haberme quedado en mi cama, soñando con playas de arenas doradas y aguas tibias. Lloro, lloro de angustia, de desesperación, de miedo, de terror. Siento el cuchillo atravesarme la garganta, la sangre emana de mi cuello, y cae por mi cuerpo. Caigo al piso, intento gritar, pero solo susurros salen de mi boca. Me muero, siento como me desangro. Trato de gritar. No merezco morir de esta forma. Ya no siento nada, solo el calor de la sangre que brota de mi garganta, cierro los ojos. Veo sus zapatos, está caminando fuera de la pieza. Vuelve, pero eso ya no importa. Lanza un líquido alrededor de mi cuerpo. Lo observo mientras siento como mi corazón se detiene lentamente, veo sus ojos, no hay nada en ellos. Se aleja. Pierdo la conciencia. De pronto despierto y contemplo horrorizada las llamas. Me quema para borrarme, para desaparecerme. La casa se incendia y yo con ella. Siento el calor de las llamas en mis piernas. Pero no duele, ya nada duele. Quiero estar en mi cama otra vez, soñando, quiero despertar y que esto solo sea una pesadilla. Quiero ver a mi mamá, quiero sentir el despertador. Me sofoco. El día de tu muerte es idéntico a todos los días de tu vida, solo que más corto. Grito, pero lo único que sale de mi garganta son susurros de muerte.


Natalia Canales Riquelme (1985) es Licenciada en Letras, con mención en literatura y lingüística hispánica de la Universidad Católica de Chile. Ha trabajado en diversos proyectos culturales como productora y escritora, además de publicar artículos y reseñas en diversas revistas académicas. Actualmente se desempeña como docente en el Instituto DUOC, la Universidad Santo Tomás y la Universidad Mayor. Sus áreas de trabajo son la literatura, la comunicación y las políticas públicas. Es activista por la liberación palestina y los derechos civiles. Vive en Santiago de Chile, la ciudad que inspira sus ficciones.

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