Nos encontramos con Manuel Barrios a fines de febrero en Montevideo para conversar sobre la editorial Dios Dorado, que dirige junto a Jairo Rojas Rojas y Olga Leiva. Quince días después del encuentro empezó la emergencia sanitaria. Pasaron muchas cosas desde febrero, entre ellas publicamos tres contribuciones de Manuel sobre el campo editorial contemporáneo: un artículo sobre el colectivo editorial Sancocho y su aporte a la bibiodiversidad, una entrevista a la editorial La Coqueta, y otra a la investigadora Daniela Szpilbarg, que además incluyó un informe (con descarga gratuita) sobre el impacto de la pandemia en la industria editorial argentina.

¿Cómo surge la editorial Dios Dorado?

Primero en el 2010 surge Editorial Mental que es un proyecto que parte de lo que se comprende como libro de escritores o de creadores, era parte de una necesidad nuestra de poder tener en plaza nuestros libros como escritores. Ninguno de nosotros nos visualizábamos como editores ni teníamos idea de lo que era ser editor. Eso vino después. Pero al principio va como una cuestión que acompaña una necesidad, y ahí me parece que hay algo interesante, los escritores dicen “escribir es una necesidad”… Bueno, para nosotros editar era una necesidad, que el libro saliera. Un concepto que me parece interesante, en aquel momento no me daba cuenta, es que publicar es que algo se haga público, que abandone la esfera privada, que abandone también esa esfera del capricho y de la intencionalidad privada y se vuelva algo público, para todos. Ese fue el inicio de la Editorial Mental, el perfil que tuvo fue poético y publicamos solo autores uruguayos. Tuvimos la idea de publicar autores latinoamericanos pero nunca la pudimos concretar, porque un tema muy importante para estos proyectos autogestionados es que el autor tiene que ser una pata de apoyo del proyecto, si no se cae. Si el autor no está presente es muy difícil.

¿Qué significa que sea “pata de apoyo” además de estar presente?

Y que haga la difusión del proyecto, por ejemplo, que se encargue de vender el libro, de encontrar gente que venda el libro. Nosotros somos los que más lo vamos a vender pero si nosotros tenemos a un autor que no le interesa vender su libro ya iniciamos mal, para qué quiere editar el libro. Hay que recordar que son tiradas pequeñas, no son grandes tiradas, y nosotros no tenemos un aporte económico a nuestro tiempo de trabajo, es con la posterior venta nuestra, pero no le cobramos esa mano de obra al escritor.

En 2017 se crea Dios Dorado ¿es una continuación de Editorial Mental?

La idea fue terminar el proyecto anterior, que era más de escritores y decir “vamos a ver si podemos ser editores”, editar a otros y además empezar a ver qué tiene que tener una editorial. El paratexto de una editorial, ver toda la parte formal, estos libros tienen ISBN, que en la anterior no tenían. Empezar a buscarle una pata formal para ver si podíamos, con nuestros recursos, estar presentes lo más posible en el mercado.

¿Cómo es la producción de un libro?

En este momento está más organizada que hace unos años. Ahora intentamos cumplir con las etapas que tiene que tener la edición de un libro. Hay dos tipos de proyecto por ahora. Unos son los que parten de la editorial, buscamos un autor; y otro es el que el autor propone. Ahí hay cosas bien diferentes. Si la editorial busca un proyecto, en general la editorial no le va a ir a decir al autor “te cobramos tanto”, no es muy seductor. Pero si el escritor te plantea “quiero editar con ustedes” ahí si nos podemos plantear un presupuesto que por lo menos contemple el diseño, la que diseña es Olga Leiva, pagarle ese tiempo de diseño y ese trabajo; y después los materiales. La encuadernación y eso no lo cobramos, porque si cobráramos eso ya, como es artesanal, es muy caro.

¿Cuál es la línea editorial?

Y la línea editorial que tenemos tiene que ver con una poesía que tenga un trabajo consciente en el lenguaje, esa es la línea que tenemos. Porque editamos muy poco, seguimos editando poco. Ahora ya estamos trabajando en otro libro que parece que vamos a poder concretar la idea de colección latinoamericana, vamos a empezar con una autora argentina que se llama Carolina Massola [Los ángeles del frío, publicado el mes pasado]. La línea poética tiene que ver con un tipo de poesía que tenga una conciencia en el lenguaje, después no hay una impronta que yo te diga “es neobarroco”, eso no, varía mucho en realidad. Por ejemplo, Federico Machado [Pandemia, 2017] sale del proyecto En el camino de los perros, tiene 21, 22 años, y la poética de él no tiene nada que ver con la de Melisa Machado. Él es como una cuestión más trash, más Julio Inverso si se quiere, urbana, otra cosa. Pero si tiene esa cosa de ver el libro como un proceso novelado y no como una colección de poemas.

¿Y por qué se unen al colectivo Sancocho?

Sancocho tiene mucho de visibilizar el trabajo como algo de la comunidad y no algo de las elites, algo comunitario, que se puede compartir y que no pasa nada. El lugar del trabajo se parece más a una feria de alimentos, que a la Feria [Internacional] del Libro de Montevideo. Para ir a la Feria tenés que estar en la Cámara, pagar el stand, armarlo, presupuestar gente, tenés todo un cinturón protector, simbólico y mercantil, que para nosotros como editores no hacen al libro. Soy consciente de que eso forma parte de lo que es el libro como bien cultural, que tiene ese doble rasero. Pero si nosotros nos colocamos ahí no haríamos libros. Entonces Sancocho logró articular, poder acceder a un espacio, tomarlo y compartirlo, que se multiplique. Lo otro importante es el lugar del editor, porque se vuelve a una cuestión más medieval del editor, que es librero también, el editor vende el libro y te puede hablar del libro, te puede decir cómo se hizo, está más cercano a la práctica, no está tan tercerizado.

¿Cómo ves la discusión sobre la “edición independiente”?

Creo que hay que estudiarlo. Es como nuestra tarea. En la Feria del Libro Independiente y Autónoma de Argentina (FLIA) se problematizó eso y hay pila de gente que escribió sobre el tema: ¿independientes en qué, de qué? Después hay muchos grupos que estaban en la FLIA pero estaban también en la Feria del Libro de Buenos Aires. Entonces ¿cómo es independiente pero está en los dos lados? Si independiente fuera lo mismo que emergente, quiere decir que tiende o se orienta a la canonización. Pero si pensamos que la independencia es una resistencia, es una actitud de resistencia, entonces no podría ser eso. Es como “el” problema teórico de las editoriales, que nació con la FLIA. Se puede hablar capaz de editoriales autogestionadas, vos las gestionás y compartís tus prácticas con otras personas. Y después está el tema de qué prácticas querés reproducir y cuáles no. Creo que Sancocho, o las editoriales con las que nos sentimos identificados, tiene que ver con reproducir prácticas que acerquen al lector a la escritura y a la edición como algo popular, para mi es una práctica popular, como algo que todos podemos hacer. Cambiar las reglas en ese sentido. Y no quedar esclavo de la jerarquía de “la distribuidora”, “la librería”, es una cuestión bien marxista, vos ponés tanta plata, la distribuidora se lleva tanta plata, el librero se lleva tanta plata, cuánto se lleva el editor, el escritor, finalmente el tema es económico.

Hay una cuestión entonces que tiene que ver con el modelo de trabajo distinto a la empresarial y hablás también de resistencia ¿en qué sentido lo decís?

Creo que tiene que ver con visibilizar aquellos discursos que a uno le parece que no tienen visibilidad o que hay una falta, una pérdida. Y sobre todo cómo te vas a asociar cuando trabajes con otro. Ahí hay un punto muy importante, porque si vos vas a distribuir a otra editorial y le vas a cobrar el 60%, que es lo que ocurre, yo creo que ahí no estás resistiendo a nada. Al revés, vos estás sojuzgando al otro. Entonces la entiendo como resistirte a ese lugar de acaparar el mercado o monopólico. En algún punto la resistencia es lo único que tenés cuando empezás. Pero cuando te empieza a ir bien, los tirajes son más grandes, tenés un público, y armás una distribuidora, que es un proyecto que yo puedo tener, por ejemplo. Si armo una distribuidora ¿ya no soy de la resistencia, ya soy del monopolio? No, hay que ver qué prácticas reproducís, yo lo veo ahí. Hay un montón de experiencias, las prácticas del mercado justo, por eso yo me veo más emparentado en las prácticas de mercado de pequeños productores agrícolas que de los editores.

¿Y vos pensás que es un fenómeno que empezó con la FLIA en Buenos Aires a partir del 2006, o es anterior? Pienso en Artefato, por ejemplo, como una experiencia editorial similar a las actuales

Pero si vos pensás el contexto en el cual nace Artefato era bien diferente al de ahora. No había un colectivo con tantas editoriales y con cosas tangibles. Creo que hay una cuestión del tema de los medios, de poder democratizar los medios y poder hacerlos más accesibles para otros. Porque el colectivo lo que intenta es democratizar la información también, “imprimí en tal lado, me cobraron tanto ¿a vos?”, y eso hace a la cosa. Además el hecho de tomar espacios y que se puedan hacer las ferias. Es algo para nosotros también, además de para los lectores, es una fiesta para nosotros porque nosotros ahí vamos viendo qué hace el otro, charlamos, leemos lo que hacemos. Estoy pensando en Hugo [Achugar], que decía que él veía una nueva sensibilidad poética como del 2000 para acá. Para mí parte de esa sensibilidad poética, pasó a la parte editorial. Creo que ahora hay menos gente interesada en qué escriben los jóvenes, que en qué editan los jóvenes, ahí hay un tema para mí importante. Porque creo que era un lugar que había que tomar, los medios de producción, porque el lugar del escritor como productor de sentido ya estaba bastardeado, qué hacías con ese libro, dónde salía. Lo que cambió es el hecho de hacer público algo, de publicarlo y que no sea tan complejo.

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