En la cuarta entrega de Ruido presentamos el cuento “Mixteca” del escritor uruguayo Luis Antonio Beauxis Cónsul. Integra el libro Cuasi-cuentos, inédito hasta ahora, y ganador del tercer premio en el Concurso de Narrativa del Espacio Mixtura (en 2016). De los cuatro textos que integran el volumen, “Mixteca” propone una historia sobre el poder y las ambiciones en un contexto prehispánico. El líder Ocho Venado-Garra de Jaguar es un personaje recuperado de la cultura material y los códices del pueblo mesoamericano mixteca, que habitó en los actuales estados mexicanos de Puebla, Oaxaca y Guerrero. El cuento es narrado por uno de sus sobrinos, cuya familia fue humillada y busca venganza.

“Guerreros Mixtecas con Ichcahuipilli Codice Selden”. Sin dato de autor, Dominio Público. Fuente: Wikimedia Commons

MIXTECA

Luis Antonio Beauxis Cónsul

Yo era demasiado pequeño como para comprenderlo entonces. Con mis pocos años tuve que enfrentar la muerte de mi padre, durante el regreso de la Campaña de la Costa, y el abandono por parte de mi madre. Una y otra vez me atormentaba preguntándome si yo pude ser culpable de aquello por haber hecho algo indebido. Todavía hoy, tengo que reprimir un sollozo cada vez que contemplo esas prendas de algodón primorosamente bordado que lucen nuestras mujeres y cuyo nombre ella supo llevar siempre con bien merecido orgullo: Quexquémitl de Guerra, pues era una mujer de armas tomar ¡ya lo creo que sí!

-¡Un guajolote menos para comerse nuestro maíz! – sentenció mi tío Ocho Venado-Garra de Jaguar, lanzando una estruendosa carcajada, cuando se enteró del alejamiento de mi madre.

Sin embargo, no se rió de la misma manera cuando le llegaron noticias de que ella había ido a buscar refugio en el Lugar del Bulto de Xipe, colocándose bajo la protección del señor local: Once Viento-Jaguar Sangriento, a la sazón, casado con Seis Lagartija-Abanico de Jade que, pese a ser medio hermana de mi tío, no se hallaba con éste en los mejores términos ni mucho menos.

Solamente una vez me atreví a preguntarle por mi madre. La respuesta que obtuve fue:

-¿Necesitas una puta, sobrino? Aquí hay muchas… ¡Puedes escoger la que más te guste!

No volví a hablar del tema con él. La única persona que me brindó algún tipo de información acerca de mi madre, fue una de las esposas de mi tío: Trece Serpiente-Serpiente de Flores, que era hija justamente del Señor de Bulto de Xipe; ella me contó que su padre tenía a mi madre en muy alta estima y que hasta estaba considerando muy seriamente tomarla como nueva esposa. Un matrimonio semejante incrementaría de manera muy notoria sus posibles derechos a reclamar el trono de mi tío, argumento más que suficiente para aumentar el mal humor y el resentimiento que éste ya de por sí experimentaba tanto hacia el uno como hacia la otra.

Mi poderoso tío: Ocho Venado-Garra de Jaguar, Señor de Yucudzáa y Ñuu Tnoo Huahi Andehui, se encargó personalmente de mi entrenamiento en las artes de la guerra, tal como correspondía a un miembro del dzayya yya, especialmente al hijo de su valiente hermano Doce Terremoto-Jaguar Sangriento. No, no estoy vanagloriándome si afirmo que fui un alumno más que destacado, si no el mejor; aprendí a protegerme con el escudo, a atacar con la lanza, el garrote y el cuchillo, a lanzar piedras con la honda y a manejar el arco con sus flechas. Participé en todas y cada una de las conquistas de Ocho Venado-Garra de Jaguar ayudándolo a que dominara esos cien señoríos que acabaron por transformarlo en el amo casi absoluto de las Tres Regiones habitadas por el Pueblo de la Lluvia y le valieron incluso hasta el reconocimiento como Tecuhtli por parte de nuestros bravos vecinos zapotecas, que le otorgaron ese bezote de turquesa que, desde entonces, ha exhibido ostentosamente en su labio inferior.

Tan sólo un obstáculo se interponía entre el belicoso Ocho Venado-Garra de Jaguar y el poder absoluto: el Lugar del Bulto de Xipe, precisamente ese mismo lugar donde continuaba gobernando Once Viento-Jaguar Sangriento, ahora con su nueva esposa, que no era otra sino Seis Mono-Quexquémitl de Guerra ¡mi propia madre, nada menos!

Mi tío, con una meticulosidad y una paciencia de la que no lo sabía capaz, fue acumulando fuerzas desde todos los rincones de sus inmensos dominios y, en el día 12 mono del año 11 casa, un ejército tan enorme como nunca antes se había visto se abatió sobre Bulto de Xipe, por los cuatro costados, sin dejar piedra sobre piedra ni adobe sobre adobe. Los techos de palma ardieron bajo nuestras antorchas. Encabezando una de las alas marchaba yo, con el escudo en un brazo y la lanza en el otro, abriendo una brecha sangrienta entre los defensores del Lugar. Cuando por fin llegué al centro de la población, cubierto de polvo, sudor y sangre, ya la vanguardia que comandaba mi otro tío, Nueve Flor-Flecha de Tabaco Ardiendo, había abatido a Once Viento y a mi madre; tan sólo alcancé a contemplarme en sus ojos muertos para después cerrárselos. Sus labios ya no podrían jamás dar respuesta a todas mis preguntas; para ella había finalizado la tragedia.

Mis dos medio hermanos, menos afortunados, fueron capturados con vida.

Primero trajeron al mayor, Diez Perro-Águila de Tabaco Ardiendo, lo contemplé mientras caminaba con paso sereno hasta la redonda piedra de los sacrificios. Allí permitió, con una dignidad imperturbable, que amarraran su pie a la piedra, enarboló altivo las pobres armas de las que fue provisto y lanzó desafíos hacia todos los presentes. Aunque se debatió con singular bravura, muy poca cosa pudo hacer contra cuatro guerreros jaguar armados hasta los dientes, no tardó en desplomarse con el cráneo destrozado por un par de golpes certeros. El Sacerdote lo despojó rápidamente de toda la piel y ofreció aquellos restos sanguinolentos a Xipe Tótec con la esperanza de ganar el favor del Dios.

Luego le llegó su turno a mi hermano más pequeño; Seis Casa-Sarta de Pedernales era poco más que un niño, no supo encarar aquel penoso trance con la entereza de su heroico predecesor. Tuvo que ser llevado en vilo, prácticamente, por media docena de tay sinoquachis, mientras lloraba amargamente. Sin que nadie hiciera caso de sus lamentaciones, fue amarrado fuertemente a la columna ritual, de lo contrario se habría desplomado al pie de la misma. Su cuerpo fue enteramente pintado de añil y colocaron flores en sus manos y en sus pies abiertos en cruz. Mientras tanto, el escuadrón de guerreros águila se formaba y preparaba sus arcos y flechas.

A una señal de Ocho Venado-Garra de Jaguar dio comienzo aquel ritual.

Los arqueros disparaban parsimoniosamente una flecha detrás de la otra, con una precisión admirable: ninguna de ellas causaba heridas de importancia en el cuerpo de mi hermano, apenas lo laceraban lo suficiente como para que la sangre manara, gota a gota, cual si fuese la simiente del Dios Solar. Al cabo de varios flechazos, Seis Casa-Sarta de Pedernales dejó de quejarse, apenas si era sacudido por una especie de espasmo cada vez que un nuevo dardo le causaba una herida más.

Contemplando ese sacrificio, acudió a mi mente la historia del Flechador que se enfrentara al Sol durante todo un día hasta acabar con él justo al atardecer sólo que, a diferencia de lo que ocurrió luego con el Sol, mi pobre hermano menor no renacería a la mañana siguiente. Sentí que algo se quebraba dentro de mí. Todas las miradas estaban enfocadas en la víctima; no fue difícil deslizarme, sin que nadie lo notara, hasta ubicarme justo detrás de los guerreros águila para tensar mi propio arco tal cual me había sido enseñado, escuché las plumas susurrándome en el oído y solté la cuerda: mi disparo dio exactamente en el corazón del pequeño que dejó de sufrir ¡por fin! En mi fuero más íntimo, prometí solemnemente que algún día los vengaría, a él y a todos los demás.

Aquella resolución era más fácil proponérsela que realizarla; me llevó largos años poder ponerla en ejecución. Largos años de recorrer incansablemente todo el territorio del Pueblo de la Lluvia buscando tejer una intrincada red de alianzas que me permitiera enfrentar y derrotar a Ocho Venado-Garra de Jaguar quien, mientras tanto, continuaba haciendo de las suyas sin que nadie se atreviese a ponerle freno.

En una y otra población yo encontraba numerosísimos tay ñuus descontentos por lo elevado de los tributos que debían pagar, ya fuera en maíz, cacao, frijoles, chile, algodón o cochinilla, había que organizarlos y esa tarea, por momentos, demostraba ser superior a mis escasas fuerzas. Finalmente, al cabo de muchos trabajos, pude lograrlo aunque para ello hasta tuve que visitar a Nueve Hierba, Sacerdotisa de la Diosa de la Muerte, en su caverna de Vehe Kihin.

-¿Qué es lo que deseas, Cuatro Viento? – preguntó con voz cascada, examinando de arriba abajo mi cuerpo desnudo totalmente embadurnado de pomada negra.

-¡Venganza! – repliqué – Quiero vengarme de Ocho Venado, el asesino de mi madre y mis hermanos.

-Y también de tu padre – acotó sibilina.

-¿Pero qué estás diciendo? ¡Mi padre murió en una emboscada que le tendieron los enemigos de Ocho Venado, a cuyo servicio luchó siempre!

-El propio Ocho Venado organizó la emboscada – declaró Nueve Hierba – pues Doce Terremoto representaba una amenaza para él.

-¿Qué clase de amenaza, anciana? – la interrumpí – Durante toda mi vida sólo he escuchado que mi padre fue siempre el más leal y mejor de todos los guerreros que sirvieron a Ocho Venado.

-Precisamente ése fue su delito: ser el mejor – sentenció la Sacerdotisa – Tu orgulloso tío no temía ser traicionado por su hermano ¡temía la sombra que esa figura heroica pudiese proyectar sobre su vanidad! Por eso no le tembló la mano a la hora de hacerlo eliminar.

Aquellas palabras terminaron por darme la clave para derrotar a mi poderoso tío: su soberbia iba a resultar la causa de su perdición.

Hice redactar una proclama, escrita con grandes glifos rojos; mis emisarios se ocuparon de que llegase a todas partes. Muy pronto, esos términos tan insultantes estuvieron en boca de todos y cada uno de los integrantes del Pueblo de la Lluvia. Aquello de ser calificado como “un viejo inútil, cobarde e impotente” (entre otras cosas) era más de lo que el orgullo de mi poderoso tío estaba dispuesto a soportar. Reunió un ejército apenas inferior al que había arrasado Bulto de Xipe y se puso en marcha hacia Ñuu Yuchi, el lugar en el que yo me había acuartelado y donde él suponía que iba a aguardar su llegada.

A la caída de la tarde de la última jornada, el ejército de Ocho Venado penetró en el Valle de Magueyes y entonces ocurrió lo inesperado: detrás de cada roca, de cada planta, de cada sombra se encontraba uno de mis guerreros. Caímos por sorpresa sobre ellos y logramos que se desbandaran, aterrorizados, en una desordenada retirada. Mi tío se mantuvo firme, intentando vanamente reorganizarlos. No fue difícil localizarlo para abrirme paso hasta él: el bezote de turquesa zapoteca relucía como una estrella con los últimos rayos del crepúsculo. Es justo reconocer que se batió vigorosamente para alguien que ya había superado largamente los cincuenta años, pero logré quebrar su resistencia utilizando todo aquello que él mismo se había encargado de enseñarme. Lo herí apenas lo necesario para poder dominarlo: ansiaba fervientemente que mi enemigo llegase con vida hasta el altar de los sacrificios.

Cuando el Sumo Sacerdote le abrió el pecho y elevó hacia los cielos su corazón sangrante y todavía palpitante, recién entonces, pude liberar ese desgarrador alarido que se retorcía desde hacía años dentro de mis entrañas.

Mientras el cuerpo sin vida del otrora poderoso Señor Ocho Venado-Garra de Jaguar era arrastrado por un par de dahasahas, a la Gruta de los Muertos en Chalcatongo, yo todavía oprimía en mi puño izquierdo, cerrado espasmódicamente, el bezote de turquesa unido a ese trozo de labio que le arranqué al someterlo.


Luis Antonio Beauxis (Montevideo, 1960) es escritor. Publicó su primer cuento en la antología Los nuevos cuentan (1980) resultado de un concurso literario organizado por la Cámara Uruguaya del Libro en el marco de su 3.a Feria Internacional del Libro. Sus textos aparecieron en distintos medios y antologías hasta que, en 1992, la editorial Banda Oriental publica su primer libro Ficciones en su tinta. Aparecieron luego Cuenticulario (historias de entreten-y-miento) y Otras memorias en 1993. Desde entonces participó en distintas antologías y publicaciones nacionales e internacionales.

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