Una empleada doméstica, clienta habitual de la novedad mensual de una desacertada colección de novelas rosa, se deja aconsejar (no sin reticencias) por la dueña de una librería para que en esa ocasión se lleve Orgullo y prejuicio de Jane Austen. Dos días después, emocionada y radiante, vuelve al establecimiento y abraza a su consejera literaria al tiempo que le dice: “¿Pero usted sabe lo que ha hecho? Que no lo he leído, lo he devorado. Ay, ese Darcy, ese Darcy… Qué fin de semana más bueno”.

La anécdota procede de Rialto, 11: Naufragios y pecios de una librería, de Belén Rubiano, donde rememora lo que pudo haber sido y no fue durante sus años de librera, como empleada primero y más tarde al frente de su propio negocio, y las múltiples peripecias vividas con clientes, transeúntes y proveedores. Con una particular perspicacia, un fino sentido del humor y un desbordado amor por su oficio, la autora acaba por construir un entrañable alegato por los libros, y asegura que “si leer no nos hace más feliz, sí nos hace más sensibles, respetuosos y gentiles, que no es poco”.

Igualmente la Teresa de Jesús de Juan Mayorga (en La lengua en pedazos), enfrentada al inquisidor le increpa: “en libros he encontrado el consuelo que no me dan las gentes”. Y si no fueron los libros los que dieron la felicidad a esta impeninente lectora sin miedo a la represión, bien claro queda que moldearon su carácter y procuraron un consuelo que procedía de la imaginación en sus largos años de monja. Imaginar es hacer presente lo ausente, en la mente del autor y del lector, pues también este toma parte al abrazar lo acontecido o lo recreado.

Las librerías son espacios de comunión mística donde la oficiante (o el oficiante) acerca textos a lectores que intuye pueden estar interconectados. Fue en el París de hace 100 años donde Françoise Frenkel, judía de origen polaco, aprendió el oficio de librera y todas las sutilezas que le permitieron tiempo después, a partir de gestos simples como tomar o dejar un libro o la forma de pasar sus páginas, aventurarse a “colocar a mano del lector el libro que yo consideraba e adecuado para él, con el fin de evitarle el embarazo de verse influido por una recomendación. Si le parecía de su agrado, yo me sentía exultante”. Más tarde sería perseguida y su librería en Berlín expropiada durante los años del régimen nazi.

También en París la estadounidense Sylvia Beach, alma mater de la librería Shakespeare & Company, creo un punto de encuentro donde no solo se vendían y se prestaban libros usados, sino que adelantaba dinero a periodistas y escritores (muchos de los cuales engrosaron la denominada “generación perdida”) o los presentaba a editores locales. Beach también llegó a publicar libros, entre otros el controvertido Ulises de un joven irlandés llamado James Joyce. El abrupto final de su carrera comercial vino provocado, como en el caso de Frenkel, por las botas del ejército de ocupación alemán.

En el multiaclamado libro El infinito en un junco, Irene Vallejo hace referencia a cinco entrevistas realizadas pocos años antes a otros tantos libreros, donde trata de explicar la pasión que subyace en su quehacer diario, su implicación en las causas perdidas “recetando la medicina de las lecturas” y su esfuerzo por rescatar, mediante encuentros o exposiciones, las antiguas tertulias artísticas o literarias que se desarrollaban en los cafés. Algo que Paco Puche, también del gremio, define así en su Memoria de librería: “No se puede medir el efecto que tiene una librería en la ciudad que la acoge, ni la energía que despliega en sus calles, que transmite a sus habitantes. Desde luego, no bastan los números de clientes y ventas, ni cifras de negocio, porque el influjo de la librería en la ciudad es sutil, secreto, inaprensible”.

Vuelvo a la ciudad de París. Yo también he hallado en la librería Cariño (establecida en el barrio donde tomó fuerza la Comuna) algunas de las mejores lecturas que han pasado por mis manos en mucho tiempo. Una de ellas Rojo amor, de Anibal Jarkowski, nos transporta de la Rusia zarista a la revolucionaria de los bolcheviques, del París de Coco Chanel al Buenos Aires salvaje de comienzos del siglo XX. Con una prosa emotiva y de una belleza tan singular que es capaz de conjugar el romanticismo con los conflictos sociales o políticos, creando una novela de amor, proletaria, subversiva y de misterio, tierna en ocasiones, cruda en otros momentos, que incluye aspectos de las novelas rusas decimonónicas, de vanguardias, de reflexión e ideas, todo ello en un solo libro.

También rescato la recomendación de Melisa para leer La trilogía involuntaria de Mario Levrero (autor que, debo reconocer, desconocía hasta ese momento), y que me procuró horas de placer, solo equivalente a las que transmite Felisberto Hernández con sus construcciones oníricas, acciones y personajes que se desenvuelven lejos de los parámetros temporales y espaciales donde solemos movernos la mayor parte del tiempo.

Todo lo anterior me sirve para reivindicar el papel de las librerías y deplorar que los gigantes del sector, como Amazon, crean haberse erigido en representantes de autores y editoriales. Son únicamente el mascarón de proa de lo peor que el mercado editorial puede aportar, por muchos millones de libros y de beneficios que lleguen a atesorar. Lo quieren todo. Por eso cuando Jarkowski escribe: “mi padre me había dicho que para los que mandan, para los que tienen dinero, la mitad es siempre una injusticia”, también está hablando de esta forma de invadir, de hacerse con el mundo editorial.


Foto destacada: “Librería Rosario Castellanos” (2016), Gobierno de la Ciudad de México. Fuente: Wikimedia Commons

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