Sobre La última frontera, de Luis Do Santos

La novela El zambullidor (Fin de Siglo, 2017), de Luis Do Santos, ya va por la cuarta edición en Uruguay y fue traducida al portugués y al francés. Si bien fue su carta de presentación en Montevideo, Do Santos empezó a publicar en los años noventa y Tras la niebla (1992) fue su primer libro, en el que combinó cuentos y poesía. Desde entonces, apareció en varias antologías y en 2008 la Intendencia de Salto le publicó La última frontera, una novela con una fuerte influencia del realismo mágico que no tuvo mayores repercusiones en su momento. Sin embargo, en la estela que dejó el reconocimiento y las repercusiones de El zambullidor, la editorial Fin de Siglo decidió publicar, a fines del año pasado, una reescritura de su primera novela.

El escenario de la novela es Abaité, «un caserío fantasmal», ubicado en un «norte» cuyos contornos son imprecisos, pero que no es difícil identificar, desde el comienzo, con la frontera entre Uruguay y Brasil. Hay algunos indicios en la novela que unen esta ciudad imaginada con el departamento de Artigas y con algunos hitos históricos: la explotación de la caña de azúcar o las marchas de los cañeros a Montevideo en los años sesenta. Pero no hay nada más lejano a esta novela que cualquier afán documental, se trata de una relación con la historia atrapada en la ficción, que impregna la narración, pero no la satura ni la desvía de su objetivo: contar la vida de Pedro Serpa desde su llegada a Abaité con una cuadrilla de ferroviarios hasta su muerte heroica dentro de un ingenio azucarero abandonado.

A medida que el relato avanza, al inicio desde el punto de vista de los personajes, va haciéndose lugar un narrador que, primero, aparece como un investigador en busca de la verdadera historia de Serpa y,  poco a poco, va evidenciando su compromiso y su interés en la empresa. La voz del narrador emerge de un coro impresionante de personajes, hablantes y escribientes, que le ayudan a recuperar distintos momentos o hitos de la trayectoria de Serpa en Abaité. La búsqueda del narrador está permanentemente asediada por desfiguraciones que se producen en el boca a boca, en los intercambios en el bar, en los chismes, en los cuentos de los viejos. Y es en ese caos aparente que el narrador busca la verdad.

Este modo de construcción del relato, el entretejido de diversas fuentes ficticias, es un recurso bien establecido en la literatura uruguaya y latinoamericana, y Do Santos lo maneja con mucha creatividad. Es uno de los muchos aciertos que presenta La última frontera. La primera historia de Pedro en Abaité es la que le dará su fama de «cazador de lobisones». Los artículos de prensa de Tabaré Bastida, de El Correo, son una de las fuentes del investigador-narrador y servirán para reconstruir el relato de cómo Pedro Serpa le llevó el lobisón a Getulio Lima, «hacendado de la zona» que había ofrecido una recompensa para quien lo atrapara. El gesto inaugural de Serpa en el pueblo es interpretado y festejado como una «insolencia» frente al poder.

A partir de esta primera historia, las fuentes del relato van aumentando: las memorias de Haroldo Pereira Borges, los informes oficiales de distintos personajes, historias contadas oralmente al narrador o leídas en cartas. Mediante estos procedimientos, Do Santos va construyendo, por un lado, un coro de voces diversas, algunas en portuñol, otras que toman mucho de la literatura gauchesca, y, por el otro, una escritura oficial que es constantemente parodiada e incluso negada, que por momentos dialoga y entra en tensión con el habla popular. Por ejemplo, el narrador encuentra en el Archivo Nacional un informe elevado por el doctor Plinio Piegas al presidente de la república, en el que afirma: «El idioma que balbucea esta gente es casi un dialecto propio, mezcla de español y portugués mal hablados, muy difícil de entender, por lo que inferimos no tienen sentimiento alguno de nacionalidad o noción de patria». A lo largo de la novela, esta tensión con el discurso oficial se intensifica y finalmente colisiona con las voces comunitarias de Abaité.

En otro pasaje, el narrador cita una carta enviada por el juez a sus superiores en la que se queja de que se violan «artículos del derecho civil y fundamentos consagrados en nuestra propia Constitución» y que es «como si aún viviéramos en tiempos de barbarie». A partir de este discurso oficial, la última frontera va tomando forma, al margen de la ley, al margen de la nación tal cual es pensada desde la capital, desde el Estado y sus agentes. Esta tensión, que el narrador va carnavalizando, riéndose con ruido de la mirada oficial, llega a su punto más alto en la amenaza de un conflicto bélico con Brasil, a partir de una bala perdida que alcanza a una de las hijas de Pedro Serpa. De pronto, la capital se entera de la existencia de Abaité y la ciudad pasa a ser considerada en la letra del tratado de Ñaquiñá entre Brasil y Uruguay, «dentro del territorio legítimo de la República Oriental del Uruguay, trazando así la raya final de la última frontera», y remata el narrador: «En Montevideo, celebraron con desfiles militares, fiestas populares en las calles y se declaró feriado nacional el día del tratado».

De esta forma, el Estado, la fuerza centrípeta de la capital, va construyendo la idea de última frontera como un límite rígido, que requiere vigilancia, muy alejado de la vivencia de la frontera como un espacio de intercambios, que es la manera en la que lo practican sus habitantes, tal como el narrador lo deja entrever. Finalmente, el Estado nación irrumpe en el pueblo y lo amenaza definitivamente con la instalación del ingenio azucarero, una propuesta que surge localmente, pero es atrapada por el aparato político y la burocracia, y termina envuelta en una retórica vacía del progreso y el desarrollo. En gran medida, el narrador se encuentra y acompaña la visión del mundo de los habitantes de la frontera, su mirada ácida y desconfiada a esos aparatos (el Estado, la Justicia, la ley), que poco se conectan con sus vidas cotidianas.

Tapa de La última frontera. Ilustración de Federico Murro. Diseño de tapa de Alejandro Muntz. Editorial Fin de Siglo.

Fronterizo

En el plano de la lengua, la propuesta de Do Santos es distinta al portuñol con el que narra Fabián Severo. En La última frontera predomina el español, aunque intervenido siempre por la palabra popular. Ambos comparten, eso sí, una búsqueda poética que acompaña el relato y se vuelve una característica central de su discurso narrativo. En la novela de Do Santos entramos a una frontera que no es una barrera, una contención, sino una imaginación desbordante, un coro de voces no siempre armónicas, que entran en conflicto, que dialogan entre sí, y desde donde puede volver a visitarse eso que llamamos «lo real».

Como escribí al principio, no hay rastros de ningún documentalismo en la narrativa de Do Santos. Incluso podría decirse que se escribe en contra de los documentos oficiales o, por lo menos, riéndose de su voluntad de registro de una realidad que los excede. Sin embargo, los personajes que abrazan la causa de la caña de azúcar y el ingenio, frente a la amenaza del progreso y su destrozo de la naturaleza, marchan a Montevideo para que el gobierno los oiga, marchan caminando, como los cañeros de los años sesenta, los reales. Parece que esa fuera la «última frontera» que traza la novela, a partir de ella empieza «la realidad».

Para teóricos del nacionalismo, como Benedict Anderson, el tiempo de una nación es un tiempo homogéneo. Todos vivimos en un mismo tiempo y espacio que es nuestra comunidad imaginada, estemos donde estemos. La novela y el periódico fueron piezas fundamentales para la construcción de ese tiempo homogéneo. Luego otros teóricos, como Partha Chatterjee, vieron la necesidad de plantear un tiempo heterogéneo, temporalidades que conviven en un espacio nacional. La temporalidad real de la frontera es un buen ejemplo de las coincidencias y las disonancias con el tiempo nacional, marcado por la centralidad capitalina. La última frontera, de Do Santos, presenta otra temporalidad, la de una ficción que refracta la historia y que ayuda a pensar los límites de la imaginación nacional. Esta concepción de la novela ensancha nuestra experiencia colectiva del tiempo y es algo que hay que celebrar.


La nota fue publicada originalmente en Semanario Brecha, el 7 de mayo de 2021.

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