Sobre el libro La cultura popular en problemas. Incursiones críticas en la esfera pública plebeya

(Descarga gratuita en formato PDF)

Esta publicación, financiada por el fondo Clemente Estable, de la ANII, es una buena noticia para nuestro país, sobre todo en estos tiempos. La compilación de textos críticos que la integran recoge el resultado de discusiones, seminarios y trabajos de investigación llevados adelante por un grupo de investigadores de diversas disciplinas1 y está coordinada, desde la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Udelar, por Gustavo Remedi. Este texto, incluido al final del libro, intenta aportar una mirada unificadora a un montón de trabajos signados por una profunda heterogeneidad.

Cuando les autores de este libro me convocaron a prologar su compilación de artículos académicos acerca de la cultura popular, el gesto significó una doble sorpresa. Primero, porque me lo pidieron a mí, que no soy parte del mundo universitario y vengo del ámbito de la militancia artística y del periodismo. Pero, sobre todo, porque no aparecen con frecuencia trabajos sistemáticos acerca del tema y, si lo hacen, no llegan fácilmente a nuestras manos. Se trata de un campo de investigación escurridizo, atravesado por dificultades epistemológicas difíciles de esquivar y que derivan en preguntas que, si bien tienen una considerable historicidad, no han perdido vigencia: ¿qué es, exactamente, la «cultura popular»?, ¿dónde establecemos sus fronteras?, ¿qué es y dónde termina la «cultura oficial»?, ¿de qué lado de la mecha está quien investiga? Elegir cómo se recaban los datos, dónde se establecen los cortes que definen los objetos de estudio, cuáles son las formas de escritura que más sirven para favorecer una aproximación integral a universos tan amplios son decisiones para nada inocuas. Las metodologías importadas y estandarizadas de la objetividad muestran sus patas cortas cuando se investiga aquello que nunca podrá abarcarse, pero sobre lo que, aun así, vale la pena recabar información y poner palabra.

El formato textual «compilación de artículos académicos» parece ofrecer ventajas y problemas a la hora de pensar en un abordaje integral que dialogue con una idea de libro más cercana a la coherencia y a la unidad de enfoques. La heterogeneidad en las definiciones básicas y en los marcos teóricos es muy amplia y notoria, y eso conspira, para los lectores, contra la posibilidad de adherir a lineamientos procedentes de una definición colectiva (al menos, precaria) acerca de cuáles son los bordes del campo concreto sobre el que se ha producido conocimiento. Sin embargo, al mismo tiempo, cada uno de los textos por separado parece ser la puntita de una gran madeja, una piola desde la cual tirar para, a la manera de lo que pasaba en los dibujitos del Gato Félix, desanudar despacio la realidad para poder identificarla, nombrarla y comprenderla. Así, reagrupando y poniendo en relación estos artículos, podemos inferir que ese gran territorio llamado cultura popular es plausible de ser fragmentado en varios más y que para observar, describir y desentrañar esos tantos mundos otros –y también, por qué no, irrumpir en ellos– necesitamos que haya cada vez más investigaciones, más colaboraciones y asociaciones insólitas, más construcción de relato, más producciones críticas.

En todo caso, acercarse a las experiencias de investigación (las denomino así muy a propósito) sintetizadas en este libro supone hacer el ejercicio consciente de dimensionar esa enorme amplitud, abstracto mar de las experiencias humanas no codificables, de las interacciones y los vínculos, de las múltiples funciones, materiales y simbólicas, del arte y la cultura de nuestras comunidades locales a lo largo del tiempo. La creación artística, la crítica cultural, la docencia y el diseño de políticas públicas suponen, hoy más que nunca, desafíos éticos y políticos que vuelven necesario invertir recursos, tiempo y espacio en conocer este tipo de estudios e incorporarlos a la reflexión. Parece urgente dejar de amilanarse y animarse a enfrentar la condición paradójica que supone, para cualquier investigador o investigadora de nuestro sur del sur, mirar «desde afuera» ciertas expresiones. Tal vez una clave sea, cuando hablamos de cultura popular, abandonar la pretensión de objetividad –y la culpa de clase que suele surgir frente a sectores considerados subalternos– y trabajar para que los acontecimientos que estudiamos nos involucren directamente, se nos metan en el cuerpo y nos interpelen hasta comprometernos en lo personal y en lo colectivo.

Los textos aquí compilados resuelven esas contradicciones de diferentes maneras –algunas más explícitas, comprensibles y decodificables que otras–, pero todos iluminan procesos condicionados por la invisibilidad histórica, la disputa constante por la existencia, la velocidad o la fuga que, la mayor parte de las veces, a quienes solemos ser denominados como letrados parecen pasarnos por al lado (¿o por arriba?). Por eso, su lectura funciona como espejo: nos invita a desnaturalizar nuestros prejuicios, esos que presuponen, en ciertos fenómenos, una simpleza maniquea, fácil de describir. También nos insta a abandonar la moralina o el paternalismo para adentrarnos en la complejidad de algunas lógicas de funcionamiento que involucran tanto grandes períodos de tiempo como una enorme multiplicidad de actores sociales. En casi todos los casos, el papel que ha jugado en las últimas décadas el mercado global como gran mediador y ordenador de las relaciones de poder en ambas culturas (la «oficial» y la «popular») es profundo y definitivo. Estudiar ese monstruo, intentar aprehender sus mil cabezas, supone, sin lugar a dudas, un abordaje de investigación colectiva coordinado y sostenido en el tiempo que logre disputar cierta centralidad en la esfera pública. La mejor noticia de este libro es que nos trae consigo esa promesa latente.

Los artículos

El primer artículo, escrito por Pablo Alvira, refiere a la figura del matrero Martín Aquino y al modo en que evolucionaron sus representaciones a lo largo del tiempo, provocando diversas construcciones de sentido en varios sectores y comunidades. El enfoque resulta interesante porque se trata de un camino posible para recuperar la condición de existencia de figuras populares históricas en una cultura como la uruguaya, tan esquiva en la construcción de una memoria no oficial. Si bien lo que queda en evidencia es que esa otra memoria nunca es una sola y que esas figuras pueden ser reapropiadas con diferentes fines, también resulta impresionante dimensionar el impacto de ciertos nombres y relatos transmitidos de generación en generación, sobre todo en lo que tiene que ver con posiciones de rebeldía y desafío a la autoridad. En una realidad colonizada y despojada, en la mayoría de los casos, del registro comunitario de que pueden existir rituales de origen pertenecientes a una tradición propia, reencontrarnos con herencias como la de Aquino nos agita la sangre y nos obliga a preguntarnos acerca de la pertenencia, del derecho a la recuperación de ciertos legados clausurados, robados, cancelados. Nos propone reconocer esos linajes que, aun en un país como el nuestro –cuya idiosincracia todavía está teñida por la consideración gozosa de contar con un carácter «excepcional» dentro de América Latina–, desafían el colonialismo, a los que Rita Segato suele llamar linajes no blancos, de crianza, de paisajes.

Por su parte, tanto el trabajo de Deborah Duarte como el de Gustavo Remedi se concentran en la teoría de la recepción y se dedican a estudiar el modo en que diferentes habitantes de los barrios populares se relacionan con la literatura. De manera implícita, estos enfoques desafían la variable de calidad como gran ordenadora de la teoría literaria y renuncian definitivamente (¡qué bueno!) a la existencia de un valor universal inamovible para definir qué es lo digno de ser pensado y estudiado como literatura y qué no. Esa posición ética permite a estos investigadores desmarcarse del paradigma de que existe un sujeto lector, también universal, que está prefigurado por el texto y que es el único capaz de hacer una lectura cabal de este. Así, logran dar cuenta de la rica y múltiple experiencia de muchas personas de distintos contextos y edades frente a materiales a los que, por su condición comercial, no solemos prestar la debida atención. Estos procedimientos arrojan una intensa luz sobre las maneras en las cuales la literatura afecta la experiencia humana, define escenarios para la subjetividad, interpela y reconfigura la vida cotidiana.

Si Duarte y Remedi se centran en la recepción, el trabajo de Federico Pritsch acerca del cine rioplatense incorpora, a su vez, otros elementos de análisis para definir la condición de lo popular. El autor no solamente se refiere a los materiales más elegidos por los espectadores, sino que se ocupa de ciertos contenidos y formas de representación que existen (o no) dentro de esos materiales, así como de otros más marginales que son consecuencia de los desafíos que asumen algunos directores al ubicar, de manera consciente, su cinematografía dentro de este campo. Una de las revelaciones más inquietantes de su artículo es la brecha entre muchas de esas representaciones audiovisuales orientadas a lo popular y un público al que parece cada vez más difícil llegar. El autor toma como ejemplo, sobre todo, cierto corpus procedente del cine argentino. Para quienes no conocen la obra de José Campusano, Pablo Trapero o César González, entre otros, el trabajo servirá como un valioso acercamiento (sería bueno incluir en próximos análisis las obras de Lorena Muñoz, Anahí Berneri, Albertina Carri, Andrea Testa y otres directores que se encuentran trabajando en diálogo continuo con los feminismos populares). Pero también aborda el caso del cine uruguayo, un territorio simbólico que, por variadas razones, cuesta mucho identificar como popular. El consistente desarrollo del texto nos abre el camino a nuevos cuestionamientos y supone, sin dudas, un inicio para mirar con otros ojos los procesos de un área disciplinar siempre amenazada, que se encuentra atravesada por preguntas constantes acerca de sus posibilidades de recepción y difusión y sobre cómo hacer para dotar de sentido conceptualizaciones tan confusas como la de «formación de espectadores».

Tanto el trabajo de Lucía Naser como el de Alejandro Gortázar se centran en procesos vinculados con el carnaval, fenómeno que siempre ha funcionado como un gran marco aglutinador para un montón de prácticas artísticas y receptivas consideradas populares (y metidas en el mismo merengue de análisis), aun cuando hay enormes diferencias entre sí. De alguna manera, todo aquello que se define como «carnavalero» en Uruguay comparte una significación vinculada a la subalternidad, incluso cuando el grado de condicionamiento por «lo oficial» con el que cuenta cada una de sus expresiones varía sustancialmente de círculo en círculo, de submundo en submundo. El caso del candombe ha sido más estudiado, pero, en términos de originalidad –y de zambullirse de lleno en aquello que ni la clase media ni la izquierda partidaria o universitaria consideran, de ningún modo, tradicional, excepcional o digno de análisis–, el artículo de Naser sobre las revistas supone un avance muy significativo. A partir de entrevistas y de una revalorización consistente de la palabra de los protagonistas, Naser consigue hacer un registro de honesta fascinación por aquello que está investigando y su tono carece de cualquier actitud enjuiciadora o moralizante. Es extraño, porque, si bien es el artículo cuyas formas textuales se acercan más a la coloquialidad –y eso se trasunta en cierto desorden en su método de asociación de ideas–, es el que mejor consigue transmitir la atmósfera de su objeto de estudio, sacar las palabras de su dimensión estrictamente descriptiva para hacernos sentir las conflictividades, bellezas, aristas y contradicciones que integran el universo que trata de aprehender. Es un material que puede considerarse una demostración de que la función poética del lenguaje, su utilización de una manera más lúdica y libertaria que la que se acostumbra en la mayoría de los trabajos académicos, es un camino favorable a la hora de producir discurso sobre lo popular, porque ayuda a la enunciación de un relato más cercano a las corporalidades que se busca representar o comprender.

A su vez, el trabajo de Gortázar sobre el proceso histórico del candombe, si bien trata de lo contrario en términos de escritura –su línea de pensamiento es de transparente claridad y continuidad–, es afín al de Naser en su obsesión por ofrecer al lector una idea lo más fiel posible del nivel de intrincada complejidad constituyente del fenómeno. Ahí el pasado –¡cuánta información oculta e invisibilizada!– y ahí el presente, y el autor sabe que para establecer un acercamiento lúcido a la verdad debe incluir, de forma constante, el diálogo entre ambas dimensiones temporales. También aquí los actores sociales, en este caso afrodescendientes (aunque no sólo), aparecen mirados de un modo respetuoso y horizontal, y sus acciones se sitúan en constante relación con el contexto que los rodea. Asistimos, en diversos momentos de la historia, a sus posibilidades reales de existencia y resistencia con respecto a un afuera hostil. A su vez, el autor pone el foco en el modo en el que encarnan, en sus subjetividades y vínculos de pares, relaciones de poder que operan hacia dentro de sus propias comunidades. Las mediaciones del mercado y las intervenciones del Estado van signando o delineando, en gran medida, la evolución histórica de los sujetos y de sus prácticas cuturales. Gortázar demuestra cómo esas fuerzas se van moviendo de lugar y a veces conspiran a favor y otras en contra de una manifestación artística tan atada a lo comunitario. A su vez, tanto su trabajo como el de Naser funcionan como puerta de entrada y demuestran la necesidad de ramificar aún más y de persistir en el estudio concreto de cada una de las aristas que describen. Estos abordajes reflexivos a fenómenos tan romantizados, que suelen ser utilizados con fines vinculados tanto al marketing de izquierda como al de derecha, tanto al crecimiento de negocios privados como a la conservación acrítica del nacionalismo más rancio, ayudan a comprender que, cuando una autoridad de la cultura actúa con ingenuidad con respecto al posible efecto de sus intervenciones, puede hacer mucho daño, aun cuando parta de la mejor intención.

Finalmente, el artículo de Marisa Ruiz tiene una orientación ética y estética que parece haberse iniciado desde otro punto de partida y se despega, por eso, del conjunto. Sin embargo, su emotivo y pertinente trabajo acerca de la función del humor como método vincular, espontáneo, de supervivencia entre presas políticas de diversas geografías y momentos históricos se convierte en otra ventana desde la que atisbar el campo de la cultura popular, ese verde tan ancho y ajeno. Uno de los núcleos de su texto consiste en demostrar, de forma implícita, que en todos los tipos de relacionamiento entre las personas, aun en los más extremos, incluso lo inefable, lo que no parece ser plausible de verbalizarse, logra encontrar caminos para transformarse en otra cosa, para volverse arte y cultura. Es allí, en el persistente misterio de la comunicación, donde radica uno de los signos más básicos de nuestra condición humana.

La conciencia de la imposibilidad de asir la vastedad de encuentros e intersecciones que conforman lo que llamamos cultura popular no tiene por qué llevarnos a abandonar la tarea de tomarla como campo de investigación. Pero también supone considerar que la orientación de todos los esfuerzos no puede estar puesta en lograr codificaciones exhaustivas o clasificaciones perfectas. En el intento honesto de encontrar un equilibrio entre esos extremos está el valor último de este libro, que podría multiplicarse (¡y ojalá lo haga!) si su publicación incluye la preocupación real de sus autores por acompañarlo, con diversas estrategias, hacia un tránsito sostenido que intente propiciar y garantizar el acceso popular a sus contenidos.


Este texto fue publicado originalmente en Brecha, el 16 abril de 2021.

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