No es tan fácil como parece. Cuando me piden que recomiende una serie, algo que sucede a menudo, me complico bastante. No porque esté en juego mi supuesto buen o mal gusto audiovisual, sino que por la simple razón de que necesito contrapreguntar algunas cosas, antes de elegir cuál será mi decisión. Necesito saber cómo está el ánimo, cómo andan de tiempo, si están durmiendo bien o mal, si buscan algo para ver todos los días o solo los fines de semana. También si hay algún grado de fetichismo por un género en particular. Y ahí entro en problemas, tengo una orientación natural hacia el realismo, a las calles, a lo que se puede ver por la ventana de mi casa. Las peleas de conductores estresados un domingo en la mañana, por ejemplo.

En gustos no hay nada escrito, dice la frase cliché milenaria. Con toda su esencia de lugar común e indecisión, la frase es muy certera. Lo que me gusta a mí no necesariamente le va a gustar al resto. El tiempo y el ánimo siempre son un problema. Lo digo a propósito de esa sentencia dura pero real que planteó la cineasta argentina Lucrecia Martel, en 2018, sobre las series de ficción. Le dijo al diario El País de España que vivimos en “la dictadura del entretenimiento”. Coincido. Me suele pasar que recomiendo algo y recibo como respuesta un “está buena, pero es lenta”. La ansiedad y la concentración también son un problema. Más en tiempos de pandemia. Por eso acompaño las recomendaciones con una invitación a tener paciencia. Es difícil, lo sé y lucho con eso cada vez que pongo play, pero hay que intentarlo.

La paciencia puede dar paso a un entretenimiento duradero, retrospectivo y a una emoción sostenida en el tiempo. Ojo que no pasa siempre. También a la sorpresa al mirar lo que hay en nuestro interior después de ver algo que nos conmueve. No digo que siempre tenga que suceder, pero vaya que hay historias, imágenes, personajes y sonidos que nos persiguen por varios años. A veces nos reímos solos al caminar por el centro de la ciudad. A veces una canción nos recuerda una historia y nos emocionamos de la nada al pasar por el lugar de siempre, aunque los semáforos y el calor conspiren en nuestra contra. No es poca cosa.

Confieso que disfruté a plenitud El juego del calamar (Hwang Dong-hyuk, 2021). Y no voy a mentir: me he visto buscando noticias en Google sobre una segunda temporada. Es difícil no entrar en el culto a la serie fenómeno del año (142 millones de reproducciones en las primeras 4 semanas, según ha informado Netflix). La serie está en todas partes y los memes son graciosos. Mi favorito es ese en que Don Ramón aparece como participante del juego, por los 14 meses de renta que le debe al señor Barriga. Y también tengo que admitir algo: quiero ese despertador de la muñeca asesina.

Pero siendo sincero, no sé si El juego del calamar será parte de mi vida en los próximos años. Si en 2030 me acompaña en las buenas y en las malas como Los simuladores (Damián Szifrón, 2002-2004), no me quedará más que reconocerlo.

Cuando pienso en aquellas series que podría recomendar, más allá de saber detalles que me permitan cumplir de la mejor forma con quienes confían en mí, me dejo llevar por la relación entre el mundo de la ficción y mi propio mundo. Ese camino de intuiciones y emociones es el punto de partida para armar el rompecabezas. En ese sentido, Los simuladores, la versión original argentina, es mi paradigma. Que un grupo de personas te ayude con un problema montando un operativo, me alegra la vida y estoy seguro de que podría alegrar la vida de los demás. Si aún no convenzo con eso, supongo que el dato de que ha tenido remakes en 4 países puede ser un poco más eficaz.

De las buenas series espero lo mismo que la escritora argentina Samanta Schweblin espera de un buen cuento. En el año 2016, dijo en el programa televisivo Café Chéjov, de México, lo siguiente: «Un buen cuento te regresa a tu propio mundo con algo distinto, como si uno hubiera tenido una suerte de revelación o hubiera aprendido algo nuevo o entendido algo del mundo o de uno mismo, como si fueran pequeñas búsquedas, maneras muy rápidas de ir a lo desconocido, a lo extraño, a lo que te asusta, a lo que te preocupa y volver con algún tipo de aprendizaje».

Para mí, como lector y espectador de series, esta es una definición perfecta, un mantra schweblino.

Creo que los capítulos de Los Simuladores me hacen reconciliarme con mis propias convicciones justicieras y con mis propias búsquedas sobre el humor y los dilemas éticos. Insisto, no es poca cosa. La recuerdo en mis días más aburridos y sonrío con brutal sinceridad. Me pasa también con Los Soprano (1999-2007), la obra maestra de David Chase. Se la recomiendo a todo el mundo, aunque tengo claro que no es fácil ver sus 86 capítulos en tan poco tiempo.

¿Por qué Los Soprano? En simple: es la serie total. Te baja la mafia de las alturas padrinezcas y te la pone ahí, en la ventana, a la vuelta de la esquina, en una familia que tiene los mismos problemas que nosotros o que alguien que conocemos. Debe tener por lo bajo unos 35 personajes de los que quieres saber cómo terminan, algo que no es fácil en una serie de tantas temporadas. De hecho, con Breaking Bad (Vince Gilligan, 2008-2013), otra serie icónica que me encanta, me pasa que ya en el décimo personaje empiezo a encontrar inconsistencias. Pero claro, la dupla protagónica entra con fuerza en el mantra schweblino.

Las series del periodista estadounidense David Simon son también una gran revelación. The Wire (2002-2008) y Tremé (2010-2013) se toman su tiempo en sus primeros capítulos, pero después no te sueltan hasta que te dejan en la pena de que no sabrás nunca más qué pasará con tanto personaje entrañable. ¿Quedarán a la deriva de la miseria del mundo? No hay cómo evitarlo y los recordaremos por siempre. Hace unas semanas falleció el actor Michael K. Williams, uno de los personajes de The Wire. Su personaje de Omar Little es una referencia obligada para guionistas que quieran combatir los estereotipos.

Por otra parte, los finales de temporada de David Simon están tan bien construidos desde el montaje y la música, que parecen poemas visuales urbanos que cierran ciclos de vida trascendentales.

Mención aparte para The Corner (2000), la serie que me hace discrepar con la crítica internacional. La obra maestra de David Simon no es The Wire, es The Corner. La historia de una familia de Baltimore metida hasta el fondo de la drogadicción, pero zafando todos los clichés de este tipo de relatos. Los programas de TV en que los periodistas acompañan a la policía en las redadas por la ciudad han hecho un daño tremendo. Simon construye en esta serie de 6 capítulos un final que es una epifanía. La jugada ficción-documental más rupturista que se puede ver en la historia de la televisión contemporánea. Apúntenla como mi principal recomendación de este texto.

En este momento en que la pandemia está dando más libertades y he sido obediente con las vacunas, camino por las calles de Santiago recordando series que no quiero olvidar. Olive Kitteridge (2014), dirigida por Lisa Cholodenko, y con Frances McDormand en un protagónico que debiera ser visto en todas las escuelas de actuación. Por si fuera poco, la maga Cholodenko se saca a Bill Murray del sombrero para el final. Un regalo para los seguidores de Murray y también para Olive Kitteridge.

También recuerdo con gusto Happy Valley (2014), creada por Sally Wainwright y protagonizada por Sarah Lancashire, una policía británica que humaniza a las fuerzas de orden más que cualquier publicidad de radio o televisión. Esta serie de dos temporadas (la tercera está en producción) es tan intensa y visionaria respecto al empoderamiento femenino en una ficción televisiva, que no por nada se le reconoce como influencia directa para Mare Of Easttown, otra buena serie de 2021. Es verdad que Sarah Lancashire es mucho menos famosa que Kate Winslet, pero con su carisma a pruebas de balas (esto es literal), probablemente hubiera compartido la tabla con Leonardo DiCaprio en Titanic.

¿Alguna recomendación chilena? Claro que sí. Zamudio: perdidos en la noche (2015), dirigida por Juan Ignacio Sabatini, es un drama con un montaje inteligente y actuaciones de un realismo descarnado, que cuenta la historia de uno de los casos más terribles de violencia homofóbica ocurridos en Chile. Hablo del asesinato del joven Daniel Zamudio.

Si bien no tiene la visibilidad de Los 80, El reemplazante y El presidente, todas ellas exitosas producciones locales, Zamudio: perdidos en la noche invita a la reflexión, entretiene, emociona y nos pone en alerta sobre los males del mundo. ¿Lo mejor de todo? Sus cuatro capítulos están en YouTube.

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