Todo cómic es político

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“el futuro argentino se obstina de tal manera en calcarse sobre el presente que los ejercicios de anticipación carecen de todo mérito”

Julio Cortázar El examen (1985)

En 1956, el guionista Héctor Germán Oesterheld (1919- 1977) funda, junto a su hermano Jorge, la Editorial Frontera, emprendimiento que buscaba impulsar historietas con un perfil más nacional, es decir, que no fueran meras reproducciones de líneas argumentativas de modelos extranjeros, fundamentalmente estadounidenses (Ver Laura Vázquez, Historieta, cultura de masas y política). Las publicaciones de la nueva editorial serán, justamente, Frontera y Hora Cero Semanal, donde la mayoría de los guiones serán creaciones de Oesterheld en colaboración con una pléyade de jóvenes dibujantes, entre los que se encontraban Ernesto García Seijas, Horacio Lalia y Francisco Solano López. En los primeros años de la década del 50, Oesterheld ya había cosechado reconocimiento a través de Sargento Kirk y Bull Rocket (con dibujos de Hugo Pratt y Paul Campani, publicados en Misterix), que marcaban un quiebre con el anterior cómic argentino al proponer historias con mayor densidad conceptual, sin recurrir al habitual enfrentamiento entre buenos y malos unidimensionalmente definidos. Sin embargo, será con El eternauta que Oesterheld alcanzará su madurez creativa y señalará el inicio de la edad de oro de la historieta rioplatense.

La primera versión de El eternauta (1957- 1959) apareció por entregas en Hora Cero Semanal, teniendo un éxito casi automático. La historia se inicia con un ejercicio de metaficción de tintes borgeanos, en el que un guionista de historietas (consignado con las mismas coordenadas vitales de Oesterheld, por parte del propio Héctor y el dibujante, Solano López) ve materializarse ante sí, en su escritorio, la figura de Juan Salvo, un viajero del tiempo. A lo largo de la historieta Salvo relatará al guionista las catastróficas consecuencias de una invasión alienígena ocurrida en el año 1963 (el presente de El eternauta se ubica en 1957), por lo que la historieta constituye el relato de un tiempo pasado que aún no fue. Oesterheld recurre, entonces, a dos asuntos frecuentes en la ciencia ficción de los cuarenta y cincuenta (viajes en el tiempo e invasiones extraterrestres), pero contextualizados en un espacio rioplatense, proponiendo así un desvío de una determinada centralidad, a partir de una resolución poéticamente sugestiva. El comienzo señalado oficia de prólogo de la obra, puesto que el inicio de la historia principal, propiamente dicha, la del eternauta, se coloca en el chalet de Salvo (un fabricante de alternadores) en Vicente López, a pocas cuadras de la del guionista, pero en una Buenos Aires situada en el futuro.

La representación de espacios reconocibles del cotidiano bonaerense (el barrio de Vicente López, la avenida General Paz, el estadio Monumental) configura un universo afín al lector porteño que acentúa el carácter inquietante de la situación, no por extrañamiento, sino por cercanía emotiva. Más aún, Salvo y sus amigos (el profesor Favalli, el empleado bancario Lucas Hebert y el jubilado Polsky) se encuentran jugando al truco cuando da inicio una extraña nevada fosforescente que causará la muerte inmediata de todos aquellos que tomen contacto con ella. A partir de allí, Salvo, Favalli, y los sobrevivientes que vayan apareciendo irán abriéndose paso por una Buenos Aires devastada no sólo por la nevada mortal, sino también por la sucesiva aparición de un enemigo mucho más poderoso y contra el cual no parece poder obtenerse una victoria segura. Ahora bien, esta integración de Buenos Aires como espacio inusitado en el cómic rioplatense no es simplemente la elaboración de un artefacto novedoso en una industria cultural que necesita ganar un mercado. En el caso de Oesterheld representa una afirmación poliética por varias razones: por un lado, se adquiere conciencia de la alienación respecto al espacio cotidiano (lugares, tradiciones, habla) y se lo convierte en escenario de una épica determinada; por otra parte, plantea temas y motivos que empiezan a interesar al lector argentino de clase media de finales de los años 50 (integrados, no obstante, al contexto mundial de la Guerra Fría); y, por último, aunque no menos importante, refleja los valores y preocupaciones éticas de su creador, rastreables en entrevistas realizadas posteriormente a Oesterheld (ver Benjamín Fraser y Claudia Méndez, Espacio, tiempo, ciudad: la representación de Buenos Aires en El eternauta), pero también presentes y explicitadas en las versiones de El eternauta de 1969 (Oesterheld- Breccia) y de 1976 (Oesterheld- Solano López).

En la versión de 1957- 1959 no aparecen muchas menciones directas al entorno político partidario argentino de dichos año: un graffitti llamando a votar a Frondizi, las movilizaciones tanto “Por la laica” como “Por la libre”. Ahora bien, como destaca Jeff Williams (Superhéroes y desarrollo económico), el entorno político de incertidumbre y conflicto, que repasaremos brevemente, así como los cambios en la ideología de su autor que empiezan a gestarse durante esos años, inciden en la configuración de la historia y el entramado de valores de El eternauta.

En septiembre de 1955 había tenido lugar el golpe de estado por parte de facciones del Ejército y la Marina contra el gobierno constitucional de Juan Domingo Perón, hecho que fue denominado Revolución Libertadora por quienes lo llevaron a cabo. Entre los prolegómenos del golpe debe tenerse en cuenta el bombardeo de Plaza de Mayo, en abril de 1955, donde la aviación naval argentina masacró civiles que manifestaban su apoyo al gobierno de turno, muriendo unas 300 personas y siendo heridas otras 700. El bombardeo de Plaza de Mayo instala, así, la matanza en masa como una imagen histórica potente y traumática en el contexto urbano bonaerense de principios de los años 50, cosa tal que, para un integrante de clase media, se asociaba a contextos externos (la II Guerra Mundial, el genocidio de las comunidades judías europeas) o, eventualmente, a la retaliación hacia sectores vistos como subversivos del orden político (la Semana Trágica). Elsa Sánchez, ex esposa de Oesterheld, destacaba en el documental HGO: “Muchos lo consideran comunista; otros, militante peronista, sin embargo Héctor era un hombre con ideas socialistas. Era antiperonista, pero acérrimo, porque para él Perón representaba el fascismo”. De todas formas, el creador de El eternauta, al igual que la mayor parte de los sectores de la izquierda no peronista argentinos, tendrá sentimientos encontrados motivados por el clima de persecución política, represión y violencia estatal (levantamiento del General Valle, fusilamientos de José León Suárez) que caracterizarán el período posterior al golpe de la “Libertadora”.

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Puede que esas dificultades para definirse en un determinado contexto histórico que se reconoce, pero desconcierta e inquieta, hayan marcado la opción por el carácter ominoso de la invasión extraterrestre en El eternauta. El invasor se muestra poco a poco y de manera elíptica, a través de seres impersonales y monstruosos como los cascarudos, los Manos, los gurbos, y a través de los hombres robot, todos ellos seres que han caído bajo el control mental de los atacantes a través de teledirectores insertados en el cuerpo (cascarudos, gurbos, hombres) o a través de modificaciones físicas (los Manos). Uno de estos últimos, capturado por Salvo y el obrero Alberto Franco, dice mientras agoniza: “A los ‘Manos’ nos han colocado en el cuerpo, cuando pequeños, una glándula artificial… Cuando un peligro grande amenaza a los hombres, hay glándulas que vierten en la sangre ciertas sustancias que preparan el cuerpo para la defensa. Una de estas sustancias, por ejemplo, es la adrenalina… A nosotros nos pasa algo análogo. Pero las sustancias que el terror vierte en nuestra sangre actúan sobre la glándula artificial… Y ésta segrega entonces un veneno… Un veneno que nos mata en unos minutos”.

Maurizio Lazzarato, en Políticas del acontecimiento, a propósito de las conceptualizaciones de Foucault acerca del biopoder, plantea:

las técnicas disciplinarias transforman los cuerpos, mientras que las tecnologías biopolíticas se dirigen a una multiplicidad en tanto que constituye una masa global, investida de procesos de conjunto que son específicos de la vida, como el nacimiento, la muerte, la producción, la enfermedad. Las técnicas disciplinarias conocían solamente el cuerpo y el individuo, mientras el biopoder apunta a la población, al hombre en tanto especie y, finalmente, dice Foucault en uno de sus cursos, al hombre en tanto espíritu. La biopolítica ‘instala los cuerpos en el interior de los procesos biológicos de conjunto’.

La historia de Oesterheld parece constatar la transición de una sociedad disciplinaria a otra de control, donde el ejercicio del poder atraviesa toda la sociedad y se vuelve oscuramente impersonal, indefinido, presente en todas partes y en ningún lugar. Según Deleuze (“Post- scriptum sobre las sociedades de control”, 2006), “los encierros son moldes o moldeados diferentes, mientras que los controles constituyen una modulación, como una suerte de moldeado autodeformante que cambia constantemente y a cada instante, como un tamiz cuya malla varía en cada punto”. A medida que avanzan por Buenos Aires, mientras se afianzan los vínculos entre los sobrevivientes (profesionales, militares, obreros), también aumenta el horror ante lo indecible, que el dibujante explota con máximas posibilidades al incrementar la atmósfera opresiva que rodea a los personajes por medio del formato en blanco y negro, formato obligado por exigencias de impresión y costos. Lo monstruoso no son, verdaderamente, los gigantescos gurbos o los indiferenciados Manos, sino los Ellos, que jamás se muestran e impersonalizan a todas las especies que van dominando, haciendo que pierdan sentido estético de la existencia: “Los Manos vivíamos en un planeta cubierto por la nieve. Nada más hermoso que nuestros glaciares, con el juego cambiante de la luz de nuestros dos soles sobre las montañas heladas. Pero un día vinieron Ellos, nos vencieron, y para que por siempre quedáramos domesticados, nos insertaron la glándula del terror… Nos sacaron de nuestro planeta, y nos llevaron a lejanos mundos… Nos usaron como fuerza de choque para conquistar otras razas, entre ellas los ‘cascarudos’ que ustedes conocen (…) Ellos transformaron en máquinas a los ‘cascarudos’, que no hacían otra cosa que vivir de los jugos de las grandes flores que crecían en su planeta”.

Los únicos que permanecen existencialmente vivos son los integrantes del grupo que acompaña a Juan. Al comienzo, sus allegados y él mismo son pequeño-burgueses de Vicente López, que procuran mantenerse unidos, se insiste, como Robinsones en una isla, cuyo norte será escapar de la ciudad: “Irnos de aquí, Juan. Irnos lejos, bien lejos, a algún pueblo pequeño donde estemos seguros de que no han quedado sobrevivientes”. Los demás son vistos con sospecha porque “ahora reina la ley de la selva” y “ahora ya no se trata de mantener a raya la nevada: ahora se trata de mantener a raya a los hombres”. A medida que la historia y la serie avancen, el contacto con soldados y, sobre todo, con obreros (Medardo Sosa, Alberto Franco) irán transformando el ethos del grupo: “Hace apenas unas horas los hombres nos cazábamos como fieras: nos asesinábamos apenas nos avistábamos, cada sobreviviente era un enemigo… Ahora, cuando sabemos que los enemigos son seres extraños a la Tierra nos sentimos todos hermanos. Tenía que ocurrir una catástrofe semejante para que los hombres aprendieran lo que no debieron ignorar nunca”. Se va construyendo, pues, un héroe colectivo que contrasta con el héroe tradicional auto-afirmado o del líder de sabiduría iluminada, ya sea que éste forme parte de una historieta, de un relato mítico o del relato histórico.

En contraste con los hombres que aún luchan por mantener un resto de dignidad, los hombres robot ya no pelean, sino que vuelven sus armas contra sus congéneres, no porque fueron convencidos de ello, sino porque ahora ya no son dueños de sí. De hecho, no articulan lenguaje alguno. Ya no tienen pensamiento propio, es decir, ya no tienen pensamiento. Ya no son, ni podrán llegar a ser.

Esa es una preocupación central en El eternauta. Cuando se rompe el vínculo comunicativo, cuando el lenguaje deja de ser revelador de lo humano, es cuando el enemigo triunfa. Y ello alcanza, también, al registro histórico. Incluso en guiones posteriores, como Mort Cinder y Ernie Pike, siempre hay otro que escucha y recoge la historia del héroe. El héroe es acción pura, incluso en su relato a un tercero, ya que revive a través de la palabra. Pero el otro que escribe, que recompone lo narrado, es el que genera el hecho artístico y el acto de memoria. La memoria, en Oesterheld, al igual que en Homero, no es pasiva frente al tiempo que ya fue, sino un acto fundante del futuro. El factor extrañamiento es lo que posibilita la comprensión, no la aprehensión del tiempo ido. La pérdida de la memoria por parte de Juan Salvo al final de la versión de 1957, es la resolución de una contradicción: un hombre que ya ha vivido el futuro. No obstante, hay que tener en cuenta que ese hombre ha vivido una experiencia traumática y catastrófica (vio desaparecer a la Humanidad, perdió a su familia), es un sobreviviente y, por tanto, un ser roto y profundamente herido. No está capacitado para recomponer su experiencia de manera desprejuiciada y comprometida en relación a los demás.

Ahora bien, existe una retirada de la Historia en tanto registro desentendido de los procesos, mera consignación de los hechos. Existe un personaje, Ruperto Mosca, que oficia de historiador del grupo, que es visto con conmiseración y relativo desprecio: “Pobre, pobre Ruperto Mosca. Nada tan patético como los relatos que escribió en su anotador”, “Mosca hablaba de Historia, trataba de mirar lo que nos ocurría con los ojos de las generaciones futuras, pero… ¿Habría generaciones futuras?”. La Historia es, fundamentalmente, res gestae, la cosa escrita e inscrita y, sobre todo, la cosa escrita acerca de un tiempo que huye. El pasado se construye en una retórica determinada que busca retener ese tiempo elusivo, a la vez que se piensa en el otro que no está aún: el lector futuro del registro histórico. Lo cuasi irónico es que el lugar dejado por el discurso vacío de un historiador academicista como Mosca será llenado por la historieta, un arte considerado menor, de consumo para las masas. Pero, en esa operación de llenado, la historieta adquiere conciencia de una poética propia, de sus posibilidades y limitaciones. La historieta antes de Oesterheld, como lenguaje narrativo y producto de la industria cultural, hacía desaparecer el tiempo a partir de su serialización porque lo fundamental no era la conciencia y reflexión del ser humano situado, sino el entretenimiento, la suspensión del devenir y el pensamiento. Contradictoriamente, este creador parece ver en la aparente inocencia de la historieta no un descompromiso, sino la posibilidad de una inscripción conscientemente corrida del tiempo que instituye el relato histórico.

Lo terrible de la amnesia final de Juan Salvo al retornar a 1957 y reunirse con Elena y Martita (su esposa y su hija, respectivamente) es que ello lo condena a repetir una y otra vez lo vivido. Esto también representa una retirada de la Historia, especialmente porque la misma es sustituida por el Destino1, en un drama de eterno retorno, por lo que cabe preguntarse si la tragedia del héroe, no es también la del autor. Cuando el autor inscribe al héroe en un relato, ¿no está al mismo tiempo (auto) narrándose, como sugieren Bajtin y Ricoeur? Esa pregunta sigue abierta, especialmente luego de cuarenta años de la desaparición de Oesterheld, durante la última dictadura en Argentina, junto con sus cuatro hijas, sus dos yernos y dos de sus nietos. ¿No se nos narra e interpela, también a nosotros, incluso en nuestra memoria suspendida? “¿Será posible -interroga el personaje del autor en el final- evitarlo [al horror] publicando todo lo que el eternauta me contó? ¿Será posible?”.

Pablo Márquez


El texto que presentamos es una versión de la ponencia “Todo cómic es político. Presencia y retirada de la Historia en El eternauta, de H. G. Oesterheld”, leída por Pablo Márquez en el IV Coloquio salteño de Literaturas No realistas y Fantásticas, el día 29 de junio de 2018.

El jueves próximo: el libro y la cultura digital en el Cono Sur

libros

Tal vez haya una parte de verdad en los discursos apocalípticos sobre el “fin del libro” en la era digital. Lo cierto es que estamos en medio de una transformación de los modos de producción y consumo culturales. En particular el libro, sin abandonar su forma material, cada vez más circula en la esfera digital y por tanto en una nueva materialidad que agrega nuevos elementos (como el hipertexto) y conserva viejos. En este trabajo expondré las respuestas que han dado la industria y la institucionalidad cultural en el Cono Sur, a los desafíos que plantea la cultura digital.

Al reflexionar sobre las transformaciones de las industrias culturales, uno siempre corre el peligro, como planteaba Umberto Eco en Apocalípticos e integrados (1964), de elaborar una teoría “del jueves próximo”, por la velocidad de las transformaciones que desde los sesenta, forman parte de nuestra vida cotidiana. Por eso trataré en primer lugar de delinear algunos aspectos de la industria editorial contemporánea, para luego presentar algunas respuestas de la institucionalidad cultural pública y privada, y finalmente algunas notas para reflexionar sobre el “jueves próximo”.

El sector editorial hoy: mainstream y alternativas

El sector editorial en el Cono Sur experimenta una cada vez mayor concentración de las multinacionales, como Penguin-Random House Mondadori o el Grupo Planeta, que comienzan a comprar los sellos hispanoamericanos locales en los años 80 y 90 del siglo XX. Las empresas han iniciado un proceso de integración vertical, absorbiendo partes o toda la cadena productiva. En el caso de las casas multinacionales, operan como editoriales y distribuidoras, por ejemplo. En el Río de la Plata existen emprendimientos como Eterna Cadencia en Buenos Aires o Escaramuza en Montevideo, de hecho son del mismo dueño, que comprenden toda la cadena productiva del libro (excepto la impresión): la distribución, la venta (librería) e incluso la crítica literaria y la difusión a través de sus blogs o páginas web. También las posibilidades de impresión han variado considerablemente con la introducción de la impresión a demanda, que en parte elimina la idea del “tiraje”, y la posibilidad de eliminar intermediarios entre el lector y el libro, entre otras transformaciones.

El impacto económico de la industria editorial en el PBI y en relación a otras industrias culturales es un elemento a tener en cuenta. En la última década y media los gobiernos del Cono Sur han iniciado acciones para dimensionar el impacto de la cultura en el presupuesto nacional, en el empleo y en la generación de valor agregado. Aunque los datos de los informes no es comparable, porque desarrollan distintas mediciones y metodologías de recogida de datos, en todos ellos la industria del libro y las publicaciones periódicas ocupan un lugar importante junto con la industria audiovisual y la publicidad. Un punto de comparación es el que establece Diego Traverso (DNC, 2009: 27) al analizar la participación del valor agregado de actividades culturales en el PBI de Uruguay en relación a los datos de España, Finlandia y Chile. En Chile la industria editorial aportaba en 2006 el 0,38% y en Uruguay en 2009 el 0,21% mientras en Finlandia y España alcanzan el 1%.

En Uruguay la participación de la industria editorial y de publicaciones periódicas en el PBI es un poco menos de la mitad del sector audiovisual, que es de 0,45%. En Argentina los datos del Valor Bruto de Producción (VBP) ubican a la industria editorial y la publicidad segundos, también con aproximadamente la mitad de lo que produce la industria audiovisual (INDEC, 2017a: 3). En Chile la situación es distinta, ya que el sector audiovisual aporta el 0,66% al PBI y los libros y las publicaciones periódicas, un 0,50% (CNCA, 2007: 31). Aunque no es el mismo dato, en Argentina la industria del libro aporta casi un 13% al Valor Agregado Bruto, contra un casi 30% de industria audiovisual (INDEC, 2017a: 5).

El estudio uruguayo aporta datos interesantes sobre las dimensiones de la industria en términos de trabajos ocupados (dependientes, no dependientes, no remunerados), unos 1187 puestos en 2009. El informe de 2012 aporta la cantidad de empresas vinculadas al sector, unas 45 entre editoriales, mayoristas, minoristas y las publicaciones periódicas (diarios, revistas y periódicos). La Cámara Argentina del Libro (CAL) registra 536 socios en su página oficial y publica desde 2001 informes estadísticos de la producción editorial en Argentina, en las que no se menciona la cantidad de puestos de trabajo generados por la industria, dato que tampoco tiene el informe del INDEC.

En todos los países del Cono Sur además de las grandes multinacionales y las empresas nacionales, existe también un pequeño y pujante sector editorial que se autodenomina “independiente”, también heterogéneo, que utiliza algunos de los canales de venta de las grandes editoriales (grandes distribuidores, supermercados, shoppings, cadenas de librerías) pero también desarrolla otras formas alternativas (ferias independientes en distintos puntos de nuestros países) y en algunos casos, hace uso exclusivo de esos canales alternativos.

Tuve oportunidad de visitar el stand colectivo “Todo libro es político” en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (FILBA, 2018), que agrupó a varios sellos independientes. Algunas de estas editoriales apuestan a un modelo de gestión cooperativo, y en ese sentido el nombre del stand apunta a señalar la construcción de lógicas editoriales distintas a las que plantean las editoriales comerciales. La actividad crítica de estas editoriales tiene distintos énfasis: la búsqueda de autores jóvenes y desconocidos, la articulación con colectivos artísticos, la creación de libros únicos en contraposición al producto seriado de las editoriales del mainstream, buscando innovar en la materialidad del libro (la editorial Hojas rudas, por ejemplo, en Chile elabora sus libros artesanalmente, en formatos innovadores y con tirajes muy cortos).

Sea cual sea la postura frente al libro, las prácticas de las editoriales mainstream e independientes en la cultura digital son distintas. La industria ha adaptado su modelo de negocios al entorno digital a través del e-book en el marco del copyright (los informes de la CAL aportan datos sobre lo que llaman “conversión a soporte digital”) y agitando el fantasma de la “piratería”, mientras muchas de las editoriales independientes utilizan las licencias Creative Commons y permiten la descarga gratuita de los libros en sus páginas web, estrategia que se articula con éxito con la pre-venta y venta del objeto material. Además de las estrategias asociadas al micromecenazgo o crowfounding, muchas veces asociado al emprendedurismo individualista, que puede chocar, en algunos casos, con las formas cooperativas alternativas de estas editoriales.

La institucionalidad cultural frente al libro

La institucionalidad cultural en el Cono Sur ha articulado históricamente y articula en el presente, los intereses de actores públicos y privados en torno al libro y la lectura. Lo ha hecho a través de distintas acciones: cediendo recaudación de impuestos (en Uruguay los libros están exentos de IVA), estableciendo leyes para el fomento de la actividad, creando Fondos y estímulos para los escritores y sus libros (Premios de Letras o Becas), entre otras actividades. En todos los países existe institucionalidad, pero de distintos niveles. En Chile, desde 1993 existe el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura y un Consejo Nacional del Libro y la Lectura, que dependen del recientemente creado Ministerio de la Cultura, las Artes y el Patrimonio. En Argentina existen desde 2001 dos leyes: la Ley del Fomento del Libro y la Lectura; y la Ley de Defensa de la Actividad Librera, que tienen serias dificultades para su implementación, con artículos vetados o sin reglamentación. En Uruguay se creó un Instituto Nacional del Libro en 1964 (Ley 13.318, art. 49), pero la ley de Presupuesto Nacional de 1995, trasladó sus funciones al Instituto al Archivo General de la Nación.

Durante el período 2005-2015, en especial a partir de 2009, la Dirección Nacional de Cultura ha desarrollado distintas acciones en el marco de un proyecto conjunto Viví Cultura, junto con la ONU y otros organismos del Estado para mejorar las capacidades competitivas de la industria de la música y el libro, entre otros objetivos. La historia de la organización de los empresarios es un poco más vieja: la Cámara Argentina del Libro (CAL) fue creada en 1938, la Cámara Uruguaya del Libro (CUL) en 1944 y la de Chile en 1950.

Las respuestas de la institucionalidad cultural en el Cono Sur han sido diversas. En Chile el Plan Nacional de la lectura y el libro toma en cuenta en su análisis los entornos digitales (bibliotecas digitales, librerías digitales), se refiere siempre al libro impreso y digital, y plantea, entre otras acciones, el establecimiento de premios a la creación digital, el fomento de ediciones electrónicas y el acceso a contenidos digitales en bibliotecas públicas, ediciones digitales con acceso público cuando son financiadas por el Estado, y acceso de la población a la Biblioteca Pública Digital, entre otros emprendimientos digitales públicos como el de la biblioteca digital de la Biblioteca Nacional.

En Argentina la institucionalidad pública no tiene un Plan Nacional que la oriente, pero hay distintos instrumentos que aportan a la industria editorial y la lectura: la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP) que coordina las bibliotecas populares en Argentina y desarrolla distintas iniciativas para fortalecerlas (aunque sus publicaciones, realizadas en alianza con editoriales privadas, no están disponibles en formato digital), el Programa Libros y casas funciona desde 2007 instalando más de 120 mil bibliotecas en hogares y espacios comunitarios, realizando talleres de animación a la lectura (en Chile se realiza un programa similar Maletín Literario). Estas acciones implican la compra de grandes cantidades de libros: un poco más de 2 millones de libros en 10 años en el caso argentino.

Además hay organizaciones de la sociedad civil como la Fundación Leer, que articula los intereses de empresas privadas y la CAL, una cantidad importante de editoriales nacionales y multinacionales, y organismos nacionales como el Ministerio de Educación o la CONABIP, y la Organización de Estados Iberoamericanos. La fundación desarrolló la propuesta Desafío 20-20, orientada a niños de 0 a 12 años, que los estimula a leer 20 libros en el transcurso de un año. La plataforma se adapta a distintos dispositivos, incluida una aplicación para celular, que permite a niños, padres y docentes acceder a libros on line (de la propia industria editorial), y en la que se estimula la lectura con concursos de preguntas y respuestas cuyos premios son libros. De esta forma se garantiza la reproducción de futuros lectores para la industria. Por otra parte existe el proyecto autores.ar, que se dedica a digitalizar y poner a disposición obras que se encuentran en dominio público, al igual que el proyecto autores.uy, que integro desde hace unos años, ambos pertenecientes a la red Creative Commons.

Las respuestas de la institucionalidad cultural frente a las transformaciones de la cultura y los entornos digitales implica considerar a otros actores además de la institucionalidad cultural tradicional o histórica: las Direcciones municipales o nacionales o los Ministerios de Cultura. Creo que la inversión en infraestructuras y políticas públicas para la desarrollo de la ciudadanía digital en Uruguay (se ha creado la marca Uruguay digital) están generando las condiciones para un cambio en el modo de producción cultural.

El Poder Ejecutivo ha desarrollado políticas como el Plan Ceibal que impacta en dos subsistemas educativos (Primaria y Secundaria), el Plan Ibirapitá para la inclusión digital de las adultos mayores o los Centros MEC, que se ocupan de la alfabetización digital y están distribuidos en todo el país. A su vez, a través de ANTEL se ha garantizado el acceso a Internet a través de celulares y de la fibra óptica. La Encuesta Específica de Acceso y Uso de TIC, realizada por el gobierno en 2016, muestra que tanto la presencia de computadoras como el acceso a internet viene en un franco aumento en Uruguay desde 2006. Hoy el 69% de la población tiene un PC en el hogar y un 83% tiene acceso a Internet.

En este escenario el gobierno lanzó, en 2017, la Agenda Digital para Uruguay 2020. Un documento con 9 objetivos y 47 puntos, con organismos responsables de su ejecución. El MEC tiene escasa participación en la mayoría de los puntos y eso representa un problema para enfrentar los desafíos de las próximas décadas. Sin embargo, algunos de los objetivos tienen un impacto directo en el acceso a la cultura digital por parte de la ciudadanía. La agenda aborda varios asuntos interesantes referidos a la producción de contenidos digitales en la industria del cine, la TV y los videojuegos, pero no hace referencia a la industria editorial. Otras propuestas relacionadas al comercio digital podrían aportar a la renovación necesaria de las empresas editoriales uruguayas.

En los últimos 10 años, la institucionalidad cultural histórica o tradicional ha dado algunas respuestas a los desafíos planteados por Internet, en especial con el impulso de la alfabetización digital en los Centros MEC. En el marco del Programa Conjunto Viví Cultura la Dirección Nacional de Cultura impulsó algunas acciones: la elaboración de un Plan de refuerzo de la competitividad (noviembre de 2009) elaborado en el marco del Conglomerado Editorial con actores del sector, y la capacitación de los actores de la cadena.

A pesar de todos los esfuerzos realizados por el gobierno para evitar una brecha en el acceso a Internet, en Uruguay la situación del libro y la lectura en un escenario digital es un poco menos alentadora que en Argentina y Chile. En primer lugar, porque no existe una única institución que se ocupe de la industria del libro y de la lectura, ni un Plan Nacional o Estratégico que enmarque las distintas acciones del Estado en este terreno. La disolución de las funciones del Instituto del Libro en el Archivo General de la Nación en los noventa, contribuye a la dispersión de medidas y a que no se consoliden líneas de trabajo en otras dependencias.

Algunos elementos aparecen en el Plan Nacional de Lectura de la Dirección Nacional de Educación, que entre muchas medidas, promueve a intermediarios de la lectura como los booktubers, por otra parte perfectamente articulados con la industria editorial mainstream, otra forma de reproducción de los lectores para la industria. También el Plan Ceibal implementó en 2012 un convenio con la CUL para proveer libros a la Biblioiteca Digital Ceibal, con novedades editoriales. El acuerdo implica la compra de libros digitales a la industria editorial multinacional y nacional. La Biblioteca cuenta con 4000 recursos disponibles entre libros para estudiar y para entretenimiento. A diferencia de Chile, que permite el acceso a todos los ciudadanos chilenos, incluso fuera del país, los beneficiarios del Plan Ceibal son docentes, estudiantes de la educación pública, y privada en algunos casos, y adultos mayores. De esta forma el Estado uruguayo compra libros, en formato digital, práctica que todos los Estados del Cono Sur realizan. Esta iniciativa del Plan Ceibal podría ser también una excelente oportunidad para la promoción de creación de contenidos digitales específicos, que no dependan exclusivamente de la industria editorial tradicional o tengan un correlato en el mundo físico.

Notas para el jueves próximo

En el corto plazo, las políticas culturales harían bien en abocarse a la construcción de una institucionalidad para el libro y la lectura o un programa que coordine y proponga líneas de acción transversales, uniendo iniciativas existentes y proponiendo otras como: crear Fondos específicos o líneas concretas en los existentes, poner en igualdad de condiciones la edición digital y/o física, promover bibliotecas y repositorios digitales, liderar un proceso de digitalización de las publicaciones del Estado, y generar estímulos para la producción en formatos digitales, entre otras acciones. Los datos de Argentina, por ejemplo, indican un crecimiento exponencial de los contenidos digitales en los últimos diez años. Es imprescindible sostener los esfuerzos en la generación de información, tanto en relación a la economía de la cultura como de los consumos culturales, encuesta que realiza la Universidad de la República a través del Observatorio de Políticas Culturales, tomando en cuenta las transformaciones en la materialidad de las industrias culturales y las prácticas de los lectores y los mediadores (críticos, booktubers, etc.) en entornos digitales.

¿Qué va a suceder con ese mundo digital en términos de almacenamiento y conservación de los objetos digitales? ¿y de las prácticas en la cultura digital, desde los blogs hasta los proyectos efímeros en las redes sociales? La Agenda Digital se propone acciones poco ambiciosas desde este punto de vista, ya que podría incluir la coordinación de los esfuerzos de digitalización del dominio público, acciones que ya desarrollan algunos repositorios en la Universidad de la República, la Biblioteca Nacional, el Museo Nacional de Artes Visuales, el IMPO y de algunos actores de la sociedad civil. Sin embargo se propone apenas la creación de un repositorio de conocimiento científico, que por otra parte se parece bastante al creado por la UdelaR. 

Si como plantea Joan Dean, el capitalismo comunicacional tiende a suprimir el debate político en la sociedades contemporáneas, es posible esperar a largo plazo un escenario en el que el acceso a Internet, no signifique más participación en la vida cultural de la ciudadanía. La convergencia de los medios de comunicación y las industrias culturales, y la concentración que generan las grandes empresas multinacionales (Google, Facebook, Netflix, Amazon, entre otros), requieren acciones de la política pública que contribuyan a sostener un entramado local, una diversidad de voces y actores, que manejen distintas formas de difundir e incluso comercializar su trabajo como las licencias Creative Commons.

En suma, las posiciones defensivas de los actores implicarán grandes dificultades y frenos en el futuro para la diversidad de actores y prácticas culturales, sobre todo en sariado en la medida en que no se procure una batería de políticas públicas que afronte los desafíos de la cultura digital. El Estado ha realizado enormes inversiones y desarrolla políticas para garantizar el acceso a Internet, pero los consumos culturales adaptados al entorno digital producen desigualdades que siguen dependiendo de la situación socio-económica de los actores. En parte, la aparición de la tan temida “piratería” está directamente relacionada con la imposibilidad de acceder a los productos de la industria cultural. A través de distintas acciones el Estado se puede cumplir un rol central en generar acceso y difusión del patrimonio cultural en dominio público y también en promover lógicas de consumo distintas a las propuestas por las industrias culturales.

En definitiva la política pública tiene un rol central en el acceso y la democratización de la cultura letrada en entornos digitales. Los actores privados, empresarios, académicos y militantes, tienen la oportunidad de aportar al debate, pero no únicamente desde el punto de vista de aumentar las restricciones o refugiándose en posiciones defensivas como puede apreciarse en el empresariado del libro, sino aportando a la mejor comprensión de los consumos culturales, a no contraponer el mundo digital al físico, y en explorar las posibilidades que abren las nuevas tecnologías, fundamentalmente aquellas prácticas colectivas que puedan pensarse fuera de la privatización y la mercantilización de la cultura. Y que por supuesto implican también pensar el impacto en el mundo del trabajo en las industrias culturales, la necesidad de articular los llamados a una cultura libre con los reclamos de los creadores frente a los contratos abusivos de la industria o los efectos de la concentración y convergencia de las multinacionales. Estas son las claves por las que creo debemos pasar para pensar el jueves próximo.

Una cultura de y para todxs

Luisi

Paulina Luisi. Fuente de la fotografía: Wikimedia Commons.

 

La colección de libros que trabajamos con la Biblioteca Comunitaria Paco Espínola de Paso de la Arena tiene varios hallazgos importantes: los cuatro tomos de las Efemérides uruguayas (1956) de Arturo Scarone, que registra hechos históricos desde el 1 de enero de 1730, fecha oficial de la creación de Montevideo, hasta 1950; el tomo I de los Escritos selectos de Andrés Lamas, los Cuentos completos de Carlos Reylestextos humorísticos de Peloduro y dos libros de Juan José Morosoli, entre otros.

No sería un problema, y creo que para muchos lectores tampoco, reconocer los nombres de estos grandes hombres de la literatura y las ideas en Uruguay. Sin embargo no sería tan fácil, creo, dar cuenta de las escritoras que aparecen en la colección. Siempre se podrá decir que lo que hizo que estos hombres se hicieran conocidos es la calidad de su literatura y no la homosociabilidad más o menos cerrada del campo literario o el conjunto de discursos y prácticas que sitúan a la mujer en el lugar del objeto pasivo (modelos para cuadros o esculturas, musas inspiradoras) y no de la productora de arte.

En esta colección, con excepción de Paulina Luisi, de quien se recuperaron obras fundamentales para la historia del feminismo en Uruguay, y de Delmira Agustini, el resto de las autoras difícilmente aparezcan en un lugar de destaque entre los grandes autores uruguayos. Pese a las condiciones siempre adversas, las mujeres escritoras y lectoras estuvieron presentes en la historia cultural uruguaya desde muy temprano en el siglo XIX, muchas veces bajo el amparo del paternalismo de los hombres, otras reproduciendo estereotipos de mujer-esposa-madre, en no pocas ocasiones como mujeres libres y luchadoras, a veces a contracorriente de la cultura hegemónica.

Feministas en todas partes

La lucha por la igualdad del movimiento feminista en Uruguay logró que la mujer uruguaya pudiera votar por primera vez en las elecciones de 1938. Según Sapriza un titular de la revista Mundo Uruguayo expresa la reacción de la cultura hegemónica ante el hecho del voto: “Las mujeres votan, ¿qué más pueden pedir?”. En 1946 se aprueba la ley N.º 10.783 que declara que hombres y mujeres “tienen igual capacidad civil”, que abría nuevos espacios de negociación con la cultura hegemónica.

En ese marco se inscribe la obra y la praxis de Paulina Luisi, que desarrolló su actividad y militancia tanto en el ámbito nacional como en el terreno internacional en la Liga de Naciones.

El libro La mujer uruguaya reclama sus derechos políticos, edición al cuidado de Luisi, reúne las intervenciones de un acto feminista realizado el 5 de diciembre de 1929 en el “Salón de Actos Públicos de la Universidad”, así como un anexo con documentos entre los que se destacan el Programa de la Alianza Uruguaya de Mujeres y el Programa del Consejo Nacional de Mujeres.

El discurso de Luisi recordaba un evento realizado el 25 de abril de 1917 en el mismo lugar, en el que 52 mujeres reclamaron “participar en la vida política de la nación”. Decía Luisi que ya no era un grupo reducido, que “la conciencia de la mujer uruguaya se ha despertado” y afirma: “La mujer de 1929 no tiene recelo en defender sus convicciones y en reclamar resueltamente los derechos que le corresponden y la participación que le pertenece en la vida nacional” (30). En más de 10 años las mujeres organizadas sentían y celebraban un avance significativo y el discurso de Luisi daba cuenta de la lucha de las mujeres en el escenario mundial y su lugar en la política.

La lista de oradoras da cuenta de un importante número de mujeres profesionales del derecho y la medicina: la propia Luisi (Doctora en Medicina), Carmen Onetti (Profesora de Secundaria), Leonor Hourticou (Maestra), Cristina Dufrechou (Maestra), Elisa Barros Daguerre (Doctora en Medicina), Elvira Martorelli (Abogada) , Laura Cortinas (Escritora), Luisa Machado Bonet de Abella Escobar (Escribana), Adela Barbitta Colombo (Periodista), Br. Olivia de Vasconcellos (Estudiante de Derecho), María Inés Navarra (Doctora en Medicina). Otras dos publicaciones relacionadas con el ámbito profesional de la medicina en las que las mujeres participan o son autoras son: Primera Semana Nacional de Defensa contra el cáncer (1930), en la que participa la Dra. Luisi entre siete hombres, y Insuficiencia cardíaca aguda del lactante (1938) de la Dra. María Luisa Saldún de Rodríguez.

Finalmente, los dos tomos de Otra voz clamando en el desierto (1948) de Paulina Luisi, como ella misma anuncia en su prólogo, recogen distintos trabajos suyos en “cuarenta años de lucha contra la Reglamentación de la prostitución y los regímenes de represión contra las mujeres prostitutas”, bajo el pretexto de “Lucha y profilaxis de las enfermedades venéreo-sifilíticas” (XVII). En el capítulo III la autora explica el abolicionismo y su lucha contra la reglamentación de la prostitución:

Nuestro deber de mujeres conscientes de nuestra misión en la humanidad, está en poner en juego todos nuestros esfuerzos para combatirla. Mientras no nos sea dado destruirla, hemos de empeñar todas nuestras energías para disminuir por lo menos sus efectos, facilitando la rehabilitación de las infelices que dieron un mal paso, e impidiendo por todos los medios a nuestro alcance la extensión del mal (41-42).

Esta reflexión, humanista y radical, que se negaba a aceptar la trata de personas y la conversión de la mujer en mercadería, disputaba el espacio público con los discursos higienistas pero también con los católicos. En 1947 un columnista de El Bien Público argumentaba contra la prostitución pero desde el lugar de lo indecoroso de su exhibición pública y fundamentalmente para reclamar al Estado que le dejara a la Iglesia la tarea de “redimir” a las mujeres que se entregaban al vicio (26 de octubre de 1947). El feminismo contemporáneo, con otras referencias teóricas y otros problemas en el horizonte, sigue debatiendo la prostitución en términos de abolicionismo o reglamentación.

En Montevideo hay (mujeres) poetas

En el acervo digitalizado aparece la poesía escrita por mujeres en Uruguay en un período largo de tiempo que va de 1898 a 1950. La muestra se abre con Aleteos: primeras poesías (1898) de María Herminia Sabbia y OribeOro viejo(1910) de Esther Parodi Uriarte de PrunellLos astros del abismo (1924), edición póstuma de Delmira AgustiniConciencia del canto sufriente (1928) de María Adela BonavitaTrilogía de la maternidad (1937) de Maruja Aguiar de Mariani; y, finalmente, tres libros de Graciela Saralegui LeindekarHilera de tréboles (1942), Sombras sin sueño (1949) y Mares vegetales (1950).

La poesía de Sabbia y Oribe, deudora de una estética romántica, está dedicada a sus padres y recibe el apoyo, a través de textos que anteceden sus propios textos, de intelectuales hombres como Eduardo Acevedo Díaz o Carlos Roxlo. La investigadora María Bedrossián la señala entre un conjunto de autoras desconocidas o poco estudiadas que escriben y publican entre 1890 y 1910:

Entre la fidelidad a lo oficial y su “saberse” escritora –no olvidemos que son de las primeras en probar la escritura– cada una irá ilustrando aspectos de la evolución de su propia obra en lucha o en alianza con la cultura masculina. Con sentimientos impregnados de modestia, de duda, de insuficiencia, de autosupresión y culpa irán diciendo de soslayo sus verdades.

En una clave algo distinta pueden leerse los poemas de Parodi, sonetos en su mayoría, en los que aparece una voz poética rebelde y provocadora:

Yo desprecio la Vida, yo desdeño a la Muerte
y aunque me siento débil sabré sentirme fuerte
para adornar tus sienes con las flores del Mal (“Pesimismo”, 6)

Como sostiene Bedrossián las poetas encontraron la forma de hablar “de soslayo” y algunas apostaron a más. La poesía de Parodi y la de Agustini abren un espacio en el encuentro con el amante y con su propia sexualidad, un poco más abierto. Ya no se trabaja solamente desde la fragilidad o el rol asignado a los sentimientos, sino de una experiencia en el cuerpo:

No bebas con Musset ni con lord Byron,
ni vayas por Verlaine a la taberna;
mi copa—que es de carne—la tallaron
mis manos para ti. Es ella eterna. (Parodi, “Bebe en mi copa!…”, 28)

Los brazos de mi lira se han abierto
Puros y ardientes como el fuego; ebrios
Del ansia visionaria de un abrazo
Tan grande, tan potente, tan amante
Que haga besarse el fango con los astros. . .
Y otras cosas más bajas y sombrías
Con otras más brillantes y más altas!… (Agustini, “Primavera”, 33)

El sentimiento, una cierta idea de transparencia y sinceridad, se sustituyen aquí por una plena conciencia del lenguaje poético (los brazos de mi lira, las flores del mal), una mirada crítica sobre el mundo de los escritores hombres (Musset, Byron, Verlain) y una conciencia del cuerpo como medio para expresarse (la copa de carne, el abrazo amante).

Ese decir “de soslayo” aparece también en la poesía de María Adela Bonavita, que en 1928, patrocinada por un grupo de amigos y amigas, publica Conciencia del canto sufriente con el espaldarazo del poeta Pedro Leandro Ipuche, que escribe el prólogo. En la poesía de Bonavita el diálogo con el amante (La Sombra, que para Ipuche es la sombra de dios, es parte de su “anhelo metafísico”) esconde resistencias más o menos veladas, y también reivindicaciones, más o menos veladas. En el poema “El Reflejo” (36-38), la sombra del amante “absorbe todos los colores de mi rayo de luz”, pero no todos “no Aquel… Inefable y Lejano!” (37). Más adelante en “El Alma”, la voz poética vuelve a “la Sombra”:

Es en vano que me busque en la Sombra.
No me encuentro.
No me entiendo en la Sombra (45)

Sea dios o el amante, la Sombra no ofrece a la poeta el reflejo, la capacidad de encontrarse allí con una imagen reconfortante de sí misma, por eso su “mirada se desvía” hacia su interior para hallar su verdad.

La vida de Bonavita fue breve. Nació en 1900 y murió a los 34 años. En 1956 su hijo Luis Pedro Bonavita publica Poesías (1956) en la editorial Asir. El texto reúne toda la poesía escrita por María Adela, maestra sin título, educadora, que dedicó sus esfuerzos a los niños del ámbito rural en San José.

Aperturas

La muestra de poesía escrita por mujeres no se acaba en las autoras analizadas, pero ya ponen de relieve la enorme diversidad de posiciones que asumen las mujeres a la hora de tomar la palabra e ingresar al mundo (masculino) de la literatura. La recuperación de este material en dominio público abre más posibilidades para comprender las realidades de las mujeres en distintos espacios, la historia de sus luchas, de sus victorias y fracasos, y las estrategias desarrolladas para llegar al punto en el que está hoy el colectivo. Ojalá las obras encontradas y puestas a disposición ayuden a seguir construyendo memorias históricas más amplias y democráticas.

 


El texto fue publicado originalmente en autores.uy el 29 de setiembre de 2017.

Perdidos en el supermercado-mundo

fetichismo

An African fetish statue, offered to young married couples as a charm for fertility. Mid 20th century, Yoruba culture. By Alchemica (Own work), via Wikimedia Commons. Andy Warhol (American, 1928–1987). Campbell’s Soup Cans (detail). 1962. Synthetic polymer paint on 32 canvases, each 20 × 16″ (50.8 × 40.6 cm). The Museum of Modern Art, New York.

 

“I’m all lost in the supermarket / I can no longer shop happily / I came in here for that special offer / A guaranteed personality”

The Clash, “Lost in the supermarket”

Mucho se insistió y se insiste en las predicciones acertadas o equivocadas de Marx y los marxistas, respecto al capitalismo y a sus intentos de establecer leyes de la historia que sustenten esas predicciones. Como afirmaba José María Valverde, ante su obra se plantea el problema insoluble de “cómo unir y distinguir a la vez lo que pensó el propio Marx y lo que ha sido su influjo intelectual y político” (248). Lo cierto es que no se puede reducir la obra de Marx y los marxistas, todos sus intentos de describir y explicar el funcionamiento del capitalismo, a un jueguito de acierto y error. Entre los muchos aportes teóricos de El Capital hay uno que me parece muy importante para el análisis de la cultura: el concepto de fetichismo de la mercancía.

La forma mercancía, escribe Marx, es la unidad básica del capital, y por eso su obra más importante, su trabajo científico más ambicioso, comienza por su análisis. En la segunda edición del Tomo I (1872) Marx agregó una sección al capítulo I bajo el título “El fetichisimo de la mercancía y su secreto”, introduciendo una reflexión que abrió distintos caminos dentro del marxismo y en la historia de varias disciplinas humanísticas. El efecto emancipador de El Capital no consiste solamente en proporcionar un “método” científico para comprender el funcionamiento de las mercancías como eje del modo de producción capitalista en las sociedades metropolitanas (Inglaterra, Alemana y Francia) sino también las estructuras de pensamiento que las sostienen, a través de una desnaturalización de aquello que en apariencia es simple y trivial: las mercancías.

El fetichismo, como concepto, no proviene del marxismo, sino de los orígenes de la antropología, en relación a los sistemas religiosos “primitivos”, y tuvo también desarrollos en la psicología. De hecho Marx toma el concepto de la obra Du Culte des Dieux fétiches (1760) de Charles de Brosses, quien inventó el término. Según Alfonso Iacono, Marx leyó la obra en Bonn en 1842, de una traducción alemana publicada en 1785.

Los fetiches son objetos materiales a los que los “salvajes” le atribuyen fuerzas espirituales o mágicas. Por eso para Marx las cosas aparecen en el mercado como objetos mágicos, que se relacionan entre sí: “Es simplemente la determinada relación social que media entre los mismos hombres la que reviste aquí, para ellos, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas” (73). El fetichismo de la mercancía encubre el carácter de trabajo social que la hace posible y genera en los consumidores la idea de que su valor es una cuestión de relaciones entre cosas. El fetichismo de la mercancía es un mecanismo de encubrimiento, una apariencia, una ilusión por la que percibimos las mercancías fuera de la división social del trabajo, de la explotación del hombre por el hombre, de la plusvalía que las hacen posibles. Es “inherente a los productos del trabajo tan pronto comienzan a producirse como mercancías” y es por lo tanto “inseparable” de su producción (73).

En la perspectiva de Etiénne Balibar, la necesidad de la apariencia es una cuestión central para entender el fetichismo de la mercancía:

(…) el fetichismo no es un fenómeno subjetivo, una percepción falseada de la realidad, como lo serían, por ejemplo, una ilusión óptica o una creencia supersticiosa. Constituye antes bien la manera en que la realidad (una cierta forma o estructura social) no puede dejar de aparecer. Y esa “apariencia” activa (a la vez Schein y Erscheinung, es decir, un embuste y un fenómeno), representa una mediación o función necesaria sin la cual, en condiciones históricas dadas, la vida de la sociedad sería sencillamente imposible. Suprimir la apariencia es abolir la relación social. (69)

La lectura de Balibar restituye uno de los movimientos de la propuesta de Marx, que en cierto modo las lecturas marxistas posteriores dejaron de lado en favor de la cuestión del encubrimiento y de ideas asociadas como la alienación o la ideología.

El fetichismo como problema

Para Iacono la cuestión de la distancia entre el ser social y las representaciones a través de las cuales es percibido, es un tema que atraviesa la reflexión de Marx en toda su obra. De hecho las primeras referencias al fetichismo aparecen en los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, y antes de eso en sus artículos periodísticos sobre la discusión parlamentaria en torno al robo de leña que escribió para la Gaceta renana hacia fines de 1842. La última nota sobre el tema cerraba de esta forma:

Los salvajes cubanos pensaron que el oro era el fetiche de los españoles. Celebraron una fiesta, cantaron a su alrededor y después lo arrojaron al mar. Si hubieran presenciado las sesiones de la Dieta renana, ¿no hubieran pensado que la leña era el fetiche de los renanos? Una sesión siguiente les hubiera mostrado, sin embargo, que el fetichismo se une con la adoración de los animales, y los salvajes cubanos hubieran arrojado al mar las liebres para salvar a los hombres. (Marx, 244)

Según Iacono la palabra “fetichismo” es una palabra que proviene del portugués y que se utiliza para hacer referencia a los objetos que los africanos adoraban. Esto imprime en la palabra la idea de un observador externo al fenómeno. Por esa razón el gesto de Marx de invertir el punto de vista, son los indígenas los que creen que el oro es el fetiche de los españoles, resulta interesante porque además sitúa la cuestión del fetichismo fuera del marco evolucionista, que lo considera como una etapa en el desarrollo teleológico de la humanidad hacia la civilización europea. Esta idea aparece en autores como Condorcet, Hume o Comte, y luego alimentará las primeras teorías antropológicas de Edward Burnett Tylor y otros autores.

Es importante consignar este gesto de Marx porque pervive en El Capital, cuando establece una analogía entre la religión y el modo de producción capitalista. El filósofo Étienne Balibar por ejemplo, entiende que en la visión de Marx el mundo moderno no está desencantado, como afirmará más adelante Weber, sino encantado. Sin embargo, según Iacono, el problema del fetichismo en El Capital es más ambiguo cuando se lo ve desde la perspectiva del observador y la observación porque Marx lo analiza tanto desde dentro del fenómeno (tomando ejemplos históricos como el feudalismo) como desde fuera (imaginando escenarios como el de Robinson Crusoe o el de una sociedad de hombres libres).

Las fluctuaciones de Marx responden a un pensamiento crítico en movimiento y a una obra en construcción, que dejó muchos cabos sueltos y mucho material. Como cualquier otro texto, es difícil interpretar El Capital en un sentido unívoco, y a medida que se incorporan nuevos materiales e interpretaciones, los problemas allí planteados se complejizan y derivan en distintas tradiciones intelectuales. Ocurre de este modo en el contexto del marxismo con el concepto de cosificación que Lucaks desarrolla en Historia y conciencia de clase (1923) por citar un ejemplo. En el caso del fetichismo las derivaciones en distintas tradiciones intelectuales son múltiples.

El antropólogo Roy Ellen destaca tres tradiciones académicas en torno al concepto: la antropológica, la psicológica y la marxista. Según Ellen hay procesos cognitivos que atraviesan las tres tradiciones: como la concreción de abstracciones (las relaciones sociales en la mercancía) o la atribución de cualidades de organismos vivos a los objetos (el ejemplo de la mesa que se pone de cabeza y de la que brotan las mercancías), así como confusión entre significante y significado o la relación ambigua entre el control del objeto por las personas y de las personas por objetos. Para Ellen el fetichismo es un fenómeno universal, como en cierto sentido lo piensa Marx cuando lo utiliza para interpretar su presente, que está lejos de poder ser relegado a un “otro primitivo étnico” (219).

Leer el fetichismo (en América Latina)

Las lecturas de El Capital no son lecturas en ningún lugar, ni desde ninguna tradición crítica. En América Latina se produjeron y producen distintas lecturas. Desde los manuales populares de “materialismo histórico” de la Unión Soviética o de Martha Harnecker, que siguiendo a Althusser no incluye el fetichismo de la mercancía en su libro Los conceptos elementales del materialismo histórico (1969), hasta las lecturas de la filosofía de la liberación de Enrique Dussel o de la teología de Franz Hinkelammert en Las armas ideológicas de la muerte: el discernimiento de los fetiches, capitalismo y cristianismo (1977), por citar solamente dos formas muy distintas de encarar el asunto.

Dentro de la tradición clásica del marxismo, fundada por Marx y Engels, y continuada por Labriola, Mehring, Kautsky, Plejánov, la tarea consistió, según Perry Anderson, en “elaborar los principios filosóficos generales del marxismo como concepción de la historia y extender éste a dominios que no había sido abordados directamente por Marx” (13) y en ese sentido se propusieron “completar, más que desarrollar” su legado. Una segunda etapa vendría con revolucionarios como Lenin, Luxemburgo, Bujarin o Trotsky, que además de contribuir a la comprensión del capitalismo en una nueva etapa de su desarrollo (el imperialismo) se preocuparon también de elaborar una teoría política marxista (18).

De esa tradición clásica es que abrevan muchos de los manuales sobre materialismo histórico producidos en la Unión Soviética. En el Río de la Plata, por ejemplo, la editorial Pueblos Unidos publicó en varias oportunidades y en distintas versiones un Diccionario filosófico (1965:172) de Mark Moisevich Rosental y Pavel Fedorovich Iudin. Los autores definían el fetichismo de la mercancía como una “representación tergiversada, falsa e ilusoria del hombre acerca de las cosas, mercancías y relaciones de producción”. La materialización de las relaciones de producción en la mercancía genera “la idea ilusoria de que las cosas mismas, las mercancías, por su propia naturaleza, poseen ciertas propiedades misteriosas, que en realidad no poseen”. Y agregan:

El fetichismo de la mercancía oculta la verdadera situación: la subordinación del trabajo al capital, la explotación de la clase obrera. En la superficie de los fenómenos, los relaciones entre los capitalistas y los obreros aparecen como relaciones entre poseedores iguales de mercancías. Todas las ideas ilusorias sobre la igualdad y la libertad engendradas por el capitalismo se apoyan en dicha forma tergiversada, inevitable en la sociedad capitalista, en que se manifiestan las categorías económicas. La economía política burguesa, vulgar, utiliza el fetichismo de la mercancía con el propósito de encubrir la auténtica naturaleza del capital y ocultar la causa verdadera de la explotación de la clase obrera. El primero en develar el secreto del fetichismo de la mercancía, sus raíces, su base objetiva, fue Marx. El fetichismo de la mercancía tiene un carácter histórico; desaparecerá cuando se aniquile el modo capitalista de producción.

La generalización del concepto de fetichismo de la mercancía en tanto deformación de la realidad fue encarado por varios manuales soviéticos, dejando de lado las estructuras de pensamiento y sentimiento que también se ponen en juego en el modo de producción capitalista.

Uno de los contrastes más notorios con esta conceptualización surge del proyecto filosófico de la liberación. En su trilogía sobre la obra de Marx, compuesta por La producción teórica de Marx. Un Comentario a los Grundrisse (1985), Hacia un Marx Desconocido. Un Comentario de los Manuscritos del 61-63 (1988) y El último Marx (1863-1882) y la Liberación Latinoamericana (1990), Enrique Dussel encuentra en El Capital una ética porque, como sostiene Juan José Bautista, “es una crítica radical del mercado moderno y del proceso de ontologización del capital” que solamente trae acumulación de capital, miseria en todo el mundo y destrucción de la naturaleza (35). Para ciertas corrientes del marxismo es un sacrilegio plantear una lectura de El Capital como crítica moral del capitalismo. Lo que para Dussel es una forma de recuperar a Marx en el momento justo en el que cae el bloque soviético y la izquierda latinoamericana entra en una crisis frente al empuje neoliberal.

Otro tanto ocurre con la inesperada analogía que Franz Hinkelammert plantea entre cristianismo y marxismo. Para el autor el reduccionismo o economicismo que se le endilga al marxismo por su afirmación de que la vida material es la vida real, no tiene fundamento. Luego argumenta que: “Cualquier imagen de Dios incompatible con la vida real, será un fetiche, y el Dios verdadero no puede ser sino aquel que es compatible con la vida humana real. Y aunque Marx no llegue a este resultado, en la línea de su método se llega a él”. Más adelante afirma que valorizar la vida real es el punto de partida “de las ideologías de los oprimidos, en oposición a la absolutización de los valores por parte de la dominación”. De esta forma el fetichismo de la mercancía cobra un valor distinto, en tanto crítica a la cosificación de la vida humana.

Con estos dos ejemplos quiero dejar planteado que leer El Capital desde acá implica situarse en una política de la traducción que se decide, la mayoría de las veces, fuera de América Latina, en España o en Moscú (en otros tiempos), con la excepción de algunas editoriales como Siglo XXI o Fondo de Cultura Económica. Muchos de los textos fundamentales para comprender la obra de Marx fueron traducidos por editoriales españolas en los años ochenta, por lo que muchas lecturas marxistas contaban con los materiales soviéticos y algunas ediciones locales. Otra veces, y conectado con lo último, supone también estar sujeto a una geopolítica del conocimiento que impide, muchas veces, acceder a las discusiones que el problema del fetichismo de la mercancía ha generado y genera en el marxismo metropolitano y de otras partes del “tercer mundo”, así como en la producción académica de distintas disciplinas de las humanidades y las ciencias sociales.

Estos dos problemas pueden encontrar soluciones parciales en algunos mecanismos legales e ilegales: el portal Timbó ofrece acceso gratuito y parcial a publicaciones académicas de todo el mundo, como parte de las políticas hacia la investigación en Uruguay, mecanismos de acceso abierto al conocimiento y la piratería de libros en Internet, que muchas veces soluciona el problema de la escasa oferta y circulación de libros académicos en el mercado o directamente la desaparición de algunos títulos que no son re-editados. A 150 años de la publicación de El Capital me pareció importante hacer mención a las condiciones materiales en las que leemos e interpretamos el fetichismo de la mercancía, la obra de Marx y la de muchos otros pensadores, así como advertir sobre la creciente privatización del conocimiento científico y la cultura que en apariencia promete más democracia y mejor acceso.

 Alejandro Gortázar

 Publicado originalmente en Hemisferio Izquierdo, el 3 de octubre de 2017.

Bibliografía

Anderson, Perry. Consideraciones sobre el marxismo occidental. México: Siglo XXI, 1991 (1976)

Balibar, Étienne. La filosofía de Marx. Buenos Aires: Nueva visión, 2000 (1993)

Bautista S., Juan José. ¿Qué significa pensar desde América Latina? Hacia una racionalidad transmoderna y postoccidental. Madrid: Akal, 2014.

Ellen, Roy. “Fetichism”. Man Vol. 23, N.º 2 (Jun. 1988), pp. 213-235.

Iacono, Alfonso. “Sul concetto di «feticismo» in Marx”. Studi Storici, Año 24, N.º 3-4, Karl Marx 1883-1983 (Julio-Diciembre, 1983). 429-436.

Marx, Karl. En defensa de la libertad. Los artículos de la Gaceta Renana 1842-1843. Valencia: Fernando Torres, 1983.

—. Manuscritos: economía y filosofía. Madrid: Alianza, 1968.

—. El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. México: FCE, 2014.

Valverde, José María. Vida y muerte de las ideas. Pequeña historia del pensamiento occidental. Barcelona: Ariel, 1999.

 

 

 

 

 

 

El realismo socialista en Uruguay

GravinaJiménez

En el realismo socialista ganan los buenos, la chica se va con el chico y todo termina bien. Pero nada es gratis en la vida. Para alcanzar la felicidad los personajes deberán asociarse, luchar, y armar el sindicato. A diferencia de las películas de happy end en Hollywood, la lucha es cuerpo a cuerpo si es necesario, y en el medio el héroe puede comer cárcel o perder un ojo.

Con este post sobre el realismo socialista cierro mi aporte al estudio del legado de la revolución rusa en la literatura. En los textos anteriores repasé algunas ideas de Lenin y Trotsky sobre la cultura artística de la revolución. Ahora le toca el turno al período estalinista, marcado por la definición y oficialización de una estética en los años treinta y las purgas internas de todo aquel arte que fuera definido como “burgués”.

Luego de la Segunda Guerra la política internacional soviética cambia de rumbo. Según Egbert, el discurso de Stalin del 9 de febrero de 1946 apunta a volver a confrontar con el capitalismo monopolista y sostener la superioridad indiscutible del socialismo ruso. En tal sentido se reforzó la idea de que todos los partidos comunistas extranjeros debían mantenerse fieles al bloque soviético. El realismo socialista se trasladó como estética oficial del comunismo fuera de la URSS y fue practicado en Uruguay por Asdrúbal Jiménez (1922-1958) y Alfredo Dante Gravina (1913-1995), escritores militantes del Partido Comunista Uruguayo (PCU).

I

El realismo socialista fue la estética oficial de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas después de la muerte de Lenin y una vez consolidada la hegemonía de Stalin en la dirección del Partido Comunista soviético. En literatura es formulada por Andrei Zhdanov y el escritor Máximo Gorki en el Congreso de la Unión de Escritores Soviéticos el 17 de agosto de 1934. Entre fines de los años treinta y hasta su muerte en 1948, Andrei Zhdanov impulsó esta política y fue uno de los responsables de las purgas realizadas en el campo cultural a partir de 1946.

En su discurso frente a los escritores Zhdanov definía así el realismo socialista:

El camarada Stalin ha llamado a nuestros escritores ingenieros del alma humana. ¿Qué significa esto? ¿Qué deberes os impone esta denominación? Esto significa, en primer lugar, conocer la vida, para saber representarla fielmente en las obras artísticas, y representarla no de modo escolástico, exánime, no simplemente como “realidad objetiva”, sino como realidad en su desarrollo revolucionario. Así, la veracidad y la concreción histórica de la representación artística deben combinarse con el deber ideológico de reformar y educar a los trabajadores en el espíritu del socialismo. Este método aplicado a la literatura y la crítica literaria es lo que nosotros llamamos método del realismo socialista.

El realismo socialista se define entonces como un método que consiste en postular al realismo como representación fiel de la realidad “en su desarrollo revolucionario”, cuya función ideológica es didáctica.

En el Diccionario filosófico abreviado (1959) de Rosental y Iudin, manual de materialismo histórico publicado por la editorial Pueblos Unidos en Montevideo, se plantea uno de los problemas centrales del realismo socialista “lo típico”:

No una descripción empírica de hechos y fenómenos de la vida, sino la selección de lo esencial, de cuanto expresa la tendencia del desarrollo con todas sus contradicciones: he ahí lo que permite al artista hacer resplandecer la realidad viva. Del grado de simbolización, de representación de lo típico, depende no solamente el valor cognoscitivo de la literatura y del arte, sino también su papel de actividad social. Reproducción de los aspectos esenciales de la vida, no por medio de esquemas, sino por medio de imágenes de evocación concreta y de estética capaz de viva impresión, tal es el sentido de la representación típica de los fenómenos de la vida en el dominio del arte.

El problema de lo típico es en verdad uno de los problemas más interesantes del realismo como estética desde su formulación paradigmática en en el siglo XIX, especialmente en Francia (Stendhal, Balzac y Flaubert, según Auerbach). Lo que la estética soviética hace es recoger este problema de la cultura burguesa y reformularla en términos de los intereses del proceso revolucionario. Aunque se postulara con mucho esfuerzo su separación radical de la cultura burguesa, en el marco de la guerra fría, el realismo socialista tiene innumerables puntos de contacto no solamente con la literatura burguesa del siglo XIX (personajes y paisajes típicos, visión de la totalidad social), sino también con las distintas formas de adoctrinamiento de las industrias culturales capitalistas (melodrama amoroso, didacticismo ideológico).

Luego de la muerte de Zhdanov y de Stalin (en 1953) el realismo socialista empieza a decaer como método artístico promovido por la URSS, en el marco del proceso de la “desestalinización” encabezado por Nikita Jrushchov a partir de 1956.

II

En Uruguay el método del realismo socialista fue puesto en práctica por dos escritores y militantes del PCU: Asdrúbal Jiménez y Dante Gravina. En 1951 Pueblos Unidos, la editorial que publicaba la literatura marxista soviética en Montevideo, saca Fronteras al viento de Alfredo Dante Gravina, y luego El único camino (1958) y Del miedo al orgullo (1959), las tres inscriptas en el realismo socialista. Otro tanto ocurre con las novelas de Asdrúbal Jiménez Bocas del quebracho (1951) y Los desposeídos (1959). En su mayoría estas obras se ubican en el ambiente rural y narran los esfuerzos por organizar a los “obreros del campo”.

La obra Obrero y campesina de una granja colectiva, una estatua de 24 metros hecha en acero inoxidable por la escultora Vera Mújina y presentada por primera vez en 1937 en la Feria Mundial de París expresaban “la convicción stalinista referente a que con la exitosa mecanización de la agricultura, los intereses del obrero industrial y del campesinado se estaban amalgamando mientras avanzaban juntos -aunque con el obrero como líder- hacia la sociedad sin clases verdaderamente comunista. Solo unos pocos meses antes, Stalin había declarado, al promulgar la nueva constitución soviética, que la primera fase del comunismo había sido superada, que la clase obrera ya no era un proletariado y que el campesinado había sido integrado a la economía socialista” (Egbert).

Si bien en las novelas del realismo socialista uruguayo están presentes la alianza obrero-campesino y la mecanización, entre otros ingredientes del método artístico soviético, también es cierto que la fórmula adopta una forma local concreta. La apropiación de la representación del espacio rural en un marco de interpretación marxista, implicaba alejarse de las estéticas dominantes que lo asociaban a proyectos nacionales conservadores o depositarios de un pasado idealizado.

La novela Bocas del Quebracho se ocupa de los trabajadores en los arrozales de Rocha, sus condiciones de vida, sus costumbres, y como en el realismo decimonónico, representa lo típico en el funcionamiento de las clases sociales a partir de los personajes que las representan: Farías representa a los capataces, Arcadio es el dueño del boliche, Fulbio Bermúdez es el comisario, Sánchez Laguna el administrador-patrón. En consonancia con el realismo decimonónico estos personajes permiten ver el mundo social como un sistema articulado.

La diferencia es que en la novela no hay un héroe, exaltación del individuo que lucha contra la naturaleza o contra la sociedad, sino un colectivo de héroes: Julian, Rosendo, Hortensio, Melgarejo, son los héroes que deciden crear el sindicato de los “obreros del arroz”. La experiencia militante la aporta Rosendo, un afrodescendiente que ayuda a conducir la huelga, y que fue él mismo tomado como un héroe obrero por el partido. Su historia representa prácticas políticas que todavía hoy se ponen en juego en la izquierda partidaria (Capítulo V). Es Rosendo quien defiende la idea de un partido de obreros (“Eso de que los obreros no deben meterse en política lo inventaron los mismos patrones”, le dice a sus compañeros). En dos oportunidades se hace referencia al Partido Comunista sin nombrarlo explícitamente, porque el centro de la cuestión es la organización del sindicato en el medio rural y no su articulación con la política.

En una conversación con su enamorada, Julián habla del valor de la huelga en los trabajadores del arrozal: “Una huelga es como haber nacido de nuevo, para los hombres de este lugar. Antes eran ratones asustados y hambrientos”. Pero también los más viejos, como el maquinista Celestino Melgarejo: “Llegará el día en que en los arrozales se trate como gente a los pobres tipos que trabajan; el sindicato que ellos quieren ahora, un buen día será fuerte, tan fuerte como para conseguir que el gobierno los oiga. Entonces se mandarán inspectores de verdad, a comprobar que las buenas leyes de nuestro país, no se cumplen; se obligará a los arrozales a pagar mejor a los que trabajan, para que estos puedan al menos comer, lavarse y vestirse como personas”. Melgarejo es el que tiene más experiencia y más años en el arrozal. Con este discurso le da su apoyo al naciente sindicato.

El asunto de las leyes obreras que no se cumplen, los inspectores de trabajo corruptos, están presente siempre en el discurso de los trabajadores. En la capital se diseñan leyes, hay ministerios, asociaciones de sindicatos, periodistas, políticos que no saben nada de lo que ocurre en el arrozal. La ciudad es el lugar desde dónde operan los dueños de la sociedad anónima y también aparece como espacio utópico en el que está la asociación de sindicatos que los ayudará en la huelga.

Otro elemento que aparece, como parte de la didáctica que ofrece la novela, es la solidaridad y el internacionalismo. Cuando el patrón recurre a trabajadores brasileños para romper la huelga, Rosendo exaltado frena cualquier intento de violencia contra ellos:

Los brasileros no son rompehuelgas ni cosa que se le parezca; son trabajadores que tienen hambre igual que nosotros (…) son piojosos igual que nosotros, que buscan donde ganarse un peso, para llenarse las tripas. Somos todos lo mismo: ¡trabajador sucio y pisoteado como una bosta! ¡Somos todos lo mismo! (…) Nada de bronca con los brasileros… Nada de bronca con el trabajador amigo… eso es lo que tenemos que aprender.

De este modo, alrededor de la olla que los trabajadores comparten en la huelga, Rosendo instruye política e ideológicamente a los trabajadores del arrozal.

La dimensión utópica también aparece en los discursos de los personajes-héroes del sindicato. Al final de la novela no se alcanza el socialismo en los arrozales uruguayos, sigue siendo realismo desde el punto de vista estético y político, pero si “despertar” la conciencia de los trabajadores. En ese sentido la novela de Jiménez, y habrá que ver qué tanto el resto de las obras del realismo socialista en Uruguay, interpretan una realidad que se estaba creando en los años cincuenta: la organización de los trabajadores rurales. En los años en que se escriben estas novelas comienzan a organizarse sindicatos en el campo, en los años sesenta los cañeros de Artigas asumirán el lugar del símbolo de los trabajadores de la tierra. Las novelas del realismo socialista aportaron un marco interpretativo para comprender la realidad del trabajo y los hombres en el campo uruguayo, para lectores que la desconocían y en oposición a una literatura que no daba cuenta de ella.

La autobiografía de Olaudah Equiano

Equiano

Hoy 16 de octubre la empresa Google celebra, en su página de inicio, el 272 cumpleaños de Oludah Equiano, un africano esclavizado que luego de un periplo norteamericano y caribeño se instala en Londres, donde publica, en 1789, la autobiografía The interesting narrative of the life of Oludah Equiano or Gustavus Vassa, the african. La escritura de autobiografías de esclavizados o ex esclavizados fue bastante común durante el siglo XVIII y XIX en el ámbito anglosajón, formando parte de las distintas herramientas utilizadas por quienes luchaban por la abolición de la esclavitud.

El comienzo de una “literatura afroamericana”, según Mary Louise Pratt (1997), puede ubicarse a fines del siglo XVIII, cuando un conjunto de ex esclavos entraron “en los circuitos de la cultura europea impresa”. La autobiografía de ex esclavos fue el género más utilizado por el movimiento abolicionista y su publicación fue alentada por “intelectuales occidentales disidentes”. Estos textos eran, según Pratt, “autodescripciones estructuradas en cierto modo según las instituciones literarias occidentales y las concepciones occidentales de la cultura y el yo, aunque en directa oposición a las ideologías oficiales del colonialismo y la esclavitud” (1997: 184).

En su artículo Susan M. Marren (1993) menciona a Olaudah Equiano como el más destacado de los escritores africanos de Inglaterra en el siglo XVIII. Los otros dos son: Ignatius Sancho (1729-1780), a quien le publicaron una colección de cartas con cinco ediciones entre 1782 y 1803; y Ottabah Cugoano (1757-?) y su Thoughts and sentiments on the evil of slavery en 1787 (95 y 104 -nota a pie 3-).

Autobiografía y abolicionismo

A partir de 1807 Inglaterra prohíbe la trata de esclavos, luego de haberse enriquecido como única proveedora de esclavos para América con el tratado de Utrecht en 1713, y se convierte en una de las usinas del abolicionismo y de su literatura, aunque el fenómeno se extiende a Europa en general y los Estados Unidos. Según Costanzo el período de mayor actividad para la publicación de autobiografías fue entre 1830 y 1850 (116).

El contraste del espacio anglosajón con el hispanoamericano en la producción de autobiografías de esclavos o ex-esclavos es muy grande y se explica en parte por esta lucha global contra el comercio de esclavos en la que España, Portugal y luego las naciones independientes están directamente involucrados. La prohibición de escribir y las limitaciones para publicar, como indican los dos casos hispanoamericanos de Francisco Manzano en Cuba y Jacinto Ventura de Molina en Uruguay, fue otro factor determinante.

Posiblemente el género autobiográfico fuera más eficaz para los lectores metropolitanos que la literatura de viajes, ya que los vejámenes de la trata que allí se relataban eran descritos en primera persona. Sin embargo, ambos géneros contribuyeron a la empresa de la “vanguardia capitalista”, fundamentalmente británica, que viajó a los países hispanoamericanos en busca de recursos naturales para su explotación (Pratt, 2007: 257).

El artículo de Marren (1993) aporta otro elemento sobre el público inglés del siglo XVIII y la tendencia filosófica del “benevolismo” que estaba contra la esclavitud basados en la lástima y la compasión “más que en las clásicas nociones de razón y derecho” (97). Las revistas y este tipo de textos prepararon al público de clase media inglés del siglo XVIII para la “humanización de los negros” que, a lo largo del siglo, irá aceptando el discurso de “los derechos naturales de todo ser humano” (97).

Estos viajeros tuvieron el interés de acusar a la sociedad hispanoamericana “de atraso, indolencia y, sobre todo, de «incapacidad» para explotar los recursos naturales” (265). El trato brutal hacia los esclavos, la esclavitud misma, chocaban ahora con el “escenario de trabajo y eficiencia” propuesto por la vanguardia capitalista, que implicaba además el trabajo libre y asalariado (270). La lectura de las autobiografías no solamente alentaba la identificación con la causa abolicionista, también promovía las virtudes de la libertad individual tan cara a la ideología liberal.

Modos de producción del yo

El primer contraste que surge con los relatos autobiográficos hispanoamericanos es el silencio de estos últimos respecto al pasado africano y a cualquier recuerdo de la trata. En el caso de Molina apenas una mención respecto al origen de su padre, nacido en un barco negrero que venía de Bahía y en el caso de Manzano el silencio absoluto. En las dos autobiografías publicadas en el espacio anglosajón, al tratarse de relatos de ex esclavos de origen africano, la existencia de capítulos introductorios relatando “los usos y costumbres” de las zonas de donde provenían, así como la captura y el viaje hacia América aparecen como momentos fundamentales del discurso.

Un aspecto central y común a los relatos autobiográficos es el proceso de aculturación y la mimesis con el mundo blanco a la que son sometidos los ex esclavos y los negros libres (como Molina). Mientras Molina y Manzano son obligados a convertirse al catolicismo, incluso por ley son los amos quienes están obligados, los casos de Equiano y Baquaqua son distintos. En el caso de Baquaqua hay dos situaciones relatadas: la primera tiene que ver con su contacto con el catolicismo, cuando él y otros esclavos son obligados por su amo portugués a hacer la señal de la cruz y decir unas palabras “cuyo significado no sabíamos” (1988: 274 y 2001: 45); la segunda es su contacto con el cristianismo, específicamente con el misionero de la Iglesia Bautista, Reverendo Judd en Haití, que lo sacó de la bebida y “de todo otro vicio” (2001: 58).

En contraste con la imposición de su amo portugués de orar y hacer la señal de la cruz, su “conversión” a la Iglesia Bautista parece una elección tomada libremente. La conversión de Equiano al cristianismo se produce en Londres, cuando otros sirvientes le hacen notar que si no es bautizado no podrí ir al cielo. Por tal motivo pide para ser bautizado (Equiano, 2004: 62) y su amo se lo niega hasta que accede en febrero de 1759 (63). Equiano es formado en la iglesia protestante y cuando en 1775 pasa por Cadiz conoce un cura católico con quien discute sobre religión. Como en el texto de Baquaqua, Equiano contrasta el catolicismo con su opción religiosa: “él decía que había estado en Inglaterra, y que toda persona allí leía la Biblia, lo cual estaba muy mal” (2004: 210). Otra vez su “conversión” a la religión está relacionada con intereses individuales y es contrastada en el relato, con la verticalidad del catolicismo español o portugués.

También la educación es una decisión personal de Equiano, quien decide, luego de convertirse al cristianismo, “trabajar para sí mismo” y conseguir dinero para “obtener una buena educación” (78). Sus primeras lecciones las tiene a bordo del barco Atna con el cura del capitán quien “me enseñó a escribir, y me dio nociones de aritmética hasta la regla de tres”. Allí también conoció a Daniel Queen, un hombre de unos cuarenta años “con quien comía a bordo del barco, y que le gustaba vestir y atender al capitán”. Con este hombre tuvo una relación muy cercana y le eneseñó “a afeitar y arreglar el pelo un poco, también a leer en la Biblia, explicándome varios pasajes, que yo no comprendía”. Tuvo con él una relación en la que lo amó casi “con el afecto de un hijo” (79).

A diferencia de Manzano que tuvo que robar la letra, de Molina que no tuvo otra opción que aprender o de Baquaqua que no escribe ni aprende a escribir aunque se adaptó rudimentariamente a las lenguas con las que tuvo contacto (portugués e inglés, al menos), Equiano aprende por una decisión personal y un cálculo de interés: lo ve como parte de su esfuerzo individual por ascender socialmente.

Costanzo (1990) relata el caso del esclavo jamaiquino, Archibald Monteith, cuya autobiografía fue publicada en 1864 en Alemania y 1865 en Gran Bretaña, que estuvo como sirviente de la casa durante ocho años hasta que su amo lo envió a la escuela. Según Costanzo fracasó porque “los blancos no infundían en los esclavos el valor de una educación cristiana”. Por suerte, afirma Costanzo, Monteith aprendió a leer gracias a una mujer blanca y recibió por ello las burlas de otros esclavos por querer leer (125). Como en el caso de Molina, la intermediación blanca, movida por la piedad cristiana, es fundamental para la educación. Sin embargo, no parece haber testimonios de otros negros (esclavos o libres) que se hayan burlado de las capacidades de Molina. No ocurre lo mismo con el mundo letrado al que quiso pertenecer.

Antes de relatar su bautismo en Londres, Equiano coloca una escena de mimetismo en su autobiografía. En el capítulo dos comienza haciendo referencia al miedo que tenía a los europeos: “ya no los veía como espíritus, sino como hombres superiores a nosotros; y luego tuve el más fuerte deseo de parecerme a ellos: asimilar su espíritu e imitar sus modales”, a tal punto que “desee largamente ser capaz de leer y escribir; y para ese propósito tomé cada oportunidad de ganar instrucción” (62. Énfasis mío). Otra vez el relato de Equiano parte de sus intereses y no de una imposición. No es obligado a imitar a los ingleses, él decide imitarlos porque los cree hombres superiores. En el caso de Baquaqua la imitación es también una imposición como en Manzano, aunque la referencia a la señal de la cruz y las palabras que no entiende, es la única que evidencia una escena de imitación colonial.

Mimesis colonial

El caso de Oludah Equiano está relacionado con Manzano y Molina en un aspecto central vinculado con la mimesis colonial. Como dobles disciplinarios son a la vez copia y amenaza (Bhabha) y por lo tanto generan desconfianza del mundo letrado blanco. Equiano ha tomado la palabra y ha escrito la narración de su propia vida. Aún así se cuestiona su autoría e incluso algún contemporáneo sugirió que había sido ayudado por “algún escritor inglés” en la compilación del material o en la corrección del texto, ya que “estaba suficientemente bien escrito” (xxxvi).

Según Shelly Eversley el texto de Equiano tuvo nueve publicaciones entre 1789 y 1794, en las que el autor fue agregando noticias, cartas y reseñas de su libro. En estos anexos es que se publica una nota del Monthly Review de junio de 1789 (página 551) en el que un crítico anónimo inicia la reseña afirmando: “We entertain no doubt of the general authenticity of this very intelligent African´s story; though it is not improbable that some English writer has assisted him in the compilement, or, at least, the correction of his book; for it is sufficiently well-written.” (xxxvi)

Cuál sería la reacción del lector-letrado de fines del siglo XVIII al encontrar en el interior del libro la ilustración de un hombre negro, vestido como ellos, con un manuscrito en la mano. La reacción de desconfianza que tiene su contemporáneo se parece a la que décadas después muchos letrados montevideanos tuvieron con Jacinto Ventura de Molina.

La diferencia radica en la burla sistemática de la que fue objeto el montevideano, frente a la desautorización y el trato condescendiente de un crítico. Al parecer las burlas fueron frencuentes en la vida de los africanos sometidos a la esclavitud. Según Costanzo en su autobiografía Archibald Monteith relata cómo su casamiento autorizado legalmente y llevado a cabo en una iglesia, siguiendo el ritual cristiano, fue “estropeada por una multitud” que se reía y se burlaba de ellos por casarse de esa forma (126).

Frente a la megalomanía del montevideano, Equiano no quiere demostrar heroísmo o coraje, aún cuando se presenta como único y original, utiliza su propia historia como “emblema para el desarrollo de todos los sujetos modernos” ¿o de todo sujeto moderno? (VII). Por tal motivo, dice su prologuista Reid-Pharr, desprecia la esclavitud pero está más interesado en mostrar la transición que experimentó del mundo antiguo -apegado a la tradición y estático- a “los modos de vivir dinámicos y motivados por el progreso que él creyó eran típicos de las sociedades modernas” (VIII).

No se trata, como en Molina, de un hombre que reclama un trato especial por los méritos alcanzados junto a un tutor que lo cobijó y lo hizo quien es. La historia de Equiano, sugiere Reid-Pharr, “detalla los esfuerzos, las frustraciones, y las concesiones no de un simple esclavo, un marinero, o incluso de un hombre liberado, sino, y fundamentalmente, de un moderno intelectual (negro)” que, a diferencia de Molina, se encuentra en la “más paradójica realidad de que la misma sociedad que lo reprime también lo provee con las herramientas con las que resistir la opresión, las herramientas con las que deberá rehacerse y rehacer la sociedad misma” (XX). El individuo emprendedor del capitalismo que Equiano encarna, no se queja de lo que ha perdido y prueba que el más reprimido de los sujetos -un esclavo- puede verse obligado a cambiar permanentemente, cambiar de ambiente, viajar y adaptarse a las nuevas condiciones rápidamente (XI). En este aspecto reside tal vez una diferencia sustancial con Manzano y Molina, quienes en algunos momentos aprovechan su lugar de víctimas indefensas, de indigentes o de personas sin ninguna ambición.

Tanto Molina como Equiano son autores especialmente ambiguos, sus textos están llenos de tensiones o contradicciones. En Molina al lado de las fórmulas de captatio benevolentiae encontramos sus gestos de grandeza, su insistencia en su excepcionalidad como “letrado negro” y su pertenencia a la cultura española. Algo similar ocurre con Equiano. Según Marren (1993) su texto “es un registro de su intento por crear (…) un lenguaje en el que él pudiera hablar con autoridad dentro de la cultura inglesa [pero] como un miembro típico del grupo esclavizado” (96).

La autobiografía de Equiano vive, según Marren, en esta tensión o contradicción. Siguiendo a Orlando Patterson en su idea de que “desde el punto de vista de un orden social dado” un hombre liberado y un esclavo ocupan un mismo entre-lugar “marcado por la ambigüedad, la ambivalencia y la contradicción” (96). Algo similar ocurre con Molina, aunque no sea un hombre liberado sino un hombre libre. Su actuación como abogado del grupo Congos de Gunga hacia 1830 lo muestra en esa frontera entre los blancos y los negros, entre la ciudad letrada y la cultura de los iletrados, porque es quien puede articular la demanda del grupo en el lenguaje jurídico de los blancos.

Por último, quiero destacar un elemento que la editora del texto de Equiano, Shelly Eversley, menciona fugazmente: los abolicionistas norteamericanos utilizaron el texto de Equiano como “la primera justificación para el fin de la esclavitud” (xxiv). Lo cual ayuda a pensar por qué razón el texto de Manzano tuvo la misma suerte y fue sucesivamente recuperado por los cubanos y los latinoamericanistas mientras los textos de Molina permanecieron inéditos y casi completamente desconocidos en Uruguay.

Mientras las historias de Equiano y Manzano mostraban el relato de esclavos que alcanzaban su libertad y se convertían en ciudadanos modelo para el pensamiento liberal, Molina ataca la esclavitud desde el punto de vista del catolicismo. Su justificación de la igualdad se basaba en el Nuevo Testamento, como afirmaba en sus Glorias de la Santa Caridad: “(…) aunque gracias a Dios [los negros] somos hombres como ellos redimidos con la Preciosísima sangre de mi Señor Jesucristo” (M, I, f 19v). Con una argumentación así, no se podía esperar que los liberales tibiamente abolicionistas de las primeras décadas del siglo XIX uruguayo recuperaran sus textos o apenas los mencionaran en sus argumentaciones. La historia de Equiano sin embargo muestra un sujeto que necesita el capitalismo central, un individuo emprendedor, que logra su objetivo en base al mérito y al esfuerzo. Así sus negocios aparecen ligados indisolublemente a la obtención de su libertad y ser un ciudadano libre.

Bibliografía consultada

Costanzo, Angelo. “The narrative of Archibald Monteith, a Jamaican Slave”. Callaloo 13-1 (Winter, 1990. 115-130.

Equiano, Oludah. The interesting narrative of the life of Oludah Equiano or Gustavus Vassa, the african. New York: The Modern Library, 2004 [1789].

Eversley, Shelly. “A note on the text.” The interesting narrative of the life of Oludah Equiano or Gustavus Vassa, the african. New York: The Modern Library, 2004 [1789]. Oludah Equiano. Xxiii-xxiv.

Marren, Susan M. “Between Slavery and Freedom: The Transgressive Self in Olaudah Equiano’s Autobiography”. PMLA Vol. 108, No. 1 (Jan., 1993). pp. 94-105.

Reid-Pharr, Robert. “Introduction.” The interesting narrative of the life of Oludah Equiano or Gustavus Vassa, the african. Oludah Equiano. New York: The Modern Library, 2004 [1789]. VII-LX.

 

 

 

 

África entre dos orillas

 

Nació en una familia tradicional. Carmen Platero y sus hermanas se encargaban de las tareas del hogar, como tender y levantar la mesa. Un día de 1959 encontró debajo de su plato la convocatoria a inscripciones de la Escuela de Teatro de la Provincia de Buenos Aires publicada en un diario de La Plata. Su madre la había puesto ahí porque intuía que no culminaría sus estudios de derecho. Y así fue que comenzó un largo periplo. El mes pasado habló sobre discriminación y arte en el Centro Cultural de España, en el marco de las II Jornadas Internacionales de Literatura y Arte Afro 2017, organizadas por Graciela Leguizamón. Allí anunció la publicación de su libro Tango con acento en la ó, en el que sugiere que Carlos Gardel tenía un pasado familiar afro.

“Mi trayectoria empezó de un modo muy especial para lo que era mi entorno familiar –recuerda–. La idea era que yo fuera una profesional como mis abuelos, aquello de ‘m’hijo el dotor’ [el abuelo de Carmen, Tomás Braulio Platero (1857-1925), primer escribano afrodescendiente en Argentina, tuvo una destacada trayectoria gremial y política, y fue uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical]. A pesar de que éramos muchos, mi padre nos quería a todos profesionales, nos quería a todos con una carrera. Estábamos predestinados para el derecho, otro hermano y yo. Cuando éramos niños, yo mimaba el teclado del piano y mi hermano, con una aguja de tejer de mi madre, dirigía la orquesta que yo protagonizaba con el piano. Llegué a la Facultad de Derecho en La Plata, empecé a rendir materias, y cuando llegué a Procedimientos Penales dije: ‘Esto no va para mí’. Yo en principio quería estudiar psicología, porque era la materia que más me había quitado el sueño en secundaria, o si no, filosofía. En mi casa me decían que no, porque me iba a morir de hambre, que no era posible. Entonces mi madre se desesperó porque vio que yo daba vueltas y empezaba a andar en mucho baile, mucha fiesta, mucha joda, pero nada de estudio, no daba señales de volver a terminar la universidad. Nosotras, por ser cinco mujeres, siempre teníamos la obligación de tender la mesa, levantar los platos después de comer, toda esa historia, y un día, cuando levanto mi plato me encuentro con un aviso del periódico, que decía: ‘Se abre inscripción para la Escuela de Teatro’. Era una cosa rarísima, porque en esa época que una madre tradicionalista como era la mía, y con una formación muy especial, me dijera ‘andá a estudiar teatro’…

–¿Pero te veía alguna inclinación hacia la actuación?

–Sí, ella ya sabía. Mi madre tuvo una visión muy especial para darse cuenta de por dónde iba la cosa con nosotros. A una hermana le eligió la carrera de letras. Bueno, no le eligió, le sugirió. Le dijo: “Por favor, letras”. A mí, actuación. A Susana, que ya no está en este mundo, canto. A otra hermana, profesorado de francés; al otro, arquitectura; al otro, derecho… Pero los dos varones y yo abandonamos a mitad de camino. Uno de mis hermanos se convirtió en un excelente investigador y ahora está escribiendo la historia de nuestra cuarta abuela, María Clara de la Rosa, que fue rematada como esclava en Montevideo en 1771. Por eso yo no sé qué tengo con Uruguay, un vínculo visceral: adoro este país y adoro a los negros de este país. No sé cómo son los demás, pero tengo con los negros una relación muy especial.

–Entonces empezaste a estudiar teatro…

–Sí, estudié cuatro años la carrera de actuación en la Escuela de Teatro de La Plata, dependiente del gobierno de la provincia de Buenos Aires. Tuve una gran suerte, porque en aquel momento todas las grandes obras se hacían en el Teatro Argentino de La Plata, por ejemplo Orfeo y Eurídice, de [Christoph Willibald] Gluck, y nosotros tomábamos clases ahí, porque no teníamos un espacio específico para las clases, y entonces nos usaban de muchedumbre, pero era un aprendizaje maravilloso, porque nos daban indicaciones grandes maestros del canto, directores de ópera… Fue una formación exquisita, muy intensa. Me pareció que cuatro años era muy poco, así que me vinculé con otros buenos maestros, con Augusto Fernández, Carlos Gandolfo, Darío Fo –que pasó por Buenos Aires–, Renzo Casali, un ítalo-argentino, gran maestro de teatro, con el que estudié dirección, puesta en escena y dirección de actores… También me formé con [Carlos] Bresler, que era un gran director de teatro; con él trabajé perfeccionamiento actoral y análisis de texto teatral. Hice también un año de perfeccionamiento de la voz: me puse en las manos de la doctora [Ethel Wells Achard de] Píccoli, del hospital Rawson de Buenos Aires, como conejillo de Indias, para que me estudiaran la garganta, y aproveché para que me enseñaran a manejarme con la voz. Gracias a eso y a un curso para terminar de preparar mi voz para actuar, auspiciado por el Fondo Nacional de las Artes, después de seis años de estudio me sentí preparada para enfrentarme al público.

–¿Cómo fueron tus primeros trabajos?

–Era “Muchedumbre cuarta”, como decía mi marido. “Caramelos, frutillas, bombones” fueron mis primeras palabras en el teatro. Me fui a un teatro muy especial, teatro de investigación, que hacía un grupo muy importante de Buenos Aires, Fray Mocho. Fui a pedir trabajo, eran comunistas y me dijeron: “Acá hay que empezar de abajo”. Me dieron una cajita con dulces y me hicieron vender entre función y función. Yo pensé: “Seis años me preparé, no voy a vender caramelos”. Con el tiempo me casé y me dije: “Yo no quiero abandonar la casa, a mis chicos, ni a mi marido. ¿Qué hago?: unipersonales”. No tenía que comprometerme con nadie para ensayos, ni hacer un gran despliegue, ni salir, porque ensayaba cuando quería; era una trabajadora independiente. Todo lo que busqué me funcionó, empezaron a dejarme usar las salas por chauchas y palitos. Sin embargo, aunque me recibían bien en las salas, no tenía éxito porque nadie me conocía. Yo era la que se arriesgaba y decía “puedo”, “yo sé que voy a funcionar bien”, pero tenía poco público, convocaba a críticos para que dijeran algo de mí, pero no arrancaba. En todas mis obras cantaba tangos, milongas y candombes, y decía poemas. No era un espectáculo al estilo tradicional; cantaba lo que contaba, había una especie de fusión entre el canto y la poesía.

De La gran histeria argentina a Calunga Andumba

–Estaba haciendo mi espectáculo Tango con voz de mujer, y en ese momento se estaba estudiando la posibilidad de estrenar una gran obra, que se llamó La gran histeria nacional [1972], de Patricio Esteve. Entonces me dijo el que sería director de esa obra: “Mirá, mucho no me gustó [Tango con voz de mujer], pero me gustó tu trabajo. ¿Vos no querés protagonizar una obra que vamos a montar acá?”. Como yo tenía hijos muy chiquitos, no me animé a decir que sí, le dije que algún día lo conversaríamos. Habían pasado meses de aquella conversación, y un día vino mi hermana y me dijo: “Carmen ¿cómo no nos dijiste que vos ibas a protagonizar La gran histeria nacional?”, y me mostró que estaba ya el anuncio… Así empecé mi carrera.

–Entonces medio que te empujaron.

–La obra fue un éxito. Era una sala chica, sólo para 120 espectadores, pero estaba constantemente llena. Sé que el mío fue un muy buen trabajo, un trabajo muy digno, con mucha responsabilidad y hecho con mucho amor. Tenía que hablar y cantar, que eran mis dos pasiones. No estuve mucho tiempo allí porque tuve algunos problemas que no vienen al caso, no quiero hablar de ese tema. Me bajé, di los diez días reglamentarios y me retiré. Después pasé al teatro San Martín, con El círculo de tiza caucasiano [de Bertolt Brecht], pasé de ser cabeza de ratón a ser cola de león. Y después ya todo lo que hice me costó un huevo, pero nunca sentí dolor por todo eso; no sé si será que soy muy africana o que soy naturalmente esotérica, pero pienso que todo lo que sucede es porque tiene que suceder y que estamos para lo que la naturaleza dispone para cada uno. No me arrepiento de lo que hice, no lamento haber perdido esa oportunidad, porque al mismo tiempo brotó en mí y en mi hermana Susana la idea de meternos a trabajar directamente sobre la cultura afroargentina, el teatro afroargentino. Entre 1970 y 1972 empezamos a cantar, a hacer recitales. Susana [que era contralto y se había formado en canto lírico] cantaba negro spirituals como los dioses, era una cantante brillante. Se había formado en Chicago para aprender a cantar los negro spirituals y vivió en una casa donde la dueña cantaba mientras barría. A ella le tocó estar allá cuando murió Martin Luther King [en 1968] y estuvo todo el día prendida al televisor viendo cómo la mujer dueña de casa lloraba y cantaba, en ese espectáculo que fue para ella ver el entierro de King. Todo eso que ella me relataba y que vivíamos las dos, de lo que no se había hablado nunca en casa. No sé si fue el dolor que traían mis mayores, que tienen que haber sabido: mi padre era un hombre culto, mi abuelo era un hombre culto, pero no se hablaba de la esclavitud en mi casa, nunca se habló.

–¿Cómo fue que decidieron hacer el espectáculo Calunga Andumba [sobre la esclavitud y la afrodescendencia en Argentina, estrenada en 1976]?

–Estábamos sentadas alrededor de una mesa y, de pronto –yo no sé si fue algo que nos fue dictado en forma simultánea–, las dos pensamos: “¿Qué estamos haciendo que no nos dedicamos de lleno a esto?”. Porque ya hacíamos cosas, y yo ya estaba convencida de que el tango era un brazo de la música negra. Mi hermana Sara traducía artistas negros del francés al español, estábamos muy metidas. Entonces empezamos a preparar el espectáculo [que se iba a llamar Afroamérica 70], lo armamos y fuimos a la Dirección de Cultura de la Nación, pedimos fecha y espacio. Volando nos dijeron que sí, e incluso nos hicieron cambiar la fecha, porque nosotras queríamos estrenar en diciembre y el hombre nos dijo: “No, chicas, diciembre no, porque la gente está en otra cosa, así que vamos a estrenar antes o después”. Pero cuando leímos el libreto ya terminado estaban [el cubano Nicolás] Guillén, [el peruano] Nicomedes Santa Cruz, [los uruguayos Carlos] Páez Villaró y [Rubén] Carámbula, y nos preguntamos: “¿Y los autores argentinos? ¿Dónde están? ¿No tenemos un autor argentino?”. No había ni uno. Suspendimos. Fuimos a la Dirección de Cultura y dijimos: “Disculpen, señores, hemos tenido un grave problema técnico”, un verso total.

–¿Y qué hicieron?

–Empezamos a trabajar en serio durante dos años, a encontrar mucho material. Encontramos a los que eran objetivos, a los tibios y a los que odiaban a los negros. Y material del Archivo de la Nación. Tuvimos que ir a buscar material de archivo porque queríamos denunciar lo que pasaba en Argentina.

–En un país que se imaginaba “sin negros”.

–Exactamente. Queríamos denunciar la negritud y la esclavitud argentina, entonces nos fuimos a buscar actas de venta, actas de liberación, episodios históricos de Córdoba, de Buenos Aires, cómo era la esclavitud, cómo marcaban a los esclavos, dónde los remataban. Hicimos un espectáculo con diferentes situaciones, como cuadros pero con voz y canto. Era una historia contada y cantada de la negritud argentina, desde la colonia hasta ese momento actual. El historiador Reid Andrews, que escribió Los afroargentinos en Buenos Aires [1980], había estado en mi primer espectáculo, y en su libro me enteré, muchos años después, de lo que habían dicho los dueños de la sala de nosotras, que nos habían criticado porque “estas negras… ¿qué se creen estas negras de mierda?”, y qué sé yo.

–¿Cuál fue la reacción de la crítica en aquel momento?

–La crítica habló maravillas; la poca crítica que fue, porque nadie nos daba bolilla. Pero La Nación dijo que, si bien los negros habían dejado una impronta en la historia social y política de Argentina, nuestro país no era el lugar más apropiado para hacer algo así, debido a que había muy poca presencia negra; el verso de siempre. Fue a ver el espectáculo una periodista de Clarín, con quien todavía estoy en contacto porque es una mujer maravillosa, e hizo una crítica excelente. Pero en general los críticos no iban. Muy poco. Al punto tal que [Emilio] Stevanovich, que era el crítico más temido por todos los actores argentinos, nos pidió perdón después de ver el espectáculo nuestro; escribió: “Perdón, Susana y Carmen Platero, por las omisiones y los egoísmos de esta pluma”, o una cosa así. A pesar de ser un tipo que tenía audiciones de jazz y adoraba a los negros, a nosotras no nos fue a ver. Mis colegas no me fueron a ver, los dramaturgos no me fueron a ver. Fue un vacío.

–¿Y con el público tuvieron un buen vínculo?

–Era relativo el vínculo con el público. El público iba y se subyugaba al ver algo que no esperaba. No tenían la menor idea, entonces se asombraban y preguntaban. También pasó que nuestros primeros espectadores, que no fueron muchos, eran en la mayor parte antropólogos e historiadores.

Cómicos de la legua

En 1976, año del último golpe de Estado en Argentina, después de aquella primera puesta de Calunga Andumba Carmen Platero se fue del país junto a su marido y sus cuatro hijos. La primera etapa de su exilio fue en Madrid, hasta 1979, y luego estuvo hasta 1984 en Costa Rica: “En los dos lugares difundí la música, el arte y la cultura afro en cuanto lugar me permitían trabajar”, cuenta. En el ambiente teatral de Costa Rica dejó una huella, formando a artistas como Claudio Taylor McKenzie, también destacado bailarín, coreógrafo e investigador en el terreno de la danza afrocaribeña y contemporánea.

–¿Cómo fue la experiencia del exilio?

–El exilio no se lo deseo a nadie, es horrible, pero en aquel período me acerqué a una organización no gubernamental para pedirles un subsidio, porque quería levantar una pequeña salita de teatro, y siempre digo que mi corazón está acá pero también en Costa Rica, que es como mi segunda patria porque me abrió las puertas y el alma. Me dieron mucho espacio para trabajar, me permitieron poner una sala de teatro, me preguntaban qué quería hacer. Me tomaron mucho cariño. Me ayudaron el Teatro Nacional, la Comedia Nacional, esa organización no gubernamental que estaba con asiento allí, y el Banco Popular y de Desarrollo Comunal, que por primera vez le dio un préstamo a una actividad teatral, para abrir la sala Platero.

–¿Qué obras hiciste en Costa Rica?

–El primer espectáculo para niños, hecho con gran dedicación y gran respeto por los chicos, fue el nuestro, el Teatro Platerito, en el que trabajábamos mis cuatro chicos y yo. Me dieron una salita que se llenaba de criaturas sentadas en el suelo, porque no teníamos sillas. También trabajé dos o tres años en una comunidad marginal, Limón [de donde es oriundo el mencionado Taylor McKenzie], que tenía la mitad de su población negra. Llevé a Limón, por primera vez, a la Universidad de San José. Los directores de teatro y los formadores de actores no iban a Limón, porque había cuatro o cinco horas de viaje desde la capital y nadie se quería quedar, no era un lugar con grandes comodidades ni nada. Ahí pusimos una maravillosa obra que se llamó Los patís, que es el nombre de una comida típica, como las empanadas nuestras.

Comedia Negra

–Volví del exilio en 1984. Ahí volvimos a atacar con nuestro trabajo, y en 1987 fundamos la Comedia Negra de Buenos Aires. Ya tenía una visión muy clara de lo que quería. Todo lo que habíamos hecho antes lo volcamos allí. La hicimos nosotras dos [Carmen y su hermana Susana, que había estado exiliada y realizando actividades culturales en África], a pulmón prácticamente.

–¿Cómo era el grupo?

–La Comedia se formó con actores afro: Pepe Gares, de acá [de Uruguay], que estaba en el grupo de música, y unos parientes de Pepe, Betty Delgado, que era su mujer, Miguel Ríos, que es otro afrouruguayo que trabajó como actor con nosotros, Walter Barboza, Susana y yo por Argentina, un bailarín y actor de Perú, y una bailarina y actriz de Brasil. Armamos un equipo maravilloso. Todos estaban viviendo ahí. Además, había gente muy tradicional de la negritud argentina, como Érido Bella, pariente de los Murature, que eran tradicionales en Argentina porque ellos han sido, por herencia familiar, los encargados de la custodia del Congreso de la Nación. Eran los últimos en irse. Hay muy poco registro, hay fotografías en el teatro, en el estreno, pero de pronto, cuando se estaba empezando a poner un poco denso y empezaban a salir críticas (“África en Buenos Aires”, etcétera), ya ahí la cosa empezó a cambiar, las instituciones nos empezaron a tirar de la cuerda y a decirnos que no en muchas ocasiones.

–¿Por el racismo?

–Creo que sí. ¿Qué te puedo decir? En un momento pedí para hablar con un funcionario muy importante y no me quería recibir. Yo quería una sala céntrica, no por una cuestión de vedettismo, sino porque pensaba que la obra no tenía que verse a escondidas, o en el teatro extramuros, o en el teatro off. Porque al teatro off ya se sabía quiénes iban: iban investigadores, la gente que sabe de teatro, que ama el teatro profundamente, pero no el gran público, que nosotros queríamos que se enterara de lo que planteábamos. Pero me decían que no. “¿Y yo qué voy a hacer?”, me dijo otro funcionario, y yo le contesté: “Dennos un lugar para ensayar. Dennos una escuela que no tenga horario vespertino y nosotros vamos, ensayamos y dejamos todo como está”. Y él: “¿Qué le digo yo a una directora de una escuela? Que va a ir un grupo de la negrada a hacer ‘taca, taca, taca’. ¿Eso quiere usted, que yo le diga eso?”. Yo le respondí: “Usted diga lo que quiera, pero yo necesito un lugar para trabajar”. Nunca me dieron un lugar. Lo cierto es que conseguimos, para el estreno, una sala en San Telmo. Hicimos la versión definitiva de Calunga Andumba, con una escenografía muy pobre; no teníamos para fotos ni para filmar, nunca había plata para nada.

–¿Y qué pasó después?

–Teníamos que salir de ahí e ir a un lugar más espacioso, más céntrico. Yo dije: “Si no me dan el lugar o no me atienden para ver qué es lo que quiero, voy a ir enfrente de esta oficina, voy a poner una carpa y me voy a encadenar a la reja”. Ahí me atendieron; era gente de teatro que me conocía muy bien, que veníamos de historia, incluso funcionarios que habían sido compañeros míos en la puesta de obras de [Eugène] Ionesco, de [Nikolái] Gogol. Me dieron una sala al 5200 de Córdoba, al fondo de todo me mandaron, una perversidad que no tenía nombre. Se nos llenó el día del estreno, pero después ¿quién iba a ir a una sala así?: no había micros directos para ir, y tuvimos que ir abandonando de a poco.

–¿Cómo subsistió la Comedia?

–Por amor. Nadie se olvidó de aquello, porque no se volvió a hacer nunca nada así. Fue un año de gran furor porque nosotros remamos, remamos y remamos. Pero llegó un momento en que no se pudo más, no tenía frutos y no tenía fin.

–¿No estás cansada de todas esas dificultades?

–No, mi sueño es armar una Compañía de Teatro Afro-Rioplatense, con actores argentinos y uruguayos.

 

Entrevista de Alejandro Gortázar, publicada originalmente en la diaria, el 7 de agosto de 2017.