Los jóvenes narradores de los 80

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Portadas de Los nuevos cuentan (sin dato de autor, 1980) y Más vale nunca que tarde (ilustración de tapa de Oscar Larroca, 1990)

 

Uno

Las antologías, elaboradas por un colectivo artístico, por una editorial o por la crítica, son una práctica frecuente y reiterada en la historia de la literatura uruguaya hasta el día de hoy, tanto en poesía como en narrativa. Desde el siglo XIX una buena parte de las antologías trabaja sobre el criterio de intentar ser representativas de la literatura uruguaya, ya sea de un período pasado, como del momento específico en el que fueron publicadas. En concreto, la mayoría de las antologías narrativas publicadas en Uruguay desde comienzos del siglo XX hasta entrados los años 60, son antologías de la diversidad de realismos practicados en Uruguay desde el siglo XIX. Un recorte en el que no había lugar para Felisberto Hernández. En las dos antologías que analizo en este post los prologuistas se cuidan de afirmar que la selección de autores que realizan son antologías. Para ellos son “muestras”. De esta manera se despegan del criterio de “representatividad” de la literatura uruguaya, demostrando el peso que tenía y tiene la idea en el campo literario.

 

Dos 

En 1980 la Cámara Uruguaya del Libro organiza un concurso de escritores menores de 25 años y publica a 9 de ellos en un pequeño librito titulado Los nuevos cuentan. Los jóvenes fueron, desde los años sesenta, un sector de la sociedad disputado en todos los campos. La dictadura cívico-militar intentó apelar a una juventud sana, deportista, alejada de ideologías foráneas, patriota y trato también de exponerla en los actos públicos como ejemplo del disciplinamiento que pretendía para toda la sociedad. Este elemento de contexto le da relevancia al libro, que se publica unos meses antes del plebiscito, y a la apropiación de la juventud desde un lugar diferente al de la dictadura. El prólogo de Jorge Albistur brinda elementos interesantes para comprender a quienes fueron interpretados como “la generación de relevo”, es decir, en quienes los adultos proyectaron el futuro de la literatura uruguaya. Hasta el día de hoy se organizan concursos, se escriben notas y se publican antologías que buscan captar a “los jóvenes”. En este sentido cabe señalar que del relevo mencionado por Albistur, solamente un narrador tuvo su momento 10 años después, Luis Antonio Beauxis, quien a fines de los 90 dejó de ocupar lugares tan visibles.

El texto de Albistur, a pesar de tratarse de un texto breve, es muy rico e interesante. En primer lugar porque no se detiene a analizar a los 9 escritores seleccionados, sino a repasar las principales tendencias del centenar de textos presentados al concurso. En tal sentido señala características de la literatura de estos jóvenes que ya van indicando caminos de la narrativa para el período: una literatura que se cuenta desde “el yo de autor”, que hace uso del monólogo interior como técnica, que presenta “cuadros alucinatorios y enfermizos”, en la que se tematiza “el fin del mundo”, que muchas veces “anega [la acción] en estáticas rememoraciones”, que se aleja de las tramas y los temas de la literatura comercial, que hace uso del absurdo, desinteresada del sexo, que cuando expone a la familia, lo hace desde el lugar de la amenaza, en la que el suicidio de los personajes es bastante frecuente (dato no menor en el contexto de la dictadura). Albistur señala además que “son muy escasos los autores atraídos por la ciencia ficción” (4) y que la “vida rural” es prácticamente olvidada por los jóvenes narradores. El primer elemento resulta interesante a la luz de lo que ocurrirá a la salida democrática y la presencia de la ciencia ficción en algunos narradores como el propio Beauxis, que la utiliza como recurso en algunos cuentos, y Ana Solari, que la desarrolla un poco más en tanto género específico. El segundo elemento es novedoso dado que la apelación al universo gauchesco fue un eje central de las políticas culturales de la dictadura y fue una tendencia dominante de la literatura uruguaya desde el siglo XIX.

 

Tres

En 1990, diez años después, Elbio Rodríguez Barilari publica para Banda Oriental la antología Más vale nunca que tarde, un libro también breve que reúne a 11 escritores, también jóvenes (entre 34 y 22 años) y cuyo prólogo, escrito por Rodríguez Barilari, anuncia algunas transformaciones en la literatura de estos escritores respecto al pasado reciente e introduce una lectura crítica de las categorías de análisis. Desde el punto de vista de la creación, el crítico apunta a un conjunto de lecturas e influencias literarias variadas, más universales y dice Rodríguez Barilari “sin demasiadas jerarquizaciones” (8): menciona autores como Felisberto Hernández o Jorge Luis Borges, pero también autores consolidados en la ciencia ficción como Asimov, Bradbury, Ballard, entre otros autores del género tanto norteamericanos como soviéticos, hace referencia también a “los delirios químicos” de William Burroughs y la influencia del absurdo de Beckett o Ionesco.

Además de estas influencias el crítico destaca en los jóvenes narradores una primera característica “se desprenden con toda lógica de la realidad «real»” (8) y agrega:

(…) el contacto con la realidad, aunque produzca una mayoría de abordajes elípticos, es bien lúcido y entraña una crítica implícita a visiones anteriores y apriorísticas, “ideológicas” (muy entre comillas), demasiado estáticas, maniqueas, optimistas o didácticas. En ese sentido creo que se verifica un parricidio activo, que más que la negación arrasadora (como la que en algún momento cundió con más aparato que éxito) simplemente propone su propio cristal y lo entrega en manos del lector (8-9)

Lo que plantea es un parricidio amortiguado, precedido por algunas expresiones “arrasadoras”. Creo que piensa en los fanzines, en la revista La oreja cortada y otras expresiones parricidas, según el crítico, destructivas e inconducentes.

Por otra parte señala características singulares de los creadores reunidos en la muestra: una visión desprovista de “instinto de solemnidad”, ausencia de seguridades, humor que va del grotesco a la parodia, pasando por la ironía, crueldad o sarcasmo. También detecta la presencia del error y el azar como motor de la acción, vuelve a aparecer la muerte de los personajes, el exilio o la proscripción, la locura como salida alternativa, como “fuga, renunciamiento o salvación” (9).

(…) absurdo, paradoja, sinrazón, funcionan como puente o envoltorio para el conjunto (…) [son] la manera unánime de responder a la agresión social que los atañe, a los escasos estímulos que ofrece un horizonte mustio, a la progresiva abolición de las certezas a que hemos asistido, a la desconfianza en los proyectos de desarrollo infinito de la especie y, sobre todo, ante las utopías que antes impulsaron empresas de diversa índole, incluso literarias (9)

De algún modo esta reflexión final, escéptica y anti-utópica, de Rodríguez Barilari comienza a delimitar el escenario de nuestra posmodernidad, si fuera posible plantear este concepto, este período de cuestionamiento de las grandes narrativas de la modernidad, sus certezas y utopías. No faltarán muchos años para que diversas expresiones artísticas y ensayísticas, comiencen a cuestionar esa gran narrativa organizadora que es el Estado-nación en Uruguay. Ahí están las canciones del Cuarteto de Nos, tal vez la forma más popular de esta crítica posmoderna a la narrativa nacional. Pero pienso también en el actual Prócer zombie de los hermanos Andrés y Leonardo Silva, en la que la representación de Artigas se acerca al lenguaje estético de las películas clase B y el comic.

Pero lo más interesante, en el paisaje crítico del período que estudio, es que toda la reflexión de Rodríguez Barilari, se construye sobre la crítica a la generación crítica o del 45, y muy especialmente al concepto de rareza, que Ángel Rama puso a operar en los años sesenta alrededor de las oposiciones realidad/imaginación, realismo/fantasía. Rodríguez Barilari despacha la cuestión en una línea de su prólogo, la denomina “circunstancial clasificación”, y esa negación le resulta productiva y funda toda su reflexión sobre el conjunto de escritores reunidos en el libro.

Cuatro

Creo que el período de los primeros años de la década del 90 es un momento de transición para la crítica literaria, de reacomodamiento de las coordenadas. La mirada restauradora del 45 se ve desbordada por discursos literarios y críticos que exigen revisar, rearticular, reescribir las categorías teóricas y críticas del pasado, las relaciones con el mercado literario, la interdisciplina, el diálogo entre lenguajes artísticos (pienso en la ciencia ficción y el comic en Zack de Ana Solari). En la década del 90 aparecen nuevos medios (Posdata, Revista 3, La República de Platón), nuevas editoriales, nuevos gustos literarios y artísticos (nuevos gustos advertidos, hay que ser justos también, por algunos de los críticos antes mencionados) como la ciencia ficción, la cultura masiva, expresiones contraculturales, que finalmente renuevan el campo literario, ayudan a visibilizar, e incluso a producir, un nuevo decorado, este nuevo presente.

Alejandro Gortázar


“Reconfiguración de la cultura letrada. El caso de la crítica a la literatura no realista y fantástica (1980-1990)” Ponencia preparada para el IV Coloquio salteño de literaturas no realistas y fantásticas: aproximaciones desde la investigación y la didáctica. Salto, 29 de junio de 2018.