A Marcha camión (los intelectuales y el Carnaval)

Ilustración anónima publicada en Marcha el 1 de febrero de 1963, p. 15.

Febrero es el mes del carnaval en el mundo occidental y católico, y también en Uruguay. Dicen (¿o decimos?) que es el más largo del mundo. Es el momento de los desfiles oficiales (el inaugural y las Llamadas), del concurso oficial en el Teatro de Verano y de los espectáculos en los tablados. Es también la temporada de los haters del Carnaval, en especial de las murgas, entre los que se encuentran muchos intelectuales.

Partiendo de ese prejuicio me propuse revisar el semanario Marcha en los febreros de 1955 a 1965. La elección del semanario es deliberada: por sus páginas desfilaron buena parte de los intelectuales uruguayos, y unos cuantos extranjeros, entre 1939 y 1974. El período recortado es en parte arbitrario: buscaba información sobre los inicios del Desfile oficial de Llamadas en 1955-1956, y luego amplié la búsqueda unos años más para escribir este post.

Pues bien, resulta que no encontré nada significativo sobre el Desfile de Llamadas, ni información que confirmara mis prejuicios sobre un discurso unánime de los intelectuales de Marcha contra el Carnaval. En el número 801 (10 de febrero de 1956, p. 3), en la sección “168 horas”, los editores resumen la semana en frases cortas. En una de ellas se hace referencia al “definitivo desapego popular por su suerte” y que ese año no habría “ni iluminación ni desfiles por 18 de julio”. No se trata de desprecio por el carnaval, sino por los festejos oficiales que no entusiasman al pueblo.

En 1958 (Número 899, 7 de febrero, p. 5) otra nota sin firma analiza una resolución de la policía que limita el uso del agua para la diversión. Allí se desliza otra crítica a la Comisión Municipal de Fiestas, que todos los años se apronta a “reanimar a ese cadáver viviente que es el Carnaval” y destina “generosas subvenciones al mal gusto, a la procacidad, a la falta de ingenio, a las formas más destituidas del humorismo”. El anónimo analista se burla de la medida de la policía, que en definitiva mata lo poco que el Carnaval podía tener de desborde respecto a la cultura dominante.

La sección “Cartas de los lectores” es una fuente inagotable para tomarle la temperatura a la sensibilidad de una época, no siempre tan lejana de nuestro presente como quisiéramos, en el caso de Marcha. Allí se pueden leer reflexiones que bien podrían leerse en Facebook hoy y llegar a la misma cantidad de lectores. Por ejemplo una pequeña nota firmada por Jera titulada “Trauma de cabezudos”, es un pequeño ejercicio de psicología amateur, en la que se afirma que “los niños están en peligro” porque los padres los asustan con cosas como el cuco. Para el lector el encuentro de los niños con los cabezudos en el Carnaval es “un shock o choque síquico” que genera “pesadillas recurrentes” que van “degenerando la mente” del niño. Y afirma: “El miedo, la cobardía, los complejos, las alucinaciones y hasta ciertas clases de locura en el hombre no tienen otra cuna que estas impresiones de niñez” (Número 1144. 8 de febrero de 1963, p. 2).

Pero la más interesante es una publicada el 24 de febrero de 1956 (en Número 802, p. 2)dirigida a Quijano y firmada por Ruledé, que se titula “Premios y limosnas”. Allí un indignadísimo lector compara los premios literarios con los premios de carnaval. Y aunque Ruledé aclara que no quiere terminar con el carnaval, no duda en calificar negativamente la labor de las agrupaciones: “obscenidad y cursilería al por mayor, salvo mínimas excepciones”. Y profundiza: “Aquí el escritor que dedica su vida a la creación de una obra que dignifique a Uruguay, se le condena a la indiferencia y a la miseria; pero al sujeto mediocre que lo pasa acodado en el mostrador del boliche, que escribe unos versitos (la prensa grande reproduce cada unos), forma un conjunto y se le premia en forma suculenta como para que haga el carnaval (muchos lo están haciendo) un negocio que le permita holgar el resto del año”. El desprecio por la cultura popular, la desvalorización de sus creaciones y creadores, es fácilmente reconocible (e incluso comprensible para el horizonte de los lectores en los años sesenta).

Pero además, el lector se saltea una cuestión central relacionada con el modo de producción de unos y otros: el premio para una agrupación carnavalesca se reparte entre sus muchos integrantes (justa o injustamente, y ese sería hoy un buen punto a investigar) y tiene en cuenta muchos rubros (vestuario, maquillaje, entre otros), el premio literario va a parar al bolsillo del escritor. Seguramente hay muchas otras cosas a considerar en la comparación que ahora se me escapan. Lo cierto es que este tipo de argumentos aparece cada tanto, comparando lo incomparable.

Un lugar para “lo popular” en Marcha

Además de las críticas a la cultura oficial por encorsetar lo popular, de la incomprensión o el desprecio de los artistas populares, Marcha supo dar también un lugar a lo popular en sus páginas. En 1963 Liropeyo Almafín (pseudónimo de un autor que no pude identificar aún) firma una nota con el título “Canto Rante”, en la que emula la dicción de un sujeto popular (Número 1143. 1 de febrero de 1963, p. 15). El texto es, otra vez, una crítica al Carnaval oficial, acartonado, y la falta de presupuesto para el Carnaval:

y resulta que ahora quieren dejar al popólo sin carnaval, como si nos fuéramos a jundir más de lo que estamos por unos morlacos más o menos. No, señor, de ninguna manera. La sana alegría del intelepto es algo sagrado. Porque lo que le falta a este país es eso: alegría carcajadeante, cultura y fraternidad, como decía el emblema de mi tío abuelo, que tenía la sangre medio azul, por el tintillo.

El tono irónico y la escritura “incorrecta” está puesto al servicio de una crítica a la idiosincrasia uruguaya y a las autoridades. El cierre de la nota es significativo: “Lo dicho, que a la crisis, Momo, viejo, mucho Momo, y a no privarse de nada”. El discurso letrado recoge la inversión de lo oficial que supone el carnaval, además del goce, del desborde, aún frente a una crisis.

Pero lo más interesante de mi breve pesquisa fue el hallazgo de algunas crónicas de Julio César Puppo (El Hachero). En 1963 aparece “En Carnaval, es más Carnaval todavía”, en el que explica los orígenes de la murga y los lubolos las dos expresiones “que acaparan la predilección popular” (Número 1146. 23 de febrero, p. 11). Lo interesante de este crónica (y de la crónica en general) es que recupera una memoria viva, “de los más veteranos” dice El Hachero, que se remonta a principios del siglo XX. El texto rememora algunos conjuntos y parte de sus actuaciones. El cronista da cuenta, por ejemplo, de los versos de la Gaditana, “dentro de lo que es posible publicar”, dando señales de cierto pudor y también del contenido sexual y obsceno de las canciones. A diferencia del lector indignado, El Hachero no abre juicio sobre los “excesos” de la agrupación.

En 1964, entre el 17 de enero y el 21 de febrero, Marcha publica cinco crónicas de El Hachero sobre el carnaval: “Noches de enero” (N.º 1190. 17 de enero, p. 8), “El oso y la pica-pica” (N.º 1191. 24 de enero, p. 8), “Granata” (N.º 1192. 31 de enero, p.8), “Rondallas, lubolos, troupe” (N.º 1193. 7 de febrero de 1964. p. 8) y “La cuna fue un conventillo” (N.º 1194. 21 de febrero, p. 8). Las crónicas exploran momentos históricos de las agrupaciones, las canciones populares (los versos de “Adiós mi barrio” con letra de Víctor Soliño y música de Ramón Collazo) y la colaboración de algunos poetas “serios” como Eugenia Vaz Ferreira, Emilio Frugoni y Francisco Schinca, entre otros.

Las crónicas de El Hachero, que ya están en dominio público, permiten combinar la memoria de los más viejos y el material de archivo. Pero sobre todo muestran que las divisiones tajantes entre “alta cultura” y “cultura popular” resultan menos productivas que los tránsitos entre una y otra, o más bien que en la cultura se producen siempre impregnaciones, no exentas de desigualdades y conflictos, que no están definidas de antemano y que van de arriba a abajo y viceversa.

Ya no sos igual

El broche de oro, para terminar de desarmar el prejuicio con el que empecé a revisar Marcha, lo pone una nota de Gustavo Adolfo Ruegger “Y si la murga se ríe, uno se debe reír” (N.º 1245. 26 de febrero de 1965. p. 11), en la que analiza el carnaval de ese año. El periodista recoge los debates sobre el “carnaval de antes”, las diferencias en un público que pasó a ser espectador, el presupuesto de la Comisión Municipal de Fiestas y la visión de los actores sobre el espectáculo. La nota termina con una anécdota muy significativa para los debates contemporáneos: el periodista fue a buscar a Ramón “El Loro” Collazo para saber su opinión y el hombre se había ido al Carnaval de Río. El cronista concluye: “Allá, en Río, en medio de un pueblo que realmente se vuelve a la calle para enloquecerse durante tres días seguidos, comprenderá mejor que nunca por qué aquí estamos asistiendo, paso a paso a la momificación de Momo”. No hay caso, el pasto del vecino siempre está más lindo que el nuestro. Qué diría don Ruegger si escuchara hoy, 53 años después, que las cosas siguen planteadas en los mismos términos. ¿Será que el Carnaval se momifica o será que cambia en su relación con la cultura oficial?

Hace 50 años los intelectuales de Marcha no tenían una visión única sobre el Carnaval,  su significado, su oficialización y su valoración estética. A pocos días del cierre del (¿momificado?) Concurso oficial 2018, parece que nosotros seguimos igual. Por suerte.