¿El futuro de la literatura!

Ola Perfecta

Captura de pantalla de la cuenta de Instagram @Itauuruguay

En una nota de Mariana Fossatti descubrí una frase que se quedó dando vueltas en mi cabeza: “El futuro de la literatura no es el futuro del libro”. Me gusta lo que Fossatti encontró en esa frase, la invitación a pensar en ese posible futuro fuera del libro. El fin del libro, ese que nunca ocurre, no sería el fin de la literatura. Pero también significa que la literatura podrá producirse en otra parte ¿en dónde? ¿qué ocurrirá con la industria del libro? Hay emergentes. Muchos sueñan con que los libros únicos o de ediciones limitadas, fabricados artesanalmente, comercializados en circuitos alternativos a las grandes cadenas de librerías y supermercados, son una salida posible. Pero una pregunta sigue firme ¿cómo podría ser ese futuro de la literatura fuera de los libros?

Con estas cosas en mente leo un titular de El Observador del 27 de diciembre: “El thriller del verano es la novela para Instagram de Burel”. No es una novedad que los escritores utilizan las redes sociales para difundir su trabajo. Cada tanto aparecen textos literarios en Facebook, que se alimentan de los comentarios de los lectores y amigos. Muchas veces se puede leer/escuchar/ver poesía registrada en audiovisuales. En esos casos el aporte de las redes sociales es convertirse en plataforma de difusión para los autores, de diálogo con los lectores y, eventualmente, de interacciones entre creadores y lectores. Pero parece que está llegando ese momento en el que las posibilidades técnicas que ofrecen las redes sociales empiezan a explotarse para algo más que la difusión.

El relato Una ola perfecta, financiado por el Banco Itaú y difundido en su cuenta de Instagram, se desarrolló entre el 8 y el 14 de enero de este año. Relata la historia de una joven periodista argentina que intenta descifrar un misterio: la aparición de una tabla de surf en una playa del Cabo Polonio (Rocha, Uruguay) que pertenecía a Duke, un surfista que había muerto allí 30 años antes.

El medio elegido condiciona la forma del relato, Instagram es una red social con más de 800 millones de usuarios cuyo objetivo es compartir imágenes y videos instantáneas utilizando distintos filtros preestablecidos. No es una red pensada para grandes cantidades de texto. Esto obliga a introducir dos elementos novedosos en comparación con la novela, género que históricamente se ha construido con ensamblajes de distintos materiales narrativos: la incorporación de imágenes y videos para apoyar el relato y la necesidad de la forma breve para el texto.

Formalmente esto implica la selección o producción de imágenes y audiovisuales, que no es realizada por el autor sino por la fotógrafa Tali Kimelman y por la productora Pardelion Films. La idea, además, es de Notable Publicidad. El genio del autor se parte en dos, en tres, en quién sabe cuántos. Por otra parte la “novela” de Burel, es un conjunto de 39 textos muy breves, que junto al suporte audiovisual, ayudan a crear climas y ambientes para que avance la acción.

La misma red social sirve para crear la ficción de la participación de otros usuarios en el relato. En el capítulo 9, un amigo de la periodista le indica que siga a Hugh Glass en Instagram (una ficción que remite a la historia de un personaje real recreado en la película El renacido por Leonardo DiCaprio) para que la ayude en su investigación. Por otro lado el relato no escapa de las convenciones costumbristas, y las renueva, cuando aparecen personajes conocidos y típicos de Cabo Polonio, con retratos fotográficos. Se producen cruces genéricos interesantes. Cuando Itaú promociona la movida en su perfil de Medium, mediante una entrevista a Burel y a Kimelman, pronto puede percibirse que se nombra al producto como novela y como fotonovela, ambas categorías son insuficientes pero remiten a las transformaciones de las categorías literarias y artísticas históricas en su interacción con las redes sociales.

El Proyecto Garmendia: más allá de los titulares

Garmendia

Captura de pantalla de la cuenta de Instagram @proyecto_grmnd

La propuesta del Banco Itaú fue presentada como “una idea de extrema originalidad en el país” por El Observador. Y es cierto, aunque a medias. Resulta que hace casi dos años, exactamente el 11 de mayo de 2016, el Proyecto Garmendia (@proyecto_grmnd) publicaba su primer post en Instagram. Inspirado en un formato narrativo más denso, las novelas de Roberto Bolaño, el Proyecto Garmendia es al mismo tiempo la historia de vida de Clara Garmendia (Aiguá, 1930) y el proceso mismo de contarla. Es por esa razón que resulta un proyecto más original e interesante desde el punto de vista narrativo a la vez que explota mejor los recursos y las posibilidades de Instagram.

De hecho es una historia abierta, una búsqueda. El relato se inicia con un objeto encontrado, una caja llena de fotografías. A partir de los pocos datos que proporcionan las imágenes, comienza la investigación sobre Clara Garmendia, su entorno familiar, los lugares en los que vivió, su obra. El punto de partida es el Roberto Bolaño de Los detectives salvajes y la peregrinación de un grupo de poetas jóvenes para encontrar a Cesárea Tinajero, una escritora vanguardista que desapareció del mapa luego de la Revolución mexicana. Durante 20 años Arturo Belano y Ulises Lima buscan a Tinajero por distintas ciudades del mundo. La estructura fragmentaria de la novela, sobre todo la segunda parte que se compone de 26 capítulos que alternan espacios y tiempos distintos, va componiendo una búsqueda llena de voces que a veces se contradicen y que dan lugar a todo tipo de desvíos y caminos que quedan truncos. La búsqueda de Clara Garmendia, al menos desde mayo hasta ahora, va por un camino similar.

En el recorrido se alcanzan hitos, se descubren aspectos de Clara y su familia, pero el relato está lejos de cerrase y la red social ofrece una plataforma ideal para mantenerlo así, abierto y en movimiento. La aparición de Carlos Alberto Mendoza-Mendoza (@beto_investiga), otro perfil de Instagram, abre el juego narrativo e introduce una estructura policial que comienza a dialogar con la investigación y a tomar su propia consistencia. En los intercambios se producen juegos, el usuario del proyecto comenta en las fotos del Beto cuando va a en busca de la fe de bautismo de la poeta a una Iglesia en el balneario Salinas (Canelones, Uruguay): “Buena betooooo así te quiero proactivo! [agrega emojis con besos]”.

Otro elemento es la metadiscursividad, es decir, hay una interesante reflexión sobre la propia literatura en esta novela. Este aspecto, que también se podría atribuir a la influencia de Roberto Bolaño aunque es un recurso utilizado por muchos autores en la historia de las literaturas, se expresa en la protagonista una poeta que, pronto lo sabremos, fue correctora de estilo de la revista bonaerense Sur, un ícono de la modernización literaria de la segunda mitad del siglo en el Río de la Plata.

Como en la novela de Burel & Cía, los recursos de Instagram se aprovechan del todo: excelentes fotografías, registos en video y el uso de las “historias”, grabaciones en vivo que luego desaparecen. Un recurso que Instagram incorporó a partir de la llegada de Snapchat. El registro audiovisual no es una ilustración o una decoración, se incorpora como lenguaje a la palabra escrita y otra vez la idea de un autor colectivo es parte de la cuestión. En cuanto a los textos son también breves y, a diferencia de Una ola perfecta, no siempre son capítulos en sentido estricto sino frases breves, a veces de una oración, como los que usualmente utilizan los usuarios de Instagram. Es de destacar el uso de lenguaje inclusivo, con la sustitución de los masculinos y femeninos por una “x”.

Hace una semana el Proyecto Garmendia entró en diálogo con Una ola perfecta a través de una mención realizada en El Observador. La cuenta postea una captura de pantalla de una nota de El Observador e incluso recomienda los servicios de Beto para la investigación de la periodista que protagoniza la novela de Burel. De esta forma la máquina ficcional del Proyecto Garmendia cumple con su cometido antropofágico, comer de todos los estímulos que recibe tanto de sus lectores, del entorno y de sí misma.

El futuro de la literatura (y de la crítica)

Habrá que ver qué será de estas experiencias y seguramente será necesario investigar qué cosas se están haciendo en este sentido con otras redes sociales actuales y futuras. Quién sabe, tal vez la literatura encuentre su propia red social algún día y la multinacional que la monopolice. Habrá que estar al alpiste de que esto no ocurra, de resistir el embate si ocurre. Mientras tanto la literatura encuentra caminos fuera del libro industrial y eso es bueno.

¿Qué pasará con la crítica? Para empezar es necesario renovar el vocabulario, investigar las posibilidades de las redes sociales, saber qué es un post, una “historia”, cómo hacer un video o cómo integrar fotografías, explorar nuestros celulares, entre otras. Se podrá decir que no hay nada nuevo bajo el sol, que las técnicas narrativas que se utilizan son más viejas que el agujero del mate, y tal vez sea cierto, pero también es cierto que la experiencia de lectura cambia (y de ver, de escuchar, de participar en una obra de arte) y que es posible que el modelo del genio creador, único e irrepetible, tal vez esté cambiando (como se quiso en distintos proyectos de vanguardia).

A nuestras categorías críticas profundamente imbricadas con la industria editorial, habrá que agregar otras que provengan del cine, de la fotografía, de las redes sociales. Será necesario revisitar aquella vieja categoría de “obra abierta” de Umberto Eco, volver a teorizar sobre el análisis estructural del relato de Roland Barthes y sus Estructuralistas, actualizar la reflexión sobre las convenciones realistas que ya fueron sacudidas por las renovaciones técnicas de la fotografía y el cine. No escucho cantar a las sirenas de la tecnología, pero creo que hay que estar atentos a lo que ocurra en los próximos años con la articulación entre las redes sociales y la literatura. Las industrias ya encuentran formas de articular sus intereses, me refiero a qué posibilidades estéticas ofrecerán, cómo se articulará el diálogo con los lectores (que también siempre existió desde que existe la esfera pública), que formas tendrá la literatura fuera de los libros.

El detective es el abogado (sobre una novela de Hugo Burel)

 

Burel

 

El narrador de esta novela es un abogado del Banco de Previsión Social. Pero que el lector no se espante. No se trata de una crónica realista sobre un personaje rutinario ni nada por el estilo. Se trata de un policial y de los bien resueltos. Sobre todo si el lector ojea la oferta de bodrios que pueblan las librerías tipo Michael Connelly, John Grisham o John Katzbenbach. Con estos “muchachos best-seller” no se puede establecer una diferencia importante entre su último éxito editorial y todos los anteriores. Sin embargo las diferencias entre esta novela de Hugo Burel y la anterior son notorias. En El corredor nocturno (2005) se narra la historia de un vendedor de seguros con una vida rutinaria en el trabajo y en el matrimonio. De pronto su vida cambia radicalmente cuando alguien que conoce “casualmente” en el aeropuerto comienza a perseguirlo. El inofensivo extraño progresivamente pasa a ser su peor pesadilla. Un thriller psicológico con un argumento que parece calcado de las películas del género, que entretiene y obliga al lector a seguir leyendo para adivinar la próxima vuelta de tuerca. El corredor nocturno tuvo un relativo éxito en el mercado local y eso debió pesar en esta nueva publicación de Alfaguara.

Sin embargo con El desfile salvaje Burel apuesta un poco más alto. Para empezar recurre a un truco interesante. Se trata de las dos páginas en las que Marcelo, el narrador-abogado del BPS, reconoce que un editor “bastante impresionado por la historia” le dio una mano en la redacción de la novela. “Fueron sugerencia de este profesional –afirma Marcelo– las citas del comienzo, que yo dudé en incluir porque acaso sean meros intelectualismos”. Se refiere a una cita de Iluminaciones (1886) del poeta maldito francés Arthur Rimbaud, que da titulo a la novela, y a otra de Raymond Chandler. El recurso termina siendo un hallazgo interesante de El desfile salvaje. De algún modo la solución del enigma está unida a la interpretación que Marcelo hace de algunos fragmentos del libro de Rimbaud. Así una investigación sobre la muerte misteriosa de Esteban, amigo de Marcelo de toda la vida, se convierte en una especie de investigación literaria.

Otra diferencia con El corredor nocturno es que hay un interés de situar más la historia en un contexto determinado. Si bien la nueva novela de Burel también parte del presente, en El corredor nocturno se aludía oblicuamente al contexto de la crisis económica del 2002. En El desfile salvaje la referencia al pasado está más presente, tal vez porque los personajes tienen una historia en común que los remonta a los sesentas y a la dictadura. Por ejemplo, el narrador consigue trabajo en el BPS durante la dictadura gracias a un ex–diputado y a un prontuario “limpio” de izquierdismo. Pero Marcelo también relata su experiencia en las discusiones sobre el marxismo o la revolución, también aparecen la marihuana o los inicios del rock en Montevideo. En este caso la variante local hace que los personajes sean más “densos” aportándole otro elemento interesante a la novela.

El género policial no tiene mucho más de 30 años en Uruguay. Eso escribió el crítico argentino Jorge Lafforgue hace más de 10 años en un artículo que fue incluido luego en Asesinos de papel, ensayos sobre la narrativa policial escrito junto a Jorge B. Rivera. No es que no hubiera antecedentes mínimos y prestigiosos en la literatura uruguaya pero Lafforgue prefiere iniciar la cosa con Carlos María Federici y Mario Levrero hacia 1972. A partir de allí se puede hablar de un género consolidado, que en las últimas décadas tuvo su “auge” con Carlos Reherman, Hiber Conteris, Hugo Fontana, Omar Prego Gadea y otros novelistas. Esta novela de Burel, y por qué no la anterior, deberían tener un lugar cuando aparezca algún estudio sobre el género policial en Uruguay. Una sola cosa atenta contra la novela: el final. En las últimas páginas se reproduce un cuaderno de notas escrito por el muerto en tono poético que no aporta nada a la novela. El final del último capítulo tendría más fuerza sin él. Una lástima.

Pd (marzo de 2015): Esta nota fue publicada con el mismo título “El detective es el abogado” en la diaria Nº 412. Montevideo, 26/10/2007: 7. Es importante aclarar que la nota fue escrita en 2007 y a la lista de escritores uruguayos trabajando en el género policial habría que agregar a Pedro Peña, Rodolfo Santullo, Renzo Rosello (a quien olvidé mencionar en aquella nota), Hugo Fontana y muchos otros que son analizados por Ramiro Sanchiz en esta nota.