Elder Silva: la cita con lo cotidiano

Toda poesía adquiere sentido a partir de su lenguaje y de la conciencia que el poeta tenga de él. Esa conciencia nace, entre nosotros, con los poetas modernistas: hicieron del idioma poético un cuerpo realmente sensible, liberándolo del roñoso conceptualismo; al mismo tiempo prepararon una actitud crítica frente a todo poder verbal. Una y otra cosa se han intensificado en nuestra poesía contemporánea. Seguir las aventuras de esa doble conciencia frente al lenguaje: quizá este ha sido el método de mi libro. Guillermo Sucre (La máscara, la transparencia, 1975)

Terminé de leer Agua enjabonada. Poesía reunida (1982-2012) de Elder Silva y estoy fascinado con su poesía, con su modo de trabajar las palabras, dentro de esta doble conciencia de la que hablaba Sucre hace tanto tiempo. Toda su obra es una prueba irrefutable de que no existe oposición alguna entre la poesía conversacional (un Mario Benedetti, por ejemplo) y una poesía que teóricamente se centra en el lenguaje sin querer comunicar.

La poesía de Silva se centra en distintos aspectos de lo cotidiano, de su autobiografía, con una retórica que se presenta descarnada, despojada de artificios, simple. La postulación de un discurso poético transparente es en sí misma una máscara. Muchos de los poemas que más me gustaron representan escenas de la vida cotidiana o privada, mediados por una cita que no siempre es literaria.

Por ejemplo, en “Apuntes para un Western” (de 1985) el argumento cinematográfico de una película de cowboys sirve para guionar un recuerdo paterno de la infancia. A veces la referencia es a íconos deportivos como Spencer, Lev Yashin o Usaín Bolt. Pero el procedimiento es el mismo: el arquero Lev Yashin, “héroe deportivo de la unión soviética”, sirve para dar cuenta de ilusiones políticas rotas y una anécdota con Darnauchans.

Algunos poemas de Silva también juegan en el campo literario ya sea citando a otros poetas vivos o bien mostrando los mecanismos de ese mundo, como en “Cuatro sugerencias para llevar minifalda”. El poema termina así:

d.- Y sobre todo tener en cuenta que una tarde,
frente a ti,
puede sentarse un poeta, quien, ginebra en
mano,
palabra fácil,
intentará algún desborde de corte naturalista
y entonces medio país sabrá de tu anatomía,
incluyendo, claro está, a los semióticos, los
académicos
y a toda la crítica especializada.

Un crá, Elder Silva. Sí señor. (Y sino miren este video)

Post scriptum (12 de abril de 2018)

Hace pocos días el sitio autores.uy anunció que el libro Cuadernos agrarios de Elder Silva había sido liberado por su autor y estaba disponible para su descarga.

Datos bibliográficos

Silva, Elder. Agua enjabonada. Poesia reunida (1982-2012). Fabián Severo. Selección. Gerado Ciancio. Prólogo. Montevideo: Rumbo, 2013.

La edición

Es la primera edición de este libro. Es en primer lugar la lectura de un poeta sobre la obra édita de otro poeta. Solamente hay un poema nuevo que da nombre al libro “Agua enjabonada”. Fabián Severo selecciona poemas de Líneas de fuego (1982. Premio Banco de Seguros), Cuadernos agrarios (1987. Premio de poesía de la 26a Feria Nacional de Libros y Grabados), Un viejo asunto con el sol (1987. Mención especial, Intendencia Municipal de Montevideo), Fotonovela (Canción de perdedores) (1998. Mención especial, Ministerio de Educación y Cultura,), Mal de ausencias (2002. Segundo premio de poesía édita, Ministerio de Educación y Cultura, 2003), La frontera será como un tenue campo de manzanillas (2003, V Premio de Poesía “Luis Feria”, Tenerife, España), Sachet (2009), Bar Bukowski (¿inédito?), siguiendo el orden cronológico de publicación. Los capítulos llevan el título de cada uno de los libros de los que Severo seleccionó poemas. Los premios recibidos por cada libro se consignan en cada capítulo.

Una escritura sitiada: Susana Soca

 

Soca2

 

 

Una escritura sitiada

La trayectoria de Susana Soca está marcada por el viaje, no sólo porque murió trágicamente en un accidente de avión con poco más de 50 años, sino porque se movió entre dos naciones: Francia y Uruguay. La poesía fue su refugio, la casa que le permitía conectarse con su lengua materna en el extranjero. Creó una revista que concibió como un puente con el resto del mundo y como contribución a la modernización cultural del país.

Fue la hija única de una importante familia montevideana, los Soca-Blanco Acevedo. José Batlle y Ordóñez y Eduardo Acevedo Vasquez fueron los padrinos del matrimonio de sus padres. Manejaba nueve idiomas, entre ellos el ruso. No se casó, ni tuvo hijos. No fue “la mujer de” ninguno de los escritores uruguayos o extranjeros que conoció. A su vez, pertenece a la historia cultural de Francia y de Uruguay en igual medida. Todos estos aspectos de su biografía conspiran tal vez para que no se preste demasiada atención a su obra.

En 1937 Susana Soca fundó en París la revista La Licorne junto a Paul Éluard durante la resistencia a la ocupación nazi en París. Algunos sostienen que sacó de Rusia el manuscrito de la novela El doctor Jivago de Boris Pasternak para el editor que luego la publicaría en Italia. Picasso le hizo un retrato, Henri Cartier Bresson le sacó una foto al lado del retrato, Borges le dedicó un poema de El hacedor (1960) y Onetti la novela Juntacadáveres (1965).

La fantasía machista se encargó de hacer correr diferentes “rumores” de relaciones amorosas con tal o cual escritor. Resulta más interesante considerar su actividad como directora de la revista que fundó en París y que luego trajo a Montevideo y rebautizó Entregas de la Licorne (publicada entre 1952 y 1959). Pero sobre todo considerar sus dos poemarios póstumos: En un país de la memoria (1959) y Noche cerrada (1962).

 

En el exilio la única casa es la escritura”

 

Esta frase de Theodor Adorno (Minima moralia, 1951) le cabe perfectamente a la poética de Susana Soca. La escritura poética fue su refugio hispánico en París, ciudad sitiada por los nazis.

Tal vez la metáfora que defina mejor el lugar de su voz poética es precisamente el de esa ciudad sitiada. En su prólogo a En un país de la memoria, el único libro ideado por la poetisa (Noche cerrada es una publicación póstuma que reúne material inédito), establece este momento como fundante, el momento en el que despierta su necesidad de escribir y publicar su poesía.

Soca estaba doblemente sitiada, por el alemán y por el francés que sus amigos de la resistencia hablaban. La poesía era entonces un refugio donde conectaba con “el país de la memoria”, con su infancia y juventud en Montevideo.

Pero tal vez el pasado fuera una tercera forma del sitio, que la ataba como sugiere en el prólogo a “un país familiar y perdido, recordado y no presente, un país en el que ya no vivo”.

El final del poema “En un país de la memoria” indica la ruptura con ese país imaginado:

 

“No sirven las palabras que en otra vida acaban.En el amanecer de una tercera vida,/ las cosas se retiran de sus nombres,/ desencontradas van por tranquilos lugares/ apenas lisos y resbaladizos. (…) He de salir de la antigua memoria/ extranjera a los climas que no fueron sus climas,/ sin tiempo para los nuevos recuerdos./ Un canto llega a mi boca,/ como si nunca hubiese sido mío,/ escucho sin hablar y alguna vez lo sigo.”

 

Situada en ese desajuste entre el presente y el pasado, la nueva voz es la de un otro, la de una tercera vida que la espera fuera del territorio de la memoria.

Apenas dos poemas de su “tercera vida” se publican como Epílogo del libro: “Laberinto” y “Vino para los ojos” el último poema inconcluso que Soca dedicó a Boris Pasternak.

 

Un cuarto sitio: el silencio

 

Susana Soca desarrolló su actividad durante los años cuarentas y cincuentas. Sin embargo la generación del 45 o generación crítica la desestimó. El silencio de la mayoría de sus pares tanto en los sesenta como hoy es una cuarta forma del sitio a la que fue sometida luego de su muerte.

Parece que la escritura de Soca no tiene cabida en el reino poético femenino que montó esta generación y que ocupan todavía hoy Idea Vilariño, Ida Vitale y Amanda Berenguer.

En 1968 el proyecto crítico y estético del 45 dominaba el campo literario. Ese año se publica la colección por entregas de Capítulo Oriental que intentaba establecer “un panorama completo (…) de las obras más representativas de la producción nacional.” En el fascículo 32 elaborado por el poeta Enrique Fierro, así como en la breve antología que lo acompañaba, Susana Soca no aparece.

Tal vez su poesía no concordaba, por ejemplo, con el coloquialismo de un Mario Benedetti. Tal vez en el contexto del nacionalismo de los sesenta no cabía una poetisa y crítica que desde su revista promovía homenajes a Paul Éluard, Jules Supervielle (uruguayo y francés al mismo tiempo como Soca) o Boris Pasternak. O quizá fue su pertenencia a una familia de la clase dominante.

Algunos críticos contemporáneos como Amir Hamed en Orientales. Uruguay a través de su poesía (1996), en otro contexto y con otros intereses, han recuperado su poesía y su intervención en el campo literario uruguayo. Otros, como Silvia Lago, Washington Benavídes y Rafael Courtoisie en su Antología plural de la poesía uruguaya del siglo XX (1995), siguen reproduciendo este silencio viejo alrededor de Susana Soca.

Susana Soca no es el nombre de lo “cosmopolita” o lo “foráneo” en la literatura uruguaya, utilizando los términos de la vieja crítica literaria que postula la oposición entre lo local y lo global. Es el nombre de un diálogo necesario con el mundo, no exento de aspectos como la dominación y el conflicto. Un diálogo que hoy resulta imprescindible para las diferentes tribus de la cultura “nacional” demasiado interesadas en sus ombligos.

 

Este texto fue publicado  con algunas diferencias, en la diaria con el título: “Una escritura sitiada. El 19 de junio se cumplirán 100 años del nacimiento de la poetisa Susana Soca.” (la diaria Nº 62. Montevideo, 16/06/06: 5).

Tres libros de Mario Benedetti

Benedetti

Mario Benedetti falleció el 17 de mayo de 2009. Entre 2006 y 2008 la editorial Seix Barral publicó un libro de poemas de Mario Benedetti por año y José Gabriel Lagos (co-editor de la sección cultura) me dio la posibilidad de reseñarlos para la diaria. Como en el caso de otras reseñas que escribí para la diaria (sobre la obra de Juan Carlos Mondrágon, por ejemplo) las junte y armé este post.

1. En las pelotas (la diaria, Nº 161, 03 de noviembre de 2006)

Canciones del que no canta de Mario Benedetti. Buenos Aires, Seix Barral, 2006. 156 páginas.

En julio de este año el MEC, a través de su Dirección de Cultura, conmemoró el 50 aniversario de la publicación de Poemas de la oficina. Con este pequeño poemario y con obras como Montevideanos (1959) o La tregua (1960), Mario Benedetti contribuyó a “cambiar la voz” de la literatura uruguaya en los sesentas junto a otros escritores de la conocida “generación del 45” o “generación crítica”.

En Poemas de la oficina se combinan una conciencia por un lado irónica y lúdica del lenguaje que recoge de las experiencias de la vanguardia histórica, y por el otro un conocimiento de las formas poéticas tradicionales. Si a esto se suma la crítica social y una actitud abierta al sentimentalismo, lo que tenemos es un poemario que trastocó la solemnidad y el lenguaje intencionalmente “poético” de la tradición local.

Por otro lado, Poemas de la oficina junto a Violín y otras cuestiones de Juan Gelman –publicado también en 1956– y Poemas y antipoemas (1954) de Nicanor Parra, abrieron diferentes caminos que en parte continuaban y en parte innovaban los de los “fundadores” de la nueva poesía latinoamericana Huidobro, Neruda, Vallejo, Borges, Girondo, Lezama Lima, Paz.

Cuando todavía pueden verse algunos de los textos ploteados de Poemas de la oficina pegados en los vidrios, por ejemplo, de la sala de lectura de la Biblioteca Nacional, Mario Bendetti publica Canciones del que no canta. Se trata de una nueva colección de poemas dividida en cuatro partes sin una conexión entre sí y atravesadas por dos temas: la vejez y el dolor por la pérdida de Luz, su esposa, a quién dedicó la mayoría de sus libros. Más allá de estos dos hechos biográficos Canciones del que no canta se suma a la abundante producción poética de Benedetti y continúa algunas de las líneas temáticas y formales ya consolidadas en su discurso entre los años sesentas y los ochentas.

Hay en este libro un lenguaje coloquial “y me sentí solo como un perro” (“De vez en cuando”, p. 58) o “y dijeron amén por si las moscas” (“Ateos”, p.126); un trabajo con formas métricas clásicas con una sección entera dedicada al soneto en la segunda parte del libro titulada “Sonetos con destino”; y un trabajo con la canción, concentrado en la primera parte del libro “Canciones del que no canta”, un género familiar para el poeta que se agrega a la lista de sus aportes al discurso poético uruguayo y latinoamericano. Benedetti elaboró y modificó algunos de sus textos para el formato canción, que luego fueron interpretados por diversos músicos uruguayos y extranjeros. Tal vez los dos casos más conocidos en este terreno sean el espectáculo junto a Daniel Viglietti “A dos voces” o su trabajo en conjunto con Joan Manuel Serrat en el disco El sur también existe.

Canciones del que no canta recorre sin mayores novedades muchos de los temas y hallazgos de una trayectoria poética que comenzó en 1945 y que hoy puede leerse casi en su totalidad bajo el título Inventario (Seix Barral). Hace apenas dos años apareció Inventario Tres que recoge los libros publicados entre 1995 y 2001, los dos anteriores Inventario Uno (1950-1985) e Inventario Dos (1986-1991) siguen siendo un éxito editorial que cuentan con 77 y 23 re-ediciones respectivamente.

Los libros incluidos en Inventario tres ya dan cuenta del agotamiento del discurso poético de Mario Benedetti. Sin embargo, no sería del todo sensato juzgar la obra entera del poeta por sus últimos libros. Así lo entienden sus lectores que siguen comprando sus libros (los viejos y los nuevos) y también la crítica académica en buena parte del mundo. Sin embargo se escuchan a veces ciertos reparos, en algunos sectores de nuestra aldeana “intelectualidad”, respecto a la figura mediática que es Mario Benedetti o a sus éxitos editoriales no siempre a la altura de su obra anterior. (Argumentos que se repiten con variaciones para el caso Eduardo Galeano) En una entrevista reciente (Página 12 17/9/06) Benedetti reflexionó sobre el punto: “Hay que cuidarse del éxito, porque el éxito puede pervertir a un escritor. Nunca escribí en función del éxito, escribí lo que me salió de las pelotas. Si tenía éxito bien, sino, pues nada.”

2. Sólo por deporte (la diaria Nº 422, 9 de noviembre de 2007)

Sobre Vivir adrede de Mario Benedetti. Buenos Aires: Seix Barral, 2007.

Pelear en el boliche o en la prensa (y sobre todo en el primero) por Mario Benedetti o Eduardo Galeano a esta altura es casi un deporte nacional. En una nota sobre el libro anterior de Benedetti Canciones del que no canta (ver más arriba) traté de no practicar ese deporte y no cometer el error de considerar su obra poética en función de su poco interesante último trabajo. En este último aspecto algo parecido sucede con Vivir adrede una mezcla forzada de ensayo, recuerdos, anécdotas, relatos y reflexiones. Y que, otra vez, no se acerca ni un milímetro a cosas como, por decir algo, Despistes y franquezas (1989). El nuevo libro está dividido en tres partes: Vivir, Adrede y Cachivaches. Las dos primeras secciones reúnen 107 textos cortos, que superan raramente las dos páginas. La tercera está compuesta por 83 textos de apenas dos o tres líneas (de los que apenas 5 superan las 10) y que bien podrían ser obviadas por el lector. En general prima en él cierto tono reflexivo, que apela a elementos de la intimidad del personaje Mario Benedetti. El lector encontrará un sinnúmero de temas en el libro como la globalización, las dictaduras, el exilio, la tortura, la muerte, la vejez, el amor o dios. También mínimos pasajes autobiográficos, declaraciones sobre la sencillez o sobre su arte poética y algunos microrelatos que funcionan. El hilo conductor no está en el libro sino en quien escribe, en ese personaje público que es Mario Benedetti.

Una única reflexión a partir de Vivir adrede. Año a año el mercado editorial produce “el último de…” con gran parafernalia de afiches, adelantos, entrevistas…y reseñas como esta. Sucede con Isabel Allende, Gabriel García Márquez y con muchos otros como Ludovica Squirru o Paulo Coelho. Y por supuesto con Mario Benedetti. Son fenómenos de mercado que forman parte de los procesos que genera la globalización y que suelen montarse sobre procesos locales, como la subordinación de Montevideo a Buenos Aires en materia editorial específicamente (y luego de Buenos Aires a las casas centrales de EEUU, Europa y especialmente España). Tanto Vivir adrede como Canciones del que no canta, y muchos otros títulos de Benedetti de los últimos años, proceden de la enorme máquina editorial que es Buenos Aires y que tiene una sucursal en Montevideo. Esto se cumple al menos para el caso de grupos como Alfaguara, Planeta (al que pertenece Seix Barral) o Sudamericana. Toda esta perorata surge en realidad a raíz de la curiosa insistencia de Benedetti en demonizar la globalización en este libro. Lo hace desde una gestualidad crítica y militante propia de los sesentas (por su gran dosis mesiánica) y con opiniones sobre los aspectos públicos más terribles y notorios de la globalización como las guerras por el petróleo o el hambre, que no pasan del panfleto.

Bien. Como se hace usualmente después de cualquier ejercicio, voy a estirar un poco y a la ducha.

3.Benedetti=Benedetti (la diaria Nº 654. 7 de octubre de 2008)

Sobre Testigo de uno mismo de Mario Benedetti. Buenos Aires: Seix Barral, 2008.

Para presentar este libro y generar expectativa la multinacional Planeta se alió con la Escuela Municipal de Arte Dramático. El operativo marketinero (por cierto muy original) consistió en la lectura de sus poemas a cargo de actores y actrices jóvenes en diferentes espacios públicos montevideanos. Uno de los resultados, deseado supongo, fue que los noticieros –tal vez por única vez en el año– dedicaran unos segundos a la poesía. En ese marco llegó y se puso a la venta Testigo de uno mismo. Se trata de un libro compuesto por 130 poemas organizados en tres secciones. La primera, sin título, consta de ochenta poemas escritos en verso libre; el segundo, bajo el título “Sonetos de un testigo”, reúne 20 textos en una de las formas más clásicas de la poesía occidental; y la tercera, con el título “Siembras y cosechas”, cierra el libro con otros 30 poemas en verso libre. La estructuración del libro en estas tres secciones no dice mucho. Quiero decir no parece ser una apuesta estética ni está relacionado con el contenido de los poemas, sino simplemente eso, la forma que Mario Benedetti encontró para organizarlos.

El discurso poético de Benedetti desde sus primeros libros se caracteriza por el uso de un lenguaje coloquial, un tono sentimientalista, mezclado con una conciencia crítica, irónica y lúdica del lenguaje y del mundo social (algo de esto decía en 2006 cuando publicó Canciones del que no canta y se celebraban 50 años del a esta altura clásico Poemas de la oficina). Es por eso que nadie puede sorprenderse con la combinación de discursos poéticos tan opuestos (o en principio opuestos) como son el verso libre y la rigidez formal del soneto que el autor ofrece en este nuevo libro. Por otro lado, el libro no agrega nada nuevo a la lista de temas que la poesía de Benedetti registra en sus últimos años: la vejez, la muerte, los amigos y los enemigos, las personas queridas que ya no están, la nostalgia, el pasado, la crítica social, la soledad.

Así el poema que lleva el título del libro, el número 79 de la primera sección, da un poco el tono general. Se abre con una cita del poeta mexicano Jaime Sabines tomada del libro Yuria (1967), cuya obra tiene muchos puntos de contacto con la de Benedetti: “¡que entre la luz y que entre el aire, el aire que es el más fiel testigo de la vida!”. A partir de allí Benedetti pone en el centro al hombre como “testigo de la vida” construyendo una voz que se refugia en un nosotros y que es al mismo tiempo íntima. Allí aparecen por un lado sentimientos como la soledad y el escepticismo (“y nos dejan sin fe y hablando a solas”); por otro lado, metáforas simples o lugares comunes (“admirando la espuma de las horas”); pero, sobre todo, un diálogo con el poema de Sabines “competimos con el airme más fiel/y ya que el poeta se despide/somos testigos de uno mismo/ amen” que permite al poeta cerrarse sobre sí mismo y, si se quiere, salvarse de las miradas de los otros. El uso del lenguaje cotidiano que Benedetti desplegó en Poemas de la oficina ocupó un lugar central en su discurso poético y tal vez fue uno de sus puntos más fuertes. En los últimos tiempos ese lenguaje fue diluyéndose en un tono confesional e intimista por momentos rutinario y algo previsible.

***

Coda: Acá la Missa Solemnis de Beethoven para que no se olviden del “estilo tardío”