José Parra Zeltzer acaba de publicar en Chile el libro Un acto de plena escritura (Editorial Cuarto Propio), una investigación en donde se propone trazar el rol de la crítica de cine en dos momentos referenciales en la historia del cine chileno. Uno, a fines de los años 60, conocido como nuevo cine chileno, donde emergieron películas icónicas como Valparaíso mi amor (Aldo Francia), Tres tristes tigres (Raúl Ruiz) y El chacal de Nahueltoro (Miguel Littin). El otro, surgido en la primera década de los 2000, llamado novísimo cine chileno, y en donde aparecieron los primeros trabajos de realizadores como Sebastián Lelio, Alicia Scherson y Pablo Larraín, quienes han construido una filmografía sistemática desde esa época hasta la actualidad.
Ambos momentos de la cinematografía chilena arrastran la tensión de sus rotulaciones, siempre complejas a la hora de agrupar películas con autorías diversas. Sin embargo, podrían dar cuenta de consideraciones culturales, sociales y políticas relacionadas con sus contextos históricos determinados, que a su vez son dos épocas distantes de Chile y de su representación audiovisual.
En esta entrevista con sujetos, José Parra Zeltzer conversa de algunos de los hallazgos de su investigación, en donde se posiciona como fundamental la etiqueta de lo “nuevo”. Una etiqueta que cada cierto tiempo entrega la crítica de cine, la cual reconoce como un campo de gran relevancia para encontrar “faros que indiquen el camino” del cine contemporáneo y evitar que las películas y las series de este tiempo caigan en la homogenización.
¿Cuál crees que es la mayor y la menor conexión que hay entre el cine chileno de los 60 y el cine del nuevo siglo?
Parto por lo segundo, por la menor conexión, porque ha sido super interesante al momento de reconstruir esa escena. Creo que se trata del inicio no solo de una polémica, digamos, de pasillo, sino también de una discusión que se extendió en muchos libros y artículos post año 2011. Esto es el supuesto de que el cine del nuevo siglo es heredero del nuevo cine de fines de los 60. Esto, que justifica el concepto de novísimo a modo de continuadores de un proyecto truncado por el Golpe Militar en 1973, no tiene un sustento programático, y en mi opinión, tampoco en términos narrativos y estéticos. En el libro El novísimo cine chileno los editores dicen que este cine joven está “conectado íntimamente” con el nuevo cine, y esa acepción, aunque tiene precedentes en la crítica de la época, no está justificada teóricamente y, como decía, generó un debate que en lo personal encuentro muy interesante, en donde este cine novísimo, marcado por su giro hacia la intimidad, dio paso a una discusión sobre el carácter político de ese giro. Se dieron dos posiciones muy marcadas, entre quienes defendían la potencia política de un cine con personajes vagabundos y sin norte, y otros que denunciaban el vacío de proyecto colectivo en ese individualismo voraz que aparecía en las películas novísimas. Este debate es clave para mapear el campo y las tensiones que hay adentro. Por eso, pese a que esta conexión es artificial, tuvo la capacidad de encausar un debate enriquecedor para la crítica de cine en Chile.
Un rasgo de conexión interesante, a mi juicio, tiene que ver con cómo cada una de estas generaciones estuvo acompañada de una innovación tecnológica relevante y cómo la técnica es puesta al servicio de determinados objetivos narrativos y visuales. Me refiero, para los 60, a la llegada a Chile de equipos de filmación ligeros y grabadoras de sonido más nuevas, lo que permitía soltar la cámara del trípode y posibilita usar de manera innovadora la cámara en mano y el plano secuencia, dos elementos clave para películas tan distintas como El Chacal de Nahueltoro, Tres tristes tigres o incluso La batalla de Chile. En el cambio de milenio, ocurre algo similar, pero con las tecnologías digitales. Este giro íntimo que mencionaba más arriba es imposible sin la masificación de técnicas de grabación y edición en digital, que reducen los costos de producción y hacen admisibles historias de dos personajes en una pieza. A la vez, lo digital abre la posibilidad a un cine más callejero, que explota las cualidades estéticas de la cinta MiniDV, por ejemplo, con su grano, su ruido eléctrico y colores deslavados. El pejesapo de José Luis Sepúlveda es el caso más emblemático, pero hay varias cintas que aprovechan esto en términos creativos. Te creís la más linda… de Ché Sandoval, Mami, te amo de Elisa Eliash, o una película que para mí es muy importante en el cambio de siglo, Este año no hay cosecha de Fernando Lavanderos y Gonzalo Vergara.
¿Piensas que se puede analizar con certeza desde la crítica cuando aparece alguna propuesta cinematográfica que se autodenomina con la etiqueta de “nueva/nuevo”?
Salvo casos excepcionales, creo que es la crítica la que suele usar la etiqueta de “nuevo cine”, y en mi investigación he visto que esta suele aparecer con cierta premura. Por eso, muchas veces hablo de una inscripción apresurada, cuando críticas y críticos se apuran en señalar lo nuevo. Lo que permite el paso del tiempo es evaluar con mayor tranquilidad si eso que fue denominado como nuevo tiene realmente rasgos de novedad. En el caso del “nuevo cine chileno” de los 60, lecturas posteriores han apuntado a que realmente no deberíamos hablar de un cine nuevo, porque no hay argumentos suficientes, desde lo programático, visual, generacional, para hablar de un movimiento. Yo creo que sí, que hubo un quiebre, pero más importante, y este es un punto central en mi posición y espero se manifieste en el libro, es que si le reconocemos influencia y agencia a la crítica, tenemos que valorar por qué y mediante qué argumentos esta crítica apuntó a la novedad de aquel cine y cómo eso quedó inscrito e instalado.
¿Se puede decir que en la actualidad la crítica de cine es un “faro que indica el camino”?
En cierto sentido yo creo que no. Ya pasó el tiempo en que la crítica de cine, así como todo comentario en relación a fenómenos culturales y artísticos, funcionaba como el gran indicador y modelador del gusto y las tendencias. Fundamentalmente por Internet y las redes sociales, creo que el rol de las y los críticos ha cambiado, obligándolos a adaptarse. Con esto quiero decir que la crítica no es el faro, sino que uno más entre varios, y entender que hay más actores es importante para que esta práctica no se quede estancada. El trabajo en sí no ha cambiado y la voz experta de las y los críticos sigue teniendo peso para las audiencias. Hay varios estudios que afirman esto, por ejemplo, sobre cómo siguen usándose cuñas o citas de personas expertas para recomendar películas en el proceso de difusión y marketing. En este horizonte, creo que es importante que la crítica no se quede pegada en una suerte de torre de marfil con su conocimiento refinado, tildando como menores otro tipo de reflexiones sobre el cine. Esto no quiere decir que tenga que abandonar el barco, porque sigue siendo relevante y existe una comunidad que apela a ella, pero es fundamental entender que el tablero ha cambiado en los últimos 20 años.
¿Piensas que se puede confiar en la crítica de las disciplinas artísticas en general en este tiempo?
En la línea con la respuesta anterior, y con mi propio trabajo, tengo que decir que sí. Debo creer eso (se ríe). No, pero fuera de bromas, creo que aunque es imperativo entender que la crítica no es el faro, también hay que rechazar una idea de que es innecesaria o que está obsoleta. Creo que las redes sociales pueden ser a ratos perjudiciales en este sentido, porque hay una sensación de inmediatez tal, que toda reflexión un poco más pausada parece una cuestión anquilosada como sacada de la biblioteca de Alejandría. La crítica, como práctica y disciplina, tiene una tradición intelectual que es relevante para el estudio del cine y otras artes también. Antes, cuando ejercía un poder de influencia mayor, se creó una imagen despótica del crítico, la que hemos visto muchas veces, casi con la capacidad de levantar o hundir una carrera artística. Esa caricatura irá desapareciendo, creo, pero no tengo dudas que la crítica sigue siendo relevante, posee sus circuitos de circulación y es su tarea encontrar las formas de vincularse con sus audiencias de manera que le siga siendo posible ejercer su trabajo.
¿Cuál es tu opinión de la crítica de cine que se hace hoy a través de podcast, canales de YouTube o cuentas de Instagram?
Son todas formas válidas e interesantes de discutir sobre cine. Andrew McWhirter, un crítico e investigador de la Universidad Caledonia de Glasgow, propuso una figura que me parece muy útil, que es la de las 6 escuelas de la crítica. Este autor dice que en el siglo XXI hay que entender que la crítica de cine se ha diversificado en términos del lenguaje que usa, sus objetivos específicos y los públicos a los que apunta. Estas escuelas van desde un escalafón académico hasta uno de fandom, como sitios en Internet que critican contenidos anclados a un único universo. Lo interesante del esquema es que permite ver que el panorama es diverso, que incluso hay autores que se mueven con libertad entre las distintas escuelas, y que conviven muchas expresiones disímiles para abordar el cine. En este sentido, creo que todos esos formatos aportan cosas valiosas para analizar cine o series, cada una con sus propias dinámicas y lenguajes.
Ahora bien, creo que es necesario entender que estos canales pueden ser peligrosos a ratos, y lamentablemente suelen viralizarse los más polémicos, los que tienen mucho hate o que arman argumentos conflictivos para tener más interacción en las redes. Entonces, por un lado, la diversificación de la crítica da cuenta del tipo de consumo cultural que tenemos hoy en día, marcado por los miles de nichos que tienen sus propios comentaristas, en vez de menos voces más unificadas. Un fenómeno, o efecto secundario quizás, que me parece preocupante con el estado actual de las redes sociales, es que todo comentario negativo, toda crítica en contra, se confunde rápidamente con el hate y la velocidad con la que se mueve todo impide distinguir expresiones odiosas o discriminatorias, por ejemplo, de un análisis que puede considerar mal ejecutado tal o cual aspecto de una obra. Así, si no me gustó el montaje o el guion de la serie de Obi-Wan Kenobi, estoy en el mismo equipo de los que denuestan a una de las actrices por su color de piel. Por eso creo que la crítica de cine, en todas las variantes que mencionabas en tu pregunta, debe luchar y encontrar sus propios espacios, los que le permitan trabajar con los tiempos que más les acomode, incluso si con eso resignan masividad o influencia.
¿Qué piensas de la división que ha habido en la crítica chilena e internacional sobre la película El conde de Pablo Larraín?
Sinceramente, creo que es de lo más interesante que ha surgido de la película. Considerando el contexto de conmemoración de los 50 años del Golpe Militar en Chile, hay quienes defienden la libertad artística del realizador, mientras otros le exigen que “no falsifique la historia”, como dijo uno de los comentarios más viralizados. Y ahí salen al ruedo comentarios bastante virulentos y cosas que salen del mundo del cine y entran a la esfera social y política, lo que demuestra, una vez más, que la crítica de cine tiene ese poder de dialogar con muchos actores. En medio, creo que ha habido textos muy lúcidos, como el de Héctor Oyarzún para Taipei o el de Pablo Corro para Cine Chile, los que ponen la pelota en el piso, si se me permite la metáfora futbolera, y analizan la obra muy cuidadosamente, casi diseccionándola para leer tanto en su superficie como en su profundidad. Es una lata que necesitemos una super polémica para que el debate sobre cine agarre esos niveles de densidad, y hay una tarea pendiente ahí. Pero sí celebro que una cinta chilena potencie este tipo de discusiones, más allá de lo que piense específicamente sobre ella.
¿Qué te pareció El Conde a ti?
Si lo pudiera resumir a una expresión, creo que me pareció mucho ruido para tan pocas nueces. El diseño de producción, la dirección de fotografía, la ambientación, son todos elementos notables, al estándar más alto del cine mundial. Las actuaciones también, particularmente la de Jaime Vadell en el papel protagónico. Creo que el veterano actor chileno representa muy bien el hastío de un ser aburrido hasta el hartazgo pero incapaz de morir, y lo hace con pequeños gestos, con palabras que se le salen, con expresiones nimias de un cansancio atroz. Todo eso, que está ejecutado muy bien, se desaprovecha en una historia que no va para ninguna parte. La visita de los hijos codiciosos o de la monja/contadora/exorcista a la estancia donde el vampiro vive su autoexilio en la Patagonia solo hacen que la historia se mueva muy poco y de forma confusa.
La narradora me pareció innecesaria, casi como un mal chiste, que aportaba poco después de la introducción, y terminaba por explicar cosas que probablemente quedaban claras sin su intervención. He leído varias opiniones que dicen que la película se cae en el último tercio, lo que es un comentario muy típico para la crítica de cine, pero creo que es verdad. Una vez que están instaladas las premisas, presentados los espacios y personajes, todo el desarrollo y desenlace me pareció tosco, poco fluido, sobre todo el clímax.
Por último, me gustaría decir que si bien hay metáforas que pueden resultar elocuentes para el presente de Chile, otras me parecen muy simplistas. En particular la de los hijos como estos seres codiciosos, que lo único que quieren es que se muera el padre para repartirse el dinero. Esto se alinea con lo que el propio Larraín ha dicho, sobre que Pinochet nos transformó a todos en consumistas, y me parece una lectura muy reduccionista de la sociedad chilena. Estos personajes creo que son lo menos logrado de la película. La premisa es llamativa y está bien instalada, pero no tiene un correlato en términos de guion, y todo el esqueleto tan bien montado se termina quedando medio vacío.
¿Podrías proponer un grupo películas que den cuenta de un cine chileno “nuevo” en el periodo 2019-2023?
Tomo el nuevo muy entre comillas, precisamente porque, a partir de los resultados de mi investigación, puedo decir que señalar que cierto cine es “nuevo”, más allá de adjetivarlo como lo más reciente, tiene todavía un peso político y cultural muy fuerte. En Chile, por ejemplo, desde el surgimiento del novísimo cine, no ha habido otro intento por llamar a otro grupo de cineastas como “nuevos”. Dicho eso, creo que el cine chileno está explorando diversas vetas que son muy interesantes desde distintos formatos y acercamientos. Si me permites estirar un poco los límites temporales, diría que las siguientes son obras insignes de un periodo reciente, que dan cuenta también de lo que me parece que es un rasgo distintivo en la historia del cine chileno, que es el vínculo casi irrenunciable que establece con la realidad nacional. Se trata de obras que, aunque no apelen a un realismo en el sentido más tradicional del término, se inspiran en hechos reales, en hitos relevantes o desconocidos de la historia de Chile.
Al mismo tiempo, y jugando con la idea usual de que el cine nuevo es también “joven”, destaco obras que son primer o segundo estreno de sus respectivos directores: La Casa Lobo (2018), de Joaquín Cociña y Cristóbal León; 1976 (2022), de Manuela Martelli; Mis hermanos sueñan despiertos (2021), deClaudia Huaiquimilla; El cielo está rojo, de Francina Carbonell y Los colonos (2023), de Felipe Gálvez.
Aquí hay animación, ficción y documental, una combinación que me parece puede iniciar un mapa sobre el cine chileno más reciente. Es importante señalar que esto es solo una pincelada, y que el cine chileno pasa por un momento de bastante diversidad creativa, por lo que esta breve selección tiene que pensarse en esos términos, como ejemplos destacados más que una selección definitiva de lo mejor o algo de ese tipo.

¿Por qué crees que es importante que haya un rol activo de la crítica de cine en Chile y América Latina?
Es una pregunta difícil y que creo que hay que tomarla con cuidado. Porque en medio de crisis políticas y ambientales, digamos, en una escala macro, la importancia de una práctica como la crítica de cine puede verse como mínima o insignificante. Tomando en consideración eso, si una cosa me gustaría que quedara clara en esta entrevista, es que la crítica de cine es todavía relevante hoy para el campo cultural. Esta tiene agencia y un poder para discutir sobre esta actividad, en su escala, relevante económica, social y culturalmente, que es el cine. Creo que su rol activo debe ir más allá de una labor educativa, como de formación de audiencias, que fue una tarea importante durante el siglo XX. En nuestros países, una crítica de cine posicionada, propositiva y actualizada, puede ser relevante a la hora de poner en circulación discursos sobre el cine, tanto el de ayer como el de hoy, discursos que surgen desde acá, lecturas que son distintas a las que críticos y críticas europeas o norteamericanas, o de otros lugares pueden hacer.
Creo que es importante que desde la crítica nos resistamos a todo tipo de homogenización en el mundo del cine: que no todas las películas o series sean iguales y que no todas las experiencias sean iguales. A veces da la sensación que caminamos hacia allá, que productoras gigantescas como Netflix u otras cambian la superficie pero utilizan el mismo molde para todo. La crítica puede ayudar a combatir eso. Y no es el camino más fácil, más bien todo lo contrario, pero es en el tipo de crítica que creo, y que desde América Latina es posible mantener.
Por otra parte, la producción cinematográfica de nuestros países debe siempre lidiar con la sombra hollywoodense, y el constante olvido de los medios locales. Sé que a veces somos particularmente rudos con el cine de nuestros respectivos países, porque los tenemos cerca y podemos dialogar más directamente con ellos, pero esa cercanía es muy valiosa a mi parecer. Y si no es la crítica latinoamericana la que ayuda a que las películas que hacemos en el continente sean objeto de observación y debate, que aporte a su visibilidad, elemento que sabemos es clave en la forma en que nos relacionamos con la cultura en la actualidad, ¿quién más lo hará?
Por último, podrías recomendar algunos sitios o plataformas donde haya una crítica de cine que podría ser una buena ruta para el público interesado en esta.
Si bien hay diversos sitios relevantes y con amplia trayectoria para la crítica de cine en español, como Otros cines, Caimán o Con los ojos abiertos, me gustaría destacar tres que pueden ser menos difundidos en otras partes de Latinoamérica. Primero, y si se me permite la autorreferencia, está El Agente Cine, en donde yo colaboro en escritura y en el comité editorial. Con base en Chile, este sitio ya tiene más de 10 años de trayectoria y ha cubierto la gran mayoría del cine chileno en ese periodo, así como también reseñas a festivales y cine comercial. También me gustaría destacar la revista Oropel, que trabaja en Chile y Argentina, y que además de crítica de cine trabajan también con literatura y arte. Hacen varias traducciones y aportan una mirada muy amplia a la reflexión crítica contemporánea desde estos países. Finalmente, una revista relativamente nueva pero muy interesante es La Rabia, un espacio de crítica de cine feminista, con colaboraciones de distintas partes de América Latina, y con ediciones y dossiers temáticos muy interesantes en torno a diversos problemas cinematográficos desde una óptica feminista, como maternidad, cuerpo, deseo, espacio privado, memoria, entre otros temas urgentes para la discusión crítica desde nuestro continente.









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