Fui a ver la nueva película de Martin Scorsese, Killers of the Flower Moon, al Cine Arte Normandie de Santiago de Chile. Siempre es emocionante despertarse el día en que se vuelve a Scorsese en pantalla grande. Fue un viernes de satisfacción personal, con algo de ansiedad, con ese orgullo del cinéfilo indestructible, que ha visto todas las películas del italoamericano favorito, post 2000, en una sala de cine.
Se lo comenté a algunas personas. Me recordaron la canción de Los Prisioneros. “Si sueñas con Nueva York y con Europa, te quejas de nuestra gente y de su ropa, vives amando el cine arte del Normandie”. Me reí. Pero solo un poco. Hace 20 años me hubiera reído más. Los tiempos han cambiado en Chile. Ahora ir al Normandie es una oda a la resistencia. Para qué viajar al barrio alto de la ciudad, si la nueva de Scorsese se puede ver en pleno centro de Santiago, ahí donde venden libros, ollas, instrumentos musicales y bicicletas en menos de un kilómetro.
A fin de cuentas, ir al Normandie es un acuerdo tácito entre los espectadores para apoyar una sala de cine que no queremos que desaparezca nunca. Además, el horario favorecía. La función comenzaba a las 18:40. Y un detalle: Killers of the Flower Moon, la nueva del italoamericano favorito, dura 206 minutos. Sí, 3 horas y 26 minutos. Súmale el tiempo que tienes que llegar antes, el café para no sucumbir, la conversa después del final. Una eternidad. Scorsese cree en la eternidad.
Ha sido todo un debate la duración de esta película. Y para ser riguroso hay que decir que esto ha pasado cada vez que Martin Scorsese se da el gusto. Pasó con El aviador (2004). Pasó con El lobo de Wall Street (2013). Pasó con Silencio (2016). Pasó con El irlandés (2019). ¿Seamos honestos? No estaba tan buena El irlandés. Sé que muchos lo piensan, pero pocos lo dicen, porque cómo vas a criticar al director de Taxi Driver (1976), Toro salvaje (1980) y Goodfellas (1990).
En una entrevista con el Hindustan Times de la India, Scorsese hacía un llamado a “respetar el cine”. Me gusta este Scorsese reclamón, que ya se ha echado a una parte del público encima con sus opiniones sobre Marvel. Ahora dice que, así como hacemos maratones con las series por varias horas, o así como vamos al teatro y no podemos movernos mientras dura la obra, no deberíamos tener problemas con estos 206 minutos. Es verdad. Es verdad. Pero a veces es más fácil en la intimidad de la casa que en la experiencia colectiva de una sala de cine. Hay que reconocer que, a diferencia de otras de sus producciones, el tiempo no es tema en Killers of the Flower Moon.
La película anda bien. No a la altura de Goodfellas, para mí, su cumbre, pero anda bastante bien. La historia de los asesinatos a integrantes de la comunidad indígena Osage, en el estado de Oklahoma, Estados Unidos, en la década de 1920, tiene todo el arsenal de lo mejor de su filmografía. Dinámica, estilo visual, emoción, epifanía. El ralenti, aunque hoy sea el recurso facilista de Instagram y TikTok, en Scorsese es por escándalo un sello de distinción. ¿Y el final? Una belleza. Solo diré que al día siguiente me puse a leer a Jorge Teillier y a pensar, una vez más, en las despedidas.
Esto no es una crítica de cine. Tampoco un comentario. Podría ser con suerte la minibitácora de una ida al Normandie, que ya no tiene el snobismo que le enrostraban Los Prisioneros en Por qué no se van.
Todo bien con la duración de la película. Todo bien con Robert de Niro y Leonardo DiCaprio, todo bien con Lily Gladstone, esa actriz maravillosa que muchos conocimos con su personaje inolvidable en Certain Women (Kelly Reichardt, 2016). Incluso todo bien con Jesse Plemons. Después de la fallida secuela de Breaking Bad, le tengo poca fe a todo lo que hace. Sin embargo, su irrupción aquí ilumina todo el tramo final de la historia.
Lo que no estuvo tan bueno fue el comportamiento del respetable público. Le costó una media hora más o menos al respetable dejar el ruido del cocaví, del diálogo innecesario que replica todo lo que estamos viendo en la pantalla. Y para qué hablar de quien no apagó nunca el celular y que incluso respondió una llamada en el momento más dramático de la película. Sí, en ese preciso momento.
Al final, querido Martin Scorsese, en la duración de las películas también influye el factor público y, a usted, tampoco le gustan los celulares en el cine. Me estoy poniendo viejo, lo sé, pero si a los 80 años Scorsese puede terminar una película así, no hay nada para reprimirse.









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