Me encuentro, como cada febrero, en una charla sobre carnaval. Se nombran cosas que desconozco, me mantengo en silencio. ”Ella está muerta por dentro, no le gusta el carnaval” bromea una amiga. Cada febrero me pregunto si en verdad lo estoy. ¿No soy popular por eso? Definir lo popular es algo que me obsesiona y me obsesiona porque justamente no puedo hacerlo. Entonces busco y busco. Me obsesiona porque me hace buscar. Y si hay obsesión, hay preguntas. Muchas.
Leo que lo popular es una manera de mirar, un lugar desde donde hacer preguntas, una herramienta. ¿Cómo se representa? ¿A través de qué medios? ¿Hablan las murgas por lo popular? ¿Quiénes trabajamos en ello? ¿Quiénes definen los territorios de lo popular? ¿Por qué hablo yo en este texto sobre lo popular, cómo me vuelvo administradora de su narrativa?
Primera etiqueta: popular es igual a pobreza
He intentado que me guste el carnaval. Un verano me había dispuesto a aprender, a ir a los tablados, a dejar que me guste. Nunca llegó el amor. Las murgas y yo comenzamos una relación tortuosa desde mis primeros años de vida.Nunca se sabe cuánta adultez duran los sonidos de la infancia. Creo, de todas formas, que no me falta vínculo con “lo popular” por lo que comenzaré con una analogía común: lo popular es igual a lo pobre.
Me preguntan cuántos hermanos tengo. Digo la cifra: siete. Alguien responde a eso con un chiste que no es nuevo para mí: en tu casa no había televisión. Riéndome, retruco con una respuesta sabiendo lo que generaría: mi familia es una familia de origen popular. De allí, el silencio. La solemnidad que generó esa frase me hizo cuestionar mi tono burlesco. ¿Estuve bien en dar esta respuesta, sabiendo lo que generaría, ante una frase que siempre veo venir cuando hablo de mi familia grande? Cuando dije popular, sabía que estaba diciendo pobre y cuando digo pobre en Uruguay, rodeada de universitarios, el tono y la mirada parecen cambiar.
Llego a la casa de Fabiana que vive en un barrio donde trabajo (cuando digo barrio, digo barrio pobre). No le mando mensajes anunciando mi visita. Fabiana muchas veces no tiene internet en su teléfono.
Me siento con ella y su familia debajo de un techo de chapas. El cielo está nublado y mientras charlamos, se desarma una tormenta con abundante lluvia. El techo ruge. Nadie se inmuta. Fabiana me habla de las ratas en su casa. Bromeando, me dice que pronto van a hablar. Su padre dice que es una exagerada y me mira cómplice simulando el pequeño tamaño de las ratas con sus dedos. Respondo al chiste diciendo que en breve piden que se les haga el relevamiento para el realojo. Nos tentamos de risa.
La broma que hacemos evidencia desigualdad, segregación territorial, violencias de antaño en el barrio que la vio crecer y que hoy pisamos sobre su colchón de basura. Fabiana hace de eso una burla subalterna, una forma fuera de Twitter, una visión popular fuera de lo masivo, fuera de todo.
Un lugar en el estante
Entre las grandes narraciones de lo popular, el carnaval ha encontrado su amplitud: lo popular es, ahora, cultura de masas. Veo un video donde le preguntan a un murguista si el carnaval es la voz del pueblo. Responde que no, que Twitter sí lo es porque es un espacio donde la gente dice lo que quiere cuando quiere. Esta aseveración me inquieta y renueva mi obsesión.
Me interpela lo que considero una ingenuidad, que alguna vez también pensé, que el usuario de redes sociales es un ser autónomo, que elige qué decir y cuándo, que no es influenciable, y que es solo su voz la que habla. ¿No nos olvidaríamos entonces de, por ejemplo, los algoritmos? ¿No es una ilusión además creer que los medios digitales incluyen a todos?
Me atrevo a afirmar, con tantos otros, lo escaso del circuito de representaciones que vemos. Pensar la inclusión por el solo acceso a internet es negar aquello que escapa de Twitter: aquello que aún no ha sido capturado por una horda de masividad, aquello que respira en la cotidianidad.
El frasco: los lugares populares
El muchacho del carnaval también habla en el video de su experiencia en los tablados populares: cuando va a la “periferia”, donde están “ellos” y nosotros, los letrados, vamos a visitarles. Un tablado popular es un tablado que se ha erigido en los márgenes de la ciudad, allí donde históricamente se han instalado familias en busca de opciones laborales en su mayoría informales y que ocupan el espacio de manera irregular. Los cantegriles, los asentamientos, los barrios populares. Definidos por su estigma: zonas rojas, lugares de delincuencia. Podemos llamarles lugares donde se asientan las viviendas más precarias de las ciudades, donde la gente se “gana la vida” como puede, donde se encuentra una demostración de la desigualdad.
Pensé escuchando esto que aún en la periferia absoluta, en el margen extremo de cualquier ciudad, ninguna persona está exenta de lo que pasa en el mundo: de la economía, de las políticas sociales, de las leyes. Impacta de forma casi inmediata en el habitante de ese margen. Ni hablar de las personas que, excluidas de sus propios espacios de origen, recorren kilómetros y hasta terminan siendo personas en situación de calle en zonas nada marginadas de la ciudad. ¿Estas personas no son populares? ¿Su origen es popular? ¿Su humanidad es pueblo?
Una tapa del frasco: lo popular tutelado
¿Por qué hay otra cosa que tiene que ser voz de lo popular, del pueblo? ¿Por qué lo popular no puede hablar por sí solo? ¿Quién funciona como soporte de las voces populares? Nos volvemos administradores de lo “popular” como si no fuera capaz de enunciarse, de crearse, de contradecirse. Tutelamos, administramos.
El carnaval puede haberse tornado una mercancía televisiva a la que lo popular viene a agregarle pasión y masividad. Es sin duda, una narrativa afectiva. Pero si hay algo que me respondo tímidamente es que lo popular no es un tarrito coherente donde meter nuestra fe en la resistencia necesaria para nuestro propio estómago de izquierda. Me preocupa que sigamos enunciando voces ajenas, que prescribamos qué debe votar, cómo debe tramitar sus creencias, qué debe hacer en el mundo.
Una nueva noticia invade las redes sociales y portales de noticias: un argentino ha creado un dispositivo para detectar reggaeton e interceder para que deje de reproducirse en audios ajenos. Todo parece pretender prescribirse, todo se puso ascético, disponible para el orden. No te gustará tal música, no bailarás tal baile, no te reirás de tus ratas, no dejarás de cuidar aunque te desangres haciéndolo. Pero ¿qué pasa cuando lo popular no responde a nuestro chiste? ¿Cuando no va a la plaza, cuando se queda en casa escuchando reggaeton?
Me preocupa pensarnos iluminadores de quienes en sus pequeños espacios encuentran mucho de lo que son. Supongo que todo esto me hace una mujer horrible: escribir sobre lo que no me gusta para escribir sobre lo que me obsesiona. No puedo dejar de ver qué hacen las personas con sus cosas, con sus lugares, con sus tonos burlescos, con sus agencias de gracia. Tampoco puedo olvidar las históricas violencias que las generan. Lo popular puede ser una forma de ver el mundo y un modo de mostrarnos aquello que rima sus propios chistes a la vez que grita desigualdad.
Pensar lo popular es ampliar la mirada.
Imagen de encabezado: «Carroza para un carnaval» (1975) de Luis A. Solari. Aguafuerte, 36 x 55 cm. Museo Nacional de Artes Visuales (Uruguay).









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