Un desahuciado Horacio Quiroga con cáncer terminal pasa sus últimos días en un hospital de Buenos Aires cuando toma conocimiento de la presencia de un hombre que vive recluido en los sótanos del nosocomio. Habita allí aislado del mundo por su aspecto deforme, algo que a los ojos de la sociedad lo convierte en un monstruo.
Inspirado en sucesos que tuvieron lugar en la realidad, lo que para muchos podría no pasar de lo anecdótico es rescatado por Horacio Cavallo en un gran cuento titulado Una larga barba negra y que ha sido merecedor del Premio Concurso de Cuentos 80º Aniversario de la Cámara Uruguaya del Libro 2024, elegido entre más de 600 cuentos postulados. La consigna era sencilla y rezaba: “que los textos tuvieran alguna relación con el mundo de los libros, la literatura y la lectura, en cualquiera de sus aspectos.”
Cavallo es un escritor muy experimentado en varios frentes – incluido el de su exitosa producción en literatura infantil – que, en lo que tiene que ver con la literatura para adultos, sabe moverse con destreza en poesía, novela y relato. No sólo por el formato, sino por el estilo, el cuento en cuestión lo acerca a su anterior narrativa breve El silencio de los pájaros, particularmente porque en ese libro se adentraba en el mundo de ciertas enfermedades, de los problemas con el aspecto del cuerpo o de la muerte. En esta oportunidad, sin embargo, hay una diferencia que muestra otra faceta.
Si antes lo cotidiano tomaba una dirección hacia sendas oscuras jugando con el contraste de lo heimlich y lo unheimlich [lo familiar y lo siniestro], en esta oportunidad se acerca a sus personajes de otra forma. Y eso a pesar de tener mucho material para un acercamiento similar: por un lado un escritor moribundo, famoso por su literatura de horror y las tragedias familiares y, por otro, un hombre deforme cuya mera presencia resulta horrorosa. Lejos de eso y con gran habilidad para la síntesis, se puede conocer, entender y tener una buena idea sobre la vida de ambos personajes (lo que evidencia al mismo tiempo una evidente investigación sobre la biografía de Quiroga) que pone a ambos frente a frente de una forma que los llena de dignidad.
El autor navega entre realidad y ficción sin caer en sentimentalismos o en la posible desesperación de quien espera la muerte en medio del dolor, como tampoco en la explotación que la figura de Vicente Battistessa, ese “hombre elefante” argentino, podría propiciar. Su retrato es tan cercano y humano que, a pesar de estar narrado en tercera persona, más que la visión del escritor omnisciente, todo parece visto como en primera persona a través de los ojos de sus dos protagonistas. Aquí existe al mismo tiempo otro punto a resaltar en la narración, pues a lo largo de la misma el protagonismo va pasando de Quiroga hacia su interlocutor y amigo de las últimas horas, como si fuera un movimiento pendular entre muerte y vida.
En otro orden y en un llamativo hecho del destino, el escritor, famoso por sus páginas de horror y por las tragedias que lo acompañaron a él y a su familia, termina sus días enfrentado a un “monstruo” real de carne y hueso, para descubrir, nada más ni nada menos, al ser humano que la sociedad se niega a ver y, así, le brinda su plena humanidad. Esto invita a una pregunta que, casi cien años más tarde, tiene absoluta vigencia: ¿Quién es el monstruo? ¿Qué sucede hoy con los Vicente Battistessa? ¿Qué con los Joseph Merrick (el otro “hombre elefante” inmortalizado por David Lynch)?
Sumado a eso está la decisión final de Horacio Quiroga que también invita a la reflexión sobre la posibilidad de la muerte asistida. Normalmente se habla de su final simplemente como suicidio, olvidando las circunstancias en las que lo practicó. ¿Qué hacer cuando una enfermedad no tiene cura y el tiempo vital final no tiene nada de digno y sólo ofrece insoportable dolor?
Sobre estos aspectos no hay ninguna manifestación del otro Horacio, el autor de “Una larga barba negra”, ya que con maestría y elegancia transfiere estas preguntas a quien lea sus páginas.
Un par de apuntes adicionales antes de finalizar: pueden encontrarse, como en otros escritos del mismo autor, algunas bellas frases que recurren a la sinestesia y, si de intertextualidad se trata, puede apreciarse que el pseudónimo bajo el que se presentó Cavallo al certamen literario ya mencionado está libre de toda casualidad. Juan Darién es el protagonista que da título a uno de los cuentos del propio Quiroga. Para quien no recuerde o no sepa por qué y quiera saciar su curiosidad, queda abierta la invitación a su lectura.
La pregunta es ahora si en la trayectoria literaria de Horacio Cavallo representa este cuento un punto de inflexión, si se abre otra puerta en la forma de aproximación a los temas que trata su escritura. De ser así, resulta a todas luces más que prometedor.










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