Murió David Lynch. Es un día caluroso en Santiago. Asqueroso. Olvidable. Gente violenta en las calles. Algunas miradas feas apuran a los impertinentes en los semáforos. Quien escribe es la impertinencia. Las miradas feas tienen razón. No siempre, pero esta vez sí. Murió David Lynch. Tenía 78 años. Sufría de enfisema pulmonar. No sé qué es eso. Soy una mezcla de impertinencia e ignorancia.

El cine es democrático. Alguien que no sabe lo que es un enfisema pulmonar podría disfrutar, repelerse o emocionarse con una película como Terciopelo azul (1986), igual que un experto en enfermedades pulmonares. Quizás los dos, alguna vez, en la misma sala, de un cine que ya no existe.

Mañana le diré a un amigo que no veo hace tiempo que el cine es democrático. Y él me dirá que el cine es caro. Yo le responderé que es más fácil colarse a ver una película que una obra de teatro. Él no estará de acuerdo conmigo. Le diré que cuando yo tenía 20 años iba al cine de un centro comercial al oeste de Santiago y lo hacía. Pagaba por una película y me quedaba en esa sala hasta cuando se iban todos y después me cambiaba a la sala de al lado. Me perdía el comienzo de esa segunda película, pero como eran funciones rotativas, lo veía después. Hay una posibilidad de que mi amigo me diga: “no es la forma ideal de ver cine”. Y si lo hace, yo responderé: “en el teatro no sería posible”.

David Lynch creó un concepto y un universo. Una situación lynchiana puede ser rara, surrealista, chocante, agobiante. Alguna vez le preguntaron al propio Lynch cómo definiría lo lynchiano. Y él respondió: “Mi médico me ha recomendado no pensar en ello”. En la época de los DVD era lynchiano lo difícil que resultaba conseguir películas como las de él. Debe ser uno de los pocos asuntos en que eso de “todo tiempo pasado fue mejor” es una mentira. Hoy, en pocos minutos, alguien podría conseguir la filmografía completa de David Lynch, aunque a Elon Musk le traiga problemas.

Abro Google. Escribo “Una historia sencilla”. Me aparece en el lugar 1 y 2 el libro de Leila Guerriero sobre una competencia de malambo (danza folclórica argentina). En el lugar 3 me aparece recién la película de David Lynch. Su película más normal, suele decir la crítica de cine. Un hombre mayor decide viajar a ver a su hermano, quien acaba de sufrir un infarto, en una cortadora de pasto. En una película más del sello de Lynch, ¿en qué medio de transporte haría el viaje? El hombre va al encuentro de su hermano, con el que no habla hace 10 años por una pelea, como todas las peleas familiares, muy probablemente por una estupidez.

Abro Google de nuevo. Ahora escribo “David Lynch + Leila Guerriero”. Me aparece lo que estaba buscando. Leila Guerriero le puso ese título a su libro por David Lynch. No tengo cómo confirmarlo, pero el texto, publicado en una web mexicana en 2014, parece confiable.

Una vez mi madre me propuso ir al cine. Cruzamos del campo a la ciudad, tal como cuando íbamos al estadio, y llegamos al Cine Pedro de Valdivia. Yo en esa época también era una mezcla de impertinencia e ignorancia. Pero vi Una historia sencilla (1999) en una sala de cine. Y vi cómo la gente se aguantaba las lágrimas en la escena final, ese momento en que la cortadora de pasto ya no importa. Lynch llegaba igual a la emoción, aunque sus caminos fuesen un tanto más extraños que los de otros cineastas.

Se murió David Lynch. Todo el mundo está compartiendo fotos, historias y frases del hombre del peinado estiloso (sin esfuerzo). Alguno que otro amargo está diciendo en X que ahora que se ha muerto todos hablan de él y que deberían haber visto antes sus películas y bla, bla, bla. “El alma de la fiesta”, podría responder alguien en un comentario de Instagram. Siempre me causa risa ese comentario.

Antes de escribir este último párrafo, abro Youtube y busco la escena de Corazón salvaje (1990) en que Nicolas Cage (Sailor) canta «Love me» de Elvis Presley y se la dedica a Laura Dern (Lula). Después repetiré esta escena de dos minutos y un segundo, y mientras la dejo de fondo, leeré una vez más la despedida de la actriz británica Naomi Watts, que escribió en sus redes sociales lo siguiente: “El mundo no será el mismo sin él. Su mentoría creativa fue realmente poderosa. Me puso en el mapa. El mundo en el que había estado intentando entrar durante más de diez años, reprobando audiciones a diestra y siniestra”.

Se refiere a Mulholland Drive (2001), una película que volveré a ver muy pronto, ojalá en una sala de cine, que seguro será un cine que no existirá para cuando muera otro maestro como David Lynch.

Naomi Watts y David Lynch en el rodaje de Mullholland Drive. Fuente: Deadline.

La foto de la portada es una captura del documental David Lynch: The Art Life (2016), dirigido por Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm. 

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