Cuando llegó a mis manos no supe qué hacer. Debatí si debía leerlo en una sola sentada o si debía dividir el tiempo en capítulos, en relatos; leer un relato por vez. Leí uno enseguida, carcomida por la ansiedad. Leo el primero. Empiezo el segundo. Paro. No quiero que el libro se me vaya tan rápido de las manos. En un momento, el duelo de la pérdida del libro terminó. Leí en el sillón, con Aiden —una caniche— acostada encima de mi pecho. Leí en el banco de madera sin almohadones mientras termino un cigarro. Acarreo conmigo Larvas, el último libro de Tamara Silva Bernaschina, por todos lados. Leí en el auto, mientras Perséfone —mi gata— llora dentro de la jaula. Leo en mi escritorio los últimos dos relatos, Perséfone se baña y se acuesta arriba de las páginas.

*

Siento que trepan cada vez que abro el libro. Siento que saben que las voy a leer y deciden salir por su cuenta a nuestro encuentro. El libro no es largo: unas cien páginas, ocho relatos, pero tantas, tantas larvas. Entre una tapa fantásticamente ilustrada por Lucía Boiani y la contratapa en la que se esparce tímidamente la firma de Tamara, chorrea agua. Capaz sea que, cuando escribo esto, es otro día y ha llovido pacíficamente por momentos. Sin embargo, en Larvas no se conoce de paz. Por eso siento que trepan, siento los brazos viscosos, siento algo que se me atora en la garganta.

Agradezco haber diluído la lectura y haber empezado a escribir sin haber terminado el libro. El comienzo probablemente sería diferente. Empezaría contando que hoy me crucé a una perra, que en el crucigrama apareció la palabra “jauría”; que tuve un déjà vu. Por suerte y por ahora, solo trepan larvas por mis brazos. Cuando era más chica podría haber agarrado alguna, como agarraba los gusanos que papá usó las pocas veces que fue a pescar después de que nos mudamos. Agradezco que este párrafo sea torpe y trancado, ofuscado de información dada de a gotitas. Porque si nos pusiéramos tú y yo —tú, lector, yo, crítica— en nuestros lugares correspondientes y allí nos quedáramos, debería contarte algo sobre el libro, sobre los relatos. Ahí hay pistas.

Hace tiempo que el asco no me detiene. Ningún libro acierta en dar con el pinchazo que me remueva el cuerpo y me haga tener una arcada. Soy físicamente receptiva a mis lecturas. La última vez que me sentí así, y por el bien de este artículo y mi honestidad no puedo mentir, fue cuando leí Los cantos de Maldoror del Conde de Lautréamont, o Isidore Ducasse, como prefieran. Y para una honestidad innecesaria, pero anecdótica, recibí la copia de Larvas en la Librería Lautréamont. Tendría que haberme dado cuenta enseguida.

*

¿Qué le puede seguir a Desastres naturales? Temporada de ballenas. ¿Y a esa novela? Una noche soñé que era poesía, aunque ya sabía que eran relatos. Pero hablamos de Tamara Silva Bernaschina. Hablamos de una gurisa que, con menos de veinticinco años, tiene una de las voces literarias más asentadas entre los jóvenes escritores. Y, si bien podría sacar a relucir sus reconocimientos y premiaciones, prefiero quedarme en otros aspectos: en su voz, en la movilidad y fluidez de su escritura. Sus palabras se mueven como mojarritas.

Saltamos del campo al agua, porque queríamos oír a una ballena. ¿Qué es lo próximo? Redoblar la apuesta. Si su voz narrativa no era lo suficientemente reconocida en sus relatos -no entendería cómo, pero lo respeto-, Tamara vino a dejarla en claro y a codearse con el horror y el disgusto latinoamericano. Más que disgusto, déjenme decirlo claro: asco. Porque el asco también es horror, y qué peor que sentir que todas las mañanas tengas marañas de pelo en el esófago, entre los dientes; qué peor que ir al baño y orinar mojarritas; qué peor que ser chico, chica, y volver a casa con piojos a la tortura masiva: pasar el peine fino y embadurnar la cabeza en remedios caseros. Qué peor que ver casos constantes de personas asesinadas por perros. No sé si recuerdan que incluso hubo un proyecto de ley para prohibir ciertas razas.

Asco. Un asco degustable. Exquisito. Un asco que faltaba en la literatura uruguaya. Un asco insólito e inhóspito, que nos atrapa en una casa hecha de barro bajo una tempestad; que nos lleva a curar a una perra, esa perra que mata. Un asco que te hace rascarte la cabeza sin parar. Kafka: una persona piojo se diferencia de las personas de verdad. “Parezco un piojo, ella siempre es muy persona”, “Mamá misterio. Yo, niño piojo. Mi hermana, lejazo. Mi papá disuelto en agua ácida de tristeza”. Y podría seguir sólo con este cuento.

Pero hay otra cosa que tiene Larvas que no sólo lo diferencia de sus dos obras anteriores, sino que enroscan la catapulta para que llegue más lejos: la experimentación. Tamara ya tiene una voz de cuentista asentada en Desastres naturales y una voz novelística-acuática en Temporada de ballenas. Debía, entonces, apostar a algo más. Y para alguien con su capacidad narrativa y literaria, digamos que no parece haber sido tan difícil. Y es que en Larvas vemos un primer acercamiento al erotismo, a la mención del roce entre cuerpos, de intercambio de agua boca a boca. Sutil, temeroso, pero ahí está, entre los elementos que ella tan bien conoce. Explora con nuevas voces: la inclusión de una posible noticia de una conocida exconductora informativista, la notera en su trabajo de campo; el intercambio. Trae otras textualidades a su literatura por primera vez, sin que sea la voz narrativa la que las cuente. Están por sí mismas. La música también. Ahí está la canción, para cantarla en medio del asco. Se presenta ante nosotros, lectores, sin mediación.

*

La exploración a veces puede salir mal. Los territorios desconocidos son los peores. Pero Larvas insiste en pelearme esta idea. Miro el libro y ese ojo tan rojo me mira de vuelta. Vuelvo a apreciar la portada y me parece que el trabajo de Lucía Boiani es tan, pero tan acertado. Pienso que todo está ahí, resumido. Pienso que, con solo mirarla, podríamos imaginarnos qué viene dentro. Pero es tan sobresaliente que no, que ¿qué podríamos imaginarnos?

El trabajo cuentístico de Tamara va por una colina asegurada, fuerte y, sobre todo, penda. Ni una palabra sobra, ni una palabra falta. Tamara escribe con lunfardo, con uruguayismos. Tamara sabe dónde darle a la tecla para que la nota paralice a su lector. Aprendí, gracias a este libro, que «Aiguá» es «agua que corre» en guaraní. Larvas también es aiguá.

Una respuesta a “Arcadas latinoamericanas”

  1. Avatar de mapilarchasquenet
    mapilarchasquenet

    Gracias! Muy bueno el texto!! Abrazos!!!!!!!!!!

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