“Necesitamos que los productores entiendan que las personas son los mejores efectos especiales”. Así se refería a lo que busca con su cine el director noruego Joachim Trier, en entrevista con el periodista Gregorio Belinchón para el diario El País, en noviembre pasado. La frase, cómo no, es una declaración de principios de un realizador que hace tiempo viene destacando en el panorama del cine contemporáneo, pero también es una buena manera para referirse a Valor sentimental, la película que lo trae de vuelta a las salas de cine, después del éxito que tuvo con La peor persona del mundo, en 2021.
Protagonizada por Renate Reinsve, Inga Ibsdotter Lilleaas y Stellan Skarsgård, la película tuvo su estreno en el Festival de Cannes 2025, donde obtuvo el Gran Premio del Jurado. Desde entonces, ha tenido una entusiasta recepción de crítica y de público y quizás esto se deba a la fuerza que posee como casi tragedia familiar, visceral y reflexiva, que no necesita caricaturas ni chistes con doble sentido para encumbrar la bandera del género dramático frente a los espectadores. Un drama que se sigue con atención, emociona y también hace reír, con un humor filoso y tierno, tal vez noruego, no lo sé.
En la línea de sus admirados Ingmar Bergman y Pedro Almodóvar, Joachim Trier cuenta la historia de una familia trizada por la ausencia de un padre, Gustav Borg (Stellan Skarsgård) y el rencor que genera ese egoísmo del no haber estado en sus hijas Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas). Es un padre que también es cineasta y está en un momento crítico de su vida. Ha entrado en la adultez, el mundo empieza a hacerle notar que ha cambiado —el cine también— y ha estado varios años sin hacer una película de ficción. Esto lo ha vuelto a poner frente a sus hijas, sobre todo a una de ellas, a quien le hace una oferta para que protagonice un guion que revisará su propia historia familiar, incluida la casa, como escenario capital del proyecto, ya que también lo es para él, para Nora y para Agnes.

Nunca es fácil cuando el cine se pone al servicio del arte. Está el peligro de asfixiarse. El cine dentro del cine suele caer en los lugares comunes propios de la creación artística y a veces, incluso, una historia puede quedar reducida a los clichés de cosas que pasan en los rodajes, lo que simplifica cualquier buen intento de acercarse a la realización audiovisual.
El gran mérito de Joachim Trier con Valor sentimental, escrita junto a Eskil Vogt, es que toma ese punto de partida, con el que muchos espectadores probablemente no tengamos nada en común, y te lo cuenta como una historia que podemos mirar o escuchar por la ventana, en todas esas pequeñas películas que nos rodean a propósito de estructuras familiares. Lo hace con intensidad, con dolor, pero también haciendo una radiografía al acto mismo de contar historias. También a la filosofía de la ficción que hay detrás de disciplinas como el cine y el teatro, que están presentes en esta película. Podemos añadir la literatura. A fin de cuentas, debajo del arte, cree Trier, la comprensión humana termina siendo lo único que en verdad importa.

Renate Reinsve, la actriz que hipnotizó a la audiencia en La peor persona del mundo, vuelve a generar el mismo efecto con Valor sentimental, pero ahora lo hace en compañía de Inga Ibsdotter Lilleaas, su hermana en la ficción. Una de las escenas de mayor fuerza dramática y talento actoral las reúne a ambas hablando del pasado. Nunca es fácil hablar del pasado cuando este arrastra deudas pendientes.
Hace muy poco descubrí en YouTube el gran cortometraje Sweet Things (2017), dirigido por Henry K. Norvalls, con Reinsve de protagonista, y pensé que lo que está sucediendo con ella en la actualidad era solo cuestión de tiempo. El mito de la actriz que abandonó la actuación para dedicarse a la carpintería, hasta que recibió el llamado de Trier, circula por varios medios de prensa internacional junto a la palabra Oscar.
Al reparto ya mencionado se suma Elle Fanning, quien personifica a Rachel Kemp, una actriz estadounidense que viaja a Noruega para protagonizar el guion de Gustav sobre su familia. Es un personaje pequeño, pero interesante, ya que cuestiona las posibilidades de la ficción, la que vemos los espectadores y la de la película que se intenta hacer dentro de Valor sentimental. La voluntad de su personaje contrasta con el mundo al que quiere acercarse. La consecuencia de esto dará paso a un final singular —mientras suena el cantante y poeta británico Labi Siffre—, que remarca a Joachim Trier como un director que no quiere hacer películas de fórmulas fáciles.









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