Un hombre camina por Paseo Ahumada con un bidón de bencina. Son las dos de la tarde de un miércoles y la gente, como en cada agosto, se ve abrigada. El viento de la mitad de año levanta algunas hojas que se agolpan frente a la puerta de vidrio del Dominó, uno de los clásicos para comer en el centro de Santiago.

El hombre se para en el pórtico de un edificio antiguo, al lado de una carpa hecha a sábanas y frazadas sucias. Las personas comen y fuman cigarros. Las palomas picotean lo del piso y entre los árboles, con pocas hojas, hay un tronco gris y delgado con taladros.

Me llamo Gastón Sagredo, tengo 55 años y he sido escritor, poeta, cantor y fui timón en la humedad de mi cocina. He vivido bajo las grietas de los estacionamientos y me ahogué de sudor en los veranos que parecían ser los últimos que podía ofrecerme la existencia, ahora es invierno. Intenté agradar a mis cofrades que nunca supieron de mí, escribiendo de política y el amor por la vida. Aun así, no fue suficiente para mí la indiferencia que abruma. Recorrí buscando la calle infinita, me arrojé a un estadio lleno de moscas, tropecé en mis grietas quebradas, tanto así que llegué a odiar sin querer ser odiado. Anoche soñé que me moría, fui feliz.

Una pareja de carabineros le pide el carnet a un vendedor ambulante que ofrece productos de cocina. Un quiosquero sale a fumarse un cigarro para ver el procedimiento mientras un perro le mea el pantalón.

He sido vividor y ermitaño. Mi vida fue normal y escribí sobre la normalidad de las situaciones cotidianas que un hombre puede acontecer como persona. Escribí sobre suicidios a la luz del día y sobre las personas pidiendo la cabeza del que todavía no se tiró. También sobre la indiferencia y la diferencia. Vi a los budas quemarse contra el Estado y observé también a los pájaros cantar siendo comidos por un gato. También he sido hueón.

Dos hombres de terno y corbata se limpian la boca. Comen un completo italiano, sentados frente a Gastón. Por la chucha, exclama uno al que se le cayó un poco de palta en la solapa. Su compañero ve el reloj y le comenta que quedan diez minutos antes de volver a trabajar. Déjame fumarme un puchito y entramos, le responde.

Mis amigos no murieron de asbesto, porque nunca tuve amigos. Pero mi cuerpo sí se quemó en el asbesto dulce. Quise beber de los orines que contenían las botellas que habitaban en las plazas, cuando tuve sed. Por mi complacencia fui amable, pero nunca recibí respuesta alguna, ningún comentario sobre las cosas que hice, ni siquiera para saber si estuve mal, y solo Dios sabe que la indiferencia es el peor de los pecados al que hemos sido expuestos.

Una prostituta se fuma un cigarro mientras mira de reojo el tránsito de la gente. Está bajo un poste de luz apagado. Lleva ahí unos cinco minutos. Se da cuenta de que los dos tipos de terno y corbata también la observan. Les levanta las cejas y esboza una sonrisa.

Caminé horas escalando los taladrados alaridos y ladridos, buscando el silbido montañoso en las calles, pero solo encontré cerros de basura y lagos de pichí en cunetas, de las cuales logré sentir el sabor de Santiago amargo.

¡El compañero Acevedo! ¡Presente! ¡Ahora! ¡Y siempre!, grita un grupo de personas con banderas y pancartas. Un hombre viejo y barbón comanda los gritos, una señora va entregando panfletos a los que pasan.

Una vez intenté cobijar a un perro que encontré en la carretera. Tenía las tripas deslizándose y el cráneo reventado con los sesos manchando mi pantalón. El perro sufría y con cierta ironía quiso curar las heridas que brotaban de mi cuerpo. Lamió las llagas de mis codos pelados y de mis rodillas, la sangre de mi nariz.

Otro hombre de terno y corbata lee el diario, mientras un señor le lustra los zapatos.  Mira la hora y sigue leyendo, en la portada aparece que un tipo quiso hacerle el amor a un rodamiento. El hombre de terno intenta leer la noticia más de cerca, mientras el ruido de una pelea lo interrumpe.

Me acribillé en las bancas de esta ciudad, en plazas, veredas y cunetas sintiéndome febril por el frío. Dijeron que de mí solo venían galimatías absurdos y sufrí por las cosas que nunca llegan. Hablé con gatos, los únicos capaces de llevar ratones a mi umbral, los únicos capaces de rasgar mis tripas a favor de tener un poco de mi carne ácida. Ahora nunca más dejare el sentimiento aletargado del insomne nocturno.

Una mujer que trabaja de captadora en una óptica comienza a pelear con la captadora de al frente. Este es mi territorio, se oye mientras los dedos que se apuntan pasan a ser empujones y luego manotazos hasta terminar en agarradas de pelo. El hombre de terno al que le lustraban los zapatos deja el diario en su regazo y comienza a ver la pelea.

Una banda de jazz se instala en la esquina y tocan Pharaoh’s Dance de Miles Davis.

Los ratones muertos que trajeron los gatos caminaron de noche por las calles de mi buhardilla. Mientras dormía se metieron a mi cama y se introdujeron por mi ano, mi ombligo, mi boca y mi uretra. Se adentraron en mis intestinos haciéndome cagar en cualquier momento. Ahora estoy rodeado de mierda y mierda soy mientras les hablo.

Gastón saca chaya de su bolsillo y comienza a tirarla sobre la gente. Las chayas son más bien picadillo de papeles cafés.

Suenan gritos, manotazos y rasguños. Las personas escuchan la pelea y se amontonan a ver. Están los hombres de terno, que se olvidan de entrar al trabajo, la prostituta que ya no está en su poste sin luz, el lustra zapatos con su cliente, el quiosquero que se fuma otro cigarro. El perro que meaba los pies del quiosquero ahora mea los pies de la pareja de carabineros que también observan, y el vendedor ambulante contempla a las mujeres desgarrarse el cuero cabelludo.  

Los músicos de la banda de jazz tocan mirando la pelea. Un haitiano los rodea moviéndose al ritmo de la música.

Las captadoras gritan hasta romperse la tráquea, en sus manos presumen motas de pelo con piel, sangre y caspa. Algunos graban con sus celulares. La gente se amontona y el ambiente huele a óxido y basura quemada

Soy Gastón Sagredo y tengo 55 años. Fui escritor, poeta, tripulante y timón en la humedad de mi cocina. He sido el cuero cabelludo de una mata de pelo y el pie de un árbol meado. He sido la mirada lasciva de un oficinista pervertido y la propina de un café con piernas. He sido el colaless de una prostituta y el poste que la sostiene. He sido papel de diario y un zapato sucio. Soy Gastón y tengo 55 años. Soy un ratón muerto comiéndose las vísceras de un perro en la ruta panamericana. Soy la botella de una plaza llena de orina. Soy el tomate reventado en el cemento de la Vega Central.

Gastón comienza a rociar el piso con bencina, prende un fósforo y lo tira sobre el líquido. Se sienta en un peldaño de la escalera y comienza a ver la pelea.


Tomás Araya es periodista y licenciado en comunicaciones de la Universidad Andrés Bello (Chile). Los últimos dos años ha vivido en Australia, trabajando en una plantación de marihuana, ubicada en Hobar, Tasmania.

Fuente de la imagen: revistasantiago.cl

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