Hay algo profundamente extraño en ver cómo se produce conocimiento. Vengo de unos días intensos: universidades de Europa y América Latina reunidas, investigando los cruces entre turismo, literatura y cine. Proyectos sólidos, bien diseñados, con ambición de explicar cómo se construyen los relatos sobre los territorios y las experiencias.

Y, sin embargo, algo faltaba.

No era un dato.
No era una metodología.
Era una ausencia más estructural.

La perspectiva de género no estaba.

Ni como problema.
Ni como variable.
Ni siquiera como incomodidad.

Y entonces pensé: tal vez la academia no está experimentando.
Tal vez está repitiendo.

Repitiendo una forma de mirar que se construyó hace siglos, cuando las universidades eran territorios exclusivos de varones, cuando lo universal tenía un cuerpo bastante definido, cuando lo que no entraba en esa forma simplemente no se nombraba.

La academia sigue hablando en ese idioma, aunque ya no lo reconozca como propio.

Y eso se vuelve especialmente evidente en campos como el turismo, la literatura y el cine, donde lo que está en juego son las miradas, los relatos, las representaciones.

Porque no hay relato turístico sin punto de vista.
No hay cine sin mirada.
No hay literatura sin voz.

¿Quién narra los territorios?
¿Quién los habita en esas narraciones?
¿Quién queda fuera de escena?

Fotograma de Legally Blonde (2001 / MGM/20th Century Fox)

Lo curioso es que, al mismo tiempo, otros sistemas aprendieron —por razones muy distintas— a no repetir.

El mercado, por ejemplo.

Desde que en 1956 Wendell R. Smith comenzó a segmentar, se entendió algo básico: que no existe “el consumidor”, sino múltiples formas de habitar el mundo. El género fue una de las primeras variables para diferenciar, clasificar, dirigir.

Se hizo muchas veces mal, reforzando estereotipos, simplificando identidades.
Pero incluso en sus errores, se reconocía una diferencia.

Hoy esa segmentación ya no puede sostenerse en lo binario. Se complejiza, se expande, incorpora nuevas identidades, nuevas sensibilidades. No por convicción ética necesariamente, sino porque necesita comprender mejor.

El mercado experimenta porque necesita afinar.
La academia, en cambio, muchas veces generaliza para sostener coherencia.
Y en esa generalización pierde espesor.

¿Qué pasa con el turismo cuando no vemos quiénes trabajan y quiénes disfrutan?
¿Qué pasa con el cine cuando no analizamos quién mira y desde dónde?
¿Qué pasa con la literatura cuando seguimos llamando “universal” a una experiencia situada?

No es solo un problema de inclusión.
Es un problema de calidad del conocimiento.

Porque lo que no se nombra no desaparece.
Solo deja de ser comprendido.

Quizás la pregunta no sea por qué falta la perspectiva de género.
Quizás la pregunta sea más incómoda: ¿qué tipo de conocimiento estamos defendiendo cuando elegimos no incorporarla?

Experimentar implica incomodarse, revisar categorías, aceptar que lo que parecía universal era apenas parcial.

Repetir, en cambio, es más sencillo.
Más ordenado.
Más reconocible.

Pero también más pobre.
Y en algún punto, insostenible.


Imagen de portada: Fotograma de Sin techo ni ley (1985) de Agnès Varda

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