Una tarde calurosa del verano chileno. La opción es ver un cortometraje. Quiero creer que el algoritmo no fue, perdón por la ingenuidad. YouTube me ofrece uno, pero me lo salto. Voy por un vaso de agua. Regreso y ahora sí que sí. Pongo play. El calor se me olvida por 25 minutos. Curiosidad. Una sonrisa. Ganas de estar ahí. Emoción. Quiero saber todo sobre este cortometraje. Pero no hay mucha información. Me recuerda a la primera vez que leí un poema de Cecilia Casanova. Y me costó, pero encontré sus libros. Me repito el corto y empiezo a buscar respuestas.
El cortometraje se llama Nueva York y sucede en Montevideo. Según IMDB, fue producido en 2023, aunque la fecha de publicación en YouTube es agosto de 2025. El nombre de su director es Ismael Krall. Busco su nombre en Google. Una página me ofrece algo que quiero leer. Hago clic y me encuentro con un “lo siento, pero no tienes permiso para ver este contenido”. Frustración. Conozco muy bien esa frustración. Intento combatirla con la búsqueda de las canciones de Abuela Coca que suenan en el corto.
No siempre pasa. No. Eso de ver un cortometraje y añorar que sea una película de una hora y media o más. No mucho más. Entrar en la historia y quedarse un rato ahí, entre medio del paisaje, de las calles y los personajes. Flotar en ella y volver a la realidad con una sonrisa.
Nueva York cuenta la historia de Benjamín, personificado por Agustín Gambetta, quien trabaja como empleado en un antiguo bar de la ciudad, mientras en paralelo sueña con dedicarse a la fotografía. La vieja y repetida cuestión del trabajo por un lado y la vocación por el otro. ¿Cuántas historias de artistas de doble militancia se han oído? Muchas.
El problema es que Benjamín está confundido. Quiere hacer fotos como si estuviera en Estados Unidos, pero está en Uruguay. Y eso tendrá sus consecuencias. Para bien y para mal. Y me detengo aquí sobre la trama del corto, porque quiero que todos tengan la chance de llevarse el encanto de un buen truco de magia, como ha sido para mí descubrir esta historia. Lo último: se llama “Nueva York”, porque ese es el nombre del bar. Y, claro, hay un pequeño iceberg ahí.

Supongo que por su trama, el corto de Ismael Krall me recordó la carta que le escribió el fotógrafo chileno Sergio Larraín a su sobrino en 1982, lo que no es para nada raro. La carta se me aparece muy seguido en la cabeza cuando pienso en los motores que me hacen seguir confiando en la escritura y la lectura.
“El juego es partir a la aventura, como un velero, soltar velas. Ir a Valparaíso, o a Chiloé, por las calles todo el día, vagar y vagar por partes desconocidas, y sentarse cuando uno está cansado bajo un árbol, comprar un plátano o unos panes y así tomar un tren, ir a una parte que a uno le tinque, y mirar, dibujar también, y mirar…”. Esto es parte de lo que dice el manifiesto de Larraín, que al menos para mí, tiene más valor que todas las entrevistas que pueda dar Josef Koudelka sobre el acto fotográfico.
Hago esta referencia, porque en el documental Sergio Larraín, el instante eterno (2021), dirigido por Sebastián Moreno, Koudelka expone una crítica a Larraín por haber abandonado la fotografía. Cabe mencionar que el chileno renunció a la agencia Magnum, a fines de los sesenta, para dedicarse a la vida espiritual.
El mito de Larraín ha sido encumbrado por la historia de su foto que inspiró el cuento Las babas del diablo de Julio Cortázar. Esa de que, al revelar una imagen, tomada en la catedral de Notre Dame en París, el chileno repara en que ha capturado a una pareja en un acto sexual. Tiempo después, el director italiano Michelangelo Antonioni, tomaría como base el cuento para hacer la película Blow-Up (1966).
En ese universo paralelo que ocurre cuando uno ve una película, o un corto en este caso, con el que se conecta de forma especial, aparecen vínculos creativos insospechados y deseados. Me gustaría que la confusión de Benjamín en el cortometraje Nueva York tuviera un flirteo con la carta de Sergio Larraín. Es más, me gustaría entrar en la historia y pasarle yo mismo la carta.
Mientras pienso en esa última idea, me acuerdo de Roberto Bolaño cuando, a propósito de Larraín, en un texto de su libro Entre paréntesis (2004), escribe: “Me gustaría decir que en alguna de sus fotos he vivido”.
Ya será el momento en que yo pueda habitar en Nueva York, pero en el de Uruguay, no en el de Estados Unidos.









Deja un comentario