Compra, venta, canje

Me da un poco de vergüenza decirlo pero mi vieja siempre le contaba a todos que a mi me gustaba leer el diccionario cuando era chico. Un día me regalaron un Larousse ilustrado. Tenía unas hojas rosadas en el medio con refranes en latín y sus correspondientes comentarios, a cada lado de las páginas el diccionario y la enciclopedia. En las caras interiores de las tapas que no recuerdo, tenía todas las banderas de los países reconocidos hasta entonces. Me gustaba leer el diccionario. Diez años después los libros de la biblioteca del hogar no tenían lo que yo buscaba. En cambio ofrecían policiales, best-sellers y algún que otro latinoamericano del boom. Un día iba caminando por la Plaza Matriz. Había una feria que estaba casi para levantarse. Un hombre vendía libros sobre una mesita endeble de madera. Estaban ahí todos los que tenía que leer. Era la época del Jim Morrison de Oliver Stone, había que leer a Artaud, a Blake, a Rimbaud, a los beatniks. No podía comprármelos, era un jovencito sin un mango en el bolsillo y una boletera.

Fui a mi casa a pedir plata para comprar aquellos libros. Me dijeron que no y me enojé terriblemente. La transacción fue que un amigo de la casa, vendedor de usados en una librería céntrica, me prestara unos cuantos libros de su casa-biblioteca: Bakunin, Cortázar, Huxley. Ahí estaba, en un colchón tirado en el piso de mi cuarto, leyendo Las puertas de la percepción de Huxley. Pero el bicho no se me fue. Y con la guita que mis viejos finalmente soltaron empecé a vagar por Tristán Narvaja en busca de libros usados. Poesía y precio, esos eran mis dos principios. Así me llené (es un decir) de mis primeros libros: una antología de poesía “universal” que tenía dos o tres poemas de Ginsberg (los de Ginsberg salían caros), un libro que tenía a la delantera francesa de ensueño: Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé, algunos de Último Reino, la edición de Bruguera de El almuerzo desnudo, una vieja edición de Losada de On the road de Kerouac, y alguna cosa más.

Me nutría de otras fuentes: mi viejo compraba La República todos los días, como un reloj. Recortaba y guardaba las notas de Forlán Lamarque, coleccionaba celosamente La República de Platón (eso todavía lo conservo) y todos los libritos mal impresos y de papel obra que publicaron por años: colección Benedetti, una enciclopedia de tapas negras, una colección de cuentos de verano, una biblioteca popular con un repertorio variado de autores, investigaciones periodísticas. Y la biblioteca del liceo, a la que me animé a robarle un solo libro: Así hablaba Zarathustra de Nietzsche.

Leer y escribir son una misma cosa. Así que empecé con mis “poemas” mientras esperábamos a que llegara el día y la hora del comienzo de la Guerra del Golfo. Poemas de amor y contra la guerra, claro. También existió el Festival Internacional de Poesía que se hizo en Montevideo. En Amarillo vi fascinado a un hombre de gabardina subir por una escalera mientras Luis Bravo leía desde las alturas. Esa misma noche Lalo Barrubia hizo tremenda performance y quedé obnubilado. El día antes o después, fui al Planetario a escuchar a no me acuerdo quién, tuve la suerte de conocer a Arturo Carrera que me regaló un poemario que todavía conservo, y Marosa de Giorgio me dejó un recuerdo vago de un vestido extravagante.

Podría seguir agregando libros y personas que conocí y que fueron ensanchando mi experiencia como lector y como escritor. Pero voy a evitarles el mal trago. Voy a ser breve. Ya en el liceo nos entrenaron para analizar literatura: los géneros, la lista interminable de figuras retóricas, los “clásicos”. Y también los profesores que te partían la cabeza: Weiss que nos leía poemas de Carver o de Bukowski un rato antes de arrancar con el análisis de La Biblia, que traía al liceo al Bocha Benavídes o a Gabriel Peveroni para que conversaran con nosotrxs, o Hugo Mieres que apostaba que nos iba a gustar Vallejo al final del año. Y de pronto estaba en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Comencé a leer fotocopias para escribir parciales a mano, a sacar libros de la biblioteca, y a comprar alguno, cada tanto y con el crédito de la casa, en aquella librería liderada por un (en aquel momento) anónimo escritor porno.

Por supuesto que la preocupación de la familia, y de los amigos de la familia, era de qué iba a vivir. Así que antes de entrar a la Facultad, empecé a estudiar diseño gráfico con Hugo Alíes. No terminé la carrera, pero aprendí algunas cosas de diseño editorial y algunas herramientas informáticas. Con esos rudimentos ayudé a diseñar y publicar una revista literaria en Facultad, y también el boletín del Centro de Estudiantes. Después integré el equipo editor de un boletín mensual que sacaba la organización en la que hice mis primeras experiencias políticas. Lo diseñábamos en interminables noches con amigxs. Por supuesto que no me enriquecí con esas actividades, apenas me dieron unos pesos el logo y los volantes que le hice a un ex-cuñado para sus clases particulares de economía (Gracias, ex-cuñado).

La Facultad me dio un montón de herramientas y también me alejó de lo que se llama “escritura creativa”. Ahora que lo pienso no sé qué significa eso y por qué viví contraponiéndolo al ensayo o al artículo académico. Solamente alguien que no se quedó hasta las 4 de la mañana peleando con una monografía para entregar, puede decir que no hay actividad creativa ahí. Ojalá hubiese sabido eso antes, porque me formé pensando que lo que hacíamos no tenía nada que ver con la literatura. Qué pelotudo. Hice la licenciatura trabajando en dos librerías: una en Tristán Narvaja y otra en Carrasco. En el medio vendí libros con tres queridísimas compañeras de la Facultad y luego con quien es hoy mi compañera en esto de vivir y educar a dos niñas.

Y algún día egresé. Pero un poco antes, y contrariamente a lo que pensaba mi familia y los amigos de mi familia, empecé a ganarme unos pesos como investigador y luego como docente. Hace 16 años que me gano la vida enseñando a leer y a escribir (bajo estricta vigilancia de las normas bibliográficas) sobre literatura. También hubo gente irresponsable que me invitó escribir en un diario. Escribí unas pocas reseñas y artículos e hice algunas entrevistas. También escribí un número (uno solo) de un suplemento de Educación. Quiero ofrecer mis disculpas a todos los periodistas del mundo por eso. Y agradecer a aquellos irresponsables por todo lo que aprendí, especialmente a Gabriel Lagos. El bicho de la comunicación quedó ahí, por eso tengo esta página (leer en voz baja: y también tengo un blogcito de poemitas).

Si me animo a escribir todo esto es porque hace unos pocos meses, un poco por una inquietud que tenía y otro poco por circunstancias azarosas, me decidí a empezar un proyecto editorial. Vi mi nombre impreso en diferentes formatos, pero ahora quiero agregarle al mundo más libros escritos por otros. Y esa es una tarea colectiva, como las anteriores. Un escritor y periodista profesional (Víctor Hugo Ortega), un gran ilustrador (Daniel Mosquera) y una diseñadora de verdad (Valeria Sierra), son los primeros cómplices de esto. Cuando escribo “docente e investigador” en esas frías mini biografías que piden en las revistas, todo esto está en el fondo. Y si lanzo este tramposo ejercicio autobiográfico, lleno de otros, es porque todo lo que hice se puede sintetizar en una sola circunstancia: convertirme en un lector voraz.

5 comentarios en “Compra, venta, canje”

  1. Qué maravilla, Ale. Me llena de alegría y de entusiasmo el nacimiento del proyecto editorial de Sujetos. Y por supuesto que ya me estoy metiendo a tu blog de poesía. Abrazo grande!

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    1. Hola Jorge ¡muchas gracias por tus palabras y por el entusiasmo y la alegría! Espero que el proyecto pueda servir para abrir caminos de reflexión sobre el mercado de la cultura y sus desigualdades. Espero tus comentarios sobre mis “poemitas”. Gran abrazo, la seguimos

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  2. Ale, me alegra mucho leer este post. Conciliarse con la idea de la escritura como camino nos ha llevado tiempo a varixs. Pensar que eso puede ser un oficio, pasión o carrera, resulta más difícil de lo esperado. Ni te cuento para quienes no logramos seguir los caminos de la academia y terminamos errando como lobas solitarias. Pero acá estaos, proponiendo, dándole unos párrafos a la vida. ¡Mucho todo en este nuevo comienzo! Abrazo.

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