A continuación, el primer capítulo de la novela Por una fortuna una cruz (1860) de Marcelina Almeida, la primera publicada por una mujer en Uruguay, con cambios en la ortografía y la corrección de algunas erratas.

“Niñas” de Petrona Viera (1895-1960). Óleo en tela. Fuente: MNAV.

POR UNA FORTUNA UNA CRUZ

Exposición de las personas del Romance

CAPÍTULO I

No vamos a mentir como romancistas lectores: vamos al contrario, a referir simplemente, la verdadera historia de una mujer joven, que personas de su cercanía nos han referido textualmente.

– ¿Será necesario decir el país en donde nació, cuáles eran sus padres; dónde pasó la historia y si la mujer era bella?

– Es absolutamente necesario nos responde la ley suprema del pueblo; y nosotros, pobres diablos que seguimos a la letra la palabra del pueblo; empezamos a denunciar el país, la familia, y a delinear la belleza como nos es posible, se entiende: ¡y quiera Dios que no nos salga como el primer embrión de todos los caprichos de Goya!


La familia, era una de esas pobres familias que vienen como por vía de industria, a la América del Sud desde Burdeos, como desde Canarias: desde Galicia, como desde los alrededores y el centro de Génova. Esta, venía de Burdeos: marido y mujer honrados. Traían dos hijos crecidos, y muy mal criados como decimos en familia, y con la esperanza y la posibilidad de duplicar el número.

Llegaron a Chile, donde fueron bien atendidos: y por abreviar la narración, diremos que al fin de unos 15 años, ya tenían una fortuna a costa de trabajo: otra hija muy bella, de la misma edad de la fortuna, que se llamaba Inés; y la ambición de colocar a aquella hija mas allá de ellos mismos: si esto pudiera admitirse en su orgullo provincial.

La familia tenia el apellido de Picotti; y entre las personas que cultivaban su sociedad, se distinguía un sujeto cuyo nombre era Pedro Lemaître; sujeto de porte grave, al que todos le daban por esta circunstancia, el nombre de juicioso no siendo tal vez, sino un hombre de carácter duro: y se distinguía, porque se había constituido el caballero servente de la Señorita Inés.

Inés iba al Teatro; Pierre Lemaître, le tendía su rollizo brazo. Inés iba al baile, Pierre Lemaître le llevaba el schál y el bouquet: en fin, se había hecho necesario el Señor Pedro a la familia Picotti, menos a Inés, que involuntariamente desviaba su brazo del de Monsieur Pierre, y aunque fuera con el pretexto de plegarse una cinta desceñida de su seno, probaba que quería ser libre de aquel yugo que le imponía la sociedad y la cotidiana persecución del hombre que la acompañaba a todas partes.

En cuanto a los dos viejos, pues ya lo eran, locos de alegría iban repitiendo a cada paso de la pareja: -“Qué felices seremos si Inés se casa con este Monsieur Lemaître: hombre que no es un muchacho, sino un hombre que pasó su primera juventud: hombre de gran fortuna; ¡y quien sabe! por las palabras que él dejó caer anoche debe de ser o Marqués, o algún príncipe incógnito que viaja por distraerse y trabaja a la vez.”

En cuanto a Inés, iba diciendo, sin que falte una letra a esta secreta conversación del alma.

-“¡Ah! Si en vez de este hombre viejo, pesado, uniforme como el reló de box que está en nuestro comedor, viniera a mi lado Claudio! ¡Si en vez de mirar esta cabeza demasiado seria para mis ojos de quince años, viera la rubia y cándida cabeza de Claudio! ¡Si en vez de esta voz destemplada, tan seca para mis oídos de quince años, escuchara la voz argentina y apasionada de Claudio!”.

“¡Pero este viejo es mi demonio: es la pesadilla de mi alma! ¡Despierta, héle ahí, con el paltó marró; el sombrero negro; la corbata negra y los ojos desarrollados en venas sanguinolentas! ¡Si duermo, se me aparece con su mano ruda y bastarda hiriendo mi corazón; marchitando mi juventud, y lanzándome al porvenir de un eterno llanto! y Claudio, dulce y suave como esas flores del templado clima del mediodía; con su boca sonriente de amor y de esperanzas, llamarme como un loco: ¡y yo! ¡asida á este yugo: agonizando de odio y de fatiga, de desesperación y de amor por Claudio, gritar: ¡viejo, maldito seas, maldito, maldito!”

—Esta conversación inédita de Inés, no dejaba de ser verdad porque era inédita testo a mil autores sobre esto.

En cuanto a Monsieur Pedro, nos hacemos responsables de lo que decía.

—“Si: ¡la amo! como dijo el viejo da Silva en Hernani, arrastrado de amor y de celos pero es demasiado joven para mi, yo no me alucino, por mas que alucine a otros, o lo pretenda: ¡no! yo tengo 56 años: soy de un carácter severo hasta la amargura: las muchachas necesitan galanteos bromas, celos, ¡qué sé yo! Si hago el dandy, Inés se mofará. Si hago el astuto, Inés creerá que me he vuelto el Don Bartolo del Barbero de Sevilla; y si hago Monsieur Pedro Lemaître, en su tono natural, Inés me detestará.

—“¿Qué arbitrio en este caso?—Una mentira. Fraguar con mucha arrogancia, e indiferencia estudiada que tengo una gran fortuna, insinuarlo sin dejar comprender el intento, en el espíritu de los dos viejos ambiciosos; y dejar andar las cosas hasta que el proyecto madure”.

Tales eran en efecto, las personas principales de esta historia; excepto, los dos hermanos de Inés que habíamos olvidado trazar aunque de paso sus señales, para darles sus pasaportes para cualquier sitio del mundo a donde se dirijan.

El mayor era Antonio de Paula Picotti: joven hasta los 28 años, de estatura pequeña, rostro atezado, cabellos lacios, fríos como si se les hubiera prestados un difunto; ojos de víbora, diminutos hasta necesitar la doble óptica para distinguir en ellos la pupila: dientes enormes, las piernas convexas; flaco, enfermizo, y con un carácter extrañado, en dos raíces funestas; una envidia profunda de todo y por todo: y una ciega vanidad de nada y por nada.

El segundo se llamaba Anjel—sin duda por que era un demonio; a no ser que los ángeles terrestres tengan por excelencia, las cualidades prescriptivas de la raza satánica—Anjel era alto, cabellos colorados, ojos verdes, boca grande y desabrida: espaldas capaces de sobrellevar el peso que cargó Arquímides sobre sus hombros: y con un estilo de métome en todo, y disimulo a la vez; que llamaría la atención de un fisonomista el mas concienzudo. Aparentemente, era un pobre diablo; pero en el fondo, era un verdadero diablo.

Inés al contrario, como sirviendo de faro a los navegantes de la vida, en el inconmensurable espacio, en el cual Dios se servia separarla de aquellos tópicos de la naturaleza estraviada; se destacaba bella y protectora del bien y la esperanza. Su cabeza juliánica, daba el testo a las bellezas de la época:—ojos negros grandes y palpitantes de una vida íntima y entusiasta a la vez, ceñidos por pestañas de un negro mas perfecto todavía, animaban el límite de un rostro entre grave y dulce; dotado de una piel blanca y transparente, como las flores de la Caña mariposa.

Su estatura era mediana: una cintura finísima, unas manos al estilo de los modelos, de que se valen los pintores para estudiar el difícil dibujo de las bellas manos, hacían un complejo de verdadera gracia y belleza de estilo.

Su educación a la cual habían atendido extraordinariamente sus padres, acaso con doblada intención; era mas que esmerada, superior. Conocía y practicaba todas las lenguas vivas, y los sistemas de Lavater y Gall; y la Historia del mundo y su Geografía, le eran perfectamente familiares, como los trabajos de aguja, a que dedicaba su tiempo cotidianamente, por gusto, o por economía de familia.

Había además, en esta niña, el germen innato de las ideas, pero de las ideas en flor. Santa semilla que germina en la cabeza del adolescente, hasta que llega a tocar con la amarga raíz de esa planta exótica, herencia propiamente del viejo, que se atreve a cruzar la patria del amor y de la juventud, en nombre de la experiencia.

Tal era Inés; y para que conociéndola se ponga en aptitud amigable con los lectores, añadiremos que además, Inés había soñado con esa santa impresión, que en la tierra llamamos Amor, y le había soñado como es natural según su manera de ser.

El ideal, era uno de esos hombres pálidos de cabellos negros y suaves; ojos lánguidos y ardientes, como si las refracciones del acero disputaran a la luz del sol sus misteriosos rayos: y bajo la existencia de una pasión inmensa: hombre triste, profundo, y quien sabe si hasta desgraciado por ella…

Las mujeres adivinan en la infancia su destino.

Claudio, era el compendio de su ideal: no su ideal mismo. Pero era joven: la amaba locamente: ella no creía engañarse amándole por su parte con ceguedad: y después al lado de Monsieur Pierre Lemaître, ¡otro menos a propósito que Claudio habría bastado para hacerla jurar que moría de él y por él!

Tal era la situación de Inés, en el momento a que nos referimos.


Así comienza la historia, con una Inés de 15 años forzada a casarse, por conveniencia familiar, con un hombre de 56. Pueden seguir leyendo la historia, que está en dominio público, y que tenemos gracias al trabajo del sitio autores.uy. La obra es un alegato contra el matrimonio por interés, a la vez que rinde tributo al amor romántico.

En 1991 la investigadora Virginia Cánova re-publicó esta novela en el marco de un proyecto de recuperación de narrativa uruguaya olvidada (para saber más sobre su proyecto pueden leer este artículo de la autora en la revista Deslindes). Para Cánova el texto tenía relación directa con el pensamiento feminista del siglo XIX y, hasta ese momento, ni la historia, ni la literatura se habían ocupado de él.

En 1998 Insomnia (la separata cultural de la revista Posdata) publicó un artículo de María José Santacreu, con un bello título: “¡Quítame de ahí esas novelas!“, en el que aborda la obra de Almeida y la investigación de Cánova. En 2014 María Bedrossián defendió una tesis de maestría en la Facultad de Humanidades, con el título Escritoras uruguayas entre el silencio y el ocultamiento : formas del género (1879-1908), que se ocupa de un largo e interesante corpus de textos de escritoras uruguayas poco o nada investigadas (¡Y está disponible en Colibrí, el repositorio institucional de la Universidad de la República!).

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