El amor romántico siempre ha sido un tema de enorme complejidad en las películas de Paul Thomas Anderson (California, 1970). Lo ha sido en aquellas en que es un efecto secundario, como por ejemplo, en Sidney (1996), en Magnolia (1999) o en The Master (2012). Pero también en aquellas que exploran el amor a través de su trama central. Es el caso de Punch-Drunk Love (2002), Phantom Thread (2019) y de su más reciente película, Licorice Pizza, que se encuentra en periodo de estreno en América Latina y España, en la antesala de la entrega de los Premios Oscar.

Licorice Pizza cuenta la historia de Alana Kane y Gary Valentine, dos jóvenes que mantienen una “tensión” amorosa en el Valle de San Fernando, en Los Ángeles, en 1973. Es una tensión que se manifiesta en una serie de inseguridades y desencuentros que tienen su dificultad principal en la diferencia de edad. Ella es una chica judía de 25 años, encargada de tomar las fotografías escolares en la escuela donde estudia él, un quinceañero que se dedica a la actuación y que ha logrado una cierta fama.

Después de una lúdica escena inicial de chica conoce chico (o viceversa), ambos serán cómplices y socios de los negocios que intentará sacar adelante Gary, en una sociedad estadounidense marcada por la guerra de Vietnam, la escasez de combustible, las campañas políticas y el mundo del espectáculo. Todos estos elementos se establecen como telón de fondo de la relación y en algunos casos interfieren en ella. Como en los títulos del director mencionados en el párrafo inicial, la relación de Alana y Gary se mueve de forma errática entre la ternura y la dualidad juego/sufrimiento. El final resolverá las preguntas que asoman desde el principio y que Paul Thomas Anderson dispersa a través de distintas tramas secundarias.

En esas preguntas surgirán escenas que llevan a pensar en Licorice Pizza como una comedia romántica, una bastante especial, por cierto, porque Anderson se encarga de evitar a toda costa los clichés típicos del género y también de dotar de una estética mucho más refinada de lo que sería una película romántica convencional. Estamos en presencia de un realizador que pone en práctica todos los recursos del lenguaje cinematográfico, que se esfuerza por hacer que sus películas nunca caigan en lo común y corriente. Prueba de ello son el uso de elipsis, trabajo de fuera de campo, planos secuencia que son ya una marca registrada de su puesta en escena y la elaboración de cada plano con una ubicación estratégica de actores y objetos.

A esto hay que sumar algo que también es reconocible en su autoría: la música instrumental de sus películas que van marcando el ritmo de las acciones de los personajes. Jonny Greenwood repite una colaboración más con Anderson y transforma a Licorice Pizza en un disco de jazz, con una mixtura dada por los hits setenteros que suenan en escenas icónicas de la película. Uno de los momentos más logrados visual y sonoramente es cuando Alana y Gary se dejar caer en una cama de agua, con mirada enamorada, mientras de fondo suena Let Me Roll It de Paul McCartney y The Wings.

La mayor virtud y lo más atractivo de Licorice Pizza es su pareja protagónica, pese a que Anderson propone a una dupla actoral sin experiencia y que escapa a los prototipos de belleza habituales en una comedia romántica. Gary Valentine está personificado por Cooper Hoffman, hijo del fallecido Philip Seymour Hoffman, uno de los actores recurrentes de los anteriores trabajos del director. Para admiradores del padre, será emotivo y nostálgico comprobar la mirada y los gestos de este en su hijo debutante. Por su parte, Alana Kane está encarnada por Alana Haim, vocalista y guitarrista del grupo Haim, del cual Anderson ha dirigido algunos videoclips en los últimos años. No son pocos los medios que han destacado su trabajo e incluso han apostado por ella como una futura estrella del cine.

¿Es audaz hacer una película sobre un romance en 2022 con una dupla debutante que se antepone a la belleza estándar del cine contemporáneo? Por supuesto. Y más cuando en esa radicalidad de la elección se descubren altas cuotas de talento. Hace tiempo que Paul Thomas Anderson toma decisiones radicales en sus producciones, las que le llevan a generar opiniones disímiles en la audiencia. Sobre todo, desde que es uno de los directores que aparece en las nominaciones a los premios, pero se queda con las manos vacías. El problema con Licorice Pizza es que ninguna trama secundaria está ni siquiera a la mitad del nivel de su trama principal. Los personajes de Sean Penn, Bradley Cooper, Tom Waits y Benny Safdie alborotan la atención que generan Gary Valentine y Alana Hain, incluso rozando lo ridículo en instantes determinados. Son intromisiones que rompen el hechizo de la película, porque si bien se conectan a hitos de la cultura cinéfila estadounidense de la época, no alcanzan a ser historias que motiven a mirar hacia el lado. Como si pasaba en Phantom Thread, con el gran personaje de Lesley Manville o con la dupla de Melora Walters y John C. Reilly en Magnolia, entre otros secundarios entrañables de la filmografía andersoniana.

Una de las ideas que más se repite en la crítica respecto a Licorice Pizza es que la película es una gran fiesta, una gran celebración colorida y de buen ánimo en torno al amor adolescente. Esto se destaca como una variación del tono más oscuro y sórdido de películas anteriores de Anderson. Si a esta fiesta cinematográfica no se hubiera invitado a algunos personajes o por lo menos se les hubiera restringido su intervención, el espectáculo hubiera sido todavía más gozoso.

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