En 2006 Emecé publicó un libro en el que Adolfo Bioy Casares dejó testimonio de su amistad con Borges. Entre sus casi 3500 páginas apreció una foto en la que pueden verse dos páginas de una libreta con juicios sobre los manuscritos presentados a un concurso de poesía del diario La Nación en 1963 en el que ambos fueron jurados. La lista, de la que se tiene conocimiento parcial, incluye las siguientes valoraciones:

13) Perplejidad sintáctica
14) Mejor que otros pero insensato
15) Inepto y escolar
16) No
17) Tampoco
18) Autóctono y prescindible
19) Superior a los anteriores
20) Malo, malazo
21) Curiosa ortografía
22) Irresponsable rimador
23) Caótico
24) Patriótico, más ilógico
25) Ilustrado y pésimo
26) Preocupado con cabello, no logra el acierto
27) Inepto
28) Incoherente
29) Enérgico y tosco
30) Feble
31) Enfático y agrícola
32) Vana, entusiasta y ridícula
33) Misterioso y estúpido
34) Acaso atendible

Cuando terminé de leer la obra Sobredosis Pop de Ignacio Alcuri me pregunté ¿qué diría Borges?

La Sobredosis pop editada este año por Ocho ojos es una segunda edición ampliada de una primera Sobredosis pop que vio la luz en 2003. Es decir, esta reedición trae consigo el paso del tiempo. Pero no ese paso del tiempo que te vuelve más sabio, sino aquel que te vuelve más viejo. Aquello en lo que la primera Sobredosis pop se movía como pez en el agua, que la hizo ser digna hija de su tiempo, su actualidad, es lo que esta reedición ha perdido. Pero enfrentarse de lleno con esa pérdida tan esencial le permite el margen para hacer otra apuesta. Una apuesta de re-visita, un gesto nostálgico que, a caballo del Glosaurio [(sic.) Glosario de términos de la época de los dinosaurios], da batalla desde su trinchera, el humor.

Es que veintidós años en este siglo es muchísimo. De hecho, el pop ya no existe. Y no estoy hablando del género musical ni de sus derivas evolutivas, sino del pop que se respiraba en el ambiente de los early 2000. Cuando una forma estética no es una decisión de tal o cual sino un fenómeno ambiental, como la humedad. El pop fue aquella fuerza turbulenta con la que el mar se retiró y arrastró hacia adentro todo a su paso en la antesala de esa ola inmensa que fue la llegada de internet y los smartphones. Cuenta Alcuri –y le creemos– que la mayoría de los textos que componen esta obra fueron escritos en los trayectos de ómnibus que le tocaba recorrer mayoritariamente de ida y vuelta al laburo… Incluso eso ya no existe más. ¿Quién viaja ahora apuntando cosas en una cuadernola? Estos textos se han vuelto testimonio de otro tiempo y por lo tanto de otra manera de pensar y de hacer humor… diría un humor analógico. [Alcuri se reiría, una lógica del culo]

Ideaciones insólitas pergeñadas en la fantasía del fruto incestuoso entre la ciencia ficción y el cómic. Textos breves como un rapto febril que deliran realidades hipertrofiadas por exceso de televisión.

Pero esta obra de Alcuri no solo dice un universo alucinado, dice –o mejor dicho en su forma de decir se puede leer también– su relación al mundo. El humor negro, esas lentillas que le hacen ver, y a nosotros con él, todo este despliegue de absurdidad; desde la preportada, en la que incluye una dedicatoria a su “admirador/a número uno” con un espacio en blanco para que el propio lector rellene con su nombre, hasta el último texto, en el que se disculpa en nombre de “la gerencia”.
Ese es el espíritu encarnado de una obra pop. La posibilidad desfachatada de absorber la heterogénea cultura cotidiana de los bienes de consumo y hacerlos estallar en su banalidad. Como dice el genial Capusotto “Pop para divertirse”; el divague, el entretenimiento en su uso contra toda solemnidad. En este sentido es que se lo presenta al libro en la contratapa como “la obra que pudo romper la escena literaria después de Benedetti”.

Ahora bien, no diría de Sobredosis pop que es un libro cómico. Aunque maneja lo risible, al ser por la vía del humor negro, de la intrusión permanente de lo insólito y de lo rocambolesco, es que la risa puede aparecer como reflejo. Es así que existen risas groseras, hay también risas estúpidas o forzadas. Lo patético puede evocar la risa y el dominio particular del humor negro es la capacidad de evocar una visión pesimista y desengañada sin perder la posibilidad de reírse de eso. Así, Alcuri hace alusión por ejemplo a su condición de extrema flacura en algunos de los textos, particularmente en aquel que logra reírse de ello poniendo en boca de sus cercanos las excusas y conclusiones más estrambóticas que explicarían su condición.

Dicho todo esto, hay de hecho un concepto-adjetivo que sin dudas Borges usaría para calificar esta obra de Alcuri, tal como sabemos de su preferencia por los sustantivos adjetivizados: esperpento. Este vocablo de origen desconocido, que literalmente significa
«persona o cosa muy fea”, “desatino literario” o incluso “disparate”, debe su incursión en el campo de la estética a Valle-Inclán quien lo utilizaba para describir una manera particular de enunciación en la literatura española. Por lo tanto aquí, con la potencia del delirio que nos confirió Sobredosis pop, va lo que Borges hubiese anotado en aquella lista:

35) Esperpento. Esforzado engrueso de su flaca sustancialidad.

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