50.° Premio Montevideo de Artes Visuales en el Centro de Exposiciones Subte

El sábado 5 de marzo cerró la exposición del 50.° Premio Montevideo de Artes Visuales en el Centro de Exposiciones Subte, de la IM. Las 28 obras expuestas fueron seleccionadas y luego premiadas por el jurado, integrado por la curadora, crítica y docente argentina Florencia Battiti; el artista brasileño Cao Guimarães, y la profesora y crítica de arte uruguaya Emma Sanguinetti. Las obras expuestas pertenecen a las y los artistas Alejandro Cruz; Anaclara Talento Acosta; Analía Pollio; Diego Píriz; Elián Stolarsky; Fabiana Puentes; Federico Ruiz Santesteban; Fernando Sicco; Guillermo Sierra; Gustavo Jauge; Juan Ángel Urruzola; Juan Manuel Barrios; Luis Gioia; Magdalena Gurméndez; Magdalena Hart; Marcos Banina; María Maggiori; Martín Pelenur; Martín Pérez, Francisco Irigoyen, Maite Bigi y Gabriel López; Michael Bahr; Nicolás Branca; Nicolás Pereira Scayola; Pablo Musé; Paola Monzillo; Ramón Cerviño; Santiago Tavella; Santiago Velazco, y Valentina Cardellino.

El procedimiento del salón es conocido y utilizado en varios países: el jurado selecciona un conjunto de obras, los artistas las montan en un espacio oficial y luego el mismo jurado otorga los premios. El mecanismo de la competencia es una máquina de picar artistas. En esta edición se presentaron 340 propuestas, solamente 28 fueron preseleccionadas y se entregaron nada más que cuatro premios. Si bien las entregas de premios son instancias de reconocimiento muy importantes, valoradas por las autoridades y los artistas, tal vez merecen una reflexión amplia y de cierta urgencia si el objetivo sigue siendo reconocer y estimular el trabajo de los y las artistas en Uruguay. Algo similar a lo que ocurre con el Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas en cualquiera de las categorías: ¿cuántas murgas hay por cada una que se presenta en el Teatro de Verano?, ¿y las comparsas?, ¿cuántas ganan? Tal vez llegó el momento de revisar esos mecanismos y buscar alternativas.

Los premios

Resulta imposible recorrer todas las obras preseleccionadas para esta edición. Empecemos por los premios, que dejan una primera impresión de la situación en la que está el arte contemporáneo en Uruguay. En El desembarco, de Paola Monzillo, Primer Premio Adquisición, se yuxtaponen dos técnicas: el dibujo y el video, y dos discursos potentes. La artista dibuja en la pared un detalle del desembarco de Cristóbal Colón, grabado incluido en la colección America Retectio (1590), de Giovanni Stradano. En la alegoría original, una mujer, convenientemente armada con arco y flechas, sostiene el ancla del barco de Colón, que se prepara para desembarcar en el «nuevo mundo» (¿lo guía?, ¿lo acompaña?). Pero la mujer ya no sostiene un barco, sino una pantalla que reproduce una imagen en movimiento del mar y una serie de titulares de prensa (de 2013 a 2021) que se deslizan verticalmente, en los que se destaca el uso del término desembarco para referirse a empresas extranjeras que llegan a América Latina. A través de la cita (del grabado y de los titulares de prensa), Monzillo establece un salto abrupto y radical del pasado al presente, del imaginario colonial del Renacimiento a la retórica colonial de los titulares de prensa, de la reproducción de un grabado en la pared a la navegación en una pantalla. Queda así subrayado un lazo posible y plausible del colonialismo como discurso y como práctica, ese que todavía sostiene las representaciones sobre América Latina.

El Segundo Premio Adquisición fue para Un discurso para cinco años. Una reflexión sobre lo imposible, de Guillermo Sierra, artista y docente vinculado al video y la fotografía, actualmente en la dirección interina del Espacio de Arte Contemporáneo, del Ministerio de Educación y Cultura. La obra plantea la posibilidad de extender el registro audiovisual del discurso de asunción del presidente de la república, Luis Lacalle Pou, durante todo el tiempo de su mandato. Para ello sería necesario detener su duración durante 1.825 días, para que cada segundo del discurso ocupe 24 horas de gobierno. Cada segundo representa un momento ínfimo del discurso, que puede contener, en simultáneo, un pedazo de oración, un gesto, una mueca, el movimiento de una mano peinando el jopo. Desde la imposibilidad de su realización material, la obra se propone como una reflexión sobre la imposibilidad de cumplir con las promesas de campaña contenidas en un discurso de asunción presidencial.

El díptico Las bañistas, de Diego Píriz, se llevó el Tercer Premio Adquisición, otorgado por la Colección Engelman-Ost. El pasaje de los dos primeros premios al tercero parece abrupto, ya que pasamos de las pantallas con videos al óleo sobre tela. Lo que se mantiene es la cita, ya no del discurso colonial ni de la política doméstica, sino de la propia pintura uruguaya, en particular, de dos cuadros de Petrona Viera (del que pude reconocer solamente Bañistas, c. 1936). La operación es insertar los cuadros en dos interiores burgueses, un living y una biblioteca, en los que se destacan el trabajo con la luz (natural y artificial), la presencia de esculturas, el detalle mínimo de color (tal vez en un diálogo tenso con el tratamiento del color en Viera) y el dibujo realista, que no hace más que destacar la puesta en escena.

El Cuarto Premio Adquisición, otorgado por el Instituto Goethe, fue para la obra Luixels, de Luigi Gioia, una selección de seis gifs muy populares (la escena de Pulp Fiction de un John Travolta desorientado y la de Michael Jackson comiendo pop en Thriller, entre otros), individualizados y descompuestos en nueve cuadros, tejidos con hilos de colores. Un código QR habilita al público a utilizar, ahora como gifs, las imágenes tejidas (el propio código que hay que escanear para tener los gifs es un tejido… y funciona). El artista propone, a partir de la cita, un diálogo entre los tiempos casi instantáneos del gif y los del bordado paciente y meticuloso. Pero no es una crítica al signo de los tiempos ni una reivindicación de las técnicas del pasado, porque las imágenes tejidas reingresan como gifs a la lógica de la mensajería instantánea. Podría decirse que quedamos atrapados en un bucle que nos deja en el mismo lugar, aunque ya no es el mismo.

Algo se incendia

Las 24 obras restantes seleccionadas por el jurado presentan el mismo eclecticismo y la misma experimentación con lenguajes y técnicas, y una gran variedad de abordajes. El video está bien representado en general (dos de los premios lo utilizan), pero La imagen tiembla, de Marcos Banina, es una de las obras más interesantes, no solamente por el uso original de la imagen en movimiento, sino también por la propia instalación y el uso de su historia personal para hacer una crítica a la gordofobia y al disciplinamiento de los cuerpos. En el mismo sentido, la videoinstalación Arde, de Valentina Cardellino, expone en simultáneo tres imágenes de incendios (Notre Dame, en París; los disturbios por el asesinato de George Floyd, en Mineápolis, y la plaza Italia de Santiago de Chile durante las protestas de 2019) que invitan a pensar que algo fuera de la sala se incendia.

La obra Testing, de Alejandro Cruz, también combina video e instalación. Cruz identifica y resalta un gesto fallido del escultor José Belloni, que quiso representar a un aguatero y a la «raza negra», pero hizo un camunguero, cuyo oficio era recoger el excremento en el Montevideo colonial. Se exhiben tres piezas de chocolate, talladas por el artista, que emulan con detalle la estatua de Belloni. Al mismo tiempo, en una pantalla, el propio Cruz se come una pieza igual a las que vemos en exhibición. A partir de la elección del material de las estatuillas y de la selección de un artista y una obra reconocibles en el trazado urbano de Montevideo, Cruz propone una crítica a la cosificación de lo racial en el imaginario nacional. Es también un gesto desafiante para el público, que señala el fin (al menos el planteo político del fin) de una forma de representar «lo negro».

También la fotografía pisa fuerte en la selección del jurado, con dos obras de Juan Ángel Urruzola, un tríptico de Analía Pollio y la impresionante Hic et nunc (aquí y ahora), de Juan Manuel Barrios. En su obra, Barrios dispone 1.504 fotografías que se traslucen impresas en un acrílico de grandes dimensiones y que remiten a las transformaciones del paisaje urbano que el artista retrató desde su balcón, a distintas horas, durante el confinamiento por la pandemia.

Otro aspecto a destacar es el uso y la reflexión sobre las nuevas tecnologías. Por ejemplo, la obra DUDO. Declaración Universal de Derechos de Otres, Otras, Otros, de Fernando Sicco, usa textos encontrados en Internet leídos por avatares creados con una aplicación en línea. Detrás de los avatares, de esas máscaras digitales que cambian todo el tiempo, no hay nada, excepto la misma voz robótica que enuncia derechos, sea cual sea la representación gráfica que veamos en la pantalla. La instalación causa una sensación de extrañeza algo inquietante, porque pretende sacudir la idea del sujeto de derecho y de lo humano mismo. Algo análogo ocurre con la obra colectiva Instrucciones para invadir un mapa, una performance dirigida por Martín Pérez y elaborada en colaboración con Francisco Irigoyen, Gabriel López, Maite Bigi y Ana Agorio, que se propone producir interferencias en Google Maps. Esta vez, la acción artística busca hackear el orden digital. Por el otro lado de las tecnologías contemporáneas, encontramos el uso del tapiz en la obra Strange Fruit, de Elián Stolarsky, y la experimentación con «barro fotosensible» de Federico Ruiz Santesteban.

De diciembre de 2020 a marzo de este año el público pudo apreciar las obras finalistas en el quincuagésimo Premio Montevideo de Artes Visuales. Como puede apreciarse en las fotos que tomé en el Subte fue una exposición heterogénea y ecléctica con 28 obras de gran calidad, en un espacio que, además, ha mejorado sus instalaciones. Es una buena noticia que el arte uruguayo, o lo que pudo verse de él en esta selección, esté vivito y coleando.


El artículo fue publicado originalmente en el Semanario Brecha, el 3 de marzo de 2022.

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