Volví a mi casa feliz. Siempre vuelvo feliz con esa rutina. Recibo un mail con un nuevo libro de Cristina Peri Rossi, acepto sin pensarlo dos veces, me avisan que está en la librería, lo busco y vuelvo a casa feliz.
No es la primera vez que lo digo, tampoco será la última: Cristina es, sin dudas, una de mis escritoras favoritas. Una de mis poetas favoritas también. En mis bibliotecas que ya no tienen más espacio –ahora hago pilas en el piso– le dedico un estante entero a ella. En ese estante tengo, además, dos primeras ediciones que encontré por casualidad y compré a la mitad del precio que lo vendían –bendita seas librería Diomedes y tus días de 50% off en libros usados, porque estos cuentan como usados–. Tengo una primera edición de Viviendo, su primer libro publicado en 1963. Lo exhibo como la Gioconda en el Louvre. Un poquito más escondida está mi primera edición de Indicios Pánicos, publicado en 1970, libro que me introdujo a la autora junto a otros dos: La tarde del dinosaurio (1976) y Los museos abandonados (1968). El último me parece el mejor libro de todos y podría pelearme físicamente al respecto. Como suele decirse: es un libro que me cambió la vida.
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Pero volvamos al presente. Con todo ese estante en mi espalda, mi amor en el pecho y las ganas en los ojos, apuro el paso para llegar a casa. Sin embargo e increíblemente, no lo leo enseguida. Lo paseo conmigo como una extensión más de mi cuerpo por días, pero no lo abro, me da miedo. Me parece que es hora de presentarles esta dicotomía, este dilema, este cartel de PARE: se titula Extrañas parejas y fue publicado en mayo de este año. Cuenta con ocho relatos, ocho parejas y ochenta y ocho páginas. Aunque las parejas no son cualquier pareja.
Podría significar muy poco, obviamente, otro libro más de Cristina Peri Rossi. Pero es su primer libro publicado luego de ganar el Premio Cervantes, el máximo galardón que se le otorga a las y los escritores de lengua española. Y sí, es un dato más que importante, porque me gustaría decir que no, pero –y esto es tan sólo una hipótesis de una fiel lectora– el Premio y la atención a lo que se viene después de él, fueron lo que generaron… este libro.
Como les digo, fue una extensión de mi cuerpo por días, pueden preguntarle a mis gatos que se acostaban y les ponía el libro encima para tener una linda foto, porque la portada es hermosa, como todas las portadas de Lucía Boiani. Sin embargo, mi viaje con Extrañas parejas duró lo que demora en llegar un Turil desde Montevideo a Nueva Helvecia –sin saltarse ningún pueblo, claro–. Los vidrios empañados, todos tapados, algunos que aprovechana cerrar los ojos y dormir; la luz de mi asiento era la única prendida. Una vez que lo empecé, no lo pude bajar. Lo leí de corrido, escribiendo cuando el ómnibus paraba o veía que mi pulso aguantaba lo suficiente como para poder entenderlo después.
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Lo primero que anoté fue lo que pensé después de los primeros dos o tres relatos y, si bien pienso mencionar más cosas, lo sostengo. Anoté en la página inicial: si extrañábamos a una Cristina Peri Rossi asquerosamente sórdida, no hay que extrañar más: acá está, la misma de Todo lo que no te pude decir. Capaz lo más gracioso sea que ese es de los pocos libros que no he podido leer de ella, aunque en breve me pondré en campaña para hacerlo. Pero voy a volver a lo que mencioné más arriba. Son ocho relatos, cada uno con una pareja como protagonista. Como dije, no son cualquier pareja. Katherine Hepburn y Spencer Tracy, Marilyn Monroe y Simone Signoret, Lewis Carroll y Alice Liddell, Randolph Scott y Cary Grant. Pensé en una palabra: osado. Utilizar personas que vivieron y/o viven, es osado. También podría decirse que es fanfiction. Cosa que podría considerarse osada a su manera.
Cada relato tiene un tono distinto, capaz… muy distinto, al punto de que algunos me resultaron difíciles de relacionarlos con ella. Sin descripciones del momento amoroso, sin el erotismo que caracteriza la literatura de Cristina, se rescatan algunas frases sueltas, como cuando Katherine Hepburn le dice a Spencer Tracy: “Te enseñaría a hacer el amor sin prisa, como lo hacemos las mujeres. No para acabar con el deseo, sino para empezar a desear”. Y con ese sentimiento me dejó como lectora, empezando a desear, ni siquiera con el deseo al alcance de la mano. Y esto próximo es un poco un odio personal, pero la escritura de un tartamudeo tiene que estar muy bien realizada para que pueda leerse como tal. Esto no pasa. Un tartamudeante Lewis Carroll que, cuando Alice le dice que sólo tenía doce años, él le responde que “después de esa edad ya no me gustan las mujeres”. Vladimir Nabokov escribiría una parte dos de Lolita con tan sólo esa cita. Los próximos dos relatos realmente no tienen nada que destacar, ni positivo, ni negativo.
Podrán imaginarse mi cara y mis muecas de desilusión y de dolor físico mientras pasaba las páginas y no encontraba a Cristina. La buscaba y la buscaba en su escritura y no la encontraba. No se había escondido, se había ido de sus propios relatos y me encontraba ante estas parejas disparejas y completamente olvidables. Hasta que llegué al cuarto relato: “Dos mujeres”. Y probablemente esté hecho a propósito. Los peores relatos al inicio, lo mejor para el final. Pero esos primeros relatos pueden alejar a muchos lectores.
Pero como les digo, a partir del cuarto relato, el cuento es otro. Simone se reúne con Marilyn para decirle que sabe de la infidelidad de su marido con ella y que no es algo que le importe porque tienen un “matrimonio sólido”. Aquí vuelve Cristina, vuelve el juego de la seducción, de un erotismo dolido y extremadamente sutil. Hasta que se enteran, meses después, de su muerte. Simone e Yves, su marido, conversan al respecto y me gustaría dejar este fragmento:
—¿Sabes cuál era el problema de Marilyn? —le preguntó a Yves.
—Los barbitúricos —respondió él.
—No. Su problema era que creía en la virilidad. Quería ser amada por un hombre.
Yves rio levemente.
—A Marilyn solo la podía querer otra mujer —dijo—. Tú, por ejemplo.
En el próximo relato, titulado “A Esmé”, dejé un simple comentario: “releer”. Y vuelvo al contraste. No podría haberme escrito un recordatorio a mí misma para releer alguno de los primeros cuatro relatos porque no tienen una sustancia que me atraiga a ellos. Es un relato escrito de manera epistolar, una carta de J. D. Salinger, y pienso en la correspondencia definida en Fragmentos del discurso amoroso de Roland Barthes y en la vez que fui a escuchar a Alessandro Baricco hablar sobre la carta como la forma más elevada de sanar las heridas del tiempo y del amor. Es un relato de esos, es un relato de Cristina, si entienden ahora a lo que me refiero. ”Toc-Toc” es otro relato muy Cristina, en el que toma como personajes principales a Charles Baudelaire y Jeanne Duval, una haitiana que simplemente quería conocer el Louvre. Un relato en el que vuelven el deseo y la violencia, y dos miradas completamente distintas del mismo espacio: para ella, en el Louvre se exhiben mujeres desnudas para el placer de los hombres y la humillación de las mujeres, mientras que Baudelaire piensa en el artículo que escribirá contra los críticos clásicos.
El último de los relatos se titula “The first time ever I saw your face” y es, sin duda alguna, el relato con mayor sentimiento, amor, dolor y anhelo entre todas estas parejas. Randolph Scott reserva un restaurante entero para tener una cita con Cary Grant. Siempre reserva el mismo restaurante y el mozo es siempre el mismo. Scott está en cada mínimo detalle: saca las flores que ahora le dan alergia a Cary y las cambia por otras, pide una temperatura determinada, pide un jugo de frutas para su cita que ya no toma alcohol. Cuando Cary toca el timbre, Harry, el mozo, hace sonar ”The first time ever I saw your face” de Roberta Flack. Sumamente enamoradizo, con una ambientación increíble. Da hasta lástima decir que este relato se encuentra en el mismo libro que los cuatro primeros.
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Me queda un sabor amargo y una pierna acalambrada, mi gata se acostó y es demasiado calentita –y hermosa– como para echarla. Al lado, tengo Extrañas parejas, que revisé y revisé para poder escribir esto. Y pienso que me alegra haberme encontrado con este libro, un libro que no termina de gustarme, un libro que divido en cuatro relatos buenos y cuatro un poco más dudosos. Pienso que, en cuanto termine de escribir esto, voy a pararme y llevar el libro hasta mi estante/altar, que lo voy a poner al final –porque los tengo en orden de publicación–, y que, sinceramente, voy a pensar un poco más en el último de los ocho relatos.
Espero que mi hipótesis de lectora real y un poco insoportable no sea correcta de ninguna manera, y que no tenga nada que ver con la atención y con el Cervantes. Espero que en sus próximos libros vuelva la Cristina de siempre. Y no, no pido que escriba lo mismo. Simplemente espero que se deslinde de cualquier presión y pueda reventar su erotismo característico y su sordidez, sin caer en relatos vacíos.









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