Sé que en algún rincón de la casa de mis tíos hay unos cassettes donde mi tía abuela le cuenta a unos canadienses de Amnistía Internacional cómo fue torturada por los milicos. Una vez les pregunté si podía escucharlos. Pero no se pusieron de acuerdo acerca de dónde estaban exactamente. Me contaron que por un tiempo los tuvo un escritor que recopiló testimonios de personas torturadas. Al libro lo tituló ¿Nos habíamos amado tanto? Mi tía abuela Rosina se suicidó unos años después de la vuelta de la democracia. Nunca la conocí.

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“Si hay algo coetáneo a la historia misma de los derechos humanos, es su violación, por eso decimos, junto a Liliana Giorgis, que «la fuente doctrinaria con la que se nutren los derechos humanos es la praxis histórica de quienes sufren o han sufrido, su flagrante violación». Así, derechos y violación son dos caras de una misma moneda que dan inicio a la historia de los derechos humanos”.

Norbert Lechner “Los derechos humanos como categoría política” (1983).

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Cuando me mudé a Montevideo descubrí que vivía a la vuelta del Bar Girasol. En ese bar, como en muchos otros antes de la era de los smartphones, había un teléfono público. Pero ese en específico, por la complicidad de los dueños del lugar, era usado por los familiares de las personas que pasaron a la clandestinidad durante la última dictadura cívico militar en Uruguay. Allí iba mi bisabuelo a comunicarse con su hija. Allí iba mi abuela a comunicarse con su hermana. Mi tía recuerda haber acompañado en esas excursiones a la clandestinidad. De la mano de su abuelo, iba hasta el bar, él pedía un café y le pedía una coca cola. Aguardaban unos minutos sentados hasta que escuchaban sonar el teléfono. Ese ringtone proveniente del submundo transformaba por completo la atmósfera del lugar y ponía en tensión a todos los presentes, pero su abuelo aguantaba, estoicamente, y no se dirigía hacia él hasta que el cantinero no decía su apellido.

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Se habla de estado terrorista cuando se refiere a una estructura política diseñada para producir y generar terror. Un estado terrorista comete ataques generalizados y sistemáticos contra la población civil, que son catalogados como crímenes de lesa humanidad. Estos son los únicos delitos que se pueden perseguir para siempre ya que no prescriben.

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Por recomendación de mi psicóloga, desde hace seis años tengo un diario personal. Desde septiembre de 2019 hasta mayo de 2025, escribí quince veces la palabra dictadura. La primera vez me pregunté si yo estaría dispuesto a arriesgar mi vida por una idea que me trascienda. Un horizonte político de trascendencia me resultaba deseable e inspirador pero no me creía con la valentía suficiente para ponerle el cuerpo.

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Genocidio: tecnología de poder cuyo objetivo radica en la destrucción de las relaciones sociales de autonomía y cooperación, y de la identidad de una sociedad, por medio del aniquilamiento de una fracción relevante de dicha sociedad, y del uso del terror para el establecomiento de nuevas relaciones sociales y modelos identitarios.

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En 1973, cuando empezó la dictadura en Uruguay, mi madre tenía siete años. La tía Rosina veinticinco. A los veintiocho pasó a la clandestinidad y a los treinta fue secuestrada por los milicos. Estuvo primero en el FUSNA, un centro clandestino de detención del Cuerpo de Fusileros Navales de Uruguay y luego fue trasladada a la cárcel de Punta de Rieles. Cuando la vuelta a la democracia era inminente, la fueron a visitar mi tía y mi madre junto a su abuelo y su madre. Le llevaron una caja con ropas y alimentos. Las compañeras de la cárcel habían hecho un jugo de naranja para recibirlas. Cuando la tía Rosina saludó a mi madre le dijo, susurrándole al oído, que necesitaban información política.

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Ni bien llegué a Montevideo fui a la biblioteca de la Facultad de Humanidades a buscar el libro donde aparece el testimonio de la tía Rosina. El libro cuyo título es ¿Nos habíamos amado tanto? es un repaso por la historia del Partido Comunista del Uruguay. En él se nombra cuatro veces a la tía Rosina. Pero la más interesante es la cuarta. Allí está transcrito un fragmento de esos cassettes perdidos. Dice que fue un milagro haber sobrevivido cuatro años de clandestinidad en “ese pañuelito” que es Montevideo y cuenta cómo muchas mujeres desconocidas la alertaron frente a unos tiras, le proporcionaron una cédula de una mujer muy similar a ella, prestaron sus viviendas para hacer reuniones y alquilaron apartamentos a su nombre para las compañeras.

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Las mujeres se separaron del mandato de género a través de la militancia política. Ya no había familia tradicional ni nuclear, sino familia revolucionaria. Las mujeres se apartaron del mandato doméstico. Delincuentes subversivas. Malas madres. La violación fue una forma de reprimir que se aplicaba sistemáticamente sobre el cuerpo de estas mujeres.

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Un día la tía Rosina se despertó siendo Rosina pero se fue a dormir siendo Matilde. No fue una transición gradual, sino un salto abrupto, un corte, una ruptura. ¿Hacia dónde? ¿Qué es lo que cambió en ella? ¿Qué implica para una persona pasar a la clandestinidad? ¿Qué es lo que queda oculto en la persona clandestina? Es posible delimitar el día de la transición: un día equis de 1975 Rosina pasó a ser Matilde y su vida cambió… ¿para siempre? ¿Volvió en algún momento a ser Rosina? ¿Cuándo? ¿Cuando la agarraron los milicos? ¿Cuando la torturaron? ¿Cuando la trasladaron del centro clandestino a la cárcel? ¿Cuando salió de la cárcel? ¿Se puede volver a ser alguien después de experimentar el horror en primera persona? ¿Cómo salir de ese agujero negro? ¿Cómo escapar de él?

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Hace unos días estuve en la casa de mi tía y le pedí que me muestre fotos de la tía Rosina. La primera que vi era un retrato en blanco y negro. Rosina es adolescente. Es un primer plano de su cara con un pelo recién salido del horno, bien armado, castaño oscuro, corto. Casi puedo ver los ruleros formando las curvas. Tiene la cabeza inclinada, la mirada hacia un costado.

La segunda es una foto familiar. Es una joven en sus veintes. Están en el balcón de un apartamento que no reconozco. En esta foto sí mira a la cámara. Me pregunto qué estaría pensando en ese momento. Seguramente ya estuviese militando, ya estuviese barajando la posibilidad de la clandestinidad. Tiene puesta una polera blanca y los brazos cruzados sobre el abdomen. Una leve sonrisa se esboza en su cara.

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Cada generación tiene una sensibilidad vital propia. Cada generación surge cuando los marcos interpretativos son insuficientes para explicar la realidad. Cada generación está condicionada por su tiempo y su espacio. Cada generación construye una comunidad de destino: una visión histórica. A cada generación se le plantean unos problemas frente a los cuales se define a partir de la solución que a ellos encuentra.

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Más adelante en la transcripción de los cassettes la tía Rosina cuenta los métodos de tortura: “el tratamiento primario fue reventarme a golpes. Principalmente golpes en la cabeza, el famoso «teléfono». A partir de eso me perforaron la membrana del tímpano y se me gestaron diversas infecciones en el oído. Hacían el «submarino», que en el caso del FUSNA no era en un tacho. Te ponían una capucha bien apretada y esa capucha recibía un fuerte chorro de ducha, de tal manera que uno se iba ahogando. Después de estar bien empapada viene toda la parte correspondiente a la picana eléctrica. En eso se notaba un especial disfrute de los torturadores. En momentos en que se me corría la capucha se podría ver, tirados en camastros, a diversos elementos, disfrutando del espectáculo y haciendo comentarios, sugerencias, etcétera. También estaba lo que ellos llamaban el simulacro de violación. Lo de simulacro tiene que ver con que no corrían el riesgo de dejarte embarazada. Todo lo que puede ser una violación a una mujer por parte de quince o veinte tipos se hacía. Simplemente en la vagina te metían cualquier cosa menos los penes. Te eyaculaban en la boca, que te la mantenían abierta”.

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En la décimo primera vez que hago referencia en mi diario a la dictadura me pregunto si ese período de la historia es la explicación de por qué en mi familia los domingos se habla de la vida ajena y de temas que me aburren profundamente. Muchas veces no se hace énfasis en que la dictadura tuvo un enorme apoyo cívico. Me pregunto entonces si esa renuncia a la conversación tuvo que ver con no poder conciliar una respuesta ante el horror.

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La mamá de la tía Rosina falleció mientras ella estaba en la clandestinidad. Le diagnosticaron un cáncer de piel muy agresivo que en un año le arrebató toda vitalidad. Mi madre vivió de cerca la enfermedad de su abuela y esa experiencia la hizo desarrollar un principio de resentimiento hacia la tía Rosina que hasta el día de hoy no logra resolver. El día del velorio había unos tiras esperando que apareciera Rosina para despedir a su madre. Rosina cuenta en el libro que aprovecharon esa ocasión para secuestrar y presionar durante dos días a su padre para que delate su paradero.

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La historia de los DD.HH. es la lucha por la conquista, resistencia y reconocimiento de esos derechos. Los organismos de DD.HH. se organizaron, articularon entre sí y conformaron un movimiento social. Familiares, Madres, Abuelas, Hijos, Nietos.

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La tercera foto que veo esa tarde en lo de mi tía ya es después de haber salido de la cárcel. Un almuerzo familiar en el mismo apartamento en el que estoy cuando veo la foto. Perteneció primero a mi abuela y ahora es la casa de mi tía. En la foto están mi madre, mi tía, mi abuela, la tía Rosina y mi bisabuelo. Lo primero que me sorprende son las caras de adolescentes de mi madre y mi tía. Me generan ternura. Al lado de ellas está la tía Rosina con un saco negro, una polera roja y un cigarrillo apoyado en una mano que hace un gesto de saludo. Ella intenta esbozar una sonrisa pero su boca apenas abre una comisura que deja entrever sus dientes. La mirada perdida. Esta será una tónica de todas las fotos post-dictadura. La siguiente que veo es del día del casamiento de mis padres. Es una foto de ellos con mi abuela y la tía Rosina. Está con un traje rojo y un pañuelo azul marino. Agarra a mi padre del brazo. Mira a la cámara. Está cabizbaja. Su boca, de nuevo, ensaya, sin éxito, una sonrisa. Apenas un costado del labio se levanta. De nuevo los ojos, perdidos, delatan una tristeza indisimulable.

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Durante la clandestinidad, la tía Rosina quedó embarazada y abortó. Según mi madre por miedo a que los milicos le sacaran al bebé, le removieran la identidad y se lo dieran a otra familia afín al poder de turno.

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El odio es un afecto humano, no es la contracara del amor. Amor y odio son un par indisociable que forman parte de la constitución psíquica del sujeto. Al igual que el amor, el odio necesita un límite. Hay dosis de amor y de odio socialmente aceptadas. Ser sujeto de odio total es tan peligroso como ser sujeto de amor total.

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Por último, mi tía me lleva hacia una de las habitaciones del apartamento. La puerta está llena de imágenes. Señala la parte inferior donde hay una foto de la tía Rosina sentada junto a un hombre, cebando un mate y riendo. Me cuenta que en esa está con el canadiense de Amnistía Internacional que la entrevistó y grabó los cassettes ahora perdidos. Es una risa genuina. Se nota que no posaron para la foto. Fue sacada de imprevisto. Ambos miran hacia abajo. El canadiense al mate, la Tía Rosina al piso.

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Hacia el final del fragmento de los cassettes que aparece en el libro, la tía Rosina habla de sus tres sobrinos: mis dos tíos y mi madre. De cuando la visitaron en la cárcel. De cómo ellos, a pesar de ser niños, habían vivido cosas. Habían visto cómo se llevaban a su abuelo. El día en que, después de haberse llevado detenido por unos días a mi bisabuelo, los milicos lo devolvieron a su casa, mi madre y mis tíos estaban llegando. Mi tío, el más chico de los tres, corrió hacia él y le gritó: “¿Abuelo, qué te hicieron esos hijos de puta?”.

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La pedagogía de la memoria es un proyecto de enseñanza de la memoria reciente y de construcción de memoria. No se trata de recordar sino de generar condiciones para comprender esos hechos, cuestionarlos y vincularlos con el presente. La diferencia entre enseñar la Revolución Francesa y el genocidio armenio es el intento por explicar la sistematización del horror.

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A la salida democrática la soltaron. Un verano, mi abuela alquiló unas cabañas en el camping de AEBU para pasar las fiestas. A pesar del calor insoportable, la tía Rosina usó medias y campera de lana todo el tiempo. Mi tía recuerda pasar mucho rato con ella tirada en la arena a la sombra de un árbol. En un momento la tía Rosina la miró y le preguntó: ¿disfrutas de estar tirada en la arena debajo de un árbol? Ese fue su último verano. Tenía 52 años.

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“Los derechos humanos son una cosmovisión para interpretar la dignidad humana, un prisma que permite elaborar diagnósticos de cómo estamos, articular reclamos en torno al retroceso de derechos o plantear nuevos y establecer horizontes de hacia dónde queremos ir”.

Lucas Crisafulli. Derechos humanos. Praxis histórica, vulneración, militancias y reconocimiento (2018).

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