Tuve el privilegio de una suegra poco común. Lil María Gonella de Chouhy Terra (1917-1988), como le habría gustado a ella que la nombrara, fue una persona excepcional: en inteligencia, en cultura, en su forma de relacionarse, de sentir, actuar y pensar.

Yo le decía Lil María, aunque todos la llamaban Lil, a secas. Creo que había una forma de humor irreverente en mi “Lil María”, que ella, por supuesto, reconocía. Yo tenía veinte años cuando la conocí y me atrevía a tomarle un poco el pelo porque la encontraba grandilocuente. En mi familia teníamos una posición económica más desahogada, y sin embargo éramos más sencillos (no más simples). La familia de Lorenzo —al que conocí en 1975 exilado en Buenos Aires y con quien me casé al año siguiente—, había perdido a un padre joven, y todos los hijos salieron a trabajar al terminar el liceo. Ninguno se planteó una carrera universitaria, a pesar de que sobrevaloraban la “cultura”.

De entrada, Lil María y yo nos llevamos bien. Ella decía de mí “que tenía buena madera, aunque faltaba pulirla un poco”. Me fascinaba con sus “editoriales” y al resto de la banda de jóvenes que frecuentaba su casa. Yo no la frecuenté porque vivía en Buenos Aires y, después de casarme, en Barcelona. Nos visitó por primera vez a menos de un año de instalarnos en la capital catalana y justo entonces le abrieron un sumario en la Biblioteca Nacional, donde era directora del Departamento de Extensión Cultural. De Montevideo le mandaron decir que, de momento, no volviera. Y se quedó seis meses en un sofá cama de nuestro apartamento de un dormitorio en el barrio de Gracia. No fue fácil. Era una mujer avasallante y con un ego enorme. Se reía cuando decía: “Mientras yo viva, no faltará quien me pondere”.

Lorenzo recuerda de su niñez, cuando el padre aún vivía, las visitas de Paco Espínola, Homero Alsina Thevenet, Hugo Alfaro, María Esther Gilio y Darío Queijeiro, Yolanda Martínez Reina (la más íntima de las amigas de Lil, junto con Gladys Suárez), Carlos Martínez Moreno, Rodney Arismendi, Julio Blixen, China Zorrilla, Andrea Bea y Jorge Onetti, Alicia Casas, Juan Carlos Carrasco, Óscar Ravecca, Marta Traba y Ángel Rama (su jefe en la Biblioteca), por nombrar a los que a mí me resultan más relevantes en el Uruguay de entonces. Ese era el ambiente que rodeaba a los Chouhy.

En algún momento de los sesenta, Lil María participó en programas de televisión, Hogar Club, en el Canal 12, y luego Viejo Hogar en el 10. Fue una de las ocho fundadoras del Movimiento Femenino por la Justicia y la Paz Social en 1968. En 1971, estampó su firma como independiente en el acta fundacional del Frente Amplio. Fue presidenta del Instituto Uruguay-Corea y, como tal, viajó a ese país con el entonces joven diputado Julio María Sanguinetti. Después de su destitución de la Biblioteca, se dedicó a dar clases de Literatura en “el 401”, la casa de la calle Reconquista.

Entre otras cosas, aprendí de ella el feminismo: fue la primera persona en hablarme de “La habitación propia” y de Virginia Wolf. Aprendí también bastante de literatura, algo de cocina y le enseñé a coser a máquina. Fue una persona de pensamiento crítico y emociones fuertes. Vivió con intensidad. Y la quise mucho.

Después del exilio no pude disfrutarla tanto tiempo. En abril de 1988 nos compramos una casa y alcanzó a quedarse a dormir con nosotros y nuestros tres hijos una noche. Murió de un ataque de asma una semana después, a los 71 años.

A casi treinta y tres de su partida, cada 8 de marzo pienso en ella. Creo que fue una activista injustamente olvidada, como tantas otras mujeres que se tienen muy merecido un buen homenaje.

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