La historia sucede más o menos así: en un funeral en la ciudad de Chillán, al sur de Chile, en el momento en que el ataúd desciende a la sepultura, un familiar del fallecido pone sobre la tapa, entremedio de las coronas de flores, una caja de colección que contiene la trilogía de El padrino en DVD.

Más allá de no tener todos los datos que me gustaría sobre el difunto, a veces vuelvo a esta historia y la recuerdo con una sonrisa de complicidad. Esa complicidad que nos llega cuando reconocemos los actos de los otros en los nuestros. O algo muy parecido a eso.

El gesto es emotivo, poético, quizás cinéfilo. Una caja con varios DVD, como suelen ser las ediciones especiales, junto a un cuerpo que se va. No veo en esto una cinefilia apasionada ni obsesiva, sino más bien una acción de amor por un objeto que probablemente afectó a una persona. Conozco el gesto de cerca. Cuando mi madre murió, en el funeral lancé sobre la sepultura un cojín de la Unión Española, su equipo de fútbol de toda la vida. Estoy seguro de que la trilogía de Francis Ford Coppola provocaba en ese hombre desconocido, algo similar a lo que generaba en mi madre el equipo de la Plaza Chacabuco.

¿Qué tienen algunas películas que nos afectan tanto? Esta una pregunta en la que suelo detenerme sin encontrar una respuesta que me deje satisfecho. Para nadie es un misterio que las cinéfilas y los cinéfilos del mundo se repiten algunas películas. Y no hablo de esas repeticiones impulsadas por fechas celebratorias y televisores a la mano. Sí, todos nos repetimos Mi pobre angelito cada 24 o 25 de diciembre en un loop infinito, pero hablo de esas repeticiones que son buscadas con un poco más de fijación. Conozco gente que regresa de forma recurrente a películas como Lost in Translation, The Shawshank Redemption, El secreto de sus ojos, Pulp Fiction, Hable con ella, Goodfellas. A esta última yo vuelvo bastante seguido, pero como profesor de cine no la puedo contar como parte de ese afecto.

Hay algo bastante personal en el acto de volver, una y otra vez, a la experiencia de enfrentarnos a una historia que ya conocemos. Carlos Monsiváis decía que “el cine es un espejo permanente”. Si nos detenemos en esta idea podríamos concluir que mirar una película como si fuera un espejo se podría entender casi como una necesidad natural para nuestro bienestar, algo fundamental para empezar el día. O terminarlo. O saber quiénes somos. Siempre con el componente emotivo debajo de la decisión. Aunque también con un pequeño sentido crítico que nos da la elección, porque dudo que alguien quiera repetirse una película para tener una mala experiencia. Y esto va más allá de si es una película de terror o de ciencia ficción.

Durante varios años me repetí la uruguaya Whisky, dirigida por Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll. Para mí, una obra maestra del cine contemporáneo.

La vi por primera vez en el cine de la Universidad Católica, en Santiago. Después vino una vista fragmentada en varias partes en la prehistoria de YouTube. Después vino el DVD, que fue una forma de verla periódicamente hasta que Netflix la alojó en su catálogo. ¿Una curiosidad? El servicio de streaming la tiene rotulada en la categoría de “siniestro”. Una razón más para volver a ella.

Whisky narra la historia de una mentira, un matrimonio fingido. Un hombre intenta engañar a su hermano menor que lo visita desde Brasil y le hace creer que su vida en Montevideo es pura felicidad, a cargo de una fábrica de calcetines, el negocio familiar, que se cae a pedazos. La mujer que se presta al engaño es Marta, personificada con maestría por Mirella Pascual, quien deambula por esta ficción dentro de la ficción, con una pureza que reconocí desde la primera vez. Algo había en esta película uruguaya que me hacía conectar con sus momentos de humor, de ira, de pudor, de personajes que viven en una monotonía que siempre sentí muy familiar. Todo parece ser algo que no es. Y todo lo que es, podría dejar de serlo en cualquier momento. Como la vida misma, con esa sensación de que una película de un país vecino me lograba conectar con mi propia realidad. Una realidad a la que me gustaba volver.

Recomendé Whisky con entusiasmo a varios amigos, pero no a todos les pasaba lo mismo. Si no les gustaba a la primera, menos iban a repetírsela. Ahí comprendí que las películas generan distintas relaciones en los seres humanos. Algunos buscan el apego en la repetición, en pegar el afiche en la pared de su habitación, en usar un parche en la mochila. Cada cual con su catarsis; única, personal, intransferible y, a veces, pudorosa. Porque el acto de repetirse una película también puede ser algo secreto. Necesariamente secreto.

Una de las grandes duplas del cine europeo de las últimas décadas son los hermanos Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne, de nacionalidad belga. Me atrevo a decir que sus películas, sin ser masivas, marcaron a una generación de espectadores y también a una generación de cineastas. Películas como Rosetta (1999), El hijo (2002) y El niño (2005) tienen una serie de características inusuales para la época en que se estrenaron, tanto en sus temas como en sus formas. Intrigado por su inusual modo de hacer cine: sin música incidental, sin expresividad, con muchos primeros planos y cortes abruptos, llegué a uno de sus puntos de partida a la hora de crear. “Nuestra pregunta no es: ¿le gustará al espectador la película? Sino: ¿le gustará a la película el espectador?”

Creo que esta pregunta, delirante y estrafalaria, tiene mucho que ver con el acto de repetirse una película. Tal vez haya una fuerza subliminal que nos hace regresar a los filmes, que como dicen los hermanos Dardenne, nos están viendo también a los espectadores. Una fuerza que tiene que ver más con las películas que con nosotros. O bien con una parte de nosotros para la que no siempre tenemos respuesta. Como en la historia de ese hombre que fue enterrado junto a su película favorita.

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