La publicación de La palabra encarnada : ensayo, política y nación. Textos reunidos de Horacio González (1985-2019) que acaba de lanzar CLACSO exclusivamente en formato digital, y con descarga gratuita, es una excelente noticia porque reúne una parte importante de su producción escrita. Horacio González falleció este 22 de junio. En esta nota, publicada originalmente en el Semanario Brecha, repaso su trayectoria y algunos aspectos de su pensamiento.

En El peronismo fuera de las fuentes (2008), González recorrió la trayectoria del peronismo en los 25 años de democracia argentina después de la dictadura cívico-militar, apelando por momentos a una «libreta de apuntes personal». En ese tono íntimo afirmaba que sus recuerdos políticos estaban ligados a su ingreso a la universidad (egresó de la Licenciatura en Sociología de la Universidad de Buenos Aires [UBA] en 1970) y que no tenía «una tradición familiar ni provenía de un sector social habituado al trato de cuestiones intelectuales». Desde ese punto de partida, González fue un protagonista de la vida cultural y política argentina, especialmente durante el último período democrático que se abrió en 1983.

De la enorme masa textual que se disemina con la muerte de una persona pública, con una mayoría abrumadora de textos anodinos, quiero destacar dos, con la seguridad de que hubo muchos más: el de Beatriz Sarlo, en Clarín, y el de dos colegas de González en la UBA, Mariana Gainza y Ezequiel Ipar, publicado por Anfibia, cuyo título recoge una expresión suya: «Esto hay que seguir pensándolo». Los dos textos recogen al polemista o, más bien, al hombre que discutía con respeto las ideas de los otros, sobre todo de sus adversarios; que «ponía a conversar a todo el mundo», dicen Gainza e Ipar, tanto en el aula o en el espacio público como en sus textos. De hecho, Sarlo afirma que González había sido su «interlocutor ideal» y que diferían «en casi todo». El titular, publicado por Clarín el mismo día de la muerte de González, puede parecer de mal gusto, pero el texto de Sarlo es sincero e incluye, además, el reconocimiento de la deuda de ciertos aspectos de su propia obra con las ideas de González, aunque fuera por la negativa.

El texto de Gainza e Ipar, publicado una semana después del de Sarlo, parece dialogar con el titular de Clarín, al invocar el tipo de polemista que fue González: «Quien tiene interlocutores ideales no tiene en realidad interlocutores: se habla a sí mismo mientras imagina que le está hablando a la humanidad. Ese es el gran error del viejo liberalismo, que cree que puede construir una comunidad política de seres libres hablándoles raudamente a los espejos, que se opacan y se van desvencijando con el paso del tiempo». Luego, concluyen: «La interlocución de González es diferente. La huella que él seguía con extraordinaria singularidad es la de la tradición democrática, que se recrea críticamente buscando nuevas formas de poder dialogar con cualquier otrx real, tratándolx siempre como un igual y respetándolx como alguien libre». En ese mismo sentido, los autores destacan en González un pensamiento que cuestionaba las seguridades sobre las que descansaba el discurso del otro: «Nunca dejaba que el pensamiento –ni el suyo ni el de los otros– se reconciliara con su propio desarrollo».

Y este aspecto es rastreable en su escritura, que transita las contradicciones y las paradojas, que expone sus límites y tensiones. «Desde temprano –escribía en 2002– me persigue el fantasma de un escribir difícil. Con espesuras y quiebres que con autoindulgencia puedo atribuir a una búsqueda de mayores intensidades en la prosa». El propio González admitía que el lector «puede querer arte, pero no laberinto», y que, si bien lo intenta, su «pseudobarroquismo» ganaba siempre la partida. Gainza e Ipar señalan su capacidad de generar «conexiones infinitas», a veces insólitas, y de «desestabilizar las cosas, sin sustraerles su fuerza». Son las marcas de un estilo singular, señalado en muchas de las notas recientes sobre su legado, y que puede rastrearse en su interés por el ensayo como género, pero también en su lectura de autores como Macedonio Fernández.

La pasión argentina

Pero el texto de Sarlo señala también un punto de acuerdo: «No coincidíamos sino en la pasión argentina». Y eso es demostrable con solo recorrer los títulos de su abundante bibliografía, que, además, expone sus intereses variados: Decorados: apuntes para una historia social del cine argentino (compilado junto con Eduardo Rinesi, publicado por primera vez en 1993 y reeditado en 2016), El filósofo cesante: gracia y desdicha en Macedonio Fernández (1995), Arlt: política y locura (1996), Retórica y locura: para una teoría de la cultura argentina (2002) o el más reciente La Argentina manuscrita: cautivas, malones e intelectuales (2018), por nombrar solamente cinco textos entre más de 40 títulos, sin contar colaboraciones en libros colectivos y artículos en revistas académicas.

Esta pasión argentina también se puede rastrear en las revistas culturales, algo en que militó como colaborador y también como parte de equipos editores. Una búsqueda en el repositorio del Archivo Histórico de Revistas Argentinas alcanza para encontrar la presencia de González en el equipo editor de la revista El Ojo Mocho (1991-2008), con una infinidad de participaciones en entrevistas a intelectuales argentinos, las cuales demuestran su pasión por la conversación, o en La Ballena Azul (2015), revista gratuita publicada en forma compartida por la Biblioteca Nacional y el Ministerio de Cultura, en la que fue editor responsable.

Más impresionantes aún son sus colaboraciones desde el periodismo cultural en varios medios, algunas de ellas muy frecuentes, como sus reseñas en Babel. Revista de Libros (1988-1991), y otras esporádicas, como su nota sobre la película El viaje, de Fernando Solanas, en el número 5 (mayo de 1992) de El Amante. Cine –publicada en papel desde 1991 hasta 2012– o su crónica de la lectura de la actriz Cristina Banegas de Perón en Caracas, una obra poética-teatral de Leónidas Lamborghini publicada en Diario de Poesía (número 50, 1999). Pero la lista sigue porque hay participaciones suyas en Fin de Siglo (1987-1988), La Letra A (1990-1993), No Hay Derecho (1993-1994), Causas y Azares (1994-1997), Zigurat (1999-2013) y En Ciernes. Epistolarias (2011-2012).

Casi todos los textos de González tienen que ver con Argentina, si no todos. Pero su nacionalismo no es chauvinista, ni puede asociarse con ciertas tendencias proteccionistas o aislacionistas dentro del peronismo. Tal vez ni siquiera sea un nacionalismo, en sentido estricto. En el epílogo de su libro Retórica y locura, que reúne cinco conferencias sobre el pensamiento argentino, cuatro en París y una en San Pablo, González hace algunos apuntes «para una teoría de la cultura argentina». Fiel a su estilo polemista, el epílogo es una lectura discutidora del libro La invención de Argentina, de Nicolás Shumway, académico norteamericano de la Universidad de Texas. Publicado en inglés en 1991, fue traducido inmediatamente para el público argentino por la editorial Emecé en 1992 y tuvo una reedición en 2002, el mismo año en el que se publicaron las conferencias de González.

La principal objeción de González es a la idea de «ficción orientadora» que propone Shumway, «entendid[a] como el papel relevante que tienen los escritos políticos […] en la formación de los campos reales de la política». Esta lectura literal de los textos políticos y literarios de Esteban Echeverría, o de Sarmiento, conducen a Shumway a plantear unas «fisuras sísmicas que caracterizan a la cultura argentina entre los ilustrados sin pueblo y los populistas autoritarios». De algún modo, se trata de la famosa grieta que propone la derecha en el lenguaje del conflicto político actual. Para González, el concepto de invención está asociado al «neopopulismo transmoderno de los cultural studies», que reduce la ficción literaria y la sustituye por el concepto de ficción orientadora. El autor entiende que eso se trata de una traducción precaria del problema de la hegemonía. Para González, una lectura denegatoria estaría basada en la idea de que los textos no son reflejos de la realidad política y social, sino artefactos literarios autónomos «que siempre destinan en la conciencia lectora un recurso denegatorio de ese reflejo». En ese sentido, las ficciones orientadoras dicen muy poco sobre la trama interna de la cultura nacional, las tensiones que se expresan en ella, la homogeneidad de ciertas posturas contrapuestas en el campo político y la heterogeneidad de estilos y formas que aparecen en formaciones políticas aparentemente homogéneas.

Justo en ese punto, González advierte que no quiere que su epílogo se lea como un «pregón avinagrado» y que libros como el de Shumway no solamente deben ser bienvenidos, sino que es «nuestro deber» leerlos de inmediato. Al mismo tiempo, advierte que no deben desplazar, en los programas de historia nacional, la lectura de los textos de autores argentinos que tratan los mismos temas y que salen de «las fraguas del drama social argentino». Finalmente, González plantea una «demora» entre la formulación de las ideas y su llegada «para juntarse al fin con la existencia de las gentes y los pueblos vivientes», que es la que le interesa analizar.

La autonomía de esos textos, su capacidad de generar un lector también autónomo y su opacidad frente a la realidad política y social son lo que podría servir mejor de base para la invención de países. El nacionalismo de González es, en todo caso, uno dialogante, abierto a la contribución del afuera: él mismo recuerda la opinión de Martínez Estrada sobre el papel de los viajeros ingleses en la fundación de la literatura argentina. Es también un nacionalismo basado en una concepción canónica de la cultura letrada, una literatura de textos concebidos como artefactos complejos, que tardan en llegar a los pueblos. Esa concepción también impregna sus ideas con relación al ensayo y a su papel en el campo de las ciencias sociales.

Elogio del ensayo

En el número 18 (agosto de 1990) de Babel. Revista de Libros, Horacio González publicó un texto sobre el ensayo cuyos postulados, según Pablo Luzuriaga, se pondrían a prueba con la creación de la revista El Ojo Mocho. El artículo tiene un carácter programático, que se articula con un colectivo de escritores, pero que también funciona como poética de su propio estilo: «No escribir sobre ningún problema, si ese escribir no se constituye también en problema». González considera el ensayo «una pócima que une conocimiento y escritura», y que está signado por la idea de una «autoinspección del sujeto». Al separar el conocimiento de esta reflexividad, las ciencias sociales privilegian la interacción comunicativa y la equiparan con la inteligibilidad.

De esta forma, las ciencias sociales comunican, pero no facilitan la comprensión de la complejidad de los problemas que abordan: «En vez de una comunicación sin comprensión, preferimos una inteligibilidad sin comunicación. Esto último significa que lo que hay que construir no es necesariamente el dato, sino nuestra propia comprensión impaciente de un texto que se complace en atravesar sus propios obstáculos. Obstáculos legítimos, agrego, obstáculos que le pertenecen como resultado de un modo de escribir que debe dejar el resuello del pensamiento sobre el lenguaje». Más adelante, agregará que ni el placer del texto ni la ansiedad por la comunicación «son estaciones atractivas para un posible nuevo recorrido del ensayo, de entonación socialmente crítica». Por consiguiente, el ensayo deberá ofrecer un espacio de fluctuación entre la confesión –el «escribo para mí» o sobre mi batalla con un problema– y la búsqueda de lectores ávidos en la esfera pública que adoptarán o abandonarán el periplo que se les propone.

Con este texto, que ocupa media página de Babel, el profesor de varias universidades en Argentina, doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de San Pablo (Brasil) en 1992, configura su propuesta de una escritura en el campo académico argentino que lo conecta más con los recursos de la retórica y las figuras literarias que con el artículo académico, la revista arbitrada o la editorial universitaria. Esta postura lo acerca a muchos otros académicos latinoamericanos, como la propia Beatriz Sarlo o Hugo Achugar en Uruguay, para señalar dos casos rioplatenses. Esto impacta en su estilo personal, el «fantasma de escribir difícil», y también en la propuesta editorial de la revista El Ojo Mocho, que luce en las tapas de sus primeros números una serie de preguntas con tipografías de gran tamaño: «¿Fracasaron las ciencias sociales?» (número 1), «¿Se acabó la crítica cultural?» (número 2), «¿Qué significa discutir?» (número 3), «¿Se puede salvar la teoría?» (número 4) y «¿A qué llamamos política?» (número 5).

En la tercera conferencia realizada en París, diez años después de su elogio del ensayo, González se ocupó de la obra de Macedonio Fernández, un escritor con muchos puntos de contacto con Felisberto Hernández por lo atípico y por su escritura imbricada con la filosofía. Me parece leer, en su lectura de Fernández, algún aspecto de sus propuestas sobre el ensayo. González destaca que sus obras son «programas de enunciación» u «obras inconclusas o, si no, terminadas en estado de permanente inconclusión, cuyo motivo absorbente es el análisis de la propia idea de obra». Para González, la metafísica del narrador «solo podía dar una literatura autoanalizante de su propio ejercicio», un legado que luego se diseminará en la literatura argentina en la obra de Borges, de Scalabrini Ortiz, de Marechal, pero también de autores más contemporáneos, como Piglia, Fogwill o Chejfec. De esta forma, González no solo advierte la «secreta presencia» de Macedonio Fernández en la literatura argentina, sino también una genealogía de sus propias preocupaciones, de su propia poética del ensayo.

La escritura de Horacio González, su trabajo sobre ella, la propuesta del ensayo como género para el campo de las ciencias sociales y las humanidades en Argentina, inseparable también de su participación política en el escenario de la democracia, luego de la dictadura cívico-militar, proponen una salida frente a la derrota de los proyectos utópicos de los años sesenta y setenta, una salida que implica la postulación de una «pequeña utopía de lector discutiente y amigo de las amenas peloteras del espíritu». El suyo fue un humanismo crítico que tal vez ya no sea suficiente para comprender los desafíos de la cultura contemporánea, pero que deja, en su singularidad, un legado difícil de evitar.


La foto en el encabezado fue tomada de Wikimedia: Buenos Aires, 08 de mayo de 2014 Horacio González, director de la Biblioteca Nacional. Participante del Foro Internacional por la Emancipación y la Igualdad. Fotos: Silvina Frydlewsky/Ministerio de Cultura.

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