En ese momento se daba cuenta de que tenía el corazón en el brazo. El hígado podía estar por cualquier lado. Todo lo demás, también.

El estómago era lo que le dolía. El retorcijón en la pierna, a la altura del muslo, la agarraba desprevenida cada vez. Aunque, sin dudas, era muchísimo mejor que el día anterior, en el que el órgano en cuestión se le instaló en la cabeza y cada retorcijón le hacía temblar un párpado y no la dejaba leer en paz. Además, a veces le quedaba la boca abierta en una mueca de dolor y babeaba las páginas que tanto le estaba costando entender.

También estaba claro que ese día el cerebro estaba dividido en los talones. Sentía todo el peso del cuerpo sobre él. Era uno de esos días de no pensar claro.

No quedaba más que esperar e ir probando cómo funcionar mejor con esta configuración. Releer las notas crípticas y esporádicas para encontrar algún patrón, cualquier tipo de constante que le permitiera adivinar dónde va a estar todo mañana. Los datos de sus notas eran tan aleatorios e incompletos que sólo servían para pasar el tiempo. Sin embargo, no podía dejar de mirarlos. El asunto del cerebro separado en los talones es que enlentece cualquier movimiento. Entre tener una intención y que el mensaje correcto le llegue al músculo pasaban 10 otras ideas, mil teorías conspirativas, 4 soluciones para la paz mundial y la necesidad de darle al cuerpo la orden contraria. Había que agarrarle la mano.

Clavó los ojos en la pared intentando reparar cuándo había empezado todo esto. Había sido la semana pasada, o el mes pasado, ¿o el año anterior?, sin escalas. La mente fue hacia ese momento que sí recordaba claramente, la primera vez que notó que tenía un órgano interno fuera de lugar. Cada vez que lo recuerda vuelve a sorprenderse de sí misma por todo lo que demoró en preguntarse cómo era que igual su cuerpo seguía vivo. No funcionando perfecto, bueno, cierto. O capaz que sí y a ella se le estaba haciendo largo el período de adaptación.

El dolor de estómago seguro que era por falta de alimento. Ya había agotado todos los víveres de la casa. No así los libros; no estaba teniendo ningún inconveniente en pasar páginas y páginas cómodamente en el sillón. Ojalá una pudiera alimentarse de la literatura.

Pero no, así que el plan era moverse hasta el apartamento 407. Tenía la llave y la seguridad de que los dueños no volverían por un buen tiempo. ¿Habrá pasado ya ese tiempo? ¿Cómo estaba el mundo afuera de su monoambiente?

Se decidió a comer la última barra de cereal, las galletas blandas, el queso un poco mohoso y las tres nueces que quedaban. Cuando terminó pudo estirar un brazo y taparse. Logró acomodarse con el libro en frente pero antes de terminar la primera línea ya estaba dormida.

Se despertó no se sabe cuántas horas después. Cuando se durmió era de día y ahora también. Así que podía ser cualquier cosa entre 10 minutos y 48 horas. Sentía hambre, pero eso tampoco era novedoso.

Fue tomando consciencia. Se empezó a tantear despacito buscando un latido fuerte, que le ayudara a encontrarse el corazón. Cada vez que se despertaba buscaba el latido, como para asegurarse de que estaba en su cuerpo, algo latía, seguía viva.

Calambre fuerte, como el del día anterior. Esta vez sintió las orejas húmedas y como reflejo se tanteó cada una con un dedo. No necesitó llegar a ver que estaban rojos para adivinar qué era, porque el aroma a secreción interna lo conocía bien. O sea que eso que le dolía, que se le retorció un par de días por acá y por allá era su útero.

Lo primero que la asaltó fue la bronca: fin del mundo como lo conocemos y esta porquería sigue sucediendo. Qué necesidad. En segundo lugar, una desilusión terrible, porque se dio cuenta que todo lo que pensó que sabía era un bolazo, un andamiaje fantástico imposible que ella se había creado en base a afirmaciones agarradas con palillos y búsquedas en Google. Y, finalmente, le encendió la necesidad de superar el miedo a salir de su apartamento. Esto ameritaba un intercambio con alguien, cualquier interlocutora servía, menstruar por las orejas le pareció un poquito mucho.

Debía salir y eso empezaba con bañarse. Esta parte venía siendo la mejor de todo el desbarajuste. Había que dejarse sorprender por cómo se sentirían las gotas en qué parte del cuerpo. Debajo de cualquier punto de la piel podía haber cualquier cosa. Más de una vez terminó haciéndose una paja de puro descuido. Pero esta vez el ritual higiénico fue mecánico. Constantemente estuvo repasando y profundizando en los detalles de lo que imaginaba que podía encontrar afuera. Todos eran terribles.

El escenario que le daba más miedo, a la idea que le dedicaba más tiempo, involucraba consecuencias de la exposición y consumo de agroquímicos, intoxicaciones masivas, y al baboso de su vecino en el pasillo pegado a su puerta, con literalmente la pija en lugar de cerebro. La pesadilla de siempre.

Mientras se vestía decidió que no llevaría armas de ningún tipo porque era enteramente cierto que no tenía idea de cómo defenderse. Había notado (o eso creía) que el cerebro lo tenía en el medio del pecho. Así que cualquier piña de frente la iba a dejar marcando ocupado. ¿Sería el cerebro eso, al final? Qué bello vivir en la duda de lo más básico.

Salió de apartamento con toda intención de volver. No miró por sobre su hombro con nostalgia ni se llevó nada personal consigo. Tenía la esperanza de encontrarse con alguna vecina que tuviera respuesta, aunque fuesen inventadas. Tenía que caminar un trayecto muy corto para el apartamento de los amigos y no vio a nadie.

Entró con su llave. El hogar de Lena y Gabo seguía impecable. Puso agua a las plantas (porque una promesa se cumple), atacó la alacena, vació media despensa y la heladera por completo. Fue al baño y embolsó algodones, tampones, protectores, cotonetes, medicamentos y pasta dental. Se cargó todo encima, salió, cerró con llave y volvió a su monoambiente atiborrada de provisiones.

Le dio mucha gracia pensar que si eso pasaba en una de esas películas del final del mundo que tanto le gustaban hubiera sido todo un gran aburrimiento.

Calambre. Comida. Primero lo fresco. Devoró quesos, un yogur en estado cuestionable y helado. Sí, se había gastado la suerte del año. Tenía la chance de pasar ese hermoso primer día de menstruación leyendo tapada con una manta y comiendo helado. El postre inesperado la alegró tanto que se animó a recorrer nuevamente los canales que venía chequeando a ver si en alguno pasaba algo. Pero ni en canales de aire, cable, televisión satelital, internet, redes sociales, mensajes de texto, palomas mensajeras. Nada.

Burlándose de la posibilidad de un mensaje de humo, se arrimó a la ventana y le brillaron los ojos con el día soleado y luminoso. Pero de movimiento, nada. Como tantas otras veces, esperó un buen rato, pero nada.

Decidió salir a explorar, indignada porque no puede ser que el día que te viene siempre tenés que terminar resolviendo asuntos importantes. Aunque esto no era urgente. Se dio una buena panzada mientras pasaba por todos los canales en loop y se tiró a dormir. Al final, para encarar lo que sea que encontrara, era mejor estar clara y con energía.

Antes de abrir los ojos se buscó el latido. Se encontró el corazón en el culo. Cruzó los dedos para que esto no fuera una metáfora de cómo irían sus planes del día. Ya no tenía calambres, pero tenía que secarse las orejas de a ratos. Así que armó una carterita y se propuso dar una vuelta a la manzana. Ir abriendo el rango de las salidas de a poco le parecía sensato.

Cautelosa, cubierta con abrigo y gorro, aunque no fuera necesario, salió a la vereda. Levantó la cabeza mirando al frente, encarando el camino que se había autoimpuesto para recorrer.

Caminó lento por las calles silenciosas. Pasó un auto a mil por hora por la calle que se proponía a cruzar. Vio dos sombras debajo de un alero que se escondieron cuando la sintieron acercarse. Y ella no iba a salir a correr atrás de extraños que no tenían interés en socializar. En algunas ventanas era evidente que había gente, aunque nadie prendía ninguna luz, abría ninguna cortina ni colgaba nada por los balcones. Se le ocurrió que esa gente estaría como ella: agazapada, acostumbrándose a tener que encontrar una respuesta para todo esto.

Cuando hizo el último giro para volver a su casa, se dio cuenta de que en ninguna de las dos aceras de su cuadra se veía algo. La invadió la soledad.

Caminó a paso corto hasta la puerta de su edificio, Entre las rejas del vecino se paró a cortar margaritas blancas. El señor siempre la dejaba porque decía que así crecían más flores. Sintió nostalgia.

Estaba tan absorta en su propia melancolía que casi no vio a la mujer que se acercaba a paso de baile murmurando: “uno p’al costado, uno patrás, dos p’adelante giro, y vuelve a arrancar”. A veces tira unas zancadas voladoras como en el ballet que ella miraba en la tele cuando era niña. Pero no se veía clásica. Venía de pelos al viento, championes comodísimos y una pollera bien amplia y colorida.

Quedó casi congelada de pura sorpresa, pero llegó a girar sobre sí misma y acariciar fugazmente el brazo y la mano de la bailarina. Ella giró en el sitio, como indicando que más que eso no se iba a detener.

¿Tenés idea de qué está pasando?, le suplicó a la bailarina con sus ojos y todo su cuerpo.

Dando otro giro y apoyando los dos pies en la tierra, la bailarina respondió: “Parece que no todos sobrevivimos a que nos desarmen.”


Créditos de la imagen: «Mujer» (Fragmento) en Historia de la composición del cuerpo humano (1556) de Valverde de Hamusco. Disponible en Wikimedia Commons.

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