Reseña de Almendra (2017) de Won-pyung Sohn

«¿Cómo sería no sentir nada?». Más personas de las que uno cree deben haberse hecho esa misma pregunta en un arranque de ira o de tristeza. Después, habrán descartado la idea. ¿Cómo no sentir nada? Won-pyung Sohn, novelista y directora de cine nacida en Corea del Sur en 1979, se preguntaba, en cambio, cómo lloran quienes no sienten nada, si es que existen.

El protagonista de su primera novela, Almendra (2017), nace a partir de esa premisa. Yunjae tiene dieciséis años y no siente. No llora, no ríe, no siente amor ni odio. Parece, como le dicen sus compañeros de clase, un robot. Los médicos le dijeron que es porque sus amígdalas cerebrales, que tienen el tamaño de una almendra, no se desarrollaron. La mamá de Yunjae, Jieun, le hizo comer almendras a montones, esperando que así, sus almendras interiores crecieran.

La incapacidad de reconocer y expresar los sentimientos se llama «alexitimia», vocablo griego que en su etimología reza: «ausencia de palabras para expresar las emociones o los sentimientos». El término fue citado por primera vez en un manual de la Universidad de Harvard en 1972. Yunjae padece alexitimia. No reconoce ni puede expresar sus sentimientos, así como tampoco puede entenderlos en el resto.

Jieun no se da por vencida. Junto con su madre, la abuela de Yunjae, y Yunjae, abren una librería de segunda mano y se mudan al apartamento de atrás. Allí, entrenan como pueden al «pequeño monstruo» -como le dice la abuela-, para que, por lo menos, pueda vivir una vida «normal». En cada rincón de la casa dejaron hojas con hanja dibujados (en Hangul  한자, es el nombre que reciben los sinogramas en coreano y refiere a los caracteres chinos que tomaron e incorporaron los coreanos en su idioma, cambiando su pronunciación): «amor», «tristeza», «felicidad»; y frases que le recordaran cómo actuar: «no olvides de preguntarle a las personas cómo están», «di gracias». Cada tanto le hacían preguntas, como un pequeño examen para ver si estaba aprendiendo a diferenciar emociones o a cómo responder en ciertas situaciones.

A pura garra, ambas mujeres hicieron todo lo que estuvo a su alcance hasta que pasó la tragedia. Nunca antes había nevado en Nochebuena, cumpleaños de Yunjae. La familia de tres salió como todos los años a celebrar. La felicidad fue interrumpida por un hombre de traje que, con un martillo en una mano y un cuchillo en la otra, asesinó a cuatro personas, hirió a una y se suicidó. «Rojo. Más rojo». Esa noche, la abuela de Yunjae falleció y Jieun quedó postrada en una cama de hospital. Yunjae quedó solo.

—Déjame preguntarlo de nuevo: ¿qué se siente ver a tu abuela morir frente a ti?
—¿Quieres saberlo? —le pregunté, pero nadie respondió. Todos permanecieron inmóviles—. No sentí nada.

A partir de la tragedia es que conoce a los personajes que lo acompañan a lo largo de las páginas restantes: el doctor Shim, dueño del edificio donde la familia de Yunjae tenía la librería y además, dueño de la panadería del segundo piso; el profesor Yun, Gon, hijo del profesor Yun, con una infancia y carácter difíciles; y Dora, la “primavera” de Yunjae. Gon y Dora, fascinados a su manera por la condición del pequeño monstruo, se acercan para intentar meterse en su cabeza o, por lo menos, lograr que aflore alguna emoción. Quién sabe, quizás lo puedan ayudar. Es Gon quien le enseñará a Yunjae lo que es la amistad; y Dora, el amor.

El lenguaje es el elemento principal de la novela ganadora del Premio Changbi de literatura juvenil, y aunque la traducción al español proviene de la traducción del inglés, y no del coreano directamente, está muy bien lograda. Al ver el mundo a través de los ojos de Yunjae, hay que entenderlo a su manera. Uno de los rasgos de la personalidad alexitímica es el discurso monótono, detallista y «enormemente aburrido», según afirma el catedrático español de psiquiatría Francisco Alonso–Fernández. Es en lo monótono, en la ausencia de palabras que realmente describan emociones, en la crudeza, en lo aburrido, donde el lector debe apuntar el ojo para finalmente poder responder a la pregunta con la que comienza este texto.

¿Cómo sería no sentir nada? Una tortura. ¿Cómo actuaríamos si conociéramos a alguien así? La mamá de Yunjae esperaba que pudiera vivir una vida normal u ordinaria, pero ¿a qué se refiere con eso? ¿a no «desentonar» con la sociedad? «Todos piensan que lo “normal” es fácil y todo eso, pero ¿cuántos de ellos encajarían realmente en el supuesto camino fácil que implica esa palabra?», se preguntaba Yunjae. Almendra va más allá del niño que no siente, va hacia la discriminación, apunta a la relación que cada uno, que cada una tiene con sus emociones. Recorre las angustias, el primer amor, la relación con el otro, la crueldad. Camina por la empatía, por el diferente, por lo normal –o lo esperado–; al final del día, todas y todos tenemos almendras.

«Hay almendras dentro de mí.
En ti también.
Y también en aquellos que amas y odias.
Pero nadie puede sentirlas.
Solo sabemos que están ahí.»

Almendra de Won-pyung Sohn. GranTravesía, 2017. 255 páginas.

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