La noticia del día en Chile es la nominación al Oscar del cortometraje animado Bestia, realizado por el director Hugo Covarrubias y la productora Trébol 3. Se trata de la historia de Íngrid Olderöck, agente de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), la policía secreta de la dictadura de Augusto Pinochet, responsable de cruentas violaciones a los Derechos Humanos entre 1973 y 1977, que luego fue reemplazada por la Central Nacional de Informaciones (CNI), otro organismo de represión y muerte.

El cine nos suele poner en la encrucijada de la realidad y la ficción. Nos impactamos por lo que vemos en pantalla, aunque sospechemos o intuyamos que eso que nos impacta realmente no existe. Desde el ojo cortado en Un perro andaluz (Luis Buñuel & Salvador Dalí; 1929) hasta el final de There Will Be Blood (Paul Thomas Anderson; 2007), pasando por cientos de películas que se nos quedan ancladas en la cabeza producto de la crudeza de sus imágenes.

Bestia es un cortometraje animado en técnica de stop motion que, en apenas 15 minutos, logra provocar un shock en la audiencia. Las imágenes son repulsivas, crueles, sádicas, explícitas. Los primeros planos al rostro del personaje principal —con piel de porcelana trizada—, nos adentran al laberinto de su interior, en el que encontramos el mal desplegado en todas sus formas. Ahí es donde asoman preguntas propiciadas por esta maldad y por lo que significa este trabajo audiovisual para Chile. ¿Cómo será visto este cortometraje por espectadores no chilenos? ¿Se sentirán igual que nosotros cuando vean los créditos del final? ¿Tiene posibilidades de ganar el Oscar a mejor cortometraje animado una historia no apta para toda la familia?

Quizás la virtud de Covarrubias y su equipo sea la de haber convertido en un cortometraje de gran factura y de guion ingenioso, esta historia dolorosa de la dictadura chilena. Una mujer formada para la tortura, de la que supimos hace unos años por el libro Íngrid Olderöck, la mujer de los perros, de la periodista Nancy Guzmán. En 2014, cuando se publicó esta investigación, generó bastante horror encontrarse con historias como que Olderöck usaba a sus perros para abusar sexualmente de sus víctimas en el centro de torturas “Venda Sexy”, mientras se intentaba minimizar los gritos con música a gran volumen. Esto último está expuesto como un acto casi cotidiano de la rutina de torturas que tenía la Bestia en aquellos años. También impresionó el dato de que esta mujer, ligada a la ideología nazi, ordenó la violación y expulsión a Alemania de su hermana Karim, para no tener que compartir la herencia de sus padres.

Hay dos aspectos que están incorporados con maestría en este cortometraje. Uno tiene que ver con la forma en que, pese a su agresividad y cualidades temerarias, la condición de torturadora de Íngrid Olderöck está supervisada siempre, con cierto desprecio, por hombres. Lo otro es la circularidad en el relato de la historia. Es como si todo lo que vemos pudiera volver a pasar una y otra vez, lo que hace que más allá de que está ambientado en la década de los setenta, el corto resulte atemporal. El detalle que me hace destacar la maestría de Bestia, por cierto, tiene que ver con que en su realización no hay absolutamente ningún diálogo.

Los medios de prensa y las redes sociales hablan hoy del buen momento del cine chileno. En los últimos diez años, ha habido cinco nominaciones en tres categorías diferentes, con dos Oscar obtenidos: Una mujer fantástica (Sebastián Lelio; 2017) e Historia de un oso (Gabriel Osorio; 2015). Este último en la misma categoría en que está nominado Bestia y con un trasfondo temático similar, que también indaga en los tiempos de represión en dictadura.

Chile ha vivido tiempos violentos en los últimos tres años. El estallido social de octubre de 2019, el plebiscito por una nueva Constitución y la reñida elección presidencial entre José Antonio Kast y Gabriel Boric, en diciembre pasado, han ocasionado una fuerte polarización en el país. Un tema de controversia durante toda la campaña fueron las violaciones a los Derechos Humanos. En cifras de Amnistía Internacional, hasta marzo de 2021 se contaban 8.000 víctimas de violencia por parte del Estado y al menos 400 casos de trauma ocular provocados por Carabineros durante el estallido.

Pese lo estimulante que es para la escena cultural de un país, estar representado en la ceremonia de los Oscar, este cortometraje de horror es también un llamado de atención a quienes, de forma insistente, se esmeran en minimizar la violencia o en buscar conspiraciones que ayuden a entender por qué un corto sobre la tortura tiene este reconocimiento. Habrá que esperar hasta el domingo 27 de marzo para saber si Bestia gana o no la estatuilla. Mientras tanto, sería bueno que el impacto que provocan estas imágenes nos inviten, una vez más, a reflexionar.

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