¿Es necesario que los varones cisgénero sean feministas para transformarnos como comunidad?

Es una pregunta que ronda en la subjetividad actual, y se hizo más patente con una noticia de la diaria que compartimos en nuestro Instagram del taller @degeneroyfilosofia, donde se afirmaba “soy hombre, soy feminista”. Hay mujeres que desde su posición sostienen que todo el mundo debería ser feminista, y otras tienen muy claro que es necesaria la alianza entre varones y mujeres pero sin confundir ni apropiarse de luchas que no les son compatibles con su lugar de privilegio masculino.

Ser varón cis feminista es tan contradictorio y binario como ser un burgués proletario, porque las propias formas de vida que se crean en la modernidad basadas en la religión, la economía, la sexualidad, la historia, la política son oposicionales e irreductibles. En ese sentido, afirmarnos varones o mujeres, puede ser que nos lleve a una calle sin salida de las discusiones entre quién puede militar qué cosas y quiénes no les corresponde, ya que lo que engloba a algunxs repele a otrxs. Frente a debates con apariencia esencialista, se trata de entender que el género es una máquina social de producción corporal (¿me han robado el cuerpo?) y no una naturaleza trascendente.

Frente a las demandas lógicas de los feminismos y disidencias sexuales, es importante darse cuenta que hay varones que quieren cambiar, que están cambiando y otros que no saben qué hacer. En ese ruido abandonar la masculinidad hegemónica ante todo, es un duelo y un desnudarse. Hay miedo, rabia, descontrol, aparece todo lo que no es macho en su representación identitaria y eso desordena la seguridad dominante.

Las disidencias (todas) y mujeres tuvimos que duelar y crecer a partir de la exclusión y el dolor, nos desnudaron a la fuerza. Por tanto, esto no se trata de una venganza ni una rehabilitación de personas, no hablamos de hombres enfermos (no siempre la enfermedad va de la mano de la violencia social). Estamos hablando de transformarnos comunitariamente, dar nueva forma a lo humano, más allá de lo masculino: en las tareas, vínculos, en la escucha de lxs otrxs, en el cuidado de sí y de otrxs, en el trabajo, familia y demás instituciones, en el Estado que existe. ¿Cómo se mira y mira a lxs demás un hombre cis el cual pone en duda su viril masculinidad?, ¿qué queda de éste?

Ese cambio exigido resulta muy tenso, no hay linealidad ni horizonte puro. Muchas mujeres feministas tienen compañeros varones y saben de lo que hablamos, en esa tensión entre amar a un varón y que este no sea patriarcal. La disputa se vuelve tortuosa entre convicciones y deseos. Hay muchas que aún no están preparadas para despatrircalizar su vínculo, también es bueno saberlo, porque quedan desnudas y esto también desordena.

Y en este movimiento tenso hacia el cambio, parece que hay varones que se dicen feministas, cuando lo importante en este punto es no ser machista. Enseñar a rechazar el machismo es una actitud ética ante todo, un modo de vida y de cuidado y es lo que varones cis deben abordar como primer punto. Porque se dan cuenta que la presión baja cuando los estandartes de la moral macha se diluyen y la actitud de defender la comunidad se vuelve colectiva y no masculina. En el fondo, poco claro aún, la revuelta es contra aquellos varones que son violentos, no contra los varones.

¿Cómo hacemos esa transformación comunal contra las violencias basadas en género? ¿Es posible la transformación preservando la existencia de los géneros? Raudales por elaborar.

Nicolás Sosa Georgieff

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