En diciembre del año pasado la editorial Club publicó El Oso,de Diego Recoba. Es la tercera novela del autor, después de Locas pasiones (Estuario, 2019) y Sobredosis/Karibe con K (Hum, 2020). El logo de la editorial, fiel al estilo de cualquier club que se precie, dice: «Fundada en 2020». El Oso es el segundo libro de Club; el primero fue Freelance,del artista argentino Feli Punch (Pablo Boffelli). El nuevo sello, creado en plena pandemia por Gonzalo Ledesma y Andrés Farías, se inserta en una escena editorial heterogénea, que viene en crecimiento en Uruguay desde 2010, por lo menos. Un proceso que Recoba conoce muy bien, porque integró el colectivo La Propia Cartonera, una editorial montevideana que ya no existe, pero que, en diez años, publicó a más de 100 autores y autoras de América Latina. En sus ediciones artesanales aparecieron escritores con mucho reconocimiento previo y otros emergentes, como Samanta Schweblin, por nombrar un ejemplo bien nítido.

El punto de partida de El Oso es una escena de televisión, una que se repite en policiales: el asesino se cubre el rostro mientras la Policía lo conduce al juzgado. El narrador descubre que el asesino de Cerro Largo, el que había matado al jefe y a su familia, era el Oso, su amigo de la adolescencia y la juventud. Desde el presente, el narrador-protagonista rememora tres historias que vivió con el Oso y su grupo de amigos, en momentos concretos: cuando se conocen en el liceo y pasan unas vacaciones en Rocha; cuando son jóvenes independientes que viven en una casa que bautizaron Gaborto; la visita de los amigos al narrador cuando vivía en Córdoba (Argentina). Las historias se intercalan en grupos de tres (Rocha, Gaborto, Córdoba) y en tres oportunidades vuelve a irrumpir el presente. Si bien el Osose tapa la cara ante las cámaras, el narrador está seguro de que es él. Incluso, busca las iniciales en el diario y coinciden con las del nombre de su amigo. Pero la pregunta igual aparece: «¿Vos lo viste? –me dice el Conejo–, ¿estás seguro que el que está preso es él?». Así, a partir de lo que parecen anécdotas menores, va surgiendo un Oso igual y distinto a la imagen rutinaria del televisor: misógino, machista, soberbio («Pero todos éramos así», aclara el narrador) y, a la vez, ambiguo y escurridizo.

Hay un Uruguay reconocible en las palabras del narrador. Muchos y muchas encontrarán anécdotas con las que podrán identificarse. Mientras el narrador cuenta, va también dibujando un paisaje más o menos conocido para los y las jóvenes de fines de los noventa y principios de los dos mil. El narrador se cansa de Uruguay y vive unos años en Córdoba, donde lo visitan sus amigos uruguayos y donde ve por última vez al Oso. Una noche, cansados y medio borrachos, comienzan a quejarse de sus vidas y el Oso les tira un monólogo lapidario:

«Claro que Uruguay es un país pobre, que es un país chico, que es un país en el culo del mundo, y encima del sur […], pero todo eso nos vino al pelo porque nos dio la excusa ideal para descansarnos en que no podemos tener la vida que queremos».

El narrador le dice que es un planteo ideal, que desconoce las diferencias de oportunidades:

«Dieguito, no me vengas a correr por izquierda, mirá que mis viejos me rompieron las pelotas con el marxismo y la lucha de clases desde que tengo memoria. Pero una cosa es ser consciente de eso y otra cosa es usar eso para justificar ser un cagón […]. El uruguayo siempre tiene una razón para no hacer nada. Si no fuera tan obvio y seguramente una casualidad, sería muy ilustrativo que el comercio más conocido de Uruguay se llame La Pasiva».

En el tono de este monólogo y en cierto juego con la autoficción, pueden encontrarse aires de familia con Sobredosis, la novela anterior de Recoba.

Estoy tentado de escribir sobre esos parecidos desde que comencé a leer la novela, pero el narrador me sacó las ganas:

«Lo peor es que después, cuando la gente se decepciona porque esa obra nueva no es lo que esperaban, basados en ningún dato concreto de la realidad sino de sus propias fantasías, te sentís horrible, en deuda. Pero, en definitiva, uno no prometió nada, solo hizo una obra, que generará cosas o no, pero que no puede ser vista como algo decepcionante con relación a la fama que te hicieron o a tu obra anterior, porque uno es un creador y no anda repitiendo lo que ya hizo solo para que les vuelva a gustar a las personas a las que les gustó. Dicho así parece obvio, pero gran parte de nuestras frustraciones como artistas vienen de ahí».

Porque es verdad que El Oso puede ser leída con relación al trabajo anterior de Recoba, pero también es cierto que ese parecido tiene más que ver con un estilo que se afianza. En ese sentido, El Oso es singular, no repite, hace camino hacia la próxima obra.


Reseña publicada originalmente en el Semanario Brecha, el 12 de abril de 2022.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s