Emprender un viaje no implica únicamente la oportunidad de conocer nuevas culturas, paisajes y formas de vida, sino el poder adentrarse en la historia del lugar habitado y la propia. Ambas coexisten, la historicidad del sujeto y la producción de sentido, potenciando su vínculo con los discursos, dando paso a una cita entre la estructura y el acontecimiento.

Aterrizar en España y recorrer algunas de sus ciudades enmarcando estos trayectos dentro de un contexto de guerra, de post pandemia y a pocos días de la Marcha del 8M, fueron hechos que me provocaron múltiples estímulos y reflexiones.

No puedo no dejar explícito que me enuncio desde el lugar de mujer afrodescendiente y latinoamericana, que en mi país forma parte de una minoría, que a su vez trasciende mi propia territorialidad. Desvelando las marcas del colonialismo que permea a Uruguay, mi país de nacimiento, que se construye en base a una “mitología blanca”, que declara ser un país construido por inmigrantes en su mayoría de Europa Occidental, negando el aporte de la población afro indígena en esta construcción.

La Marcha del 8M la transité en Barcelona, descubriendo en ella una ciudad cosmopolita, que convive con el arte, la arquitectura, y con calles estrechas, callejones que bien podrían funcionar como laberintos que te introducen en comercios y plazas. El barrio Gótico fue mí morada por aquellos días, reconociendo entre sus habitantes el uso del catalán, siendo este un factor importante en la construcción de identidad, lo que me hizo reflexionar sobre el poder del lenguaje y sus privilegios. Privilegios que están vedados para otros, que han sido silenciados para mantener un discurso hegemónico.

Durante mis recorridas me llamó la atención las pocas intervenciones urbanas que aludieran a la marcha, algunos pocos carteles y pancartas próximas a la Plaça Universitat, y algunas jóvenes caminado con carteles fruto de creaciones conjuntas, para el posterior reencuentro en las calles donde se desarrollaría la marcha.

Foto: Yovanna Sánchez Aguirre

En las horas previas a la marcha salí rumbo al Parque Güell, portando un pañuelo violeta con un puño estampado, distintivo de mi feminismo antirracista.

Me crucé con un grupo de mujeres y hombres con remeras violetas, lo que me provocó una sensación de “frescura” al menos por un instante, durante todo mi recorrido fueron los únicos indicios que evocaran el significado de aquel día, hasta la hora del encuentro en la plaza.

La marcha central salía desde la Plaça Universitat a las 18.00 horas en un recorrido que avanzaba hasta Arc de Triomf bajo la proclama: «Contra las precariedades, las fronteras y la violencia, ¡aquí estamos las feministas!».

Al adentrarme en la marcha, indagué sobre la presencia de cuerpos racializados, visualizando muy pocos, nuevamente me sentí un tanto sola por esa falta de representación, los cánticos eran los mismos que muchas veces inundaban las calles de la Av 18 de Julio, donde normalmente se desarrolla la Marcha 8M en Montevideo.

Los hombres acompañaban, dentro y fuera de la marcha, algunos con sus grupos de amigas, y otros con sus compañeras portando carteles alusivos. Tuve curiosidad de esta forma en la que parecía que la energía masculina formaba parte activa de este encuentro. Me acerqué para hablar con Pedro (30 años), que me dijo que el valoraba mucho a la mujer, y que estaba allí por ser hijo de una mujer que había sufrido maltrato. Eso me hizo pensar, qué lugar le damos a sus voces, qué espacio tienen para dar voz a sus madres, aquellas que han sido silenciadas por la opresión de un sistema, que no ve ni quiere oír. Gritamos más fuerte, pero cuánto más debemos hacerlo para acobijar a esos niñes que crecen en un mundo patriarcal que violenta a sus madres. ¿Nada hay para ellos en este feminismo? Agradecí a Pedro el breve encuentro y seguí caminando.

La proclama hizo referencia a la guerra en Ucrania recordando la muerte de un bebé de meses, a las mujeres, a los cuerpos racializados, migrantes, mujeres trans y a las miles de situaciones de empleo precarizado y de exclusión. Existió un espacio para dar voz a una mujer de Ucrania que se expresó en su lengua nativa. Durante la proclama, fueron tomando la voz, diversas mujeres, una vez más fue evidente la ausencia de mujeres racializadas tomando la palabra.

El feminismo sigue haciendo uso del discurso como dispositivos de lucha, pero estas voces, estos discursos no dejan de reflejar un feminismo blanco europeo.

Foto: Yovanna Sánchez Aguirre

La guerra pone de manifiesto el valor de la condición humana y los límites del discurso eurocéntrico de los derechos humanos universales. Se abre una brecha, dado que estos derechos alcanzan a unos cuerpos y son vedados para otros. Diferencias evidentes entre los cuerpos racializados “no europeos” que siguen siendo cuerpos invisibilizados. El mediterráneo continúa siendo una “fosa común” para quien intente migrar hacia Europa occidental. Nada ha aprendido nuestra humanidad deshumanizada.

El racismo sigue siendo institucional y estructural. Forma parte del sistema colonial y del capitalismo, donde el racismo, el sexismo, la dominación racial y patriarcal, el saqueo y el despojo territorial son sus fundamentos. 

El discurso blanco hegemónico pretende conservar su voz y su lugar de privilegio mitigando y silenciando otras voces, porque dejarlas emerger evidenciaría la violencia y la opresión e implicaría reconocer de una vez su cara opresora y deshumana.

Foto: Yovanna Sánchez Aguirre

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