A fines del año pasado, Penguin Random House publicó El cielo visible, de Diego Recoba, su cuarta y más ambiciosa novela. La multinacional anunció que integrará el Mapa de las Lenguas, un espacio que reúne obras de su catálogo y se piensa sin fronteras, unido por las variantes del español en 21 países. Recoba exhibe una imaginación desbordante y un arsenal de recursos narrativos que lo colocan entre lo mejor de la escena local, a punto caramelo para establecer un diálogo de igual a igual con la literatura contemporánea de habla hispana.

La novela de Recoba está dividida en tres partes: «La pausa y el arrebato», «Los padres populares» y «Las tres sombras». En la primera parte, el narrador, un tal Diego Recoba, ignora el origen de sus antepasados e intenta crearse una identidad europea para poder emigrar de Uruguay con pasaporte comunitario. Mientras, le encargan escribir una historia del barrio montevideano Nuevo París y el director nacional de Cultura lo contrata para que investigue sobre la artista Mirtha Passeggi, ante la inminente publicación conmemorativa de una de sus obras. En la segunda parte, el narrador sigue la pista de Passeggi por Francia, país al que se exilió en los años setenta en busca del artista José Parrilla. En la segunda y tercera parte, el investigador Recoba traduce y transcribe parte de la obra escrita en Francia por Passeggi. Ese trabajo lo conduce, hacia el capítulo final, a un encuentro con una parte vedada de su historia familiar.
Termino de leer mi resumen y me doy cuenta de que es insuficiente. Y eso tiene que ver con varios puntos fuertes de la novela y con los planteos estético-ideológicos de Recoba. Porque, por ejemplo, uno termina de leer El cielo visible y en lo que menos piensa es en el tipo de visibilidad omnisciente que durante siglos la literatura occidental ocultó tras la tercera persona. El propio Recoba reflexionaba sobre ese punto en Sobredosis como parte de una crítica a la narrativa uruguaya y una defensa de la primera persona en términos de «poner el cuerpo» en la escritura. En verdad el título remite a un texto homónimo de José Pedro Vidal encontrado por azar en el almanaque del Banco de Seguros del Estado de 1953, según lo que Recoba contó en la presentación del libro. Como acápite de la tercera parte de la novela, el autor inserta una cita del texto de Vidal en la que presenta las características de un mapa celeste del hemisferio sur elaborado por él. A su vez, destaca el desajuste entre el mapa y la realidad observable y sus intervenciones –flechas, exageraciones en los tamaños de las estrellas–, que sirven para orientar al lector que pretende avistar el cielo.
En esta cita hay una clave de lectura de la novela, entre muchas, la de un narrador que juega en el desajuste entre el mapa y la realidad. La diferencia con el astrónomo de 1953 es que las flechas y las exageraciones, en vez de ayudar a reconocer la realidad, nos meten en un vaivén, en trazados que pueden cortarse o continuar, en soluciones imaginarias (como las de la patafísica) que desafían el sentido común o el punto de vista más convencional. Muchas veces tuve que reprimir la tentación del investigador, legítima por cierto, de salir a buscar los datos que el narrador proporciona sobre artistas, movimientos, calles, personalidades políticas o hechos históricos, más allá de los referentes más fáciles de reconocer, como Fructuoso Rivera, la matanza de Salsipuedes, la calle Llupes o Raúl Javiel Cabrera (Cabrerita), por citar algunos ejemplos.1 Pero la gracia está, creo, en la libertad de recorrer o no los hilos que Recoba va tejiendo.
Fuera de tono
Es frecuente que la obra de Recoba se inscriba dentro de la autoficción o las literaturas del yo. Parece importante señalar que, tanto en general como en su caso particular, decir «literatura del yo» puede generar la idea de un sujeto unitario y coherente, cuando la experiencia del yo es fragmentaria y múltiple. En la parte autoficcionada de su trabajo, Recoba es el pibe de Nuevo París, el estudiante de Letras de Humanidades, el escritor comprometido y crítico con su gremio, el Diego pareja de Leonor en viaje por París, el sobrino de la desmemoriada Nelly, el editor con diez años de experiencia, el amigo y el que busca su identidad.
En uno de esos pasajes autoficcionados, Recoba menciona a un amigo argentino que le da las pruebas de galera de su próxima novela. Allí encuentra una sigla: FDT. Su amigo le explica que significa «fuera de tono». Entonces reflexiona: «¿Por qué asumimos que una obra de arte está bien si tiene unidad de tono, por qué damos por sentado que eso es lo que la gente quiere leer, que es lo que va a vender, que artísticamente es más potente una obra con un mismo tono, inalterable, que una con saltos, variaciones y hasta contradicciones?». Unas páginas atrás el narrador señalaba la importancia de aquello que parece sucio o que no encaja en el tono de un texto y que al mutilarlo de un manuscrito tal vez se arrasa con la singularidad de un escritor. Esta es una clave para interpretar los «excesos» que presenta la novela, los cabos sueltos, y un largo etcétera de posibles «defectos» que están lejos de ir en demérito de la experiencia estética y lúdica que propone la escritura de Recoba.
En el mismo sentido se puede leer su alegato contra la verosimilitud, esa vieja idea aristotélica por la que el poeta, a diferencia del historiador, no reproduce lo que ocurrió realmente, sino que crea con base en lo que podría haber pasado. Una idea muchas veces discutida en la historia de arte de Occidente. Recoba recrea ese espíritu removedor y redobla la apuesta. Por ejemplo, cuando una vecina de Nuevo París lo invita a recorrer unos túneles secretos que están conectados debajo de las calles del barrio. Primero el narrador se entusiasma, pero luego duda: «Me di cuenta de que estaba pensando como esa gente a la que no le gusta una serie, una película o un libro porque no es verosímil. Pasa mucho cuando leo o escucho a alguien hablar de cine: me venía gustando la película, pero cuando estaba atrapado por un ejército enemigo y solo con la ayuda de un cortaúñas pudo derrotar a 50, ya me dejó de gustar […] ¿Qué nos pasó para atarnos tanto a la verosimilitud y la lógica?».
En la forma de concebir la trama, en esta contraverosimilitud, se pueda sentir el aire de familia con la patafísica de Alfred Jarry y Boris Vian, pero también con las novelas de César Aira, y de Los detectives salvajes (1998), de Roberto Bolaño, sobre todo por la búsqueda de los pasos de Mirtha Passeggi por Francia y en las biografías de seres imaginarios. En todo caso, El cielo visible nos propone una revuelta contra los caminos ya hechos, contra las inercias y las tradiciones que parecen inamovibles.
- Mientras escribía esta nota, tuve la tentación de saber más sobre Vidal y me encontré con un comentario de su nieta en Facebook que informa sobre la muerte de su abuelo en 1952, que era profesor de física y astrónomo y que ese mismo año trajo el primer proyecto del planetario de Montevideo. ↩︎
La nota fue publicada originalmente en el Semanario Brecha, el 1 de marzo de 2024.










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