Hace unas semanas atrás, un nuevo afán comunitario se hizo viral en una red social. En las historias de Instagram comenzó a aparecer una imagen de un reproductor de música ya antiguo. signo material de otra “era” no tan lejana.
Se trataba de una plantilla para subir una historia (algo que ahora dura 24 horas) con una pregunta: “¿Qué canción estarías escuchando en tu mp3?”. Debajo, la imagen de un reproductor de mp3 y un botón que decía “Tu turno”. Al tocarlo, te llevaba a subir una foto con la plantilla ya formateada por encima. La magia de todo esto era poner una canción que el usuario haya escuchado en esos reproductores de música, y que la cadena de ver, hacer una historia y compartirla para que otra persona la vea siga andando un día más.
Es extraño cómo, en tanta virtualidad, se llega a afectar materialmente el recuerdo del otro con una imagen. En esas creaciones ficcionales de identidad, los artilugios de la música funcionan como elemento de memoria, objetos de contemplación y quizás menos, de escucha. ¿Quiénes escuchamos lo que los demás ponían en esa historia? ¿A dónde nos trasladan esas cuestiones en apariencia colectivas? ¿A nuestro propio recuerdo?
Al momento de volverlo historia, etiquetar a alguien y compartirlo hay una ficción de presencia: te nombro y hago que este recuerdo te contemple. Voy hacia tu encuentro, que es íntimo, pero también es público.
Como somos hermanos quienes escribirnos esto, y tenemos cierta trayectoria musical en común, este evento nos hizo pensar en la música que nos ha acompañado a uno y a otro en la vida. La música y el andar es algo que, junto con las humanidades y la hermandad, nos unen a pesar de las distancias, las agendas y las generaciones. Uno de nosotros nació en los noventa y el otro, mirando el atardecer del siglo pasado.
Cuando uno tenía 13 años, el pequeño tenía 3 y aún así descubrían juntos Revolver de Los Beatles y bailaban con un “Doctor Robert”, así como con lo que “no puede ser” de Los Fatales en “La rubia y la morena”. Luego, en las distancias terrenales, la música de los andares fue llevada y traída del populoso Montevideo a lo calmado de un cierto interior, que no tuvo para la joven más que discos grabados y algún pub escondido de rock que poco duraba. Esa costumbre pre-wifi-en-ómnibus alguno de nosotros se la debe al otro hasta el día de hoy, introduciendo bandas y estilos en distintas adolescencias. Una de esas incorporaciones fue Bajofondo, que hasta ahora sigue siendo una banda favorita para alguno de nosotros. Con ella respondimos a esta historia de 24 horas en una red social, que para nosotros es historia de toda la vida.
Allí, creemos, es donde perdura un reencuentro. El reencuentro con aquello que uno escuchaba en un lado y aparece, o lo hace uno aparecer, en el otro lado del camino. Esos reencuentros fueron con Larbanois & Carrero y con Alfredo Zitarrosa, que se escuchaban en las radios de casa, en los CD’s de compilaciones de sus mejores éxitos o en canciones sueltas que sonaban en cualquier lado, esas de las que se escuchan pedacitos o algunos versos sueltos y quedan en la memoria para siempre, hasta que un día le encontrás el nombre, la autoría, la letra completa y se vuelve esa canción que no se deja de disfrutar, aún en los momentos más comunes de la vida.
Nos preguntamos cómo hacemos comunidad hoy, qué cosas nos aúnan y, en verdad, también nos respondemos que cada vez hay más herramientas ficcionales alrededor de ello. Y no porque lo ficcional esté mal, sino que hay ciertas suspicacias girando en torno a “lo colectivo” que parece que todo es de esa forma y que muchas veces, o la mayoría, caemos en cierta trampa al solitario (al colectivo, mejor dicho). ¿No hay algo ficcional en “lo generacional”? ¿Qué significa ser parte de una generación y no de otra, de esa “comunidad” particular que parece aunarnos por fechas de nacimiento? Hablamos hace unos días de los festivales de rock y también de los eventos masivos de jóvenes donde la violencia resulta ser la fuente convocante pero también la experiencia compartida de algo.
¿De qué signo sos?
Pensamos también, en los signos del zodíaco. Desde hace un tiempo, cuando nos presentamos, habitualmente se nos pregunta por nuestras profesiones o trabajos y cada vez es más frecuente que nos pregunten por el signo zodiacal. Ante la respuesta, hay una presunción de forma de ser que parece saldarse, una especie de pertenencia a una comunidad de taurinos, librarios o geminianos que nos hace parte de algo mayor y de algo singular: somos de determinada forma porque somos de determinado signo. No hay mucho más que agregar al respecto. No hay nadie en el mundo que pueda decir que no es de ningún signo. A todos nos corresponde alguna forma de ser ya preestablecida por haber sido gestados, nacidos en algún día, de algún mes y de un año donde los astros estaban posicionados de tal o cual forma.
Hay algo de determinista en eso y también en cierta forma de la nostalgia, eso de que el pasado no se cambia, entonces es bello y feliz porque uno lo ve de lejos y dice: qué lindo sería volver a ese momento en que nada era tan malo como ahora. La nostalgia es esa cama calentita en invierno que queremos encontrar todos los días, pero ya no está, no como quisiéramos que esté. Y quizás ahí hay algo en común: la nostalgia, como la astrología, son lentes con los que mirar, con los que hablar y con los que entender(nos).
Capaz que sí, que la astrología puede armar comunidades a través de ver las estrellas y saber cómo somos, y capaz que la nostalgia es esa cajita de juguetes, ese álbum de fotos que te dice que todo estuvo bien y ahora no, que no hay más que recuerdos fijos, inalterables, impasibles. Pero mientras haya forma de reencontrarse con esos espacios, en apariencia cerrados, mientras haya una manera de rever eso que fuimos, darle un nuevo sentido a eso que no se mueve. Vale la pena dejarlo en el lugar de la historia que le corresponde.
Ahora es mayo y se nos acerca la memoria. Distinta a la nostalgia, eso que parece habilitar lo incambiable, como el triunfo estático y su fórmula. Esa memoria particular. Esa memoria. Otra vez nos juntaremos y será noticia el silencio. No habrá violencia convocante, aún cuando la violencia sea la causa de exigir esa memoria. Y hablamos de ella porque creemos necesario ver su singularidad.
En este momento, en que todos ficcionamos identidades y comunidades, en que afloran y se potencian nuestras pertenencias (soy de tal cuadro de fútbol, soy de tal barra de amigos, soy de tal signo, soy), singularizar la memoria de este y todos los mayos es no perderla entre tanta historia de 24 horas y tantos artilugios de memoria viva, de ese registro continuo y amalgamado en carpetas y sincronizaciones que nos exceden.
Si todo es archivo, si todo es recuerdo, si todo es nostalgia, podemos caer en la banalización de esa memoria. Esa que nos puede susurrar quiénes somos, quiénes ser y qué memoria tener como personas, pero que también exige qué memoria tener como Estado.
María Noel Curbelo y Néstor Bermúdez










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