Hace unas semanas pudimos asistir en una librería de París a la presentación de la novela «L’auto» del escritor uruguayo Carlos Rehermann. Comoquiera que la capital francesa sigue inmersa en una cadena de inagotables contagios —que nos proporciona noticias casi diarias de que algún amigo o conocido se encuentra confinado—, digamos que se imponen limitaciones tanto para los organizadores de una actividad de este tipo como para quienes puedan estar interesados, a la hora de decidirse a participar en ella.

Hemos pasado meses peores —pensaba, mientras el moderador trataba de acercar a la decena de enmascarados (o embozados) asistentes la vida y la obra del escritor y dramaturgo montevideano—. Desde octubre de 2020 hasta finales de mayo de 2021, París cerró a cal y canto todo lo que no fuera una actividad considerada «no esencial», en la práctica todo, salvo supermercados, algún tipo de comercio y las iglesias, con toque de queda incluido. Me vino a la mente la situación descrita por Daniel Defoe en el Diario del año de la peste:

Se cerraron y suprimieron las mesas de juego, salas de baile públicas y salones de música, que eran cada vez más numerosos, y que comenzaban a corromper las costumbres del pueblo. Y los bufones, payasos, funciones de títeres, volatineros y atracciones similares que embrujaban a la pobre gente común, hubieron de cerrar sus ferias al no prosperar sus negocios.

Más tarde vendrían las campañas de vacunación, los tests de antígenos y el omnipresente pase sanitario, para poder acceder a cualquier actividad cultural y de ocio. Y como en el Londres de la peste:

Durante algunas semanas la prisa de la gente era tal, que hacía casi imposible llegar hasta las puertas del corregidor; una muchedumbre apremiante se apiñaba allí para obtener pases y certificados de salud, como para viajar al extranjero, ya que sin los mismos no se les permitía pasar a través de las ciudades situadas en los caminos, ni se les daba alojamiento en ninguna posada.

Pero la charla seguía. Y moderador y moderado se encontraban desgranando para los potenciales lectores esa especie de roadbook que era la novela (traducida al francés), y sobre la que Rehermann confesaba haberla concebido a partir de un hecho real y volcado en ella algunas experiencias personales. Luego la conversación se dirigió por otros derroteros, y salió a colación alguno de sus anteriores viajes a esta ciudad, refugio temporal y asilo de tantos escritores uruguayos. De modo automático me vinieron a la mente tres: Juan Carlos Mondragón al que conocí meses antes precisamente en la misma librería en la que estábamos, Felisberto Hernández y Susana Soca. Que París ha vivido tiempos mejores no me queda duda, también peores. El primer confinamiento dejó durante semanas un paisaje irreal de calles vacías y un silencio solo interrumpido por los aplausos desde las ventanas y los balcones, a la caída de la tarde, destinados a fortalecer el ánimo del personal sanitario que luchaba denodadamente contra esa amenaza real que era (y es) la epidemia. Salvando las distancias, ese París desierto debió de refrescar los recuerdos de los años de la ocupación nazi a sus habitantes nonagenarios, que Susana Soca describía así:

Estábamos en plena ciudad sitiada. Los tanques enmascarados de hojas tomaban en filas ordenadas e interminables el camino del Norte y la ciudad entera pensaba en Macbeth. Era la guerra, es decir, lo trágicamente absurdo. Entre los tanques que se iban y los aviones que llegaban, vivíamos en condiciones medievales. Toda acción desvinculada del presente aparecía como una puerilidad, toda comunicación con el mundo, un sueño.

En ese momento, la presentación ya había llegado al punto en el que los asistentes se sacuden de sus silla y carraspean para pedir la palabra y dirigirse al autor invitado. El hecho de que fuéramos pocos nos permitió conversar con más cercanía —manteniendo la distancia sanitaria, eso sí— que de haber sido un acto más multitudinario. Rehermann se mostró locuaz y cordial ante nuestras demandas, y ofreció dos de sus libros para la biblioteca del Instituto Cervantes de París, 180 y Tesoro. Que días después tuve el privilegio de poder leer.

No es fácil describir la primera de las novelas. Un libro extraño que se atreve a integrar, en partes desiguales, el thriller con la ciencia ficción, las divagaciones filosóficas junto con la ironía, el humor negro y el sexo desaforado. Hay que entenderlo (o así lo analizo yo) como un experimento literario, y como en otros muchos casos, llevado a término sin quizás demasiada previsión sobre los resultados. En conjunto resulta áspero, con partes inconexas o difíciles de engranar para que la ficción del relato resulte accesible y lógica en el desenlace. A pesar de que la trama tiene un viaje de ida y otro de vuelta —de ahí el título del libro 180 (grados)—, lo cierto es que la segunda parte resulta poco creíble, pues el mecanismo que introduce el autor no funciona con la sincronización que supuestamente debería tener, dejándonos al final con una sensación de incomprensión o contrariedad, al mismo tiempo que se va disparando el relato del narrador hasta la locura.

Tesoro es por el contrario una hermosa reflexión sobre la devoción y la gratitud filial hacia un padre, Aquiles, que supo sortear con astucia e inteligencia las tremendas dificultades económicas y materiales inherentes a las crisis y la dictadura que azotó Uruguay entre los años 70 y 80. Todo un ejemplo de dignidad en tiempos difíciles, que tan necesario sería en los momentos actuales. Que el narrador, primero de niño y más tarde durante su juventud, sea capaz de rescatar pasajes seleccionados de la vida de su padre, sus gustos y sus anhelos, nos permite adentrarnos en una época no tan lejana en la que los libros de Julio Verne o Emilio Salgari servían de pasaporte de entrada a mundos fabulosos, y los documentales de Jacques-Yves Cousteau o Robert Sténuit, el cazador de tesoros submarinos, eran casi superhéroes en la imaginación de un adolescente. Vistas desde el mirador actual, estas sensaciones pueden resultar absolutamente pueriles o intrascendentes para la época que vivimos. Y superados aquellos miedos contra las opresivas autoridades, en medio del conformismo de una mayoría, podría deducirse que estamos a salvo de volvernos a ver en los aprietos de Aquiles y Olga (la madre), y que incluso quienes deciden irse a vivir a España como Cristina (la hermana) o a cualquier otro país lo hacen casi por voluntad propia, ¿seguro?

¿Cual es el tesoro de esta historia? ¿dónde se encuentra lo valioso de una vida? Al menos Aquiles lo tuvo claro.

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