Esta nueva entrega de Ruido presenta un cuento inédito del autor mexicano Gustavo Ramírez Carrasco. Titulado Mundo acuático, este relato cuenta la historia de un paseo familiar, una ida al cine a ver una película de moda. El plan parece atractivo, pero hay algo que lo convertirá en una experiencia tan cinematográfica, como la película que quieren ver. O quizás en un spin-off de esta. A veces los planes familiares son acompañados, para bien o para mal, por la lluvia.

Este cuento es parte del taller literario De la idea al cuento, realizado por Víctor Hugo Ortega y Orlando Aliaga, en mayo de 2022.

Imagen tomada de BlueBonkers

Mundo acuático

Gustavo E. Ramírez Carrasco

Los niños han elegido la película por unanimidad. Tal vez porque los avances salen mucho en el canal 5, el que todos ven por las tardes pese la inconformidad de la mamá de Gonzalo y Rodrigo, que a menudo los llama couch potatoes y los acusa de ver “programa tras programa” hasta entrada la noche, “casi sin levantarse, ni para ir al baño”. Pero incluso ella está de acuerdo con la elección, porque siempre le ha gustado Kevin Costner –cuando dice su nombre hace una muequita pícara y se toca el fleco curveado– y porque los niños casi nunca van a cine con sus primos. Salen todos a tropel de la casa de ellos, después de la clase de inglés que les da a los cuatro todos los miércoles por la tarde. “Are you ready, darlings? No se les olvide llevar chamarra, Vane y Esteban”. Esteban, el primo más grande, se acomoda en el asiento de adelante, y su hermana Vane es la primera en colocarse atrás. Gonzalo la sigue y Rodrigo, que es el más chiquito, se apura a apretujarse junto a su hermano, porque la mamá ya encendió el motor del Volkswagen verde, y el autito, parecido a uno de esos escarabajos atornasolados, listos para emprender el vuelo, ya va perfilando las llantas hacia la calle. “No, es que si no salimos no alcanzamos la película, y menos ahora que ya va a empezar a llover”.

Tarda más en decir eso que en darse cuenta de que las primeras gotas ya empiezan a caer del cielo cenizo, y para cuando el coche alcanza la avenida central, única manera de llegar al centro comercial donde está el Cinemundo, el gris cada vez más oscuro ya oprime las antenas parabólicas de las casas más altas y envuelve los cerros de las residencias donde viven los viejos ricos de la ciudad. “¡Ya está relampagueando!”, dice Rodrigo, que se acerca a la ventana del escarabajo y aprieta contra su mochila el cuerpo de Gonzalo; él pone esa cara de molestia ligera de hermano mayor, pero la quita rápidamente cuando siente la mirada de Vane encima.

Los coches van saliendo de las calles aledañas y se integran a la avenida central como en un desfile de hormiguitas que vuelven obedientemente a su casa. Es hora de la salida en los trabajos, y quienes pueden huyen de las horas extras antes de que caiga una tromba, que por cierto no anunciaron los meteorólogos del radio, al menos no de la estación de música clásica que a veces escucha la mamá, y que a los niños los mata de aburrimiento.

“¿Sabían que cuando sale un relámpago hay que contar los segundos que tarda en oírse el trueno para saber a cuántos kilómetros cayó? Cada segundo es un kilómetro”, dice la mamá. Los ojos de Esteban se iluminan, como si hubiera soltado una verdad muy sorprendente. Los demás no dicen nada. Al menos Gonzalo y Rodrigo ya lo han escuchado varias veces de ella, y aunque también los sorprendió cuando lo dijo la primera vez, ya lo toman como una verdad incuestionable –quizá como casi todo lo que ella dice– y juegan a contar los segundos en las tardes de verano en las que las tormentas eléctricas dejan a las casas de su barrio sin luz (y sin televisión). 1, 2, 3, 4, 5 (kilómetros), y el estruendo que se nace y se propaga por el cielo también se cuela por las ventanas cerradas del cochecito, que avanza cada vez más lento entre los autos que regresan y se van compactando en la avenida de tres carriles como en un juego de tetris.

Unas calles después la tormenta se ha declarado. Los parabrisas del escarabajo libran batalla contra los proyectiles de agua que caen copiosamente sobre el cristal y se descomponen en membranas corredizas; en el piso, las gotas que chocan contra el asfalto cochambroso se ven como una interminable capa saltarina. “Soldaditos”, dice Gonzalo mientras se las señala a Rodrigo sin que los demás escuchen. El hermano sonríe, es otro concepto del glosario pluvial que la mamá y los niños utilizan a menudo en esos días de vacaciones, lindos porque no hay escuela, pero que casi siempre terminan en chubasco.

El aguacero es cada vez más intenso y el ruido de las gotas ya es una plasta uniforme sobre el techo del auto. Vane dice algo y señala a una señora que intenta cruzar la calle con un pequeño paraguas que ya se convirtió en una fuente, pero el timbre de su voz es bajo y nadie puede escuchar entre el estruendo. Gonzalo cuenta los kilómetros de algún relámpago disperso y la mamá se ve cada vez más nerviosa conforme se acercan al puente bajo, paso inevitable, pero amedrentador para quien como ella, no tiene tanto tiempo de haber aprendido a conducir. Tal vez por eso hace el chiste en voz muy alta para que todos la escuchen, “Vamos a ver Mundo acuático, pero la película ya empezó y está en tercera dimensión”. Los cinco se ríen mucho con la ocurrencia. Gonzalo y Rodrigo saben que ella está intranquila, pero el entusiasmo de los primos los contagia. Son felices.

Cuando el puente bajo por fin aparece de frente, el río chocolatoso que ya corre entre las llantas de los coches que circulan a vuelta de rueda y se aventuran al desnivel, ha anegado casi medio metro. El paso es corto, y del otro lado algunos autos se ven saliendo, triunfales y sucios, como los hipopótamos de los pantanos que salen en los programas del Discovery Channel. La lluvia casi se ha detenido y los balbuceos de asombro de los niños ya se escuchan entre los rechinidos del parabrisas de goma. La mamá aprieta los dientes delante del espectáculo de navegantes. Todos observan por las ventanas a un Tsuru que naufragó, y el señor que se baja como puede, con el rostro desencajado y el agua turbia llegándole a la entrepierna, le lanza una involuntaria mirada de aliento a la piloto del cochecito verde. Ella acelera, “Ay dios mío”. El agua se siente bajo los pies de todos, “Ay dios mío”. El motor hace unos ruidos raros, como de animal atragantado. “Ay dios”. Pero el sedán sale del pantano y emerge por la pendiente. La avenida se vuelve abrir, y los cuatros niños, que hasta ese momento habían contenido la respiración, celebran con grititos contenidos. Orilla un poco el escarabajo y se detiene para mirar a atrás sin poder creer que lo que ha conseguido. A la derecha, la plaza se asoma detrás de un conjunto de casas, y la triste marquesina del Cinemundo, con algunas letras chuecas y otras que tal vez se han caído con la lluvia anuncia M NDO ACU TIC . Ya nadie habla de ir al cine y la película debió haber comenzado aún con los veinte minutos de anuncios de bebidas azucaradas que ponen antes de las funciones. En la casa hay galletas, a lo mejor hasta un poco de helado en el refrigerador, si es que no se fue la luz y se hizo agua.


Gustavo E. Ramírez Carrasco (Puebla, México, 1987) es editor y a veces escribe crítica de cine. Coordina el área de Publicaciones de la Cineteca Nacional de México.

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