En su segunda edición Nunca más tacones altos, de Marita Ferraro Scot, llegó a los lectores uruguayos de la mano de la editorial Dyskolo y la distribuidora Gussi. Pese a ser su primera novela, la autora ha recibido positivos comentarios por parte de escritores como Carlos Liscano, Raúl Caplán (“Esta novela agrega a la paleta de la literatura uruguaya un nuevo —y necesario— color que el infierno nos escondiera”) o Juan Carlos Mondragón (“Marita Ferraro entrama —con delicadeza y eficacia— relato de aprendizaje y testimonio implacable, búsqueda del escritor espectral uruguayo en una Montevideo cambiada y de un tesoro manuscrito enterrado”).

Si algo se puede destacar de este breve libro es su intensidad, que prolonga la emoción del lector más allá de la última página. Al presentar dos testimonios en un único relato, no queda claro qué hay de ficción y si hay algo real en los casi 13 días que la joven Amalia pasa en Montevideo.

Con la llegada de tu libro a las librerías de Uruguay tenemos de nuevo a Amalia, su protagonista, por las calles de Montevideo ¿cómo se gesta este proyecto narrativo y que sensación te produce?

—Primero quiero agradecer a Dyskolo la publicación de la novela en España y haber hecho posible que llegara a Uruguay.

Parece un poco increíble que esto haya podido realizarse todavía en tiempos difíciles de pandemia. Pero ahí anda Amalia diciéndose, quizás, parece mentira las cosa que veo por las calles de Montevideo.

Si bien creo que la ciudad no debe haber cambiado mucho después del primer viaje de Amalia allá por 2009, hoy el país le resultaría desconocido. De las ilusiones de futuro de un grupo de jóvenes que ella encuentra reunidos en algún lugar de la Ciudad Vieja, entre tanats y mates, se encontraría hoy con otros jóvenes muy preocupados por el presente, tratando de salvaguardar restos de una democracia muy maltratada.

Para contarte la verdadera génesis de la novela, quizás tendría que escribir otra. En todo caso hace tiempo que la idea iba germinando y justo llegó coronavirus, encierros, confinamientos estrictos, soledad, aislamiento en mi apartamento, pero, afortunadamente, había una computadora salvadora a mano.

Alguno de los comentarios que ha suscitado tu novela tiene que ver precisamente con los paseos por la ciudad ¿qué dificultades enfrentaste para describir un espacio urbano abandonado hace tantos años? ¿qué recuerdos rescatarías de la época en que vivías en ella?

—En realidad estuve quince años sin volver a Montevideo y luego pude ir regresando de vez en cuando, en general en el invierno del Sur, cuando en el Norte tenemos vacaciones y licencias profesionales. Pero a pesar del tiempo, el viento siempre sigue soplando desde todos los puntos cardinales en la ciudad. La Feria de Tristán Narvaja sigue estando ahí, quizás cambiada, no recuerdo haber visto predicadores con micrófono en mis años de habitante de la ciudad. La diferencia entre los recorridos de Amalia y mis recuerdos son de otro tipo. En los años 70 se vivían momentos muy intensos. Los tiempos no se prestaban para turismo ciudadano. Pero sí para encuentros profundos, alegrías compartida y grandes ilusiones en un futuro que muchos creíamos estar construyendo.

Dice Juan José Saer que por el hecho de existir todo relato es verídico ¿ocurre así en el tuyo?

—Aquí vamos a tener un problema. La única verdad comprobable es la existencia del libro hecho de papel y tinta. En cuanto a la verdad de un relato, ¿cuál sería la proposición? ‘El relato es verídico’, es verdad si el relato es verídico. ¿Y desde que punto de vista se define la proposición? Creo que es un poco una pregunta que, como la serpiente, se muerde la cola.

Es el viejo dilema estudiado por Philippe Lejeune, con su “pacto autobiográfico”. La trampa en el caso de esta novela es quedarse solo en los aspectos de simbiosis entre obra, contexto y autor. La intención es, en su esencia, remitirse al poder de la palabra, de la literatura, como forma de resistencia a un pasado adverso.

Has sido durante muchos años profesora de literatura e historia de América Latina, ¿tu descripción de la joven protagonista se ajusta al estudiante promedio de las universidades francesas? ¿por qué esa desconexión con el contexto social y político en el que se dan los relatos?

—Amalia es un personaje ficcional, no lleva consigo ninguna misión sociológica de estudio ni representación del estudiante universitario francés.

Por el contrario, su falta de interés por la Historia sí nos muestra hasta qué punto los estudios se fragmentan, se confinan, si ella estudia literatura nada la obliga a interesarse por la Historia porque en aquellos años de “la muerte del autor”, éste estaba por encima de toda consideración que lo atara a cualquier realidad, y lo único que importaba era el texto, el texto y el texto. Y Amalia lo dice en un momento que la teoría literaria no le ayuda mucho. Ella es entonces una típica estudiante de aquellos años de post muro de Berlín y del fin de la Historia.

Y más aún, es la época donde aparece con más fuerza que nunca la ideología neoliberal en la universidad, donde lo importante no es lo que se enseñe ni lo que se aprenda, sino dar y recibir una formación adecuada para competir en el mundo laboral.

Afortunadamente, quizás por ser uruguaya, en mi labor académica de docencia e investigación, gracias a la libertad de cátedra, siempre pude poner al autor y su texto estudiado en relación con el contexto histórico, social, político, económico y a la Historia en su relación intrínseca con la cultura de un momento dado.

Pero en el caso de Amalia, por encima de todo, su desconexión es producto de la falta de conocimiento de su propia historia y la de su familia. ¿Por qué nadie le ha dicho nada? Si el olvido está lleno de memoria para quienes vivieron aquel Uruguay, el olvido es ignorancia a secas para las generaciones posteriores, si no hay un trabajo de memoria. Ni su madre ni su abuela nunca le hablaron del país de origen, a no ser de trivialidades, de especialidades culinarias. Es el país de no me acuerdo el que recibió Amalia en herencia. Hasta encontrar un tesoro enterrado.

Hay páginas del libro que cortan como un cuchillo, por la crudeza de una realidad que parece olvidada, por la forma en que aparecen en el relato ¿cómo te enfrentaste a ese proceso?

—Hay en algún juzgado uruguayo una denuncia muy detallada de mi experiencia, hecha junto a otras noventa víctimas en el 2011. Ese año, por primera vez logré plasmar en palabras lo vivido. Y ahí quedaron esas palabras, en un expediente enterrado hasta el día de hoy por una justicia que no funciona. Y entonces llegó Amalia y tuvo que desenterrar unos papeles olvidados. Que no son solo rememoración del terror sino todo lo recordado en una situación límite que puede servir de balsa de salvación. La importancia de la niñez, de los sueños y esperanzas de la juventud, como contrapunto al horror.

El riesgo es que la memoria sea un arma de doble filo, pues al conservar los recuerdos y trasladarlos a una narración, crea, como lo decía Primo Levi, “un estereotipo, una forma ensayada de la experiencia, cristalizada, adornada, que se instala en el lugar del recuerdo crudo y se alimenta a sus expensas.”

A nivel personal y en tu entorno cercano, familiar ¿Qué supone escribir un libro de estas características y liberar tantos fantasmas del pasado?

Antes de su publicación, tuve un fuerte apoyo de una persona muy cercana y una incomprensión total de parte de otra igualmente cercana. Algunas compañeras que lograron leer la novela se solidarizaron completamente. Algunos colegas de la universidad y amigos escritores han sido muy positivos. Mi entorno diario, aquí aún no ha podido acercarse a la novela porque no está en francés.

—“Nuestra imaginación no está a la altura de nuestra forma de actuar, de manera que somos incapaces de imaginar las consecuencias”, rescato esta cita de Ricardo Piglia para preguntarte por el Uruguay de tu juventud. En una sociedad como aquella, que tan bien describe Mario Benedetti en “El país de la cola de paja” ¿Era difícil imaginar a dónde conducía la indiferencia ciudadana?

—Digamos que ese país benedetiano corría en paralelo a otro en el cual creíamos estar viviendo y que, para nosotros, jóvenes de los 70, era la mera realidad. El del “futuro de las rosas y el pan”, el de la construcción del “hombre nuevo” y tantas otras ilusiones. Y si sabíamos de nuestras limitaciones y riesgos, confiábamos ciegamente en el acierto de nuestras elecciones. Y teníamos confianza en el futuro. Y de un día para otro, la otra realidad, la verdadera, nos sumergió como un gran tsunami.

¿Te has sentido acompañada durante tu proceso creativo por algún autor, a la hora de trasladar al papel un tono, una voz o alguna descripción o anécdota?

—Por muchos. Basta con entender las guiñadas que existen en el texto. Y luego, no existe el texto original, siempre se escribe en el recuerdo de otros textos. Tenía razón Barthes, el autor está muerto y también la crítica. Solo quedan los lectores y sus múltiples interpretaciones.

Marita Ferraro Scot nació en Uruguay y reside en Francia desde hace más de tres décadas. Es Doctora en Literatura y profesora titular de docencia e investigación en literatura e historia de América Latina, segunda mitad del siglo XX, de la Universidad Grenoble Alpes.

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