Apenas termina el invierno y el sol comienza a secar los charcos de agua que se forman en la calle, mi tranco siempre apresurado por el barrio es interceptado por pasos lentos, piel arrugada y miradas reflexivas. Se forman conversaciones que en apariencia son espontáneas. Te dan los buenos días, te preguntan cómo estás con un tono que mezcla dulzura e interés, luego las cosas siempre escalan hacia un adónde va tan apurado o está más gordito.
En la esquina de mi block, el 7033, se instala don Mario. Su cuerpo alto y macizo casi siempre está en compañía de su perro, Toffee, de patas cortas, pelaje café y unas orejas caídas que le dan un aspecto tierno. Recorren el barrio en la mañana y en la noche, en un paseo en el que el peludo se pierde entre los olores que se quedan en los troncos de los árboles y las ruedas de los autos estacionados. Tras el ejercicio matutino, permanecen en esa esquina contemplando el sol de las 9.00 am. A esa hora se les suma doña Eugenia, de cuerpo menudo y baja estatura. Ya fue a dejar a Dante al colegio, su nieto de seis años por el que tuvo que renunciar a su trabajo de enfermera que ejerció durante décadas para poder cuidarlo. Siempre el último en unirse al grupo es don Alfredo, un hombre de chistes fáciles que se peina hacia adelante sus pocas mechas para intentar tapar su calvicie. Trabaja por las tardes vendiendo seguros.
Cada persona que pasa y los saluda, antepone de forma sagrada el don o doña al nombre. Una vez el trío permaneció dos horas hablando, otras veces apenas 20 minutos, aunque siempre es un ritual que repiten unas dos o tres veces a la semana. Juntos se ríen de las bromas que don Alfredo hace sobre el vecino del 32, que canta Camilo Sesto en la ducha antes de irse al trabajo, o debaten sobre si La Madrastra es la mejor teleserie chilena. Las historias sobran y siempre hay una gran excusa para conversar. Un viernes don Mario les cuenta que debe ir a comprar porotos porque el domingo lo va a venir a ver su hija. Le desean que tenga un lindo día junto a su pequeña, que en realidad ya no es tan pequeña, pero él siempre la describe así. En ese momento, doña Eugenia se va a su casa porque tenía que ir a preparar el almuerzo. Casi siempre la conversación termina cuando ella se retira.
En la primavera, cuando los pocos árboles que van quedando en la comuna comienzan a florecer cercados por el cemento santiaguino, las cabezas blancas aparecen y se multiplican como las abejas. Conversan por las veredas y se desparraman en la fila del almacén de doña Anita mientras esperan para comprar. Al ver esas escenas por este sector, recuerdo que hace un tiempo un tipo bien vestido en la televisión explicaba en una pantalla gigante sobre el envejecimiento de los chilenos. Decía que en 2024 los mayores de 65 años ya eran un 14% y que para el año 2045 se esperaba que la tercera edad triplicará a los menores de 15 años, todo siempre con una voz alarmante. También recalcaba que esto era algo que se repetía en países como Uruguay, Brasil, Argentina y Colombia.
A mí siempre me saludan. Cuando me habla don Mario, resaltan aún más las arrugas que tiene entre sus cejas que me recuerdan a mi abuelo Higinio, en un rostro visiblemente quemado por los años en que trabajaba recibiendo el sol de frente en un camión. Mientras que doña Eugenia no hace tantos gestos con la cara, es más de comunicarse con las manos, las agita o las mueve como si fueran una pluma, y a veces hasta toma las mías para explicarme algo con paciencia y con un tono que transmite paz. En este block vieron los primeros pasos tambaleantes y diminutos de mi generación, el nacimiento de nuevos amores, despedidas de ojos llorosos alrededor de un ataúd con un café en la mano, graduaciones y licenciatura de jóvenes llenos de sueños.
Un domingo, una sorpresiva lluvia de primavera suena imponente sobre los techos. Hasta los perros quiltros están guardados. Con el televisor a un volumen alto y un vaso con alguna cosita en la mano, espero para ver el partido de Colo Colo. Ese era el plan, hasta que alguien toca la puerta un par de veces de manera tímida, casi imperceptible por el ruido. Es don Mario, parado a la entrada de mi departamento. Su hija no pudo venir a verlo esta semana y ya tenía preparada una olla grande de porotos por si es que ella se quería repetir. Me invita a almorzar, con una sonrisa en el rostro. En la tele está Arturo Vidal arengando a sus compañeros en el túnel antes de salir a la cancha, mientras aquí el hombre ya comienza a caminar lento rumbo a bajar las escaleras; en el fondo él sabe mejor que yo que le voy a decir que sí. Apago el partido y cierro la puerta rápido, sin volver a mirar la pantalla ni mi trago.
La historia de ellos en este lugar comenzó hace más de 40 años, al igual que la de varios contadores de grandes historias que permanecen en las esquinas de otros blocks, casi como una costumbre. Algunos festejaron por esos años el hecho de vivir en los pisos superiores de los departamentos porque la vista podía ser un poco más bonita, sin imaginarse que con las décadas ir a comprar el pan se transformaría en una labor compleja. En sus ojos blindados por lentes la comuna pasó de calles de tierra, de árboles altos y del silencio al ruido constante de los motores, a las rejas de fierro puntiagudas, al cemento infinito que hace hervir la planta de los zapatos en verano.
Al entrar al departamento de don Mario veo que hay algunas luces encendidas. El sol débil no es capaz de penetrar esas ventanas. Al verme, Toffee mueve la cola y se acerca lento hacia mí, como buscando un cariño en su cara a modo de saludo. Los porotos están listos y el vapor de la olla se eleva e impregna de gotas de humedad las paredes de la cocina. En el comedor, don Mario coloca dos platos en la mesa mientras en la TV dan las noticias. El lugar está rodeado de repisas con adornos de yeso, un cuadro con una foto de su hija cuando salió del colegio y otro de la última cena.
Como para poner un tema de conversación durante la tarde, y para devolver el interés que mostró hacia mí ese domingo, le pregunté sobre cómo va su búsqueda de trabajo. Mientras sirve la comida humeante, me dice que ya lleva un año tratando de conseguir algo de medio tiempo para manejar camiones o furgones, pero que del sinfín de lugares en donde había ido a dejar sus papeles, apenas en dos lo llamaron de vuelta, y luego no pasó nada, ni siquiera una respuesta. No termina de decir esa frase y con un tono más golpeado me advierte que tengo que cuidar mi pega —como le dicen al trabajo en Chile—, que está todo difícil.
Me devoro el plato. Al darse cuenta de mi apetito, me cuenta que esos porotos se los compró a un amigo que venía de Cabrero, una pequeña comuna del sur en la que él nació. Cuando termino y aprovechando que vi la olla mucho más arriba de la mitad, le pido repetirme.
Mientras se va a la cocina vuelvo a mirar alrededor y entiendo que, a pesar del ruido eterno del televisor, ese lugar se mantiene en silencio. Aunque las luces permanezcan encendidas, la oscuridad siempre es más fuerte. Don Mario está solo, pese a que con Toffee lo miramos a unos pocos metros de distancia.










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