Es marzo de 2024 y empiezo un taller de teatro y filosofía. Llego por curiosidad, casi por accidente. Meses antes había conocido a Gus, el tallerista, quería que opinara sobre algunos textos periodísticos que estaba intentando escribir. En ese encuentro me propuso un ejercicio: contar una de las historias de un texto, pero imaginando que se la decía a mi madre.

La consigna parecía simple, pero alteraba todo. El destinatario moldeaba el relato: cambiaban los énfasis, las responsabilidades, el tono. Descubría que la voz no era fija: dependía de quién escuchara. No le hablaba realmente a mi madre, el ejercicio era, en esencia, dramático.

Semanas después, en el taller, corro, bailo, salto, ladro, grito, canto. Improviso gestos, escenas e identidades. Me enfrento a la incomodidad y a la vergüenza. También leemos y escribimos. Un día, Gus propone hacer listas automáticas. Una de ellas se titulaba Cosas que espero. Escribí sin pensar:

que los polos no se derritan,

aullar con una manada de lobos,

que el viento no pegue en la esquina,

pelear por el último plato de comida,

dormir con los gatos del vecino,

discutir con un especialista,

aceptar la derrota,

respetar a los mayores

y

que el Chengue haya metido ese gol

Cuando la leo en voz alta, algo se activa. La última frase queda resonando: ¿qué gol? No tengo, en ese momento, ningún recuerdo claro de un gol de Richard “el Chengue” Morales. Se retiró en 2009, cuando tenía siete años. Fue goleador y tricampeón uruguayo con Nacional en su primera etapa en el club (1999–2002). Por ese entonces, mi abuela Carmen, hincha fanática del bolso, me hablaba de él a través de la panza de mi madre.

En su vuelta (2007–2008) sí lo vi jugar. Posiblemente haya sido mi primer ídolo. Mi hermana y yo lo adorábamos. Mi abuela ya no estaba pero nos había dejado la devoción futbolística por el Chengue. O quizá no solo futbolística… Un invierno, Nacional vino a jugar un amistoso a Artigas y mis padres nos llevaron al hotel donde concentraban los jugadores. Mi hermana le entregó una carta al Chengue donde le proponía casamiento. Teníamos seis años.

Foto: Julio Muller.  

Meses después de aquella lista, las piezas empiezan a encajar. Leo en la revista Lento un artículo de Agustín Acevedo Kanopa donde habla de un “casi gol” del Chengue en el Mundial de Corea-Japón 2002 como ejemplo de una épica uruguaya construida en la derrota. Uruguay no suele perder sin drama: siempre queda la sensación de que estuvo a punto de lograrlo.

Investigo ese Mundial. Uruguay compartió grupo con la última campeona Francia, Dinamarca y Senegal. Llegaba con jóvenes esperanzas y figuras consolidadas: el capitán Paolo Montero, la estrella del equipo Álvaro Recoba, y los jóvenes Sebastian Abreu y Diego Forlan. Es la etapa pre Tabárez, más recordada por las patadas que por el fútbol. El director técnico es Victor Púa.

Perdemos 2–1 con los daneses después de un golazo de Darío Rodriguez, empatamos 0–0 con un combinado francés que juega prácticamente todo el partido con diez jugadores y llegamos obligados a ganarle a Senegal. Al entretiempo, perdemos 3–0. Púa mueve el banco: entran Diego Forlán y el Chengue Morales.

El impacto es inmediato. Morales marca el 1–3. Forlán convierte el 2–3. Más tarde, al Chengue lo faulean en el área: Recoba lo transforma en el 3–3. Uruguay pasa de la eliminación rotunda a la esperanza absoluta. Logra lo que parecía imposible. Necesita un gol más: corre el minuto 90. Hay córner para Uruguay. Un jugador senegales la despeja. La pelota vuela. Cae en el área chica. Le queda al Chengue, solo, sin arquero. Cabecea.

En la repetición, Púa acompaña el movimiento desde el banco. Y no es el único. En las casas de Uruguay, todos hicieron el movimiento exacto para mandar la pelota al fondo de la red… Todos menos el Chengue.

En ese tiempo del taller de teatro y filosofía, fui unos días a Artigas. Era el fin del verano pero igualmente la ciudad se derretía. Mis padres ordenaban lo que en algún momento había sido mi cuarto pero que, desde que me había ido, era una suerte de vestidor. Querían terminar esa transición. Vi cajas, juguetes, las camisetas que usé durante el baby fútbol, una de Nacional firmada por los jugadores.

Chusmeé por arriba. Apareció un cuaderno que me llamó la atención. Lo abrí y vi los escudos. Durante buena parte de mi infancia tuve una obsesión con los escudos de los equipos de fútbol y dediqué largas horas a reproducirlos en ese cuaderno que ahora tenía en mis manos. Los copiaba con cierta precisión: los colores, las formas, los detalles mínimos. Algunos estaban mejor, otros medio torcidos.

Hacia el final los escudos desaparecieron. Había dibujos más complejos. Finalmente encuentro este: un jugador de fútbol con una camiseta blanca, el short y las medias, apenas sobre los tobillos, azules. El número rojo en su espalda es el 20. La pelota en dirección al ángulo. Los brazos extendidos. No estaba escrito en ningún lado, pero lo reconocí de inmediato: era el Chengue Morales.

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