Un hombre se alza imponente sobre una multitud que lo acompaña. Con un rostro serio, casi desafiante, con la nariz ancha y un peinado corto e impecable, levanta el brazo derecho y mira hacia el horizonte, como liderando el camino. Viste un traje formal con colores encendidos: terno rojo, pantalón azul rey, camisa amarilla, corbata roja, zapatos y lentes negros. Está sobre una tarima improvisada y en la chaqueta del traje tiene a la derecha una bandera pequeña de la República Democrática del Congo y a la izquierda una insignia, también chica, con la palabra “leopardos” y la cara del animal. Permanece durante 90 minutos en esa pose, sin importar los movimientos de la gente ni el ruido que por momentos desborda los oídos.

El sujeto en ese momento observa a la selección de fútbol de su país, RD Congo, que juega contra Colombia por la Copa del Mundo. Mientras las cámaras de televisión no le dan mayor relevancia, los fotógrafos del estadio de Guadalajara se acercan en varias ocasiones. Los asistentes al partido también hacen lo mismo; si hasta los colombianos hacen fila para pedirle selfies.

Al día siguiente, al buscar en internet de quién se trataba este personaje lo primero que arrojó el algoritmo fue a una presentadora colombiana que se quejaba porque el hombre estaba estático durante mucho tiempo, que podía ser brujería para que su país no hiciera un gol, que no le gustaba y que no le interesaba saber la historia de independencia de los países de África, a no ser que sea algo cercano a su vida; como si ese continente y Latinoamérica no estuvieran relacionados. Después de soportar esa osadía, la web entregó un nombre: era una representación hecha por Michel Nkuka Mboladinga. La pose a la que este hombre congoleño hacía referencia era nada menos que a la estatua de Patrice Lumumba, líder anticolonialista.

Foto: @lumumbaveaofficiel en Instagram

Es difícil creer que una figura de este tipo, que se reveló contra el dominio belga, que denunció los abusos y el racismo en África, que lideró la operación que terminó con la independencia de su país en 1960, que fue el primer Jefe de Gobierno del Congo y luego fue destituido ilegalmente, que fue capturado, torturado y asesinado en un trabajo conjunto entre Bélgica y Estados Unidos —según el Informe del Comité Church del Senado de EE. UU en 1975—, se colara con un mensaje tan sutil como potente precisamente en un Mundial que los estadounidenses buscan encabezar.

Esta actitud de Michel Nkuka Mboladinga – conocido como Lumumba Vea, que significa Lumumba vive- va de la mano con el comportamiento que ha tenido la selección de la República Democrática del Congo. En una época en la que muchos futbolistas evitan hablar de temas complejos y se limitan a invitar a comprar una zapatilla u ofrecer una plataforma para apostar, los jugadores congoleños, en 2024, se plantaron durante la entonación del himno de su país: con una mano se taparon la boca y con la otra hicieron el gesto de una pistola apuntándose en la sien. El hecho era mucho más que un mensaje político, era algo humanitario. El arma en la cabeza simbolizaba que los habitantes del país estaban siendo asesinados masivamente por la violencia armada de grupos rebeldes, mientras que la mano en la boca representaba la censura y la indiferencia del resto del mundo.

Para entender, en el país de África Central se desarrolla hace décadas un conflicto por la explotación ilícita de minerales estratégicos para la tecnología global. Poseen entre el 50 y el 70% de las reservas mundiales de cobalto, un componente esencial para la producción de baterías recargables y vehículos eléctricos –los que hoy se promueven en muchos lugares por su menor impacto ambiental-. Además, cuentan con el 80% de la reserva de coltán, un elemento clave para fabricar condensadores en teléfonos inteligentes, computadoras y microprocesadores. La mayor cantidad de este mineral se encuentra en la provincia de Kivu del Norte, en donde lugares como Masisi y Rubaya, además de la ciudad de Goma, sufrieron en la última década la arremetida del grupo rebelde M23 (Movimiento 23 de marzo), que busca el control de la zona y que es acusado de tener una economía paralela. Se le responsabiliza por la muerte de 17 mil personas en esas localidades y de generar la migración forzada de 10 millones de habitantes.

El comportamiento de los seleccionados congoleños fue mucho más que un gesto, era darle visibilidad al horror, algo que no es nuevo en el fútbol de ese continente. El 8 de octubre de 2005, Costa de Marfil hizo historia al conseguir su primera clasificación a una Copa del Mundo mientras el país sufría una sangrienta guerra civil, en la que el sur estaba controlado por el gobierno y el norte por las Fuerzas Nuevas (Forces Nouvelles). Les Éléphants, como le llaman a la selección marfileña, era lo único que por esos días lograba reunir a la nación. Una vez obtenida la clasificación, Didier Drogba, capitán y líder de esa generación, hizo ingresar a las cámaras al vestuario, en donde permanecían todos los jugadores. No había risas ni festejos. Drogba tomó el micrófono, todos juntos se arrodillaron ante los millones de personas que los veían por la televisión y dijeron: “Hoy les rogamos de rodillas. Perdonen. La única nación de África con tantas riquezas no puede caer en la guerra. Por favor, dejen las armas y organicen elecciones libres». A las selecciones africanas, sin la gloria deportiva del fútbol sudamericano ni el dinero del balompié europeo, les sobra valentía.

En la República Democrática del Congo la situación no cambió demasiado desde 2024, cuando los futbolistas hicieron la denuncia. En la actualidad el conflicto por el control de los minerales continúa desparramando cadáveres en las zonas complejas. Sin embargo, entre ese caos, se hicieron un espacio para sentarse frente a un televisor y mirar partidos de fútbol. Y dentro de la cancha el equipo respondió: en su estreno le sacó un empate a la selección de Portugal encabezada por Cristiano Ronaldo, luego cayó ante Colombia y cerró la fase de grupos con un histórico triunfo 3-1 sobre Uzbekistán, un resultado que los clasificó a los dieciseisavos de final. Tras ese partido, cientos de personas corrían festejando por las calles de Goma, mientras los niños sonreían y gritaban ante las cámaras en registros que se difundieron por internet. Es esa cosa mágica que tiene este deporte, que por un lapso del día hace olvidar todo, hasta las balas y el llanto.

Durante la participación mundialista, a Michel Nkuka Mboladinga le negaron la entrada a Estados Unidos para el tercer partido de su selección. Pero Patrice Lumumba no se quedó afuera del estadio, porque la posta fue tomada por otro hincha congoleño que realizó la representación con la misma rigurosidad. Sin embargo, producto de que la cantidad de seguidores en redes sociales del imitador denominado Lumumba Vea subió de manera considerable, protagonizó una campaña comercial para una marca transnacional que, con seguridad, le dejó suculentos beneficios económicos. La empresa tiene sede en Reino Unido; qué ironía.

A pesar de todo este nudo de causas e inconsecuencias, el mensaje ya estaba enviado e instalado. En la Copa del Mundo de las pausas de hidratación, en un torneo que dice no ser político, se coló la imagen de un líder anticolonialista, y con él la causa de un país que arrastra historias de sangre y desvelos. La figura de Patrice Lumumba emerge como algo demasiado humano entre una industria que carece de esa virtud, como un lirio africano que brota entre las rocas.

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