Cuando me enteré que había empezado el festival de Cannes y estaba a menos de dos horas de distancia supe que tenía que ir. Al otro día compré el pasaje. No tenía entradas, acreditación de prensa ni invitaciones. Solo la expectativa de ir a presenciar algo que parecía importante.
7:21
La idea inicial era salir a las nueve de la mañana. Pero al día siguiente de haber reservado el boleto de ómnibus, recibí la noticia que saldría a las siete y diez. Para llegar a esa hora a la estación Saint-Charles tuve que despertarme cinco y media, darme un baño y preparar la mochila, el mate y los dos sanguches que me servirán de alimento durante las doce horas que voy a pasar en la ciudad de Cannes.
Es 15 de mayo y hace tres días comenzó la 79ª edición del festival de cine de Cannes. Estoy en el ómnibus, me esperan dos horas de viaje hasta Niza y de ahí un tren hasta Cannes. Mientras tomo los primeros mates del día, espío el celular de la mujer que está sentada adelante. Ve fotos de juguetes. Pienso que quizá va a visitar a sus nietos. Apenas puedo ver su perfil pero es suficiente para suponer que es una mujer de más de cincuenta años. Me detengo unos segundos en las arrugas que tiene sobre el costado derecho de su ojo, justo debajo de la sien.
Cuando vuelvo a mirar la pantalla, busca pañuelos en la página de una tienda. Fotos de modelos que posan con unos pañuelos amarillos y verdes con estampados horribles. Para ese momento, empiezo a sentirme un poco paranoico con la idea de que alguien, a su vez, mire mi teléfono y seamos parte de una cadena de espionaje. Pero miro hacia atrás y la pareja que ocupa el asiento duerme.
Miro por la ventana y lamento no haber podido traer el primer arroz con leche que hice en mi vida. Lo hice mientras cocinaba fideos con salsa de tomate; en un momento me distraje y, cuando volví la vista, la olla parecía un perro con rabia, lo que me obligó a saltar hacia ella y, en medio del apuro, agarrar la cuchara equivocada y revolver. Pequeños trozos de piel de tomate flotan sobre el arroz con leche que ahora reposa en la heladera. Me da curiosidad saber cómo quedó.
9:14
Llegué al aeropuerto de Niza y tomé un tren a Cannes. El vagón está lleno de gente con acreditaciones colgando del cuello. Busco información del festival mientras el mar Mediterráneo aparece y desaparece por la ventana.
Veo un vídeo de la ceremonia de apertura de este año donde Theodora, una de las raperas más escuchadas del momento, canta Get Back de los Beatles. Una amiga me había hablado de ella y, aunque no me gusta mucho la versión, pienso que es una síntesis bastante precisa del clima cultural francés actual: nació en Lucerna, Suiza, de padres congoleños que emigraron debido a la persecución política, vivieron un tiempo en Grecia y, a causa de la crisis económica, se instalaron en Francia.
Después una noticia: “Activistas ecologistas llaman a las estrellas del cine a volar a Cannes en clase económica”. En la nota, un expiloto de Air France dice que “bajo un contexto de crisis climática y de choque petrolero”, resulta obsceno que se queme tanto de un combustible que se ha vuelto escaso e insta a las autoridades francesas a prohibir los jets privados.
Por último, un ranking de los looks de los primeros días de alfombra roja. Demi Moore aparece tres veces. El primero es un vestido violeta translúcido, etéreo, como de tul o gasa; el segundo, blanco con lunares de colores y gafas blancas y el tercero es un vestido plateado lleno de brillo y lentejuelas. Le escribo a mi madre para preguntarle cuál de los tres le gusta más.
10:22
Estoy en Cannes. Ni bien me bajé del ómnibus decidí que no iba a fijarme donde estaba en el mapa del celular y solo iba a caminar sin rumbo. Guiado por la intuición. Con la esperanza de encontrarme con el festival. Y parece que todas las calles de esta ciudad conducen hacia allí porque apenas unas cuadras después de emprender la caminata me encontraba frente al Palais des Festivals.
Lo primero que veo es la gigantografía con el póster de esta edición. Eligieron una imagen de Thelma & Louise, la película de Ridley Scott, donde las protagonistas manejan el descapotable que las lleva durante su road trip. Debajo del cartel, decenas de personas se sacan fotos. Algunas caminan con carteles que piden entradas: “One ticket please”, “Any extra invitation?”.
El festival está distribuido alrededor del Palais y de la Croisette, el paseo marítimo que bordea la playa y los hoteles de lujo. Ahí se concentran las salas principales, la alfombra roja, los espacios para entrevistas y las carpas de productoras y canales de televisión. El acceso funciona como un videojuego de dos niveles: los que tienen acreditación y los que no. Yo me encuentro entre los segundos. No puedo entrar a las premières ni a las conferencias de prensa. Mi acceso es el más básico posible. Puedo pasear dentro del perímetro del festival, ver las filas, las pantallas gigantes, las vallas y las puertas custodiadas por guardias de traje.
Empiezo a recorrer la Croisette mientras el viento levanta arena de la playa y las nubes tapan el sol. Veo a un hombre con una bandera francesa sobre la espalda, un pañuelo amarillo, como los que miraba la mujer en el ómnibus, atado a la cabeza y un cartel que dice que la Tierra es plana. Me siento intrigado y decido seguirlo. Camina rápido, demasiado para alguien que pasea. Se detiene frente a algunos restaurantes, intercambia unas palabras con los guardias de seguridad y sigue. Puedo observar algunas otras frases del cartel: Libérez les petits plateaux /Amour, gloire et montée. Mientras intento descifrarlas me doy cuenta que me alejé bastante del festival.
11:11
Volví y vi un rato en la pantalla gigante a los protagonistas y al director de Fatherland. Es una de las películas que se estrena hoy y que compite por llevarse la Palma de Oro, el premio más importante. Cuenta la historia real de Erika y Thomas Mann quienes emprendieron un viaje por carretera a través de Alemania durante la Guerra Fría.
Me quedo un rato viendo la conferencia con la esperanza de que cuando termine salgan por la alfombra roja. Pero termina y no hay nadie. A mi lado hay un busto del ex-presidente francés Georges Pompidou. Sus cejas me hacen acordar a las de otro ex-presidente: Julio María Sanguinetti.
12:02
Vuelvo a caminar sin rumbo entre calles llenas de hoteles, negocios de ropa y restaurantes. En una esquina veo a un tipo que me resulta conocido. Es Juan Pablo Sorín, exfutbolista argentino. Lleva lentes de sol y camina junto a una mujer rubia. Lo miro unos segundos de más y saco el celular para verificar que se trata de él. Lo delata el lunar que tiene en la mejilla derecha.
Me pregunto por qué lo reconozco. Se retiró cuando yo era niño y es muy probable que no haya visto nunca un partido suyo. Sin embargo, lo reconozco. Puedo reconocer a un lateral izquierdo que jugó en la década del 90 pero después soy incapaz de acordarme de cosas importantes. Mi cerebro funciona como un reservorio inútil de futbolistas, pienso.
Creo que Sorín nota que lo reconocí porque, después de mirarme de reojo, él y la mujer doblan en otra calle y aceleran el paso. Durante unos segundos siento que soy parte de una persecución ridícula e involuntaria. Además, sé que aunque lo tenga en frente no le pediría una foto. Doblo en la siguiente esquina.
Mis pies me llevan hasta el Hotel Martínez. Frente a la entrada hay periodistas, fotógrafos y grupos de personas que esperan la llegada de actores. Cada tanto aparecen vans negras con vidrios polarizados y todo el mundo levanta el teléfono al mismo tiempo. Espero ahí unos diez minutos junto al resto. En un momento una mujer vestida completamente de beige, con lentes de sol blancos enormes, se acerca a saludar gente y sacarse fotos. No tengo idea de quién es.
14:00
Almuerzo sentado en un banco frente al mar. Hay viento, olas y algunas nubes en el cielo. Saco uno de los sanguches aplastados de la mochila y hojeo las revistas que me dieron durante la mañana en distintos puestos del festival.
Vuelvo a pasar por la alfombra roja y ahora sí hay movimiento. Un elenco entero posa frente a los fotógrafos mientras un presentador anuncia sus nombres. Hay música, flashes y personas que gritan detrás de las vallas.

Después salgo a buscar un lugar para cargar el celular. Camino por la ciudad y cruzo una fila enorme de canchas de petanque donde tres hombres practican bajo unos árboles. Dos lanzan las bochas con un movimiento de las manos parecido al de una cuchara invertida. El otro, un pibe vestido con un conjunto deportivo naranja, tiene una técnica distinta: antes de tirar mueve los brazos hacia atrás como si estuviera en trance. Los tres lanzan primero una bocha y después intentan golpearla con la siguiente. La precisión es absoluta. Espero casi quince minutos a que alguno falle un tiro. No lo hacen. Me voy igual.
A pocos metros veo un Rolls-Royce negro que entra al Hotel Majestic. Paso frente a un edificio gubernamental donde una pareja se saca fotos vestida de novios. No sé si se acaban de casar o están a punto de hacerlo. Llego a la estación de ómnibus y pongo a cargar el celular.
15:35
Cuando salí de la estación parecía otro día. El viento desapareció, las nubes se abrieron y el sol abraza la ciudad.
Decido que es un buen momento para subir hasta el Musée de la Castre. Subo escaleras que son como calles y atraviesan las casas. Cuando llego arriba obtengo una vista panorámica de toda la ciudad: el puerto con sus yates blancos, los hoteles alineados frente al mar, las playas, el Palais y, más allá, el Mediterráneo que se extiende hasta confundirse con el cielo.
17:04
Hago el camino de vuelta hasta el Palais y me tiro bajo la sombra de un árbol. Uso la mochila como almohada. El cansancio me empieza a bajar de golpe.
Desde ahí observo a la gente pasar. Hay una rubia sentada sola en un banco. Tiene un vestido bordeau con algunos detalles plateados. Un tipo con el pelo largo se sienta a su lado. Pienso que en cualquier momento va a hablarle, pero no lo hace. Permanecen varios minutos sentados en silencio.
Pasan policías vestidos casi como militares: boinas verdes, chalecos, metralletas en las manos. Los dedos sobre los gatillos. Caminan lentamente entre turistas, periodistas y personas vestidas para premières de gala. Me da miedo que se les disparen sin querer.
La rubia y el peludo siguen en el banco. En un momento dos hombres de traje se acercan a ellos como si fueran pareja y les piden fuego. Él no tiene. Ella sí. Les enciende los cigarrillos y los hombres se van.
Más tarde veo pasar a un pibe con una tote bag de la Cinemateca Uruguaya. Algo en mi se enciende y siento el impulso de ir a saludarlo, pero estoy tan cómodo… Si lo cruzo de nuevo voy, me digo.
18:19
Cuando estaba a punto de quedarme dormido empezaron los gritos. En ese estado entre el sueño y la vigilia me costó identificar de dónde venían exactamente. Pero enseguida me despierto y entiendo que llegan desde la alfombra roja. Con un poco de pereza me levanto y camino hasta ahí.
Ahora las calles alrededor del Palais están cerradas y completamente tomadas por gente detrás de las vallas. Hay personas subidas a pequeños bancos plegables, otras que sostienen el celular por encima de sus cabezas desde hace minutos y fotógrafos apretados sobre plataformas metálicas.
Por la avenida empiezan a pasar autos y camionetas de lujo. Cada vez que uno se detiene frente a la alfombra roja se escucha una nueva ola de gritos. Rodeo el lugar y busco distintos ángulos para ver mejor la situación. El sol de la tarde pega de frente contra la fachada del Palais y contra las cámaras de televisión instaladas afuera. Desde atrás de la multitud apenas logro distinguir fragmentos de lo que ocurre. El resto me lo imagino a partir de los gritos.
19:53
Vuelvo a cargar el celular, esta vez en un café, mientras afuera cae la tarde. Decido pasar por última vez por el festival, antes de irme a la plaza donde voy a tomar el ómnibus de regreso. La locura de hace una hora ya terminó. Los autos volvieron a circular normalmente y la gente dejó de amontonarse cerca de la alfombra roja. Técnicos y empleados desmontan algunas vallas mientras grupos de periodistas toman cerveza sentados en el piso.
Entro a la tienda principal del festival. Hay libros, pósters, tote bags y un montón de merchandising. Pero lo que llama mi atención es la vitrina con huellas de manos de directores y actores. Recorro el lugar hasta encontrar la de Sofia Coppola. Me detengo y observo unos minutos la huella de su mano.
Empiezo la caminata de cuarenta minutos hacia la plaza. En el camino veo un mural enorme de Marilyn Monroe iluminado por el sol del atardecer. En mis auriculares suena “Baby It’s You” de los Beatles.









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