La frase “nunca es solo fútbol” aparece bastante seguido en redes sociales. Recuerdo que la primera vez que la escuché la dijo el profesor Carlos Alfaro, en el último año de colegio, cuando interrumpió el sudor y los gritos de una pichanga –picadito en Uruguay- en el mejor momento porque nos quedaríamos sin micro para llegar a las casas, algo que por la hora y por las grandes distancias que existen en la ciudad era muy cierto. Esas cuatro palabras quedaron en mi cabeza como recipientes vacíos que se fueron llenando con los años, la frase fue adquiriendo cuerpo, significado. Beckham nunca conoció Durazno y otras historias insólitas del fútbol uruguayo (Editorial Tajante, 2019) me hizo recordar todo ese proceso, ya que, sin buscarlo, o tal vez sí, varias de estas anécdotas de fútbol son mucho más que eso.
En su primer libro, Miguel Méndez narra con precisión y picardía 33 historias breves del balompié uruguayo, en un relato en que se abordan temas como las maniobras de los clubes para comprar jugadores a pesar de no tener dinero, pactos secretos entre directivos, partidos para ir en beneficio de un lugar, improvisaciones de barrio para poder jugar un encuentro profesional, nacimientos de equipos, europeos que no se acostumbraron a este fútbol, estrellas que supuestamente vendrían a cambiarlo todo pero que nunca llegaron, entre muchas otras historias.
Cada una de las anécdotas no se cocina a fuego lento, no hay tiempo para acomodarse. En apenas unas líneas ya estás adentro, viviendo cosas insólitas, sufriendo las inclemencias de este fútbol de América del Sur tan hostil, tan inmortal. Porque más allá de la variedad de textos, clubes y colores que son narrados, lo que hace reflexionar es la capacidad de sobrevivir que tiene esta actividad, a pesar de cualquier prueba que se atraviese, en una conducta que es muy latina, y acá ya no se habla solo de fútbol. Ya lo decía Gabriel García Márquez: “Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de siglos y siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte”. Ese temple de este lado del mundo brota en todo lo que hace su gente.
Quizás Domingo Pérez no conocía estas palabras de García Márquez cuando se despertó ese sábado 18 de mayo de 2013. Tomó la decisión de ir a ver a la cancha un partido de la Segunda División entre Torque y Deportivo Maldonado y, luego de que uno de los líneas se lesionara el tobillo por el mal estado de la cancha y tuviera que salir a caballito en la espalda de una persona solidaria, terminó la jornada siendo árbitro asistente, levantando la bandera una y otra vez. Más allá de la anécdota, casi como en una segunda capa, entra el contexto en el que se juega la segunda categoría de Uruguay, que no dista mucho a la de Chile, Colombia, Paraguay, Perú o Ecuador: canchas disparejas, accesos en mal estado, tribunas pequeñas en estadios con daños y, en este caso, sin un cuarto árbitro ni camillas. Muy lejos de las grandes cifras económicas que manejan las ligas europeas y que generan una realidad alterada en torno a esta industria, también distante de las 30 a 42 cámaras que usa la Premier League por cada encuentro y de los no sé cuántos dólares que cuestan los botines de Mbappé en Real Madrid.
El fútbol uruguayo, con sus cuatro copas del mundo –o dos, supongo que no es el momento de esa discusión- y toda su gloria más apreciable que la de cualquier selección de Europa, no puede escapar de su contexto, de nuestro contexto. En este continente las soluciones son una obligación, no una opción; si hasta las partes de una vaca sirven para comprar a un futbolista, como lo hizo Rentistas con Daniel Allende, por quien ofrecieron 550 costillas a Central Español en 1972. La oferta fue aceptada, en una historia en la que Méndez juega de manera muy inteligente con las dudas, las pone al frente y las hace diálogos.

Pero no todos están dispuestos a entregarse a estas condiciones solo para practicar un deporte, y hasta es válido, sobre todo si ves a Latinoamérica como algo lejano. Así lo hizo saber varias veces Ljupko Petrović, cuando en 1992 aceptó la propuesta de venir a dirigir a Peñarol luego de que el año anterior levantara la Liga de Campeones de Europa con el Estrella Roja, en un hito inolvidable. El texto repasa con pormenores la estadía del yugoslavo, desde la expectativa que generó su llegada hasta la crudeza de este balompié que poco a poco lo fue empujando a tomar un avión de regreso.
Antes de ese final, Petrović dirigió su primer partido con el carbonero en un barrial y hasta tuvo que ver cómo sus jugadores hacían el calentamiento previo al duelo contra Progreso en la calle. Su frase “esto es una catástrofo” aún es recordada por algún hincha uruguayo con buena memoria. Una mañana tomó un vuelo en silencio, sin su familia y sin que ningún dirigente de Peñarol supiera, y se fue a Grecia, un fútbol con menos palmarés para mostrar, pero sin las hostilidades que acá se aceptan como parte del destino.
¿Y por qué el nombre de Beckham nunca conoció durazno? Aquí otra vez aparece la picardía para desenvolver las andanzas Gaby Álvarez, conocido relacionista público que a inicios de este milenio se hizo famoso por sus eventos en Punta del Este, quien prometió hacer historia con el joven Durazno FC: camisetas con aparentes nuevas tecnologías, presentaciones con luces y modelos, supuestos refuerzos bombásticos, posibles giras a Europa para jugar con clubes de renombre y una visita nada menos que de David Beckham para disputar un amistoso. Diferentes cuentos viejos de personajes que de vez en cuando venden sueños de gloria.
En ningún caso quiero romantizar la necesidad que mencioné en párrafos anteriores, ni tampoco victimizar instituciones que todos los veranos traen al país fichajes con sueldos que a cualquier uruguayo se le haría imposible alcanzar aunque pasara trabajando o estudiando toda la vida; lo que busco es rescatar la esencia de una actividad colectiva, algo que por varios momentos el texto lo muestra de una manera muy pura, como cuando Rampla y Cerro dejaron sus diferencias de lado para unir sus planteles y jugar un amistoso ante la selección uruguaya, con el fin de ir en ayuda de los obreros de los frigoríficos que estaban en apuros económicos luego del golpe que significó el cierre de esa industria en el sector de Villa del Cerro en 1969.
En tiempos de Mundial, de estadios con nombres de marcas transnacionales, de show de mediotiempo, de entradas de más de mil dólares y de supuestos himnos futboleros que se quedan en la cabeza a la fuerza y no por su contenido, leer hoy Beckham nunca conoció Durazno y otras historias insólitas del fútbol uruguayo es como una caricia en un rostro cansado de tanta pirotecnia, una reflexión que va más allá del deporte y de las fronteras, aunque esa no sea su principal motivación; hace volver a lo esencial y a recordar nuestra hermandad al sur del mundo.










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