Quiero escribir una nota que reúna la fiebre de noches enteras susurrándole a la muerte palabras de amor para mantenerla despierta. El zumbido del silencio mordido, las ideas recurrentes. Se murió el Indio, la puta madre, se murió una parte de nuestras vidas. Montones de cosas tuvieron y tienen sentido, caben, en uno o dos versos de las canciones de los Redondos. Hace muchísimos años a alguien en la Facultad se le ocurrió reivindicar a Hayek en una revista estudiantil. La letra de «Queso ruso» me ayudó a garabatear y mandar a la revista una torpe, tosca y al mismo tiempo apasionada respuesta a alguien que no se sentaba en el banquete de los amos, pero les hacía sus gracias para entretenerlos. El Indio dijo, o no dijo, qué más da, que ellos brillaban en la estela de un rock combativo, como el de los Clash. Mirá vos, había un rock de izquierda y un rock de derecha, un rock combativo y otro para entretenernos con papel picado. Y así. No puedo pensar mi educación sentimental sin los Redondos, sin el Indio, sin la Cerdos & Peces, sin toda esa crónica de este sitio inmundo. Ahora me importa todo una mierda, el paper para la revista, la próxima clase del taller de tesina, la corrección del próximo libro, la próxima nota para la revista. Se murió el Indio y no me queda otra que hablar de esa parte mía, egoísta de mierda, que se muere con él, que se murió en el recital de La polla en el Antel Arena. ¿Se muere? ¿Se murió? ¿A dónde se fue nuestro rock combativo? ¿En qué quedó? Este año cumplo 50 años, ¿qué pasó? ¿Quién me dijo que ya no se puede entonar algún himno que nos recuerde que mientras estemos vivos es un imperativo ético intentar cambiar la realidad? No voy a citar ningún verso del Indio para recordarlo, pero sepan que están latiendo todos por debajo de la piel y en cada invitación a pudrirla, a rechazar la invitación a esta fiesta cruel qué nos ofrecen a diario. Cada vez que nos inviten a obedecer, a bajar la cabeza, a entrar al calabozo sin chistar, a pegarle al que está igual o peor que nosotros. Cada vez que un gesto, por ínfimo e insignificante que sea, les muestre que nos gusta estar vivos a pesar de ellos, a pesar de las mierdas que nos venden, que bailemos, que cantemos un verso que nos represente, que nos sintamos parte de algo, el Indio va a estar ahí, de alguna forma, bailando con nosotros, diciéndonos al oído algo que nos reconforte, que nos mantenga en pie un rato más. Estoy escribiendo esto sin calcular nada, solamente para expresar mi dolor, la parte de mi que se va con el Indio, que se fue con los Redondos pero cada tanto rasga y sale, y hoy es uno de esos días, el día en el que, sentado en una butaca de casa, hablando con mis hijes, me enteré de la muerte del Indio.

No voy a escribir una nota con un verso del Indio
Un adiós al Indio Solari
2–3 minutos









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